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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 81
1 de noviembre
de 1999
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La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras de la Tierra de Letras

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La fama

Ivanóskar Silén Acevedo

A los prisioneros políticos puertorriqueños
que cumplen ya dieciocho años
en las cárceles de la demokracia norteamericana.

Se contempló en el espejo de su olvido y leyó las líneas del cuento de Flaubert con una ironía infinita: "¿En qué categorías te colocas? ¿En la de los necios o en la de los locos?".

—En la de los héroes —susurraste.

Contemplaste el mar y pensaste en tu madre, muerta ya muchos años, y recordaste la primera vez que habías mirado el mar como un recuerdo. "El hombre que no recuerda esto", pensaste, "no recuerda el útero". Tomaste tu violín (como la primera vez que palpaste tu falo erecto), el arco tenue, soñoliento y lo inclinaste para oír los primeros acordes de La patética de Beethoven. ¡Qué suicidio de los sentidos! Interrumpiste los acordes y te reclinaste en la almohada. Buscaste debajo de ella y extrajiste tu novela: "Leyó las líneas de Flaubert". Doblaste las cuartillas y las volviste a colocar debajo de la almohada. Si hubieras leído lo que tenías que leer hoy, hubieras escrito lo que tenías que escribir. Aun así, comprendiste que habías nacido para la gloria. Te incorporaste en la cama. Los días cortos y lujosos de Aquiles. La bravura equilibrada de Héctor. La fiebre de Calícrates. Miraste tu apartamento, solo como un tren en la madrugada, y caminaste hacia atrás, hacia la cocina, donde estaba el mar. Al frente del edificio quedaba la calle principal donde se realizaría el drama de la fama soñada por ti. Retomaste el periódico que en la madrugada habías arrojado al suelo y recordaste que los insomnios te habían iluminado desde niño. Leíste la noticia del destino: "Presidente visitará Nueva York". Era una pena que no fuera San Juan, o Bogotá, o Argentina, pero así eran los días y las cosas.

Los hilos de la fama habían tirado de ti. Cerraste los ojos y la viste: la Fama multiplicaba los ecos. Su boca era la boca del pueblo que diría contra ti toda la maldad y toda la virtud. Sabías que las Furias la poblaban secretamente y miraste en los nombres de ellas: Error, Terror, Traición. Hija de la Apariencia y del Ser, las Furias de su corazón te hacían titubear. Comprendiste que todavía te quedaba tiempo para robar libros, pero tu recuerdo (esa ironía contra la memoria) no pudo evitar que te fugaras hacia tu adolescencia donde tu padre inmaculado, burócrata, sazonara su café. Tu voz, anteponiéndose a tu voluntad, sonó frágil como el recuerdo de tu propia figura.

—Necesito dinero —dijiste.

—¿Para qué? —repitió tu padre eternamente.

—Para comprar los poemas de Unamuno.

—¿Unaquién? —te interrogó con el sarcasmo de los ignorantes.

—¡Unamuno! —repetiste humillado.

—¡No tengo!

—¡Pero papá..!

—¡No!

—¿Por qué?

—¡Porque no!

—...

—¡He dicho que no!

—¡Pues me lo robo!

Eso bastó. Diste la espalda al padre inmaculado, tacaño, todavía joven y caminaste hacia el baño a lavarte la boca. No te dio tiempo para poner la pasta en el cepillo, cuando una mano robusta, diferente a la tuya de joven asmático, te abofeteó. Te fuiste de espalda contra los grifos de la bañera, pero la misma mano que te había golpeado te sujetó. "¿Te robaste el libro?", te interrogó ella. "Sí, lo robé", dijiste pasándote maquinalmente el dorso de la mano por los labios. Ese gesto de poder del padre contra la fragilidad de tu adolescencia marcaría tu vida. Dejaste caer el periódico nuevamente sobre la alfombra y contemplaste el rostro del hombre jincho que te sonreía. La gran noticia esperada estaba delante de ti.

—Es un suicidio —dijo ella.

—Los puertorriqueños tenemos que atrevernos a conquistar la fama.

