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Brava, Florencia

jueves 13 de febrero de 2025
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Con cuánta vitalidad se manifestaba en Florencia el complejo freudiano de Electra. Amaba al padre más allá de todo límite; estaba cautivada por él, sólo que ese intenso amor suyo no era correspondido. El padre apenas si percibía su presencia. Y más la ignoraba, más se esforzaba en realizar cosas agradables para hacerse notar. Como el intrínseco ímpetu de la vida es que se la viva en total placidez, eludiendo situaciones dolorosas, Florencia no podía asimilar negativamente el desapego afectivo de su progenitor. Estaba aún muy pequeñita para analizar los motivos solapados de las cosas, y por el momento sólo la absorbía la alegría de sus juegos infantiles y el puro amor que manaba de su corazón. No podía dudar del amor de su padre; por tanto, su frialdad no la afectaba en exceso. La atribuía a su carácter contundente, o a que no le sería tan fácil descender de la altura en que se hallaba para rebajarse hasta su insignificante estatura. Así fue creciendo, acostumbrándose a esa inexplicable carencia afectiva. Pero al llegar a la adolescencia, con los inevitables cambios que esta etapa acarrea en la vida de toda mujer, se dio cuenta de que había recibido de su padre sólo un amor que ella había imaginado, pero que en realidad no había emanado de él. Como decir, que había sido ella la única creadora de una ficticia fuente de amor. Aceptó esta punzante verdad con entereza, sin resentimiento y sin formular juicios, más bien queriendo conocer las causas en la vida de su querido padre que lo habían llevado a asumir esa actitud tan distanciada del sentir humano.

Florencia prosiguió con el curso natural de su existencia, pero muy pronto sobrevino un acontecimiento que le alteró su ritmo habitual. Se hallaba un día en la biblioteca de su casa leyendo una hermosa antología poética, cuando una leve sombra le pasó furtiva por delante, obligándola a interrumpir la lectura y a mirar alucinada a su alrededor. En una esquina de la habitación estaba la sombra, como esperando que ella se acercara. Y eso fue lo que hizo, pero al llegarle al lado oyó unos débiles gemidos que hubieran angustiado a cualquier corazón.

Los reconoció al instante. Eran de ella misma clamándole al padre que la amara y le prestara atención. Quedó petrificada, sin poder reaccionar, sin comprender nada, en completo silencio. Luego, la sombra se fue desvaneciendo junto con sus desoladores lamentos, y Florencia cayó exánime en una poltrona cercana.

Una vez recuperada del insólito momento, concluyó que, aunque nunca se hubiera quejado externamente de la indiferencia de su padre, ese reclamo siempre permaneció oculto en su profundo inconsciente, pero lo que no comprendía era cómo había llegado ahora hasta allí, y cómo se había verbalizado de esa forma; por lo pronto, intuyó que ese episodio no sería el único, pero sin sospechar que la acompañaría durante gran parte de su vida. Florencia podía estar en cualquier lugar, o desempeñando alguna labor, cuando de repente aparecía la sombra; muchas veces le giraba en torno esfumándose después; otras, aguardaba pocos segundos esperando que ella se le aproximara —como la primera vez— pero, al no ser así, desaparecía. Florencia terminó los estudios universitarios, viajó por algunos países de Asia y Europa, desempeñó diversas actividades y, en el momento menos esperado, he aquí la presencia de la sombra. Florencia no quiso acercársele más para no volver a oír sus propios desgarradores lamentos. Pero una noche, hallándose en el lecho dispuesta a sumirse en el reposo nocturno, apareció la sombra y fue a colocarse justo en su almohada, así que necesariamente tuvo que oír su lacerante plañido: “¿Por qué no me das tu cariño, padre mío? ¡Si supieras cuánto te amo y te necesito para poder vivir!”. Aquí Florencia se perdió en un interminable llanto que sólo amainó al amanecer.

Florencia se había independizado y ya no vivía con la familia, pero con mucha frecuencia la visitaba. Con gran disimulo observaba a su padre, y siempre encontraba el mismo entrecejo fruncido, la misma distancia infranqueable; entonces, se ausentaba con el corazón vuelto migajas, segura de que la sombra estaba por volver.

Una tarde la llamaron de urgencia a su sitio de trabajo para comunicarle que su padre estaba hospitalizado, luego de que una repentina indisposición lo hubiera dejado en grave estado de postración, y ahora se temía por su vida. De inmediato se trasladó a la clínica, donde ya toda la familia estaba reunida y a la espera. Entró a la habitación y se acercó a la cámara de oxígeno donde habían colocado a su padre, pero éste, apenas la vio, fue deslizando poco a poco el brazo, y al llegar al borde de la red le tendió la mano a la hija, mientras algunas lágrimas brotaban de sus lánguidos ojos. Florencia tomó la mano del padre entre las suyas, y así permanecieron pocos segundos, que para ella no tuvieron fin. Entonces de improviso apareció la sombra y se transformó en una brillante claridad que los recubrió a los dos. Florencia sintió que ese único gesto de su padre había sido suficiente para sellar los espacios que siempre estuvieron al descubierto en su corazón, y que la persistente sombra nunca más volvería.

Y así exactamente ocurrió. Esa misma noche el padre de Florencia falleció y ella se hundió en el subsiguiente dolor del duelo, pero muy dentro sintió un sosiego reparador, convencida de que el cálido y efímero contacto con su padre había restaurado definitivamente todos los quiebres pasados dentro de su sufrido corazón, y que la sombra, ya convertida en luz, siempre le señalaría el camino a seguir.

Thaís Badaracco Febres C.
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