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Terra Immānis se incubó por tres décadas
Álvaro Martín Navarro escribió una novela donde intenta retratar la idiosincrasia del venezolano

domingo 15 de diciembre de 2024
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Álvaro Martín Navarro
Álvaro Martín Navarro: “Terra Immānisno habla de un amor, de una venganza, de un miedo, sino de amores, venganzas, miedos, todo en plural”.

Álvaro Martín Navarro, escritor venezolano radicado en Japón, borda en su novela Terra Immānis un testimonio caleidoscópico de las últimas décadas del siglo XX en Venezuela. A través de un relato coral, la novela explora temas como el colapso social, el trauma colectivo y las complejidades de la identidad nacional, ligando las vidas de sus personajes a momentos históricos como el Caracazo, los intentos de golpe de Estado de 1992 y el deslave de Vargas en 1999.

La obra, que forma parte de una heptalogía titulada Razonamientos dialécticos, combina la filosofía política, la psicología lacaniana y la cultura popular en una historia que constituye la reconstrucción ficcional de una época turbulenta. Su estructura narrativa, con capítulos regidos por los signos zodiacales y su simbología, articula una profunda reflexión filosófica sobre el destino de un país y de quienes lo habitan.

En esta entrevista, el autor nos guía a través del proceso creativo y las reflexiones que dan vida a su novela Terra Immānis. Conversar con Álvaro Martín Navarro es una oportunidad para profundizar en los múltiples niveles que conforman esta obra: desde las motivaciones personales que lo llevaron a escribirla hasta la forma en que sus experiencias como migrante y académico han influido en su estilo y perspectiva.

 

Terra Immānis, un “catastro de signos”

Terra Immānis es una novela coral que recorre, en sus más de cuatrocientas páginas, las últimas décadas del siglo XX en Venezuela, con sus profundas crisis sociales y políticas, su telurismo que para el observador externo podría adquirir visos de realismo mágico. Me gustaría saber cómo llegas a esta historia, cuánto hubo de investigación, cuánto tiempo te tomó escribirla.

