Terra Immānis
Álvaro Martín Navarro
Novela
Centro Editorial La Castalia
Mérida (Venezuela), 2024
ISBN: 979-8344789491
448 páginas
Los nacidos bajo el signo de Escorpio son personas tercas, buenos anfitriones y muy susceptibles a las críticas, por lo que tienden a cambiar de camaradería si esta no es fiel. Son muy sensuales pero inseguros a la hora de comenzar una relación amorosa. También son agradecidos, perspicaces, aunque a veces pierden la tenacidad cuando sienten que algo se coloca en su contra y, en consecuencia, les resulta fácil abandonarse si las cosas no salen como ellos esperan. Si bien en el campo laboral son eficaces y tratan de ser precisos, en ocasiones se entretienen demasiado con los detalles. En general, tienen buena salud, aunque tienden a padecer de enfermedades ligadas a los pies. Cuando consiguen el amor son fieles hasta el agotamiento y exigen fidelidad, de modo que pueden transformarse en una pareja irritante y llegar a ser celosos patológicos. Palabra clave: fidelidad; color: rojo; mineral: rubí; vicio: acidia. Si quieres a un amigo o amiga especial, un escorpio lo será.
Mi tío Cristóbal Jesús Otamendi Veitías nació bajo el signo de Escorpio el 21 de noviembre de 1959, día de la Presentación de la Virgen María y de Santa Piedad, a las 5:22 minutos de la tarde en el Hospital José María Vargas ubicado en la Avenida Soublette, Punta Mulatos, La Guaira. El Sol estuvo en Escorpio, la Luna en Leo, Mercurio en Sagitario, Venus en Libra, Marte en Escorpio, Júpiter en Sagitario, Saturno en Capricornio, Urano en Leo, Neptuno en Escorpio, Plutón en Virgo y su ascendente estuvo en Tauro; por eso era así, por eso tenía esa manera de ser y por eso no se levantaba de la cama.
Desde que yo era un niño lo he visto en el mismo sitio cada vez que entraba con mi mamá a ese apartamento. Ella iba con regularidad a ver si continuaba vivo y él siempre estaba allí, sobre la cama. Nunca he visto el apartamento vacío, siempre han estado él y sus pertenencias, como un ectoplasma, como algo condenado a existir en ese punto del universo. Por tal razón ha sido tan extraño, justo ahora, con el apocalipsis llegando, hallarlo sin vida y no saber qué hacer…
, por Alberto Hernández.
Cuando de niño visitaba a mi abuela y escuchaba hablar de ese lugar al otro lado del pasillo del octavo piso, me abarcaba un poco el miedo sin yo saber por qué. Quizás no comprendía bien todo aquello de los rechazos, los abandonos, las tristezas; quizás por eso, precisamente, era siniestro ir ahí, estar en ese otro apartamento. Cuando sucedieron los fallecimientos y creció la acidia, lo siniestro entró a formar parte de mi cotidianidad, enseñándome a vivir con el horror, con aprensiones, con desencantos y prejuicios. Al principio, solo mi madre entraba a aquel apartamento que era de su hermano. Lo hacía sin temor, porque ella sabía lo que estaba depositado allí. Yo solo comencé a orientarme en aquel espacio a principios de la secundaria, como a los doce años, cuando comenzó mi metamorfosis. Desde entonces ingresé a la habitación de él día tras día, un rato más largo que el otro. Lo siniestro estaba ahí para mi conciencia adolescente porque percibía que era algo no natural, desconcertante, totalmente nuevo, tan novedoso como puede ser un objeto sin vida pero que de alguna forma está animado. Eso era lo que restaba de mi tío Cristóbal.
