El halcón cortaba el cielo con sus alas. Observaba la creación de Odín, el mundo de los humanos.
Vio al lobo Sköll, que perseguía a la diosa del sol y a los caballos que tiraban de su carroza. La luz que produjo el trote de aquellas bestias cegó al ave. Tuvo que apartar la mirada.
La voraz criatura no alcanzaría a sus presas hasta la llegada del Ragnarök, el fin del mundo, así que el halcón decidió ignorar la persecución. Deslizó su vuelo para admirar a los humanos con más detalle. Notó que algunos hombres cuidaban sus cabras, otros vendían alimentos, las mujeres vigilaban sus hogares.
De pronto, llegó a un bosque. Alcanzó una rama. Y se quedó ahí hasta que sus ojos dorados se deleitaron con la figura de un cazador, un mozo tan agraciado...
Freya, diosa del amor, observó ese cuerpo mortal, sus pelirrojos cabellos, la mirada aceituna.
Entonces, volvió al Asgard. Allí sus alas se convirtieron en gráciles brazos, su pico en labios rojos, el plumaje en una melena rubia. Su cuerpo estaba cubierto por la capa que le permitía transformarse en ave para elevarse sobre la tierra.
En su habitación, suspiró pensando en ese muchacho. Al recordar que nunca podrían estar juntos, lloró lágrimas de oro carmesí. Cayó después en un profundo sueño, no sin antes prometerse que, en su forma animal, lo buscaría hasta que la profecía del Ragnarök se cumpliera.
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