—Hace más de treinta años escribí un cuento, “Tío Cristóbal”, que está publicado en mi primer libro de cuentos. Esa narración era un recuerdo que obtuve cuando entraba en casas vacías, un hobby que tenía entre los diez y los doce años. Ingresaba a los espacios privados solo, no para robar o hacer daños al inmueble, sino por una extraña adrenalina que me galopaba por querer saber sobre los espacios íntimos, aquellos que no nos permiten ver, pero que hablan mucho de las personas que lo ocupan, como le ocurre al protagonista de la película Hierro 3, de Kim Ki-Duk. En una de esas “excursiones” entré a una casa que siempre se veía vacía y donde me habían asegurado que no vivía nadie, subí por su muro y entré a un patio y me hallé en un jardín tropical. Era una quinta en El Marqués, en cuyo jardín había un árbol de mamón y había algunos de sus frutos en el suelo, por lo que me dediqué a recogerlos; de repente sentí que era visto y al buscar la mirada me encontré con una gran ventana que se escondía entre unos arbustos y una esquina, y vi cómo alguien me miraba, pero eso no me asustó, sino que no dijo nada, no se movía, sólo me miraba, y cuando detallé bien la figura era el ser humano más gordo que había visto en vida. Nos quedamos viendo como si de dos especies de animales distintos fuéramos, tomé los mamones y salí por donde entré y nunca más “exploré” esa quinta. Cuando preguntaba quién vivía allí, siempre respondían: nadie. Pienso que desde entonces comenzó la novela, hace más de treinta años; por eso todo lo que se narra es antes del año 2000. En la medida en que escribía cuentos y bocetos, empecé a redactar partes de mi infancia y recordar cómo hablaban las personas, de qué y por qué, ya que muchos decían en mi madurez, cuando daba clases en la universidad, que la Venezuela de antes, la del puntofijismo, que las cosas en esa época eran terribles, llenas de perversidades y horrores, pero yo no hallaba en mis recuerdos esas maldades que se predicaban, y eso que siempre viví en una zona popular, en Petare, en Campo Rico, y lo que recordaba de esa zona, desde el abasto hasta las personas, eran cosas normales: los hijos estudiando, los padres dejando sus carros en la calle, los coqueteos de siempre, la música a todo volumen para olvidar algunas derrotas, la bodega repleta de chucherías y los malandros de esquina que no se metían con uno porque era “parroquia”; claro, hubo problemas con la basura, a veces no venía el agua y se veía a las personas con sus tobos por las calles, pero esos problemas derivaban de malas planificaciones, de la constante corrupción política de cualquier partido y la soberbia de los vecinos que nunca se ponían de acuerdo sobre algo para beneficiar el sector. Pero la Venezuela que dejé en 2009 era otra Venezuela, lejos de mis recuerdos, donde se instalaban otras hambres, miserias y pobrezas sostenidas por ¿una maldad metafísica?, aquella que sucede independientemente de los planes que se hagan. Otro punto importante que ayudó a la construcción de la novela es recordar con cierta nostalgia mis idas a Macuto, al apartamento de playa de mi amigo Iván; ya estaba en la universidad, por lo que cuando nos venían fines de semana aburridos nos íbamos a aquel apartamento que tenía piscina y nos pasábamos el día leyendo y bebiendo ginebra con jugo de naranja, y en las noches nos íbamos al malecón a fumar con algunas cervezas y esperando tontamente la llegada de algunas sirenas extraviadas. Pero obviamente el punto de angustia que creó esta narración y que se puede sentir en la novela fue el deslave y cómo particularmente me afectó. En diciembre de 1999 iba a recibir mi título de magíster y la ceremonia se canceló por razones obvias; luego, a la semana, se hizo una reunión para decidir qué hacer, y vi cómo casi todos querían su acto, sus fotos, sus recuerdos, y yo no me pude sacar de la cabeza que se había comentado que una estudiante que iba a recibir su título murió en esa tragedia; no la conocía porque era de otra especialidad, pero en plena reunión cada quien peleaba por su derecho al acto, yo lo recibí por secretaría quizás con otros dos, los demás siguieron sus festejos enseñándome que la empatía es más un comprender que un sentir como algunos comentan por ahí y no los entienden, pensando que empatía es llorar mientras los demás lloran y no saber por qué. Ese diciembre yo me quedé en casa; vivía solo, por lo que me quedé observando en el televisor todo lo que ocurría en esas fechas, todo lo que se decía, todo lo que se especulaba, todo lo que se narraba, sé que hice algunos bocetos, quizás uno o dos cuentos. Viví viendo y oyendo un desastre bíblico a pocos kilómetros del hogar y no podía creer que las personas no vieran sino tonalidades de la tragedia y nunca la tragedia completa. Así que pienso que estas son las raíces de la novela: mi encuentro con el ser obeso en la quinta, la Venezuela maldita de la que me hablaban y no recordaba, mis idas a Macuto y cómo las personas conocidas, las entrevistadas, los políticos y los expertos vivieron aquellos días de deslave; mientras el tronco de la novela son los personajes creados que son reflejos de personas que he conocido, y la copa de este árbol literario son cientos de lecturas de astrología, filosofía, historia y literatura que comenzaron a aparecer en la redacción, lo que me obligó en más de una ocasión a revisar, releer y comprobar las tesis de Louis Blanqui o las ideas de Jacques Lacan, así como revisar parte de la historia de Haití y de las políticas y de la economía en las tres últimas décadas del siglo XX en Venezuela. Terra Immānis, por lo tanto, me llevó treinta años armarla y cuatro años escribirla y corregirla con el fin de ser presentada por estas fechas, a los veinticinco años del desastre, como homenaje, especialmente a aquella joven que terminó su magíster en geografía en el IPC y que murió en la tragedia y cuyo nombre nunca he podido recordar, pero que me paralizó algo de mi concepto sobre lo que se puede entender como esperanza.