Mi madre comenzó a cuidar a mi tío cuando yo tenía unos siete u ocho años. Para ese entonces la puerta de la habitación nunca se volvió a cerrar, así que en mis frecuentes visitas obligadas a entrar en lo siniestro a veces miraba hacia el cuarto y solo veía cosas informes; otras, me acercaba un poco más para atisbar si reconocía alguna forma. Con el tiempo me familiaricé con algunos objetos de aquel apartamento: el enorme sofá que recibía a las visitas y abarcaba el largo de una pared completa pero que estaba deformado, por lo que cuando uno se sentaba se iba de lado, como si un vacío se moviera por entre los muelles del mueble. Al frente, uno de los primeros televisores a color que compró la familia y que sorprendió a mi abuela, porque antes de morir le confirmó que el mundo no estaba tejido solo por ondas hercianas en blanco y negro. Por todos lados se exhibían pilas de libros que parecían actualizar teorías sobre la generación espontánea y creaban un camino que separaba la cocina, donde siempre había ollas y platos en procesos de ser llenados o vaciados, de la única habitación donde había una cama sostenida sobre bloques de concreto. Frente a esa cama, otro televisor, enorme y eternamente encendido, casi siempre a bajo volumen, excepto cuando había una noticia que cambiaba el rumbo político del país, como lo supe después de pasar innumerables noches con mi tío Cristóbal viendo campañas, elecciones, alocuciones de presidentes, golpistas y desertores. Al lado de la habitación, un baño que con el tiempo perdió la intimidad.
Aquel apartamento estaba en una zona del Litoral varguense que se llamaba Las Quince Letras, en Macuto, frente al mar. Me explicaron que aquel nombre provenía de un restaurante que supuestamente siempre había estado allí y que también se llama Las Quince Letras, donde a veces comíamos. Mi madre siempre pedía crema de guacuco y medallones de lomito al Oporto, para finalizar con cascos de guayaba con queso crema servidos con una galleta de soda clavada en el queso que hacía olvidar lo pesado de la gravedad. A mí siempre me pedían una rueda frita de pargo o carite acompañada con papas fritas, porque me explicaban que lo único que yo nunca dejaba en el plato eran las frituras. Tal vez por eso llegó a nuestra casa una de las primeras freidoras para el hogar que salieron a la venta. Mi padrastro y yo se la regalamos a mi progenitora un Día de las Madres, celebración que servía para aumentar el número de los electrodomésticos hogareños y llenar los restaurantes ubicados frente al mar. De niño, me preguntaba por qué ese nombre tan particular del restaurante, como si se tratara de una historia fantástica sin terminar: Las Quince Letras.
En algún momento de mi temprana adolescencia lo supe a través de Jesús, quien tenía un pequeño quiosco de periódicos llamado también Las Quince Letras, donde yo siempre compraba las revistas de Condorito y mi mamá su Gaceta Hípica. Jesús nos comentó un día que siempre había vivido en el mismo sector de Macuto, y que quizás por falta de imaginación nombró a su quiosco con ese nombre por una historia que se desarrolló a finales del siglo XIX. Nos contó que por aquella época vivía en aquel sector un hombre caribeño, no se sabía bien de dónde provenía ya que no hablaba español, solamente papiamento; quizás era de Aruba, quizás de Bonaire. Era muy iracundo, por lo que siempre estaba metido en pleitos y amenazaba a todos los vecinos del sector, solamente pronunciaba bien en español aquel insulto que recuerda a la progenitora del ofendido. En aquella época, escuchar aquella imprecación por las calles era considerado como una de las mayores ofensas que se le podía hacer a una persona. Y por supuesto, repetir aquel insulto en comentarios casuales era impensable, por lo cual a aquel hombre, de quien nadie sabía su nombre, comenzaron a decirle el Quince Letras, en alusión a la frase insultante que estaba conformada precisamente por quince letras. Ahora el insulto es de un uso tan generalizado que ya nadie cuenta las letras de sus agravios.
