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En el puente

Jorge Llópiz

La ves a lo lejos, del otro lado del puente, sentada debajo de la sombrilla en el banco del parque. Mueves los pedales de la bicicleta con fuerza pero no avanzas por la avenida, pese a que tus pies continúan girando sin cesar. Sientes el salitre y el viento caliente pegándose a tu calva, a tu cuerpo delgado, como si quisieran detenerte; pero sigues tratando de no perder el puntillo blanco que ya tiene forma de mujer. La logras dibujar en la lejanía con sus trenzas largas como la primera vez cuando se apareció en el monasterio. Crees que toda tu devoción pertenece a Dios y de no ser por los ojos grandes de Amanda, que te hablan de las inquietudes de la carne, nunca hubieses comprendido todo el peso del mandamiento divino: "Ama a tu prójimo como a ti mismo". La quieres y Dios te la concede, sin atender a las lenguas esquivas que rondan la iglesia. Vas hacia el otro lado del puente con el deseo de que el advenimiento del Señor te sorprenda junto a ella para vivir el doble milagro de la resurrección.

Inclinas la bicicleta siguiendo la curva de la calle y Amanda se sale de tu mirada. No te asustas: sabes que la volverás a ver, cuando estés más cerca del puente. De repente un niño descalzo y sin camisa sale a tu encuentro ofreciéndote el cuidado de la bicicleta por un centavo al día. Das un corte brusco, encomendándote al cielo, para no golpearlo. "Los mozuelos de hoy están desorientados, tanta matemática les ha estropeado el cerebro". Tus palabras arrastran las acusaciones de años atrás desde el segundo piso del recinto de Coppelia hasta tu bicicleta y vives, otra vez, el deseo de saborear un helado de naranja piña, servido en un vaso de suero. No te gusta el nombre, por recordarte los olores de las jeringas en los hospitales, pero será de nuevo irresistible y entre un pedazo de piña por aquí y otro, de naranja por allá, se te escapará de los labios: "que en vez de enseñar matemática a los escolares deberían de ofrecerles catecismo". Tu sentencia rodará por las escaleras y romperá la fila de espera de miles de personas, cuando una señal de desvío te obliga a detener la bicicleta a pesar de que tus ojos continúan buscando el puente que se esconde aún al final de la avenida.

La propuesta de guardar la bicicleta por cinco centavos al día surge, ahora, respetuosa, de la voz del señor con sombrero y corbata. Observas el rostro sudoroso y apacible del hombre y le dices que no piensas dejarla hasta que no cruces el puente. "Es imposible, señor, el puente está cerrado. Si sigues a pie con la bicicleta tendrás que regalarla; más adelante las tarifas son muy altas y no le alcanzará ni el capital de la Banca Suiza para alquilar un lugar en cualquier parqueo". Cuál es la tarifa más alta, preguntas y la suma de quince centavos te arranca un par de carcajadas. Sin duda que es una broma. Le das un golpecito amistoso al guardián de bicicletas y te vas caminando entre las vallas que cierran la calle.

Sudas y las gotas se columpian en tus gruesas cejas, impidiéndote apreciar el bulto negro que bloquea la calle. Muchas personas están detenidas y no dejan ver el puente ni a Amanda más allá del litoral. Esquivas con permisos y disculpas, mas nada consigues. El camino se ha cerrado pero no pierdes la fe. Dios está contigo como aquella terrible noche en el medio del cañaveral con las manos cubiertas de ampollas y el cuerpo adolorido. Vuelves a sentir el tizne de la caña quemada. Cortarás la dura caña, limpiarás el bagazo que hincha las manos, y no te quejarás, desearás, otra vez, demostrarle a aquellos, que un cura puede lo mismo dar una misa que irse a la zafra. El número de arrobas que los otros quieren cortar seguirá siendo un disparate que ni los mismos pitagóricos habían soñado. Les dirás que el reto es imposible y ellos te lanzarán de nuevo a la cara la consigna: "los cristales se rajan, los hombres mueren de pie", que sonará como un estampido caliente y entumecido. Sentirás un zumbido en los oídos, caerás sin sentido sobre el bagazo y te llevarán al campamento entre risitas. Te dirás, al volver en sí, que el hombre lejos de Dios se convierte en un animal que sólo sabe vivir. Tratarás de dar un paso en la enfermería, cuando una mujer, con un lunar de canas en el cabello y una bata de dormir, te advierte que eran quince centavos. La luz del malecón te hiere los ojos y apenas echas una ojeada al grupo de bicicletas que están bien alineadas en el contén de la acera. "No hay problemas", escuchas, "ninguna se ha perdido hasta ahora, así que no tienes por qué preocuparte. Sólo que no puedes hacerme responsable de la rotura de los neumáticos ni de la falta de brillo de los manubrios: los aguaceros de mayo y las calenturas de agosto son realmente los culpables". Quieres voltearte para salir del enredo, pero ya han llegado muchas personas preguntando la razón de tanta demora. El sol te brinca en el centro de la cabeza como una pelota y percibes el desasosiego del callejón sin salida y la voz del Señor que te mantiene sereno. Sabes que pronto estarás en los brazos de Amanda. La del lunar de canas te entrega un boleto con el número del parqueo y recoges la Biblia sujeta a la parrilla de la bicicleta, antes de que se la lleven.