“Terra Immānis”, de Álvaro Martín Navarro
Terra Immānis, de Álvaro Martín Navarro (La Castalia, 2024). Disponible en Amazon

—Tienes un amplio abanico de personajes en los que parecen representarse las múltiples identidades que configuran la sociedad venezolana. Cristóbal Otamendi, con su progresivo aislamiento y deterioro, con su desmesura física y su dominio de la astrología; los Potter, objetos de comportamientos racistas; Yakelín, adalid de una revolución que a finales de los 70 era poco menos que una entelequia. ¿Es esta, digamos, metaforización de los personajes un efecto deliberado? ¿Hubo algo como un “mapa de símbolos” tras el proceso de escritura?

—Creo que en lugar de elaborar un “mapa de símbolos” hice un “catastro de signos”, es decir, un registro e inventario público de mis memorias donde trato de ofrecer referencias directas de la realidad. Los actantes son prestados de personas que han compartido algo de sus vidas conmigo, lo que me permitía usar sus personalidades como puntos cardinales para elaborar la obra, así como los momentos cruciales que han modificado los discursos históricos del país: elecciones, intentonas, presidentes, que los uso como fondo para mostrar el hecho narrativo. Cada personaje es una metaforización donde trato de resaltar algún rasgo del carácter de los venezolanos, por lo que cada personaje presenta un rango de soberbia, de narcisismos, de ingenuidad, de cinismos, de calamidad, de bondad o comportamientos arbitrarios, insultantes, distantes, conmiserativos, despectivos, tratando de componer una paleta de colores donde el lector pueda identificar a un familiar, amigo o vecino e incluso reconocerse dentro de estos rasgos según se muestran las mentalidades y las costumbres de los protagonistas; así, la obra no habla de un amor, de una venganza, de un miedo, sino de amores, venganzas, miedos, todo en plural, porque es quizás la única manera de comparar los matices, los valores, las superficies, y tener una tomografía de la idiosincrasia del venezolano.

—En una conversación previa nos comentaste que Terra Immānis es parte de una heptalogía titulada Razonamientos dialécticos, en la que cada libro aborda un enfoque filosófico diferente. En esta obra en particular, trabajas con ideas relacionadas con la filosofía política. ¿Puedes hablarnos de esta heptalogía, de las dos obras que preceden la que hoy nos ocupa, y de las que faltan?

