
Roberto Pérez Reyes (1976), oriundo de Arecibo, es un polifacético autor e investigador puertorriqueño con una formación en Ciencias Sociales y Estudios Iberoamericanos de la Universidad de Puerto Rico en Arecibo. Su insaciable curiosidad y su afán por aprender le han llevado a desarrollarse también como dibujante, ilustrador, diseñador de libros, creador de contenido visual, artesano, músico y cantautor. En su escaso tiempo libre, se dedica a la agricultura, las artesanías, y disfruta de la cinematografía y los videojuegos.
Después de la publicación de su primer libro autogestionado, El secreto mejor perdido (2017), donde explora la inteligencia de los antiguos indoantillanos, ha sido invitado a formar parte de diversas expediciones y proyectos científicos liderados por el renombrado arqueólogo doctor Reniel Rodríguez Ramos. Además, Pérez Reyes es un destacado conferencista, tallerista y consultor en temas indoantillanos, habiendo participado en varios documentales sobre la historia, antropología y arqueología precolombina de Puerto Rico. Él ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.
Usted publicó en 2017 El secreto mejor perdido: las ciencias escondidas en el “arte taíno” y otros antiguos “artes” alrededor del mundo. ¿De qué trata este trabajo de investigación? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarlo?
El secreto mejor perdido es el primer esfuerzo autogestionado de divulgación sobre los hallazgos de mis investigaciones independientes, las cuales se extienden a más de tres décadas con períodos de alta intensidad y otros de intermitencia. A manera de broma, suelo decir que soy un investigador a tiempo parcial, ya que no respondo ni me sostiene ninguna organización o institución privada o gubernamental, todo lo cual impone particulares restricciones, aunque me libera de otras cadenas que suele tener el investigador a sueldo. Por lo tal, puedo contestar que la oportunidad de publicarlo surgió cuando nacieron y se pusieron en boga las plataformas de autopublicación como Kindle Direct Publishing, Lulu Publishing e Ingram Spark. La otra parte de la oportunidad se concreta en el tiempo que me tomó en aprender el arte del diseño editorial, ya que soy estudiante de muchas formas y técnicas del arte, además de intentar convertirme en un polímata pragmático: un dragón de muchas cabezas o un candelabro de siete flamas, como se acuña en la simbología que estudio. Toda esta aventura de autopublicarme, es decir, desde iniciar el manuscrito hasta publicarlo finalmente, tomó alrededor de cinco años y medio.

Los temas tratados en mi investigación son muchos y por eso su extensión de 670 páginas; igual de plural son la cantidad de disciplinas aplicadas para hallar sentido del fenómeno estudiado. Puede considerarse un esfuerzo transdisciplinario. Pero, aunque abarcador, esta gestión gira o pivotea alrededor de mi preocupación con la identidad y definición del jíbaro puertorriqueño, categoría de gentes caribeñas a la que pertenezco, habiendo nacido en el vientre de una jíbara y de padre jíbaro e igual criándome entre jíbaros de la zona rural del pueblo de Camuy, Puerto Rico. No obstante, por la naturaleza propia de mi preocupación existencial tornada en objeto de estudio, otra vez, la incomprendida identidad del jíbaro boricua, este quest autoimpuesto me ha llevado a descubrir caminos y veredas no tomadas por las ciencias oficialistas, agenciándome poder explicar que encontré todo un sistema lingüístico perdido extendido planetariamente en la antigüedad y cuyos albores aún me eluden, pero el que fuera también negligentemente obviado o ignorado por razones varias por la academia, quienes iniciaran, en efecto, la reflexión de este raro fenómeno un poco después que comenzó su conocido Siglo de las Luces o Ilustración. Es pues mi libro El secreto mejor perdido un malabar intelectual en donde intento probar la antigüedad, importancia y naturaleza originaria precolombina de la cultura jíbara boricua mediante la exposición de una sofisticada convención lingüística perdida, pero cuya recuperación y entendimiento igual señalan un manejo científico insospechado en las antiguas culturas del planeta.
¿Qué relación tiene su trabajo creativo-investigativo en El secreto mejor perdido y su trabajo creativo-investigativo anterior y posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueño y su memoria personal de lo caribeño dentro de Puerto Rico y fuera?
Siendo El secreto mejor perdido mi primera publicación autogestionada, toma el rol de inspiración o marca de salida para mis trabajos subsecuentes. Inicié en 2018 un canal de YouTube llamado Canal Caníbal que, aunque con pocos videos, ha llamado la atención por sus valores de producción y los temas expuestos, permitiendo igual el que se conozca la existencia del libro. Por otra parte, El secreto mejor perdido me abrió la oportunidad de iniciarme como conferenciante, consintiendo compartir mis hallazgos en universidades locales y centros culturales de varios pueblos de la isla todos estos años hasta el presente. Sin embargo, uno de los logros que muestra la atención internacional que se le ha dado al libro ocurrió a principios de 2024, cuando David Martínez, productor de series de ficción de Secuoya Studios, de España, me contrató para ser consultor de la producción titulada Los 39. Ésta trata la ficción de lo que les ocurrió a los 39 europeos que dejó el almirante Colón en el fuerte La Navidad, en La Española, en 1492. La serie está en posproducción al momento y se grabó en locaciones exóticas de Colombia y la península ibérica.