Se sonrió ella como si sintiera piedad de ti. Sabías que en su pequeño cerebro maternal los conceptos de "idealista", de "romántico", de "ingenuo", giraban como una especie de rechazo cultural, como una forma de asumir la esclavitud. Contemplaste tu reló: las diez de la mañana. No llegarías a tiempo a la librería de la calle veintinueve. A esta hora José Ramírez ya habría llegado a robarse la nueva edición de La conexión de Bellarosa y Mosquitos de William Faulkner. Comprendiste, por primera vez en tu vida, que te estabas dando una excusa para no encontrarte con el reto de tu padre muerto. Cuando murió no cogiste el avión para ir a depositar aquel beso siniestro sobre la frente gélida del padre injusto. Frente a él sólo habías sentido aquella sensación de abandono que te produjo la muerte de tu madre. Luego las amantes de turno: María, Teresa, Magi, etc. Aquel "etcétera" te llenó la boca de un sabor amargo y escupiste.

—Deberías pensar en ti como todo el mundo.

Pero tú pensaste en los taínos resistiendo a los españoles desde Vieques. Pensaste en los negros luchando en el olvido frente a la esclavitud española. Pensaste en los jinchos de Lares luchando desesperadamente contra la vergüenza y, como si se te acabara el pensamiento, pensaste en los albizuistas de aquel nacionalismo que había salvado al español. Paladeaste y gustaste la palabra "español". Te alegraste de soñar en español y, como si pudieras acariciar aquel animal de la lengua, pasaste tu mano sobre el vacío para hallarte. Era la fama lo que la lengua había forjado históricamente para ti. Contemplaste el almanaque y leíste la fecha. A destiempo, como si la fama borrara la historia del tiempo, supiste que el mundo te había forjado para que realizaras aquel acto. Todos los sueños estaban depositados en aquella sangre. Toda la esperanza te había ido forjando el corazón. Ella te miró asombrada. Estaba aterrada con su blusa "printed" y con sus pantalones blancos de donde salían aquellos pies redondos que nunca se habían detenido entre tus labios. Pensaste en sus orgasmos, pero no pudiste visualizar su mirada de loca. Pensaste en sus ojos vidriosos y pensaste en Santa Teresa.

Acariciaste el M-16.

La mañana era hermosa, pero ya los agentes del FBI rondaban la realidad e interrogaban racistamente a toda persona que pareciera sospechosa. Detenían a cualquiera que pudiera parecer un inmigrante. Aun así, la vida era esplendorosa. La luz caía sobre las copas de los árboles y la humedad había disminuido, porque la brisa soplaba del norte agradablemente. Todo lo que quedaba era esperar unas cuantas horas. El tiempo se había hecho dulce porque todo señalaba hacia tu realización. Moviste las celosías y contemplaste los carros de la policía con el mismo brillo con que los veías en los sueños. Contemplaste a los detectives lustrosos asumir las posiciones adecuadas. Abriste el estuche del violín y sacaste la tapa falsa que estaba tan bien colocada, tan bien hecha, que te dio trabajo desmontarla. El hombre del gabán azul marino se detuvo en la esquina de la calle y titubeó. Portaba el mismo estuche y sabía todo lo que sucedería si lo registraban. Se arregló su sombrero de verano, el pañuelo de artista, y acentuó lo más que pudo su andar despreocupado. Repasó mentalmene su pronunciación del inglés y mentalmente trató de afirmar sus facciones gringas. "Usted no parece puertorriqueño", le había dicho el taxista. Sonrió y, sin poder evitar la ironía, lo cuestionó: "¿Y a qué se parece un puertorriqueño?". El colombiano te miró por el retrovisor y murmuró una broma que no llegaste a oír. A paso lento te dirigiste hacia los dos agentes que vestían de gris. Silbaste para exhibir tu distracción, pero el más alto de ellos te detuvo. "Sir", dijo y te mostró la placa que lo identificaba. Fuiste cortés. Contemplaste su bigotito canoso, perfectamente cortado. Te fijaste en su recorte militar, aplastado, casi hasta verle el cráneo rosado. Mientras los inspeccionabas, como ellos te inspeccionaban a ti, trataste de disimular tu nerviosidad y no pestañeaste cuando abrieron el estuche. La sorpresa de sus ojos te tranquilizó. La belleza del violín los había desconcertado. Buscaban otra cosa, pero el brillo del violín desorientaba. Era demasiado bello. La apariencia de la belleza te protegía. Lo cerraron sin intentar un registro exhaustivo. El más bajo de ellos contempló el lujo de tu ropa, tus zapatos "Clarks", lustrosos, deportivos, tu reló de oro, y con aquel sentido de lo lacayo te saludó halándose el ala del sombrero. Colocaste el estuche debajo del brazo y te dirigiste hacia las escaleritas. Buscaste tu llave en el bolsillo izquierdo de tu pantalón y una vez en el estrado te volviste a contemplarlos. Te habían dado la espalda.

