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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 81
1 de noviembre
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El camino de oriente

Nicasio Urbina

Conocí a mi esposa comprando calzoncillos, una tarde de junio, en uno de los establecimientos de descuento del ala occidental. Yo me había acercado al departamento de ropa interior masculina sin una intención precisa, simplemente vagando entre las estanterías, curioseando sin motivo los modelos expuestos en los pasillos, cuando recordé que mi ropa interior estaba francamente en mal estado, rota y amarillenta, y que era hora de adquirir algunas prendas nuevas. Los calzoncillos estaban ordenados por tallas en un mesón largo, dispuestos en hileras apretadas y empacados en convenientes paquetes de tres unidades que hacían la oferta más atractiva. Los había de muchos colores y diseños, y aunque siempre he preferido la ropa interior blanca y sobria, observé con atención los estampados con motivos marinos: algunos tenían pequeñas embarcaciones de vela, anclas y gorras de marinero; otros tenían corales y caracoles, caballitos de mar y tiburones de aspecto amigable. Los había con estampas de payasos y escenas circenses, máscaras de carnaval y gorros de fiesta; había otros con ositos pardos y marrones, perros San Bernardo de ojos tristes y gatos gordos y sonrientes. Debo haber murmurado algo entre dientes porque la mujer que estaba al otro lado de la mesa levantó la vista y sonrió. Sin poderlo evitar me sentí avergonzado y sin duda mi rostro se enrojeció levemente. Para disimular mi turbación dejé caer el paquete con displicencia y dije: "Las cosas que la gente se pone hoy en día". Ella observó los calzoncillos con detenimiento y finalmente agregó: "Esos son en realidad monísimos". Sentí ganas de darle una bofetada y la quedé viendo con displicencia, pero a ella mi expresión parece que le resultó divertida porque se volvió a sonreír. Un poco más allá estaban los paquetes de ropa blanca, y sin darle mayor importancia me dispuse a buscar la talla apropiada. Empecé por el extremo izquierdo, pero los paquetes no estaban en orden y recorrí prácticamente toda la sección sin encontrar mi medida. Hice un gesto de fastidio y me dispuse a empezar de nuevo, cuando sentí la misma voz timbrada justo a mi costado. "¿No encuentra su número? Yo soy muy buena para estas cosas. Permítame que le ayude, a ver", dijo midiéndome con la vista, "Usted debe ser un treinta y dos". Yo me quedé en silencio mientras ella esperaba mi respuesta, hasta que finalmente me di por vencido. "Efectivamente", le respondí. "Ve usted cómo se lo decía yo. Ya verá que encuentro uno de su talla justa".

Mientras repasaba con dedos ágiles las hileras de paquetes me sentí incómodo, como si la mujer esta, una perfecta desconocida, estuviera hurgando en mi ropa interior. Qué tontería -me dije en seguida-, simplemente está tratando de ayudarme. ¿Por qué habría de molestarme que una señora, guapa y bien presentada, esté tratando de ayudarme a encontrar un paquete de calzoncillos de mi talla? En general me fastidian las compras, me cansa terriblemente tener que abrirme camino en los colgadores atestados de piezas para encontrar la camisa de mi gusto, el pantalón que buscaba, el saco de la talla y el tono adecuado. Así que, ¿qué mejor cosa que una mujer amable y efectiva que encuentre para mí lo que ando buscando? Sin embargo me sentí incómodo cuando con voz de triunfo la oí decir: "Ajá, el último que quedaba. Mire usted, precísamente su talla. No se lo decía yo. Vea, tres calzoncillos blancos talla treinta y dos. ¿Qué le parece?". "Muchas gracias", le dije tomando el paquete de sus manos y forzando una sonrisa, y me dirigí hacia la caja, pero antes de llegar me volví a sentir avergonzado, di media vuelta y regresé a la sección de ropa interior. "Perdone mi rudeza, señora, pero usted sabe... es un poco incómodo". "No tenga cuidado", me respondió, alargándome la mano, "Me llamo Consuelo, Consuelo Vargas". "Mucho gusto. Arturo Montiel, para servirle", y le estreché una mano suave y alargada que se acopló a la mía con entereza. "Usted comprenderá, es un poco extraño que una persona que uno no conoce le ayude a escoger la ropa interior. Es algo que nunca me había pasado, y por un momento no supe cómo reaccionar". Ella se quedó un instante en silencio, esbozando una suave sonrisa y yo pensé despedirme definitivamente, pero como no sabía qué decir, dije como un imbécil lo primero que se me vino a la mente: "¿Le gustaría tomarse un café?". Ella miró su reloj de pulsera, pensó un momento y finalmente aceptó complacida.