Aparte de lo anterior, recientemente he publicado mi segundo libro, titulado ¡Asalto caníbal! Las entradas de mi blog y otros ensayos (2024). Este documento de menos extensión (251 páginas) gira también alrededor de mis investigaciones primarias identitarias expuestas en el libro, pero trae temas colaterales como, por ejemplo, el origen originario de Juan Bobo y cómo sus aventuras arcaicas reflejan contenido iniciático de alto calibre científico y filosófico. Por otra parte, en este segundo libro también se añade evidencia sobre el conjunto sofisticado de lenguajes que he bautizado en El secreto mejor perdido como los Antiguos Lenguajes Científicos (ALC, por sus siglas).
Si compara su crecimiento y madurez como persona, investigador y escritor con su época actual, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-investigativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?
El tiempo como agencia transformadora, sin exagerar, es un factor importante en mi proceso. Inicié la investigación con dieciséis años y actualmente tengo 48. Hubo duros períodos de mi vida en los que me sirvió de escapismo y otros períodos más holgados en los que me sirvió de diversión. Claro está, todo esto mientras se mantenía en la intimidad de mi privacidad, algo que cambió vertiginosamente, por supuesto, cuando en 2017 fue publicado El secreto mejor perdido y empieza a tomar tracción y notoriedad, lo cual atrajo también a odiadores como era de suponerse. Al presente es parte de mi herramienta para obtener algunos ingresos, y someterme al escrutinio público ha generado nuevas responsabilidades. Jamás esperé, por ejemplo, que mi obra despertara pasiones asesinas, ya que he recibido en esta mitad de década varias amenazas serias contra mi persona. Esto, además de anular mis expectativas románticas sobre la vida del escritor, me obligó a tomar conciencia de mi seguridad y la necesidad de crear protocolos de vigilancia con ayuda de los simpatizantes de mi obra. Ahora, algo de lo que me siento orgulloso es que El secreto mejor perdido se trabajó con tanto ahínco y seriedad que el mismo trasciende a su creador y no se sujeta a los mismos límites que aquejan al mismo. Sólo por jugar con la idea y sin altas pretensiones —créame—, ha pasado con la obra lo que sucederá con la IA cuando se autoproclame ser independiente algún día en los tiempos venideros. El secreto mejor perdido es un trabajo riguroso que será muy difícil o imposible de falsear en la mayoría de sus postulados. No es perfecto, claro está, pero la contundencia de sus planteamientos obligará tarde o temprano a la academia a tener que darle al menos un vistazo. Y digo esto porque, deseando transparencia total, debe expresarse que El secreto mejor perdido está en disputa por la oficialidad académica, habiendo detractores enérgicos en puestos importantes que entorpecen su divulgación e igual sus planteamientos son ocasión de controversia, incluso para muchas asociaciones y grupos indigenistas existentes en la isla y la diáspora.
¿Cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de investigadores y escritores con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo-investigativo a su quehacer de docente e investigador y su trabajo escrito de interés y cruce entre Puerto Rico y el Caribe?
Mi trabajo es parte del esfuerzo de un grupo de intelectuales jíbaros que hemos publicado varios trabajos en las últimas dos décadas y media sobre la definición identitaria del jíbaro. Esos trabajos se inspiran en la obra del fenecido investigador independiente Oscar Lamourt Valentín, jíbaro de Lares quien sostenía que el jíbaro boricua (puertorriqueño) es a ciencia cierta una etnia originaria precolombina y que el componente cultural indígena boricua en nuestra época, que por sus virtudes filosóficas también fue compatible con filosofías tanto de europeos como de africanos, lo volvió un receptáculo o crisol, lo que produjo la secularización moderna del antiguo sistema de gobierno precolombino. Esto ciertamente conflige con la definición oficialista del jíbaro, quien lo propone ser una descendencia caribeñizada del campesinado blanco europeo aquejado por la ignorancia y la desnutrición, pero el cual ha servido de pegamento simbólico para la cohesión social del sueño o aspiraciones nacionalistas.
Penosamente, la presión agresiva de los grupos de poder dentro de la academia, la cultura globalizada de la cancelación, la polarización de la población en la pandemia del Covid-19, las amenazas de los grupos indigenistas que promueven la versión académica oficial y disputas internas entre los miembros de este movimiento intelectual jíbaro, produjeron el temprano desvanecimiento del grupo, final que, sometido al tratamiento típico del silencio de nuestros opositores, nos privó de un justo y debido proceso dialéctico. Hasta donde sé, sólo quedo yo en el ruedo de la discusión pública de estos temas, convirtiéndome en víctima de la censura previa en el último año, fenómeno al que planifico sobreponerme en 2025 con nuevas estrategias de divulgación.
Ha logrado mantener una línea de creación-investigación enfocada en Puerto Rico y el Caribe en y desde Puerto Rico. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo dentro de Puerto Rico y fuera, y la de sus pares?