Extrajiste el silenciador y se lo colocaste al fusil. Te miraste en la luna del espejo, arreglaste el chaleco a prueba de balas y acariciaste tu rostro juvenil. Así debía ser la mirada de Aquiles. Así debían de ser los guerreros griegos. Moviste un poco la celosía y te pareció ver a Héctor entre ellos. "Así debieron ser los troyanos", pensaste. Te habías afeitado la barba y el bigote y parecías otro. Eras otro. Recogiste meticulosamente tu pelo negrísimo y lo colocaste en dos bolsas diferentes. Una la arrojaste al inodoro y la otra; te detuviste un instante ante el ojo mágico de la puerta; la entreabriste y caminaste hasta el incinerador y la arrojaste. Observaste, te inclinaste cuidadosamente para ver que no quedara un solo vello en el suelo, te arrastraste a través del pasillo y, sabiendo que la postura era indecorosa para los héroes, te pusiste de pie y te dirigiste hacia el apartamento. Cerraste. Contemplaste las patas labradas del sofá de la pequeña salita y la boca enorme de la Quimera que te servía de espejo. Reclinaste la cabeza contra el ojo mágico y lo sentiste como el sexo de ella cuando te recostabas sobre sus muslos. "La vulva", pensaste, "es el ojo mágico por donde se mira a la mujer". Te sonreíste. Las diez y media. Trataste de no pensar en ella, pero sabías que el pensamiento funciona por asociaciones. Te palpaste como si la tocaras a ella y seguiste la secuencia natural de la imagen: "El sexo es el estetoscopio del hombre donde se registran los latidos del amor". Tosiste y te ahogaste por la risa que te embargaba. Te burlabas de tu propio sentimiento y te reías de tu forma de pensar. Te sentaste en la cama y contemplaste los cigarrilos sobre la mesita de noche. La lámpara "Tifanny" por la que habías pagado un dineral. Trataste de leer la segunda parte del Fausto, pero era inútil.

—¡Qué mierda!

Te incorporaste y te dirigiste una vez más hacia la coqueta donde se hallaba el rifle. Buscaste detrás de ella y lo extrajiste. Te sentías acorralado en el tiempo, te sentías abrumado por la espera y no sabías en qué emplear los minutos que faltaban. Te diste a la tarea de cubrir el cañón del arma donde podría reflejarse la luz cuando lo colocaras en la ventana. Le ajustaste la mirilla, la puliste, echaste un poco de aliento contra su cristal y volviste a lustrarla. Sacaste el pañuelo de hilo y volviste a frotar el rifle delicadamente desde la boca a la culeta. Lo contemplaste orgulloso; relumbraba. Lo observaste con el mismo placer con que los samurais debieron contemplar sus sables. Tu rifle, como las lanzas o las espadas de Aquiles, era bello. La belleza que cubría el objeto de la muerte. El objeto ideal, deslumbrante, que llevaría tus pasos a la fama. Contemplaste la belleza de tu habitación, de tu apartamento, de tu corazón y pensaste en la pregunta de Flaubert. ¿En qué categoría te ubicaría el mundo cuando la noticia corriera de boca en boca; cuando la bala diera en la frente del tirano? Te acusarían de terror. Sonreíste. Contemplaste la cabeza de Héctor arrastrada por el carro de Aquiles el soberbio. Un gesto, un solo gesto sería suficiente para cambiar el mundo. Recordaste a tu madrastra dando informes de ti a los agentes. Echándote de la casa, prohibiéndote dirigir la huelga universitaria. Luego el suicidio de padre. Luego Los ensayos de la libertad. Y oíste su voz una vez más, contemplaste a los agentes hollywoodescos, corteses, hipócritas, besarle la mano a la mujer de tu padre que suministraba las informaciones falsas. Entonces te expulsaron de la universidad; te echaron del país y te hundiste furiosamente en aquel anonimato que te horrorizaba.

Quitaste el "tape" de la ventana en donde ubicarías el cañón del fusil. Te colocaste los guantes negros de cuero y el arma hasta la saciedad. Disparar y devolverla a la caja del violín sería fácil. Difícil sería borrar las huellas de la pólvora. Te quedaste absorto por un instante veloz, fugaz y volviendo en ti descubriste que estabas pensando en Mishima. "¡Oh, la gloria!", dijiste. Y sentiste que tu corazón se henchía con un sentimiento místico que ni los orgasmos escandalosos de ellas habían colmado de aquella forma.