Nos sentamos en uno de los cafés del centro, ella pidió un té de hierbas y yo mi acostumbrado expreso, y hablamos por espacio de una hora. Nos contamos algunos detalles de nuestras vidas. Le dije que vivía en la sección occidental, aunque en realidad había nacido en el sur, y que trabajaba como ingeniero de producción en la planta Martol. Ella por el contrario había nacido y vivido toda su vida en el ala norte, y no tenía mucho interés en aventurarse por tierras desconocidas. "El mundo es el mismo donde quiera que se vaya", me dijo con convicción, y yo tuve que estar de acuerdo, aunque a mí me hubiera tomado muchos años e innumerables leguas caminadas llegar a la misma conclusión. Me habló de su familia, de sus hermanas, todas casadas, con hijos y viviendo en las cercanías, de forma que se visitaban a menudo. Se encontraban con frecuencia en uno de los pasillos de la tienda de abarrotes y paseaban tranquilamente delante de la floristería. Ella vivía sola, en una esquina del módulo H, bastante cómoda y tranquila, según me dijo, rodeada de gente buena y trabajadora, antiguos locatarios en los que podía confiar plenamente y con los que se sentía protegida. Su esquina era de tamaño mediano, siempre limpia y arreglada, y agregó que una mujer sola no necesitaba mayor espacio. Justo al lado había una zapatería y aunque tenía bastante clientela no la molestaba en absoluto. La gente que compra zapatos es en general silenciosa y prudente; llegan, miran las vidrieras, entran, se prueban un par de tallas, compran su mercancía y se marchan. Nunca ha tenido problemas. No es como otros lugares donde los jovencitos se congregan a jugar y a meter barullo, con su música estrepitosa y sus risas desvergonzadas. Sí, había tenido algunos amores en su vida, pero nada importante, nada que valiera la pena. ¿Y él? Le conté que mi familia estaba en el sur, bastante lejos, en una sección muy populosa con tiendas pequeñas y pobres, corredores poblados de niños descalzos y sucios, tabernas y bares de media luz. Me había mudado hacía mucho pero los visitaba de vez en cuando. En repetidas ocasiones les había propuesto que se mudaran pero mi madre se oponía, estaba acostumbrada y no le interesaba cambiar. Mi padre había muerto hacía algunos años y mi madre vivía con mi hermano menor, recién casado y esperando niño. En realidad el tramo era amplio y fresco, situado en un recoveco a la salida de los Almacenes Lola y tenía una vista excelente que comprendía casi toda la longitud del pasillo. En las tardes, mi padre solía sentarse en una mecedora a ver desfilar las multitudes contra la reverberación de la fuente que se levanta al fondo. De chico me gustaba mucho la sección sur, pero ya de mayor me molestaba el trajín constante de la gente, el vocerío siempre encendido, las luces de neón que iluminan los pasillos de aquella sección, las fritangas que invaden todo el ambiente y el torbellino de músicas encontradas que se escucha por todos lados. Poco a poco empecé a alejarme de casa, a los doce años ya había llegado hasta la rotonda del centro y a los quince me había aventurado por los cuatro puntos cardinales, había visitado los grandes bodegones de la sección oriental, me había bañado en las piletas del tercer piso y había vagabundeado por los laberintos de la sección M del ala occidental. Después me había dedicado a estudiar, hastiado de ver siempre las cosas en los escaparates, decidido a salir del sórdido mundo en que había nacido y mudarme a una sección más tranquila y acogedora. Finalmente, cuando ya había conseguido lo que quería, me di cuenta de que las diferencias no eran tan grandes como parecía y que lo único verdaderamente insólito en este mundo era la imaginación, porque sólo la imaginación podía darle vida a las cosas y presentarlas en todo su esplendor y originalidad. Consuelo miró su reloj y se despidió diciendo que aunque quería seguir conversando tenía un compromiso previo. Le pedí que nos encontráramos al día siguiente, y le propuse salir a cenar. Ella aceptó con gusto y quedamos para las siete.

Durante el día pensé varias veces en ella. ¿Qué compromiso previo podía haber tenido? Dijo que no había nadie especial en su vida, pero quizás estaba mintiendo o simplemente no quería descubrirle esa parte de su vida a un desconocido. Tal vez iría a encontrarse con una amiga, saldrían por ahí, acaso hasta le había hablado de mí y se habían pasado toda la noche imaginando, haciendo planes, dándose bromas. Cuando salí del trabajo rechacé la invitación de los compañeros a tomar una copa en el bar y me fui directamente a casa. Tenía un poco de calor y me quité la ropa, desenrollé el colchón y me tumbé un rato. La gente iba y venía con premura pero algunas personas se detenían a mirar las estanterías, una niña me quedó viendo con curiosidad pero cerré los ojos y me puse el brazo en la cara para protegerme de la luz. A las seis me levanté y fui al lavabo, me enjuagué la cara y me lavé con cuidado. Mientras abría la bolsa de calzoncillos nuevos pensé en Consuelo, y recordé sus ojos marrones en el momento en que me entregaba el paquete. Me peiné y me eché colonia frotándome vigorozamente las mejillas, y volví a poner el frasco en su caja de madera. Cuando llegué a la sección H ella estaba sentada en una banca de piedra, fresca y olorosa, vestida con un traje azul y un collar de perlas delicadas.