—La primera es El Evangelio Autista del Único Hijo, y abarca reflexiones sobre gnoseología, ya que el protagonista es un autista de alto rendimiento que en algún momento de su vida toma conciencia de su condición y comienza a comprender su realidad, pero desde otra perspectiva, de aceptar que lo que sabe equivale a lo que hay, explicando en el fondo cómo se puede conocer el mundo usando ciertas hermenéuticas, como trata de revelar el personaje y posee un concepto centro que es la constante pregunta: ¿qué es lo normal?; posee elementos de mis propias experiencias vividas en el espectro autista además de ser un homenaje a mi padre, que fue un autista que nunca lo supo. La segunda obra es La Albacea de las Epístolas de Caín; es la historia de una hija de un paramilitar colombiano que busca su destino entre olvidos, fedes y sorpresas, conlleva pensamientos ontológicos donde lo que hay es lo que se puede saber, y desde la cual gira la constante reflexión que hará la protagonista, una joven fotógrafa y amante del cine; hay más de doscientas cincuenta referencias a películas, lo que creo que permite paralelamente en esta obra un paseo visual mnemotécnico alterno a la ficción literaria. La obra trabaja en conjunto tres conceptos: poder, felicidad y destino, teniendo la religión cristiana como fondo y desde la cual la protagonista adopta una postura analítica donde estudia las proposiciones de verdad que hallará. Puede verse cómo estas dos novelas invierten las formas de conocimientos, una desde la gnoseología, otra desde la ontología. La tercera obra es la que presentamos y de la que estamos conversando: Terra Immānis, donde tratamos de presentar aproximaciones de un conocimiento dialéctico que se desenvuelve entre historias personales, memorias fragmentadas, recuerdos dudosos y la historia del país. La cuarta: El escritor inexistente de Kagoshima, o su versión japonesa: 鹿児島、幻の作家 (Kagoshima, maboroshi no sakka), es una obra que trata sobre antropología filosófica y estudios culturales, ya que busco presentar los choques propios del encuentro de dos mundos: Oriente y Occidente, pero no desde la visión de un etnógrafo, aquel que se encuentra en una parte y descubre que está en Japón, como se percibe en muchos de aquellos que escriben o hacen videos sobre estas islas y solamente pueden clasificarlas desde los sesgos que despliegan sus pensamientos desde Europa o Estados Unidos; no, la obra trata de mostrar la educación, la crianza y los aprendizajes de un japonés en su cultura y cómo trata de traducir su mundo a otros lenguajes, descubriendo esa posibilidad al trasladar poesía del español al japonés, como las de Roberto Juarroz o Rafael Cadenas, a una lengua madre que está inhibida lingüísticamente para dar explicaciones a un sentir, emociones y sentimientos que lo embargan, aceptando a la larga su singularidad dentro de la masa que lo lleva. La quinta es Ética para terraplanistas, una obra que se centra en la revisión del concepto de ética y el desenvolvimiento de la moral en una Caracas de principios del siglo XXI donde las instituciones han fracasado y como consecuencia se instalan dudas sobre ellas, lo que permite pensamientos extremos como el de los terraplanistas; el personaje es un periodista con trastornos de personalidad, por lo que en cada capítulo pone en entredicho la frase nietzscheana de: “no existen los hechos sino interpretaciones”, que ha sido una patente de corso que permite a muchos tener la ilusión de poseer la verdad y una moral que luego exhiben en aulas, tarimas o escenarios políticos, pero extrañamente aparece en la intimidad. La sexta no posee un título definitivo, pero es mi obra sobre erotismo, seducción, pornografía, cuerpos, una muestra de la revolución dionisiaca que nació a mediados de los 60 del siglo pasado y una excusa para la revisión de lo humano desde los tabúes, desde las censuras, desde los orgasmos, y donde nos encontramos con el meollo de que la libertad se trata de no tener respuestas únicas; en la novela hay un personaje invidente que descongestiona muchas de las maneras en que vemos la sexualidad que nos circunda. El séptimo es un libro de cuentos: Cuentos de funambulistas corregidos filosóficamente, donde se presentan la vida y las doctrinas de filósofos, pero desde detalles cotidianos, desconocidos, como la adicción de Emmanuel Kant con el billar y cómo esta obsesión le llevó (dentro de mi ficción) a pensar en los límites de la razón humana. Este es el proyecto; comenzó con narraciones cortas hace más de treinta y cinco años, mientras finalizaba en la universidad mi pregrado, tiene quince años esbozándose como proyecto, desde que llegué a Japón, y desde la pandemia se anexó una disciplina de trabajo de tres horas diarias, de manera que espero culminar a más tardar en 2030 la heptalogía, aunque nadie las lea, pero explicar esto sería otra entrevista.

 

Álvaro Martín Navarro y la materia prima de sus personajes

—En los títulos de los capítulos están representados los doce signos zodiacales más un decimotercero, Ofiuco. Hay un componente místico en la obra —Cristóbal ha previsto el Apocalipsis, por ejemplo— al que se contrapone la mirada lacaniana de la realidad. Me gustaría que habláramos de este tema: el papel que desempeña el Zodíaco en la interpretación de las historias individuales dentro del relato colectivo, y la inserción que haces de la psicología y otras disciplinas, que intentan explicar, quizás racionalizar, lo que viven los personajes.