El muro del malecón, grueso y mugriento, sostiene la estancia de la gente. Un viejo, con la boca llena de sol, se calienta los pulmones; mientras un grupo de niños, cogidos de las manos, cantan canciones que molestan a los policías. Ves cómo un guardia carga con dos de ellos sin escuchar tus palabras de que los niños no saben lo que entonan. El viejo, escupiendo un pedazo de sol, te dice: "No se alarme, siempre pasa lo mismo. Los niños corean estrofas medievales, vienen los policías y se lo llevan para el patrullero. Luego lo sueltan y los pilluelos vuelven de nuevo a las andadas. Amigo, es el pan de cada día", bosteza el viejo y no puedes evitar persignarte en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo para que acuda en ayuda de los angelitos.

Caminas por un estrecho y zigzagueante trillo que conduce, según los presentes, a las personas que están más cerca del puente porque los que permanecen atrás se han aburrido de esperar que lo abran. Miras a los jóvenes de pelo largo, camiseta y pantalones cortos haciendo pirámides de bicicletas para conjurar poemas al compás de un metrónomo oxidado. El pregón de un vendedor de periódicos corre la noticia de que el puente ya está arreglado, pero los muchachos no dejan de mover el metrónomo susurrando sortilegios. Palpas con tus propios ojos la fotografía en primera plana donde aparece el puente listo. Sigues los recovecos del sendero, tropezando con los pies de los que se han quedado dormidos al borde del camino. Llegas a la entrada del puente y una valla gigante anuncia: "Cerrado por reparaciones". Más allá está Amanda sentada bajo la sombrilla blanca y te dan ganas de tirarte al agua para tocarla y abrazarla pero sabes que hay tiempo para todo. Tiempo de nacer, de salirse del vacío infinito; tiempo de morir, donde los poros y la silueta de la piel pierden los contornos; tiempo de sembrar...; y cierras la Biblia con un rezo de tres Ave Marías y dos Padres nuestros. Chequeas, una vez más, la fotografía del periódico y, contrariado, preguntas qué había sucedido. Una voz sin rostro te susurra: "Nada, lo de siempre, la prensa por un lado y el puente por el otro. Ya era pura rutina. Los periodistas defienden la fe de ver el puente como aparece en la fotografía". Te arrodillas ante los valladares que bloquean el puente y con la Biblia en la mano dices: "Señor, muéstrame el camino e iré hacia ti". Muchos te sujetan cuando intentas lanzarte al agua. Gritas pero no quieren escuchar. Te empujan dentro de una casa de lona que tiene una cruz roja y allí te dan pastillas para tranquilizarte.

Duermes sin sobresalto hasta el otro día. Abres los ojos; estás solo con la aguja del suero en un brazo y la pantalla del televisor encendido. La imagen de la comentarista anuncia la apertura del puente y percibes la alegría de muchos que saludan a las cámaras montados en sus bicicletas. La reportera entrevista a un cura que santigua la cinta antes de ser cortada y el padre, brincando de un lugar a otro, le da la bienvenida a las bicicletas que ruedan en dirección al parque donde ves sentada a Amanda. Te quitas el suero y sales para compartir la alegría de todos pero los barrotes delante del puente y la gente acostada en el medio de la calle, te aturden; vuelves sobre la comentarista que se emociona de júbilo en el cuadro del televisor. Corres para que la enfermera no te alcance y, antes de que la gente te detenga, saltas y caes al mar.

El agua la sientes muy fría y el pecho se contrae de dolor. Desfalleces pero la figura de Amanda, del otro lado, te devuelve el ánimo al instante. Las olas te llevan primero a los brazos de ella y luego te alejan sin descanso. Te desesperas golpeando el mar con los brazos y las piernas. Crees que no vas a llegar y mirando al Señor de frente le ruegas que te deje abrazarla. Aprovechas el vaivén de una ola y nadas sin parar hasta rasparte las rodillas con los arrecifes del litoral. Llamas a Amanda y la ves correr hacia ti. Te besa en la frente, en las manos y te abraza con el vestido blanco que seca tu rostro mojado. "Casimiro, no estás muerto", te dice, a pesar de que tu cuerpo hinchado en la primera plana del periódico cae de las manos de ella.

    Miami, Florida. Mayo, 1998.


       

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