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El bautizo Nunca más he podido forjar en la mente la concepción de que pueda existir un sacerdote que no ostente el nombre parroquial de aquel personaje dócil, cauto y diserto que la bautizó: Aristóbulo. Desde que Cecilia me contó la historia que ella conocía; la imagen de ese religioso se ha trastocado en mi imaginación de diversas formas hasta llegar a la conclusión alentadora de que fue un privilegio el no haberlo conocido, para poder recrearme con la evocación imprecisa de alguien a quien puedo reconstruir, cada vez que lo intento, fraguándolo en el molde caprichoso e insostenible de los recuerdos. Lo tengo como un presbítero de ahondados arraigos religiosos y bien sabido del privilegio del canon. Con una sotana de yeso por lo nívea y lo inmóvil, de anteojos sostenidos en la cúspide decadente de su nariz roma y en el rostro, el padecimiento secular de una dispepsia crónica; la misma que le hacía interrumpir el ritual religioso, y en medio de una homilía dominical se procuraba el aislamiento debido que le consintiera la eclosión de sus flatulencias pestilentes. Era un gesto natural que a Cecilia, el recuerdo del clérigo se le prendiera como una traza indeleble, ya que en sus andares por los pretiles de la Avenida Crisanto Luque siempre le asaltaba la insidiosa galantería del señor xxxxxxxxxx, quien desenfundando un pañuelo recién zurcido, le rezaba de memoria el mismo piropo, retahilado con la cadencia de una pretensión poética:
Dichosa la tierra que dio la hierba, ...Y ella lo escuchaba rememorando aquel vaho acrimónico de la sotana que la bautizó y que se colaba, como una exhalación, por la ventanilla cribada del confesionario los domingos de comunión. Luego ella terminaba de pasar; y soltándole una brizna del viento que llevaba aprisionado en sus polleras se le escurría al cortejante dejándolo suspendido en su anhelo tardío. Fue en la iglesia de la Tercera Orden donde el cura Aristóbulo le dio la bienvenida al mundo. Cecilia, en brazos de su madrina era una criatura delicadamente acicalada y envuelta en un faldellín rosa de una tela transparente, que a la vista se antojaba calurosa. A la fecha de su bautizo sumaba ya tres años y unos diecisiete kilos que alzados por su madrina durante las horas de la ceremonia, se convertían en una carga extenuante e incómoda dada la impaciencia y el sofocante aire que se quedaba allí, dentro de la iglesia, a las cinco de la tarde. Durante el inicio del ritual el cura Aristóbulo desplegó su austeridad oral, que en una tonalidad sostenida entre la agudeza y la gravedad, ingresaba plena en los oídos de todos los feligreses y los extasiaba casi hasta la levitación. Él tenía a toda hora un regaño en la boca y en las manos el gesto que insinuaba un perdón. Sus prédicas las iniciaba en el púlpito y en la medida en que se iban convirtiendo en una reconvención, él iba descendiendo hasta llegar nuevamente al altar; de allí se paseaba a lo largo de la nave central ingresando repentinamente en alguna de las hileras de bancas para alzar más el tono enfatizando su sermón el que culminaba en la línea exacta en donde comenzaba el atrio. Su mano se asía de uno de los aldabones de bronce ancorados en los envejecidos portones y dándole golpes acompasaba las últimas palabras que pisoteaban la atrición de sus congregantes, dejándolos a todos con el temor de Dios suspendido en el alma mientras él regresaba pausadamente y con la mirada puesta en el infinito hasta su posición de patriarca, allá delante de la sacristía. Censuraba el adulterio, reprochaba la usura y denigraba a las prostitutas que allí en la Calle de la Media Luna, donde se emplazaba su iglesia, eran sus vecinas más próximas, y por esa razón, un domingo de esos en que el asueto parece tomarse una licencia adicional, amanecieron unos brochazos en el muro lateral del templo, que aún en la mañana mantenían el calor inmaculado del carburo reciente y que claramente dejaban leer la irreverencia vengativa de las hordas ofendidas: "El cura Aristóbulo Gómez es marica". Ese domingo nadie fue a misa y él se quedó esperando en el andén, paseándose de un lado a otro de su ignominia, mientras la calle reverberaba en un sol ardiente y su imagen asotanada ponía a la desolación el toque tenebroso de una tragedia de Hitchcock. (Se puede extender este episodio). Amanda seguía sosteniendo entre sus brazos a Cecilia mientras el cura Aristóbulo hacía el preámbulo y apuntaba con una caligrafía de pendolista los datos pertinentes; estaba cumpliendo el designio de un destino que ella había añorado desde el momento en que Filomena murió. Más por la razón fraternal que la ligaba a Filomena que por mantener intacta su reverencia a la voluntad de los difuntos; Amanda, sin apelar a los prejuicios ni a las adversidades venideras, se hizo a su custodia. Había decidido inexorablemente darle un giro a su contienda y virarla hacia el rumbo de la complicidad. Amanda mantenía entre sus manos a la niña con la misma actitud de quien resguarda la dicha buscada por años...
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