—Desde mi adolescencia, cuando conocía a alguien, en algún momento me preguntaba mi signo, como si fuera el nombre de mi tribu. He tenido más conversaciones sobre los signos zodiacales con mujeres, quizás porque ellas desean visualizar los influjos de los astros en las personas que conocen, que entre hombres, quizás porque a estos últimos los mueven otras visiones como las del poder; quizás por eso la mayoría de las discusiones religiosas, míticas o políticas han sido con amigos y de mitos y astros con amigas. Los discursos de la astrología, así como los religiosos o políticos, adjetivan, tratan de ubicarte en un grupo, en una tribu, en una clase. En el mundo astrológico el escorpio se considera vengativo, el leo intrépido y el cáncer sentimental, como si estos adjetivos que presentan estos signos fueran propios e inamovibles del carácter de los que nacieron bajo su influjo, como si no se pudiera cambiar e incluso imbricarse y contradecirse y hallar un cáncer vengativo, intrépido y sentimental a la vez. Casi todas las personas que he conocido poseen conocimientos del zodíaco más que de la historia del país o de aritmética básica, no importa la edad, la educación, el estatus social o las creencias; cuando alguien comienza a clasificar desde el zodíaco a una persona, ésta se hipnotiza y acepta pasivamente, como si estuviera frente a un chamán que le adivinara el futuro, y eso es lo que encanta, el poder entrever el futuro con más certeza que las discusiones religiosas o políticas que lo insinúan entre la fe, o con cúmulos de ideologías. Pero las clasificaciones, como todo orden, son arbitrarias; así, las vocales en español se colocan a, e, i, o, u, y en japonés a, i, u, e, o; puede haber razones lingüísticas, de costumbres, pero ninguna clasificación es verdadera en sí ni necesariamente racional. Lo mismo ocurre cuando ubicamos a las personas en esquemas: es un orden arbitrario, pero a las personas les encanta que las clasifiquen, que le expliquen por qué actúan de una manera o de otra y que a la vez les permitan, o bien cambiar, o bien continuar sus comportamientos justificados por los astros o a veces por un psicoanalista; es decir, bien por su signo o por un trauma no superado que es lo que el psicoanálisis puso de moda a principios del siglo XX. En su obra La antorcha al oído, Elias Canetti relata cómo a mediados de los años 30 del siglo pasado todo comenzó a explicarse por el Complejo de Edipo: locuras, divorcios, soledades, situaciones políticas, guerras, hambres…, por lo que Canetti comenzó a desconfiar de toda la obra de Freud que en su momento todos alababan y aún mucho continúan, una obra que según el premio Nobel explicaba todo con cuentos erotizantes para adolescentes ansiosos. Quizás por estas razones de que a las personas les encanta que se las clasifique, les justifiquen su actuar y les hablen de un futuro donde les permitan la posibilidad de una visión de inmortalidad, la astrología y el psicoanálisis lograron monopolizar estas áreas del porvenir. El psicoanálisis parece más “serio” que la astrología, quizás porque se encierra en el ámbito privado, entre cuatro paredes, mientras la astrología se promueve más como espectáculo, como en los años noventa en Venezuela donde cada canal de televisión tenía a su astrólogo. Es por esto por lo que la astrología y el psicoanálisis toman varias páginas de la novela; son excusas en la presentación de los personajes, para conformar sus creencias, sus visiones de las realidades, sus “locuras”, traumas, hasta lograr encerrar en cuatro paredes a uno de los protagonistas e ir paso a paso en sesiones íntimas de una psicoterapia lacaniana para develar recuerdos de desengaños y decepciones enlazados con la historia del país. Creo que la obra logra mostrar esa necesidad de clasificarnos que como tal es compleja, por lo que sólo trato al final de colorear a personajes para exhibir una realidad sobrecargada de contradicciones y de esfumados pensamientos como la que arropa la cultura venezolana entre hombres y mujeres morbosamente virtuosos.

—En Terra Immānis, la narrativa se estructura como un mosaico de voces. El primero es narrado desde la perspectiva de Harry; el segundo por su madre, Mercedes; el tercero por su padre, Edward Potter; el cuarto por su tío, Cristóbal, y así. ¿Cómo decidiste organizar esta alternancia de perspectivas? ¿Qué desafíos te planteó esta estructura?