Los fotógrafos de la prensa asumían ese gesto mediocre que los caracterizaba sin sospechar —sonreíste— que un gesto superior, divino, los eclipsara. Tu corazón se aceleró y sentiste, una vez más, la presencia de lo incierto. Trataste de calmarte y de mantenerte ecuánime. (Cuando tu madre en la infancia, en el salón de clases, hacía aquella pregunta obvia que los niños mayores que tú, más oscuros que tú, paupérrimamente vestidos, ignoraban, se te helaba la frente, te sudaban las manos y a pesar de ello veías, asombrado, cómo tu mano se levantaba y se movía como una chiringa sobre tu cabeza. Tu madre te miraba irónica, asombrada, temerosa de que tú fueras tú y titubeando, ante el silencio de la clase, te mandaba. Tu voz frágil, nerviosa, finita daba el nombre del almirante. Los ojos de los otros niños se volvieron sobre ti y te contemplaron como al intruso que eras. ¿Quién te había pedido contestar? Comprendiste por primera vez lo que significaba sobresalir. Comprendiste por primera vez lo que significaba la soledad. Tu madre te miró con los ojos llenos de lágrimas.) Sabías que tu corazón se precipitaba a tu destino. Colocaste el cañón en la ventana y aguardaste. Sólo pensaste en el rostro de ella cuando se enterara de la noticia. Sólo pensaste en los rostros de los que te habían rechazado por ser puertorriqueño. Ahora la historia estaba de tu parte; ahora la historia se guiaría por tu mano. Estabas a sólo unos segundos de ser de la estatura de Aquiles. El tiempo se cerraría vertiginosamente y él te miraría emocionado desde los ojos del héroe que temblarían en el espejo. Cuando la noticia corriera, ellos, claro está, sentirían pánico, pero así ha sido siempre. "Los héroes desgarran sublimemente el imposible", pensaste. Y ella trémula, fría de pies a cabeza, sentiría que su corazón se llenaría de orgullo (como si estuvieras contestando delante de tu madre). Cerraste los ojos y la besaste.

—Nunca había visto unos senos tan hermosos —le dirías a José Ramírez.

La gritería de la multitud te sacó del olvido. Corriste las celosías y contemplaste el rostro del sátrapa. La plaza estaba llena de hombres anónimos que gritaban el nombre del kan. Las banderitas norteamericanas, las pecosas, se agitaban en el aire con la misma violencia con que se agitaban en los sueños. El presidente norteamericano, protegido por su séquito y luciendo un hermoso traje azul de hilo, con su cabeza sembrada de canas, ojeroso, joven todavía, pacifista y codiciado eróticamente por aquellas mujeres que anhelaban tocarlo como a un tótem, se subió al estrado. Era Héctor. Nueva York era la Troya que los alemanes habían descubierto. Eran las once de la mañana y la belleza del mundo, su apariencia, su querer ser eterno, se simbolizaba en aquel hombre. Sabías que en este preciso momento, los tibios, los antihéroes, estarían presentando el caso de tu país ante el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas.

—¡Payasos! —susurraste y escupiste contra el cristal de la ventana. Contemplaste la saliva deslizarse como lavaza envuelta en sus burbujitas y dejar una hilera de luz contra el polvo que cubría los cristales. La saliva rodaba lenta, deshaciéndose, como un cometa de hielo y de agua que el calor de la ventana desintegraba. Apuntaste. Lo viste en la mirilla como tantas veces lo habías visto en la televisión. Entendiste la dicha. La embriaguez nietzscheana estaba delante de ti. Dentro de un solo momento la dicha serías tú. El presidente gesticuló fantasmalmente como si estuviera espantando las moscas de la muerte. Manoteaba una suerte inevitable que su propio país había fabricado para él. Tu mano no tembló. "No habrá sorpresas", dijiste. Eras el resultado de todo aquéllo y te sentías orgulloso. El orgullo de ella por la noticia tuya te alcanzaría tarde o temprano. Viajando hacia Cuba o sentado en la silla eléctrica, el resplandor de la fama sería más fulminante que el resplandor de la electricidad. Trataste de escuchar al fantasma, pero era inútil. Sabías su discurso de memoria, porque era el mismo discurso de los hombres como él. Levantaste un poco más el cristal de la ventana y lo oíste: "La democracia, la libertá, la ayuda humanitaria...".

¡Disparaste!