Cuando iba a la escuela, mis amigos me preguntaban dónde vivía y yo apuntaba al piso ocho del edificio llamado Las Quince Letras. En aquel piso mi madre, mi padrastro, mis hermanastras y yo vivíamos en el número 8-D. Era un apartamento de cuatro habitaciones, todas del mismo tamaño, sala-comedor, cocina, un baño y un balcón que daba hacia el mar Caribe. Por eso, desde niño llevo en mi retina demasiados tonos de azul y esto a veces me hace confundir la realidad de un azul índigo con una realidad celeste. Tenía mi propio cuarto, tenía a mi madre y a mi padrastro, quien realmente fue un buen sustituto de aquel padre al que mi abuela siempre llamó el Mandinga, porque según ella era socio del mal y esto se le notaba en el color de su piel. Si no era así ¿por qué a los negros se les llama mandinga? Así de precisos eran los prejuicios de mi abuela. Sergio, mi padrastro, era amable y comprensivo conmigo, como un viejo amigo. Siempre me hablaba de automóviles porque, además de ser esta su pasión, él era mecánico de profesión. Lo primero que hizo cuando logró el dominio de las habilidades motoras finas fue trabajar en un taller mecánico y a los quince años obtuvo un automóvil que había sido destrozado en un accidente. Según él, cuando lo compró todavía tenía manchas de sangre en el tapiz del asiento del conductor, quien no había muerto en aquel aparatoso choque porque, según mi padrastro, nadie tiene derecho a morir en un Chevrolet Camaro SS de 1967. Al cumplir los dieciocho ya había restaurado completamente aquel automóvil deportivo, que entonces parecía haber salido de una agencia de venta. La mayoría de sus amigos en el pueblo se habían casado antes de cumplir los dieciocho años, pero mi padrastro reflexionó que para todas las demás cosas, como comprar una casa o hacer una familia, había tiempo; pero para restaurar un Camaro SS, no.
Mi padrastro Sergio a veces se hartaba del ir y venir de la cotidianidad de la familia, de las responsabilidades, de ser el hombre de la casa y de buscar alternativas económicas si el dinero escaseaba. Cuando sucedía esto, tomaba aquel deportivo y comenzaba sus propias carreras imaginarias hacia algún punto de la costa, intentando romper sus propios récords, tratando de evitar accidentes, dejando a mi madre en una tensión silenciosa, porque ella sabía de aquellas carreras imaginarias que se despertaban para hacerlo sentir la libertad. Otras veces iba al cine. Tenía unos gustos particulares y trató de enseñarme aquel amor por la cinematografía, en especial por las películas producidas en el país y que casi todos los venezolanos denuestan.
Mi tío Cristóbal vivía en el apartamento 8-F del mismo edificio. Era un tipo estudio con un solo cuarto, un minirrecibidor, una cocina básica y un baño. No tenía balcón sino dos ventanas; había una en el minirrecibidor, donde destacaba aquel sofá deformado que con el tiempo se transformó en una cama opcional para mí. Desde allí podía ver la piscina del edificio, su estacionamiento, así como la calle lateral por donde entraban y salían las personas de las viviendas vecinas. La otra ventana quedaba en el cuarto y daba hacia la montaña, hacia El Ávila, aquella cordillera que nos separaba de Caracas y nos obligaba a ver el cielo para hallar su fin cuando tratábamos de apreciar toda su inmensidad, toda aquella altura de más de dos kilómetros y medio que se levantaba desde el primer metro de tierra fuera del mar, como si fueran los restos de una figura colosal que se había extinguido sin dejar huesos. De niño pensé que El Ávila era un límite sólido que apuntaba hacia el cielo para recordarnos que hay horizontes sinuosos que existen solo para evitar nuestro aburrimiento ante la monotonía de las líneas rectas. Desde aquella ventana del cuarto, solo se podía ver la tierra elevándose hasta las nubes y, por la posición del edificio, apenas dejaba ver su tope.