—Creo que en literatura lo más difícil es crear un personaje; si bien todas las novelas presentan un personaje, lo que parece, por lo tanto, necesario, obvio y aparentemente fácil de construir, lo cierto es que el personaje nunca será una unidad indestructible, pienso que debe ser una construcción fragmentada, agrietada, parcheada, contradictoria, por lo que siempre es un reto su creación. Creo que en esencia somos seres ovillados que los personajes narrativos desenredan frente a nuestra lectura, creando más o menos simpatía al reconocernos, mostrando a lo largo de cada capítulo sus padecimientos, dolores y alegrías. Cuando aparece un personaje que tiene todo claro en quién es y qué hacer, pues no es un personaje, es un superhéroe o un supervillano y muchos jóvenes escritores los imitan, quitándole profundidad a su creación. Un personaje literario se desovilla a lo largo de su presentación, en cada capítulo es y no es, se trasmuta, y creo que esa es una de las tareas más difíciles del acto narrativo, rezumar al personaje, de mostrarlo estrafalario y pintoresco en los primeros capítulos hasta exhibirlo enfermo, corriente, simple, como hallamos a Alonso Quijano en las últimas páginas del Quijote y siendo el mismo pero distinto a la vez. Quizás por esto, esta obra se llena de voces, porque me era imposible construir un personaje que abarcara todo el espacio-tiempo que deseaba mostrar, un espacio-tiempo llamado Venezuela desde los años 60 hasta 1999, una Venezuela que muchos no saben que existió, porque ha habido toda una política sutil de damnatio memoriae. Así que fui conformando los personajes usando recuerdos, puntos cardinales de las experiencias o vivencias con personas con los que he compartido bien horas de mi vida, bien años, pero también, en muchos casos, a partir de un concepto o de elucubraciones filológicas, como fueron la esperanza y la exageración que conforman al personaje de Sergio, o las reflexiones lingüísticas acerca de la violencia en el lenguaje, así como los motes que a todos nos afectan en la escuela, como muestro en el capítulo sobre Libra. El orden de las voces tiene dos sentidos, el primero la transmutación de Cristóbal en un monstruo sin dimensiones en paralelo a la transformación de una Venezuela, de una tierra sin límites que se devorará a sí misma, y la segunda son orientaciones a través de un laberinto conformado por familias que nacen con una ideología y terminan en otra; así la familia de Stalin comienza con un proyecto comunista y terminan pasando la Navidad en algún rincón de Miami, o la madre de la familia Morales, de una ingenuidad capitalista supina a ser una revolucionaria radical.

—“Tierra abierta y tendida, buena para el esfuerzo y para la hazaña, toda horizontes, como la esperanza, toda camino, como la voluntad”. Esa frase, poética a más no poder, que identifica esa novela fundacional que es Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, tiene una importancia capital en tu libro. ¿Puedes hablarnos de esto?

—En La Albacea de las Epístolas de Caín, la bisnieta de doña Bárbara vende empanadas frente a una escuela en Caicara del Orinoco, donde conoce a la protagonista de la novela y ella le cuenta la historia de qué pasó luego de que Marisela se fuera con Santos Luzardo, es decir, de alguna manera dialogo con las ideas de escritores como Gallegos y a veces sus personajes hacen “cameo” entre mis narraciones. Lo que me llama la atención de la frase es que es muy poética, realzada y alabada por docentes, poetas y políticos, pero que realmente tiene un previo, un párrafo anterior que pasa desapercibido, premonitorio. La frase que menciona aparece a inicios del VIII capítulo, “La doma”, donde siempre los resúmenes muestran la desconfianza de los llaneros ante el “patiquincito” de Santos Luzardo y cómo al final éste domina un mostrenco, un caballo salvaje. Luzardo, con osadía, doma el animal, de ahí el título, de aquí que uno de sus peones comente al final: “Tenemos jefe”. Como si aquel gesto fuera suficiente para enfrentar la barbarie, pero el párrafo anterior a la frase poética comienza: “El llano enloquece y la locura del hombre de la tierra ancha y libre es ser llanero siempre”. Gallegos habla de la locura de los hombres del llano y que se presenta en su identidad: ser llanero, además de mostrar cómo esta locura se asocia con temeridades que permitieron ganar batallas, pero también comenta sus efectos: las malicias, bellaquerías, melancolías y desconfianzas, todo esto en el párrafo anterior a la frase poética. Lo que me hace cuestionar si un “jefe” civilizador, o los miles de jefecitos que inundan el país puedan “dominar” la locura de los “llaneros”, de los venezolanos. Nos enseñan en la escuela que la obra de Gallegos presenta cómo la civilización domina la barbarie, entendida ésta como ignorancia, pero la locura no es ignorancia, ni las malicias, bellaquerías, melancolías o desconfianzas, éstos son rasgos de personalidad que Gallegos da al hombre “loco” y libre del llano, una libertad carente de significados que también en mi obra se cuestiona en el primer capítulo cuando Cristóbal habla de que un elemento de nuestra idiosincrasia que nos hace ser terribles es ser hijos, nietos o ahijados de libertadores, por lo que traer esa frase en mi novela es tratar de deconstruir el mito, como lo hace entre líneas el personaje de Edwin “Chapita” Mesa, cuando explica que Venezuela es un pabellón psiquiátrico, no sólo porque lo trató de demostrar Herrera Luque en sus ensayos, sino que ya en Doña Bárbara se presentan estas raíces de enajenaciones y psicopatologías que han crecido y que en la actualidad se pueden ver en las personas a pie que cruzan por el medio de una autopista o en los políticos amansando el poder entre programas de televisión y pódcast.

