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Tres cuentos breves de Thaís Badaracco Febres C.

jueves 12 de diciembre de 2024
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Vana ilusión

¿Por qué puedo ir adondequiera sin dar un sólo paso, e intuir el oculto sentido de la vida, inaferrable?

¿Por qué muero y resucito tantas veces con idéntica semblanza, si ya no soy el mismo?

¿Por qué el sufrimiento de un niño me devuelve a la infinita tristeza de mi infancia, y allí me quedo?

¿Por qué no puedo beber del agua que corre a mi lado, con esta sed que me consume?

¡Cuán extraña y poderosa eres, divina imaginación!

¡Haces que me aturda el desvarío; que deambule por las entrañas del infierno, o me colmas de la plenitud de un cielo!

 

Ignoto destino

En el porche de su casa, Sergia veía caer atropelladamente las líneas cristalinas de un torrencial aguacero. De pronto, algo reclamó su atención. Notó que el choque de la lluvia contra el piso era ahora diferente, casi imperceptible. Extrañada, se le acercó con disimulo y advirtió que la lluvia le hablaba. Con voz húmeda, melodiosa, le preguntaba cómo soportaba la monótona pesadez de su vida, desde el nacimiento hasta su extinción, siendo siempre de la misma manera, sin modificaciones sustanciales en su entidad corpórea. Y proseguía afirmando que, a pesar de que su íntima esencia era inmutable, podía sufrir variadas transformaciones externas, evitando, así, una aburrida repetición de su actividad. Por ejemplo, podía ser límpido arroyito donde los niños jugaran dentro de sus inofensivas aguas; o vertiginoso caudal pronto a desbordarse, provocando un diluvio devastador; o catarata de impetuosas aguas arremolinadas; sin contar con la inmensidad de los océanos y mares en los que se transformaba, o en las menudas gotitas de rocío para engalanar los pétalos de las flores. Concluyó sosteniendo que esa existencia proteica la colmaba de infinita bienaventuranza. El viento, agazapado en un rincón, oyó todo lo que la lluvia había pronunciado y también quiso intervenir. Le dijo a Sergia que secundaba todo lo que su inseparable amiga le acababa de comunicar, pues él tampoco hubiera resistido la cansona reiteración de su quehacer. Henchido de orgullo le confió que, de suave brisa acariciando un rostro, podía transformarse en repentino vendaval o, más aún, al abrazar intensamente las cálidas aguas marinas, podía dar vida a un ciclón o a un arrasador huracán. Sergia, impávida, había escuchado lo que le decían esas dos genuinas expresiones de la naturaleza, y de inmediato recordó las innumerables veces que ella se había lamentado de la insulsa reincidencia de su labor cotidiana, fuese la que fuese, pero nunca había osado quejarse de su sólita empacadura humana.

Admiraba la genialidad de la mitología griega, al empeñarse en explicar con la imaginación lo que la ciencia no podía, por ser inexistente; consideraba el mito de Sísifo pulcro ejemplo de la absurda reincidencia del hombre en su fatiga cotidiana, mas se regocijaba contemplando su entereza y corpulencia, junto con la aceptación y cumplimiento a cabalidad de la condena, pero ahora, con lo que había escuchado, una nueva inquietud trataba de instalarse en su corazón, sugiriéndole una versatilidad corpórea desconocida. No obstante, sabía que eso era imposible en este plano. La vida humana estaba conformada de una determinada manera, imposible de alterar. Poseía sus propios y paulatinos cambios, desde su llegada a este mundo hasta el fin, pero todo contenido dentro de una misma estructura orgánica. En ese momento Sergia miró hacia el frente, y allí permanecían la lluvia y el viento invitándola a unirse a ellos. No lo pensó dos veces y emprendió una decidida carrera hasta la lluvia, que la cobijó al instante con su delicado manto acuoso, mientras el viento la arrastraba lejos, muy lejos, llevándola quién sabe adónde, fuera de toda vista humana.

 

De otra manera

Permitió que todo llegara hasta el final y, después de tanto sufrimiento físico y moral, exclamó:

—Padre, ¿por qué me has abandonado? En tus manos encomiendo mi espíritu —y reclinó la cabeza en señal de aceptación y entrega.

Pero enseguida sus ojos se abrieron con prístina energía y tuvo lugar una fantástica resurrección a la vista de todos: las espinas de la corona dieron paso a tiernos brotes de nardos y jazmines que impregnaron el ambiente de una fragancia divina; los clavos, perversamente encajados en su carne, saltaron como rayos de potente luz, y su inocente sangre derramada fue reabsorbida, desapareciendo de su cuerpo toda maldad infligida. Por último, la cruz de madera se convirtió en innumerables puntos luminosos que iban ascendiendo hasta perderse en la azul inmensidad. Allí quedó él, de pie, envuelto en una túnica transparente y translúcida, y sonriéndoles con dulzura a sus martirizadores, quienes ni siquiera intentaron escapar, sino que fueron cayendo postrados a sus pies, con incontenibles sollozos de vergüenza y arrepentimiento. Entonces, para aliviarles la angustia, les acarició sus cabezas con indecible ternura, pero al ver a su madre algo distante clamó:

—Madre, aquí tienes a tu hijo que te adora.

Por un tiempo continuó su interrumpido peregrinaje, y con su madre siempre a su lado. Los efluvios de amor que de él emanaban, engrosaban cada vez más el cúmulo de sus seguidores e, igual que antes de su vía crucis, iba sanando a los que encontraba en su camino, disminuidos o carentes de alguna facultad natural. Sin embargo, ninguno advertía que, al haber vencido a la muerte, su lugar ya no estaba en este mundo, y pronto iría a formar parte de la eterna unidad espiritual. Sólo Mairim, como madre al fin, sabía de esa irrevocable separación, pero que sólo sería una separación transitoria, pues todos, unos antes y otros después, participarían de su gloria por los siglos de los siglos, amén.

Thaís Badaracco Febres C.
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