A través de la ventana de aquella habitación uno podía combinar los verdes y los marrones que saturan los trópicos. Mi tío vivió en ese apartamento que heredó de su madre después de que ella murió en 1985. Pensó en formar una familia normal, como aquellas que nos regala constantemente la publicidad a través de los medios de comunicación, al descubrir que tenía una capacidad de seducción que podía hacer caer a sus pies a la mujer más codiciada, como lo había sido su novia Yakelín. Eso pasó a mediados de los años ochenta del siglo pasado, antes de pensar que se convertiría en un monstruo, porque como él mismo me dijo una noche:
—¿Sabes? Soy un monstruo y lo único bueno de serlo es que soy único en mi especie. Por eso siempre seré un monstruo, porque soy irrepetible, porque mis genes se han corrompido y mezclado con tantas formas ilógicas. ¿Sabes? Los monstruos son mezclas, combinaciones de dos reinos, como los de la especie animal con la condición humana. De ahí surgen figuras como el centauro o la mixtura de dos individuos; de ahí tener dos cabezas y un solo cuerpo o la confusión de sexos como en el hermafrodita, a quien se le considera algo monstruoso en nuestra época, por lo que en algún momento se le obliga a eliminar la mitad de su condición. Y en una última consideración de combinaciones, está la que más atrae a las personas: la unión de la vida con la muerte, que da como resultado a los Drácula, Frankenstein o a los zombis. Inclusive, hay uniones privadas de formas, como aquel que no tiene ni brazos ni piernas y parece una serpiente; o como yo, que parezco una ballena moribunda abandonada en la playa. En otras palabras, lo monstruoso siempre es una transgresión de los límites, de la ley y de la lógica, por lo que al final somos irrepetibles.
Casi siempre, luego de mostrar estos rastros de sabiduría, se llevaba a la boca cualquier cosa que estuviera cerca y fuera digerible.
Aún trato de precisar mi primera reacción al verlo después de su transformación de animal político a bestia soberana. Al principio lo reconocía como mi tío, por ejemplo: cuando nos reunimos todos para el sepelio de su madre, mi abuela. Él condujo su automóvil desde la funeraria al cementerio y luego hasta el edificio en donde vivíamos, todo el viaje sin hablar. Nadie aceptaba que la abuela Clara hubiera muerto de un infarto al cerebro. En esa época yo solo conocía los infartos cardíacos, por lo cual me pareció que alguien cometía un error de definición. ¿Infarto cerebral?
En esos años, muchas veces mi tío se reunía con amigos y camaradas políticos en su apartamento. Aunque el lugar era pequeño, algunos fines de semanas venían unas tres o cuatro personas a pasar la noche del sábado al domingo entre cervezas, comida casera y whisky. Siempre hablaban de resolver los problemas del país y en la mañana, entre risas que a veces despertaban a los vecinos, se iban a la playa a contemplar el amanecer. En esa época Yakelín siempre estaba con él, antes de que ella desapareciera por causas que nunca conocí. Al tiempo me costaba observarlo, no lo reconocía, veía a veces una masa que caminaba hacia el baño apoyado en una andadera, quejándose, con una enorme toalla cubriendo apenas sus partes pudendas que se hundían entre los pliegues grasos de su abdomen y unos glúteos que ya no tenían forma de glúteo sino la de un experimento de tumores. Con el tiempo, tuvimos que quitar la puerta del baño para que él entrara con comodidad y con la ayuda de algunas barras de metal que mi padrastro pegó en la pared. Desde entonces, cualquier idea de lo privado desapareció del apartamento. Aprendí que se puede perder la forma humana sin intervención divina, sin accidentes torpes, sin efectos especiales. Mi tío perdía su forma humana él solo, sin ayuda. Sabía que era mi tío ese que iba muy lento al baño, a la cama y a la cocina cuando aún podía caminar; a la vez que descubría que la esencia de los seres es tener por sí mismos un principio de movimiento. Antes, mi tío Cristóbal me veía y me sonreía; de unos años hacia acá ya nunca más sonrió, como si hubiera olvidado cómo hacerlo. Además, no sé si se percataba de las cosas móviles que lo rodeaban. Estos últimos años iba al baño como un caracol, pasaba parte del día transitando unos diez metros para defecar, bañarse y hacer las minúsculas cosas que se le habían vuelto una misión imposible.