 

“Hace años que soy un ser desesperanzado”

—En diversas etapas de tu vida has estado desplazándote entre geografías y realidades. En avión, en bus o a pie has estado en rincones tan disímiles como la frontera entre Venezuela y Brasil, el Camino de Santiago o la ciudad japonesa de Kagoshima, donde resides actualmente. ¿De qué manera han influido estas vivencias en la construcción de tus personajes? ¿Cuánto de ti hay en Terra Immānis?

—Siempre hay partes de uno en cualquier obra escrita, más ocultas o evidentes, más emocionales o racionales, más ideologizadas o mitificadas, pero siempre existen. Los personajes en muchos casos son perfiles mezclados de personas que he conocido, que han compartido conmigo: amigos, amigas, familiares, amantes, socios, y a veces uno que otro extraño con el que conversé en una plaza, en un bar, en el puesto lateral de un autobús, diálogos de minutos, quizás de horas, y siempre me viene a la mente uno que otro conocido que ha muerto por accidente o azar. Cada uno de ellos tienen su latitud y longitud, convirtiéndose en un punto cardinal de mi brújula mnemotécnica. Recorrer el mundo con imágenes en planisferios de palabras, los cuales sólo podemos usar en nuestra soledad, cerca de los fines de los recorridos y antes de empezar otros, ha sido la constante de mis viajes y que busco recrear con los personajes. Es mi manera particular de “viajar”, de construir ficción, alejándome de la idea de turismo que pulula entre la red y muchos escritores, donde las personas se intoxican con miles de fotos o minutos de videos, que no volverán a ver más de dos o tres veces y de docenas de anécdotas que comentarán para tratar de recuperarlas en reuniones aburridas. Creo que para escribir, para visualizar personajes, ambientes, contradicciones, desengaños, para unir geografías y vida, hay que viajar, por una senda íntima con recodos de memorias o recuerdos mellados, observando o aceptando los dolores, las sorpresas, los estragos o las maravillas que el paisaje nos muestra, y de esos viajes no podemos enseñar fotos ni videos, a veces ni podemos hablar o precisar cómo nos sentimos; con fortuna algunos quizás logren generar oraciones, poemas, páginas.

—Gracias a sus conocimientos de astrología, Cristóbal establece a finales del siglo XX que el siglo XXI nos vería atrapados entre las páginas distópicas de 1984, Un mundo feliz y Fahrenheit 451. ¿Cómo ve actualmente el futuro Álvaro Martín Navarro?

