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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 81
1 de noviembre
de 1999
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Letras de la Tierra de Letras

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Poemas

Arturo Quetzalcoatl Torres Herrera


Desabinados (a la muerte de Jaime Sabines)

De pronto se nos hace un hueco
en el centro de gravedad del alma,
no logramos mantener el equilibrio de las emociones
y la necesidad de poesía nos abruma, nos duele.

No atinamos a descubrir qué
carajos ha sucedido en el mundo;
sentimos cómo se nos vacían los bolsillos de palabras
y vemos cómo la tarde se ha puesto gris
sin mandarnos un aviso, sin prevenirnos.

Poco a poco nos va llegando
el aire de las malas nuevas.

A través del distorsionado televisor
nos enteramos que las bolsas
de valores en el mundo han subido,
pero los pobres siguen sin saberlo
pues tienen la mala costumbre de ignorar todo aquello
que no se coma o no quite el frío;
nos cuentan los noticieros que la paz sigue necia
en esconderse en papeles y en hoteles de cinco estrellas,
que no será en este siglo el ajuste
de cuentas con los repartidores del dolor,
que las naranjas siguen oliendo a napalm,
ah, y también, de pronto, nos sueltan la noticia
de que ha muerto Jaime Sabines,
de que por fin le ha dado gusto al cáncer
y lo ha dejado que lo lleve
con su adorada Tía Chofi.

Lo primero que hacemos es asomarnos al cielo
para ver si ya se enteró de la noticia,
buscamos alguna señal o anuncio luminoso:
"Se murió el poeta",
"Se murió el peatón de peatones",
pero no hay nada.


Desabinados II

Nos hemos quedado desabinados,
se nos han escondido las palabras,
ahora las tendremos que andar cazando
en los salones y en los burdeles,
a salto de mata, a la buena de Dios,
para no quedarnos mudos y solos, solos, solos.
Jaime Sabines: maestro de lo cotidiano,
tú que delataste a Los Amorosos y le diste
el derecho de reír a la cojita cuando estaba embarazada,
déjanos defenderte de la muerte,
permítenos inaugurar la
casa de reposo de nuestros muertos
poniendo tu cuerpo como huésped distinguido,
para ver si en una de esas
te levantas a seguir viviendo...


Dolencias

Me dueles en el cuerpo,
justo en los lugares por donde
ya no pasan tus caricias,
me dueles en cada poro y en cada arruga,
en los dedos y en la lengua,
en mi hombría jubilada.

Me duele el recuerdo de tu larga cabellera
que encapotaba el cielo de tu pecho
cuando lo liberabas
para entregárteme sin ataduras,
libre y completa,
con los ojos cerrados y apretados
como queriendo verte el corazón.

Me duelen los segundos que revolotean
por nuestro cuarto sin terminar de pasar
de una vez por todas,
me duele el silencio de los muros,
el eco de tu voz en las cañerías,
la persistencia de tu olor
a altar de día de muertos.

Me duelen tus manos quietas y carcomidas,
tus labios secos besando la tierra,
tus pies inmóviles ocultos para siempre
en la oscuridad infinita
de este camposanto de mi desdicha.

Me dueles de la única forma
en que podías llegar a dolerme,
es decir,
muerta.


El silencio de los amantes

El silencio de los amantes
es la balanza de la locura,
está repleto de miradas
y toques mágicos,
de mensajes y de caricias;
el silencio de los amantes
es una nube
que los envuelve y los aísla,
que los hace flotar
en el agua de una mirada
o en la sombra de una ojera.
El silencio de los amantes
detiene el tiempo
y trastoca las leyes de la naturaleza,
es así que se ha sabido
de qué color es el deseo
y se ha podido establecer
el peso exacto de un suspiro.
El silencio de los amantes
es cosa sagrada,
viene después del amor
o aparece unos segundos
antes de una nueva batalla.