Tuve conciencia de que mi tío se había convertido en algo inabarcable, como todo lo que lo rodeaba. Como su enorme cama o las descomunales rabias que acumulaba en la medida en que los astros le señalaban el acercamiento del apocalipsis en forma de tormentas de lodo y nadie más percibía las desgracias por venir. En el transcurso de aquellas iniciales convivencias, tuve que ayudar a mi madre a limpiarlo, a bambolearlo de un lado a otro del colchón para cambiarle las sábanas. Colocar toda esa tela manchada de colores y humores en una lavadora que estaba en la cocina y dejarle cerca la comida: cajas de pizza o hamburguesas y litros de gaseosas de diversos colores y tamaño. Creo que desde entonces mi memoria comenzó a funcionar, porque antes de esos encuentros los recuerdos de haber tenido un tío normal no son precisos. Solo me viene a veces a la memoria, a mis cuatro o cinco años, la imagen de él dándome una moneda de plata de cinco bolívares, llamada fuerte, mientras me decía que la guardara porque algún día desaparecería de la Tierra. En mi cuarto tengo una lata de mentol chino; me encanta ver al tigre debajo de esa escritura verde, aunque nunca he podido entender cómo en algunas culturas los dibujos se sobreponen a las palabras. Allí tengo depositados los cinco fuertes de plata que mi tío me regaló y que nunca he visto en circulación. Pienso en cómo es posible que en este país, antes de que yo naciera, la plata era usada como moneda de cambio y ahora solo circulan billetes, papeles que se devalúan según la economía impuesta en el país. También tengo recuerdos con mi tío en la playa, en el abasto del señor Elías y de cuando me llevó a ver una película de Disney llamada El Zorro y el Sabueso. Lloré desde el principio de la película, cuando murió la mamá zorro, hasta el final. Nunca he sabido si el zorro Tod, a cuya madre mataron, sobrevivió o no a la caída porque había quedado muy herido. Desde entonces evito ver películas de Disney, me parece que tienen el objetivo de matar a las madres de los protagonistas para que las crías asuman la tragedia de la orfandad, una especie de acercamiento de las nuevas generaciones a un futuro donde el concepto tradicional de familia se desmembra, como le ha sucedido a otros conceptos, como el de servir a Dios. Pero los recuerdos más nítidos con mi tío son los paseos en su automóvil por el Litoral hasta Todasana para bañarnos, ver surfistas cabalgar las olas y, de regreso, pararnos en «Tostadas Funchal» para comernos unas arepas de pulpo, de reina pepiada o mi favorita: la mechuda, rellena de carne mechada y abundante queso amarillo. La arepera era de un amigo suyo que había nacido en Funchal, Madeira, lugar donde durante toda su infancia y adolescencia aquel hombre nunca había visto una arepa, pero ahora era el rey de su elaboración.
Creo que la memoria nos comienza a funcionar cuando descubrimos que el mundo no es como creemos, que no somos el centro del universo, que somos frágiles, desechables, inservibles para muchas cosas. Nuestras memorias se activan cuando las dimensiones cambian, el tiempo nos golpea o las hormonas galopan por nuestra sangre. Entonces, la memoria comienza a ejercer control sobre nosotros y nos volvemos una autobiografía inédita llena de errores gramaticales, problemas ortográficos y sintaxis perversas. Mi memoria humana comenzó a funcionar cuando comencé a entrar a ese cuarto aislado habitado por algo posthumano para encargarme de él, mientras aprendía palabras como peso mórbido para explicar su condición o su linfedema, eso que había que limpiar constantemente ya que aquel bulto que salía de entre sus piernas crecía cada vez más impidiéndole ir al baño con regularidad, de modo que después de un tiempo se comenzaron a acumular dos o tres bacinillas llenas de orina al lado de aquella cama. Aquel ser posthumano, alejado de la naturaleza, de la verdad externa, nutría sus odios y llegué a pensar en universos paralelos que se abrían y se cerraban tras la puerta marcada con el 8D. Mi memoria táctil comenzó cuando le empecé a frotar la espalda con toallas húmedas para refrescarlo del calor del trópico. Mi madre estaba agotada de tratar con la monstruosidad, por lo que mis dedos aprendieron a circunnavegar su cuerpo, como si tratara de descubrir entre el repliegue de sus carnes algo que lo pudiera matar y destruir. Desde que me hice cargo de mi tío todo se volvió concreto, real, y también comenzaron a aparecer los errores y los aciertos que la memoria seleccionaría para hacerme feliz o desdichado.
- Terra Immānis, de Álvaro Martín Navarro
(primeras páginas) - domingo 8 de diciembre de 2024