—Me gustaría responder que hay muchos futuros, que cada uno decidirá el suyo y todos estarán felices por llegar a la Maravillosa Tierra de Oz y así, como Dorothy o Tip, matar brujas o mantener secretos será vital, mientras en su andar se encuentren con espantapájaros sin cerebro que eduquen favores, leones políticos sin valentía y hombres de hojalata sin corazón que hablan de riquezas insospechadas en trabajos enceguecedores y se muestran como coaching de los mismos; seguramente todos ellos son del signo de Ofiuco y pululan en el mundo y en miles de sitios web; pero no soy astrólogo ni adivino y hace años que soy un ser desesperanzado como el personaje de Sergio en mi obra, y aunque muchos me tilden de pesimista, lo cierto es que he recorrido un largo camino para lograr cierta ataraxia aquí, en un lugar perdido en el medio de la nada en el país más exótico y tecnológico del mundo. Estas obras que cito en la novela y que tú traes a colación (Orwell, Huxley y Bradbury) son resúmenes de lo que he visto en ese camino que me ha traído aquí; por un lado, en Japón se presentan partes de Un mundo feliz, todos clasificados, donde se reconoce a un alpha de un épsilon a distancia; donde el soma, la pastilla para la felicidad, se consigue en dosis diarias de esfuerzos absurdos; donde toda opinión tiene su equivalencia y la indiferencia es ley; mientras Venezuela se hunde entre los párrafos de 1984, mostrando que todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros, por lo que la verdad de postración se reproduce entre espectáculos y fantasmas para cientos o millones de Winston Smith que se ignoran a sí mismos, y finalmente en Europa se reviven incendios derivados de cacofonías de posverdades, provocando retazos de Fahrenheit 451, donde las ideas, las discusiones, los argumentos y la lógica se queman entre gasolina populista de extremo octanaje de izquierda o de derecha sin que nadie indique que los 233 grados centígrados se consiguen con una facilidad insospechada y generan ignición a la verdad, sin advertir que ésta es parte constitutiva de la dignidad humana, por lo que pienso que estamos atrapados en una intersección donde cada obra distópica nos toca. Lo único que puedo augurar de cómo veo el futuro actualmente es como se predijo en Rocky III, cuando un periodista le pide a Mr. T, haciendo el papel de Clubber Lang, que hable sobre el futuro de la pelea antes de subir al ring, y éste responde: “Dolor, habrá mucho dolor”.

—Sé que tienes publicadas dos colecciones de cuentos, además de libros de ensayo y las dos novelas precedentes de la heptalogía Razonamientos dialécticos. Además tienes un galardonado ojo de fotógrafo y has desarrollado carrera docente en diversos ámbitos. ¿Cuáles son tus proyectos? ¿En qué prevés ocuparte en el futuro inmediato?

—Mi principal proyecto a mediano plazo es concluir la heptalogía y “de inmediato”, para principios de 2026, finalizar todas las correcciones, tanto en japonés como en español, de El escritor inexistente de Kagoshima, así como su publicación tanto en lengua japonesa como en española. La novela es un reto dialéctico de ir de Oriente a Occidente y viceversa: mostrar cómo un japonés descubre Occidente y no un occidental que va juzgando Japón, lo que me ha llevado un trabajo agotador en revisar la obra desde el japonés que voy traduciendo y reajustándola al español con ayuda de unos amigos nipones para saber si algunas expresiones, conocimientos o comportamientos que desarrollo en la obra corresponderían a un japonés promedio, porque cuando leemos novelas de un occidental hablando sobre Japón, mucho son historias ambientadas en su geografía junto a nombres particulares, anécdotas básicas como de no conseguir una canasta de pan en un restaurante o de poder atar eróticamente a una chica nipona por parecerles a ellas que los occidentales somos excepcionales amantes si nos comparan con un japonés promedio, pero las tramas, los personajes, las anécdotas e incluso los erotismos exacerbados funcionan igual de bien si son ambientados en Marbella o Ciudad de México; otras novelas escritas por occidentales sobre Japón son crónicas que buscan verdades morales que no existen o libros de viajes que colocan siempre al Extremo Oriente como un lugar exótico, cerca de todo lo posible como rentar un amigo, o comentando sus cotidianidades que explican todo pero a la vez nada, como es su formación colectiva para el trabajo. Mientras continúo con mi escritura seguiré con mi taller de cerámica, vendiendo en mi galería y caminando por los alrededores de la casa, tomando fotos a cosas que ya nadie fotografía, leyendo uno que otro clásico o un libro autopublicado, con una botella de vino chileno que consigo por aquí a tres o cuatro dólares y con mis viejas pipas que me acompañan siempre, a esperar que el infinito me abarque cuando me descuide.

Jorge Gómez Jiménez

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