Las olvidadas

Las olvidadas
vuelan por el mundo
formando grupos,
abarrotando los salones de té
y las cafeterías,
especialmente
en las tardes lluviosas;
las olvidadas
cultivan el moho
de las caricias no dadas
y lo exhiben entre sus dedos
como marca ardiente de soledad,
llevan siempre un beso en los labios
y una flor oculta entre los senos
por si acaso la vida las sorprende
desnudas en algún lecho.
Las olvidadas más antiguas
se han graduado
como maestras
del amor no ejercido
y dan clases a las reclutas
sobre esta difícil disciplina,
las enseñan a ocultar
las huellas de las
noches de insomnio
y los rastros de una sesión de llanto.
A las olvidadas
rara vez se les ve en las iglesias
pues sus Dioses también las olvidaron
y ellas lo saben,
sin embargo,
amparadas en el cómplice refugio
de las páginas de un diario
aún escriben esperanzadas
la oración de las olvidadas
"Dios:
aún me queda el corazón
¡Incéndialo, Señor!
¡Incéndialo!"


Mariposario

He ingresado de pronto
en un mundo de colores
sin orden aparente,
estoy en un recinto inundado
de luz en movimiento,
pedazos de acuarela
van y vienen manchando
el ambiente,
se posan por un segundo
en todas las cosas
y súbitamente se incorporan al aire.
El arcoiris se retrata
en alas y en cuerpos menudos,
el viento lleva el mensaje
tembloroso y multicolor de la vida
a cada rincón del mariposario.
Respiro hondo,
lleno mi cuerpo con el aroma
de estas flores voladoras
que me rodean,
abro bien los ojos,
quiero que esta mágica visión
me acompañe hasta la muerte,
si es que la muerte existe
en este universo de pinturas volátiles.
No hay camino de regreso
el mundo en blanco y negro
ya no existe,
todo ocurre
en el mariposario sagrado
de tu cuarto.
Quiero ser mariposa,
quiero perderme en esta vorágine
de pincelazos locos
de la paleta divina,
quiero vivir sabiendo
que la belleza existe,
quiero estar aquí,
en tu mariposario.


Mis fantasmas

Cada vez que te vas
mi casa se llena de fantasmas,
el fantasma de tu risa
rebota en las paredes y ventanas,
al de tu piel con su olor
a tierra mojada le gusta esconderse
entre los libros y revistas;
también aparece de inmediato
el fantasma de tu ausencia
con su arrastrar de cadenas,
y el de tus besos buscando
el camino de mi fuego,
y ese otro que juega a meterse
entre las sábanas
y me hace creer que te has
quedado a pasar la noche,
por supuesto nunca falta
el fantasma de tus caderas
cabalgándome incansables,
y el de tu lengua envenenando
mi garganta;
mi consentido, ya lo sabes,
es el fantasma de tus ojos
que se ha quedado a vivir en el espejo.
Cada vez que te vas
sólo tus fantasmas me acompañan,
y como a viejos amigos
los atiendo en casa,
les preparo el baño y el café,
los cobijo cuando duermen;
en pocas palabras los trato bien,
pues ellos son todo
lo que me queda de ti
cada vez que te vas.


Pintor de mariposas

Sentado al borde de una nube
el pintor de mariposas
observa atento la puesta del Sol,
con su pincel en la mano,
fabricado con el cabello
de la última sirena de verdad
y empapado en lágrimas y sangre
de amante olvidada,
va copiando los colores
que embadurnan el paisaje
y los plasma en delicadas
alas inmaculadas
de mariposas en gestación.

Una a una van surgiendo
esas maravillas voladoras
que se alejan atrapadas por el aire,
adornando el horizonte
con sus alas nuevas y frescas,
enloquecidas de libertad.

El pintor de mariposas las ve alejarse
fascinado con su obra
pero triste de perderlas,
pues la belleza creada
es la que más duele cuando muere
o cuando parte.

Cuando termina la jornada,
con los ojos cansados y llorosos,
el pintor de mariposas
se recuesta y duerme,
sabe bien que los artistas
necesitan soñar y descansar,
ya llegarán con el alba
las musas otra vez.


       

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