Desde que empecé a salir con Consuelo mi vida ha cambiado enormemente. Ahora ya no tengo que quedarme a solas en mi rincón viendo a la gente pasar indefinidamente, ni tengo que comer en silencio o vagabundear solitario por los pasillos. Cuando me siento a leer en la mecedora, al lado de mis maletas, ya no siento el vacío que antes me embargaba cuando veía a las parejas transitar por entre los quioscos, cogidas de la mano, sonriendo dulcemente; ni me invade la nostalgia cuando veo a las familias desfilar por entre las macetas del pasillo, los chiquillos corriendo entre las multitudes y las niñas jugando en las banquetas. Ahora pienso mucho en Consuelo, imagino lo que estará haciendo, pienso en sus manos delicadas manejando las agujas con destreza, escribiendo alguna carta o dibujando sus escenas apretadas. La mayoría de las noches cenamos juntos, de preferencia en su habitación que es más clara y tranquila, y tiene una cocinilla de varios quemadores. A ella le gusta cocinar y a menudo prepara guisados exquisitos. Comemos en una pequeña mesita que tiene al lado de la nevera y luego yo friego los platos en la fuente que no está muy lejos. A veces, cuando ella ya ha terminado de poner todo en orden, me acompaña mientras yo seco los vasos y tenedores y conversamos de cualquier cosa, caminamos por los alrededores y hasta nos escapamos al cine.

Nos casamos un día de diciembre. Ella insistió en que la ceremonia se celebrara en una pequeña rotonda del ala norte, donde se habían casado sus padres y sus hermanas, porque pensaba que no había en el mundo lugar más romántico que ése. Es una pequeña plazoleta apartada del ajetreo de las arterias mayores, rodeada de pequeñas tiendas de dulces y bordados de encajes, el piso es de piedra pulida y en el centro hay una pequeña fuente silenciosa. Invitamos a la familia y a algunos amigos íntimos, pero la gente del vecindario acudió cargada de regalos y la fiesta se prolongó hasta entrada la noche. Consuelo estaba radiante, con su vestido de raso y crespón y una corona de azaleas que realzaba el lustre de su cabello. Animados por una banda de músicos que se organizó en el momento, bailamos hasta el cansancio y la comida parecía proliferar en las mesas, de forma que en la tercera semana de casados, todavía seguíamos comiendo de las sobras del matrimonio. Toda mi familia asistió a la ceremonia y contrario a lo que había pensado, inmediatamente desarrollaron una afinidad contagiosa con la familia de Consuelo.

Me costó mucho trabajo convencerla de que debíamos viajar para celebrar la luna de miel, porque Consuelo no tenía ningún interés en ver lo que había más allá de su mirada, pero cuando le dije que quería mostrarle los parajes donde había pasado mi niñez, demostró súbito interés. Empacamos una pequeña bolsa con algunas cosas imprescindibles y nos dirigimos hacia el sur. Viajamos sin prisa y con la determinación de gozar cada centímetro de espacio. Nos deteníamos ante los escaparates a observar las curiosidades que se exhibían en las vitrinas, nos sentábamos en los corredores a compartir un bocadillo y nos quedábamos largas horas contemplando el paisaje, viendo los rótulos de los establecimientos, los adornos de los pasillos que empezaban a cambiar radicalmente, gozando de las diferentes texturas de la luz a medidad que atravesábamos las latitudes e indagando las lenguas y las costumbres de la gente. El aire frío de las elevaciones del sur no le sentó bien a Consuelo, y bajamos a las planicies de los módulos K y L para que se recuperara. Después de unos días llegamos a casa de mi madre.

Pasamos una semana en compañía de mi familia. Hicimos excursiones a las tiendas vecinas y nos divertimos muchísimo con las historias fantásticas de la gente del sur. Al regreso nos mudamos a un tramo espacioso y elegante en el módulo S, junto a la joyería El Dorado, y ahí hemos vivido hasta ahora. Algunas veces, cuando vago por las tiendas y veo mujeres solas, tengo la tentación de acercarme despreocupadamente mirando los ridículos calzoncillos alineados en hileras, esperando escuchar la voz templada de Consuelo o de cualquier otra mujer, ofreciéndose a ayudarme a buscar lo que deseo.

    Del libro de cuentos El ojo del cielo perdido, de próxima aparición.


       

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