Te volviste al espejo y lo contemplaste: Aquiles levantaba su espada contra Héctor. Habías detenido la historia. El movimiento de la historia retornaba. Ya no importaba que nevara, o que fuera otoño, o que lloviera torrencialmente en los veranos, o que volviera una vez más la primavera. Ya no importaba nada, porque la gritería de la multitud era devastadora. El hombre que tenía que caer cayó. Nabucodonosor había caído. El presidente sonreído, con un orificio en la frente, se desplomó. La caída de su imagen fue aparatosa.

—¡Consumado es! —dijiste.

Desarmaste el fusil y lo guardaste en el estuche. Luego te quitaste los guantes de cuero, pero retuviste contigo el viejo violín. A pesar del sudor que te corría por la frente, te alegraba ser ese músico mediocre que se deleitaba interpretando La apasionada. Aligerando la realidad, tratando de escapar de la sensación de cámara lenta que te embargaba, del vértigo de hallarte en lo sublime, saliste del apartamento y te dirigiste hacia el incinerador. Abriste su puertecita y arrojaste el estuche. Tarde o temprano darían con él, pero eso ya no importaba. Ni siquiera importabas tú. El hombre se había encontrado con la patria. Cerraste la puerta en el momento en que otras puertas, en tu mismo piso, se abrían. Por fin la noticia acontecía cierta en la boca de los hombres libres. Habías salido de tu propio sueño y estabas allí delante de lo real. Habías roto tu ilusión como los cascarones de un huevo. Ahora podías mencionar los nombres de tu origen: Bolívar, Martí, Hidalgo, Washington, Albizu. Esta vez no te miraste en el espejo de la Quimera que adornaba la salita. Ahora, tranquilo, te detuviste en la cocina y contemplaste las bolsitas de tilo. El temor te asaltó: tarde o temprano darían contigo. Buscaste los fósforos y encendiste la estufa. Desde tu apartamento se oía la gritería de la gente que entraba y salía del edificio. Las sirenas aterrorizaban al vecindario burgués que te había acogido con sorpresa, después con apatía, finalmente con olvido. Dejaste caer la bolsita de tilo en el agua hirviendo y aguardaste. Te habías acostumbrado a esperar. Toda la vida habías esperado por aquel día como otros hombres esperaban por la muerte. Tu corazón, a pesar del frío de tus manos, estaba en paz. Serviste el té directamente a tu taza tratando de que la bolsita no cayera en ella. Tomaste la azucarera y depositaste una, dos, tres cucharaditas de azúcar negra. Meneaste con calma contemplando cómo el color del té se oscurecía. Inhalaste el aroma del tilo y sonreíste.

Te acercaste a la ventana y subiendo el cristal te sentaste en el marco. Tomaste el primer buche de té. Te levantaste y fuiste a la gaveta de tu mesita de noche y buscaste el potecito de las valium. Lo abriste y tomaste cuatro. Lo cerraste y lo dejaste caer. Luego volviste a la ventana. Ahora de pie, contemplaste la cuadra que había sido tomada por la guardia nacional. Te colocaste las valium en la lengua y tragaste. El té te reconfortó. Desde todas las azoteas los policías, los detectives y los agentes del FBI y de la CIA controlaban cualquier posible salida. Divisaste al alcalde neofascista de Manhattan, tan despersonalizado como siempre. Se les había hecho tarde y lo sabían. Te dirigiste hacia el componente y, colocando tu taza sobre una de las bocinas, buscaste la casetera de La Novena Sinfonía y la pusiste. "Si Beethoven viviera, me abrazaría".

Los primeros acordes de la sinfonía anunciaron tu victoria. Abriste todas las ventanas del apartamento para que entrara el calor del verano. Te volviste a la cama y acomodaste la almohada contra la pared; te reclinaste en ella. El segundo movimiento era imperativo. Lo repetitivo era casi una gracia. Verdaderamente eras feliz. Ahora te parecías a ti mismo. (Tu madre hizo la misma pregunta de siempre y tú levantaste la mano como la primera vez.) Los agentes, los preguntones, los que habían llegado tarde, comenzaron a golpear la puerta, pero no había prisa.

—¡Que la derriben! —dijiste soñoliento.

Cerraste los ojos y te dormiste. Tu padre estaba delante de ti. El sonido inmortal del coro sinfónico te hizo abrir los ojos momentáneamente. Inhalaste otra vez el aroma del té y lo probaste. Era la dicha.


       

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