Como expresé en la respuesta anterior, el trabajo expuesto en El secreto mejor perdido creó fricciones y ficciones (opiniones de segunda mano sin haber leído la obra) en las altas esferas de la academia vinculada a los temas tratados en el libro, lo mismo que generó malestar en las asociaciones autodenominadas indigenistas, quienes curiosamente alimentan sus argumentos con el material producido por académicos que publicaron entre los 70 y 90 y negaron la supervivencia biológica de los tales, y buscan validarse con las autorizadas actuales. Aparte de los llamados papers científicos de poca extensión y nunca dirigidos al vulgo, sino sólo a especialistas, poco se ha escrito sobre los antiguos pobladores en las últimas décadas. Da la impresión de que el grupo influyente de escritores de la época de don Ricardo Alegría e Irving Rouse escribieron todo lo que se puede escribir sobre los pueblos originarios de las Antillas. Y más distante aún está la discusión identitaria del jíbaro, la cual se congeló en la década de los llamados escritores del 30, tales como Antonio S. Pedreira, Juan Antonio Corretjer y Enrique Laguerre.
Aparte de lo anterior, es decir, fuera del ámbito oficial, la recepción del libro ha sido satisfactoria, pues para un libro de tales dimensiones y extensión, además de su estatus de autopublicado, su destino natural sería tornarse en antiproducto. Sin embargo, el libro ha logrado vender más de 1.700 ejemplares a la fecha desde su publicación en marzo de 2017 y ha llegado ya a varios países, incluyendo Estados Unidos, Países Bajos, España, México y hasta un ejemplar en Japón, el cual supongo debe haber sido adquirido por algún militar boricua o caribeño en las bases norteamericanas allí presentes. Por su naturaleza compleja y densa, El secreto mejor perdido ha sido favorecido por profesionales, universitarios e intelectuales de todo tipo. En especial, ha llamado mucho la atención de artistas plásticos, ingenieros y los que exploran ramas diversas de la antropología. No conozco el estatus actual, porque ha sido disputado desde su mención en febrero de 2019, pero apareció o aparece como lectura recomendada en la versión digital de la Enciclopedia de Arqueología de la Universidad de Oxford en Reino Unido. Esta mención la hizo el reconocido arqueólogo Reniel Rodríguez Ramos, pero mis detractores la han puesto en controversia porque el arqueólogo me contrató para crear el catálogo La colección de las piedras del padre Nazario en 2019 para la UPR de Utuado y luego en 2022 para ser el técnico encargado de la fotografía RTI (Reflactance Transformation Imaging) que se hizo de una muestra representativa de las antropoglifitas de dicha colección.
Ahora, cabe decir que las coordenadas de aceptación académica han cambiado recientemente entre los componentes más jóvenes de la academia, pues, aunque he ganado aliados entre los babyboomers, son generalmente la generación X y los milenials, los que han respondido al llamado dialéctico. Por ejemplo, los doctores Germán W. Cabassa Barber y Pablo L. Crespo Vargas, ambos historiadores, me han apoyado en los últimos años y han tomado en serio el reto de estudiar la obra para cuestionarla o darle alguna validez. A esos efectos, Pablo me invitó a participar una entrevista del programa Coloqueo patrocinado por el Instituto de Cultura Puertorriqueña, aunque lo tal no signifique que la institución apoyara la gestión del distinguido host, y Germán tuvo la gentileza de prologar mi segundo libro.
Sé que es usted de Puerto Rico. ¿Se considera un autor puertorriqueño o no? O, más bien, un autor caribeño, sea éste puertorriqueño o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?
En mis publicaciones he aclarado, desde mi visión particular de los eventos históricos y las nomenclaturas sociopolíticas, que no es lo mismo ser puertorriqueño que boricua. El primero se rige por una lógica aristotélica occidental de orden legal vinculada a la invasión estadounidense y el segundo se rige por una epistemología originaria caribeña, dado que el vocablo “boricua” proviene de una lengua proscrita para efectos dialécticos. Sobre eso, me afirmo jíbaro, y por tanto, se me hace muy fácil expresar que soy un ferviente jíbaro boricua. Digo que soy puertorriqueño cuando un posible interlocutor no tiene la educación suficiente para entender la diferencia o si ignora la historia de nuestro país, pero no es mi predilección. Lo mismo me pasa al conjurar mi ciudadanía americana.
¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política, con o en su trabajo creativo-investigativo y su formación en la Universidad de Puerto Rico?
Me entiendo pertenecer a la etnia jíbara, porque reconozco tener la mayoría de las características que intersecan en conjunto de características propias de la jibaridad contemporánea en su dinamismo, el cual es lento en su metamorfosis. Sin embargo, la identidad o máscara del id no aflora entre jíbaros, sino cuando se interactúa con alguien dentro del propio contexto cultural puertorriqueño que no posee o posee pocas características del jíbaro, ofreciéndose, generalmente, un algoritmo de reacciones donde ocurren al menos tres situaciones. Llamemos a la primera la reacción #1: ésta suele ser la más placentera, y se constituye en producir en el interlocutor un destello de nostalgia por haber experimentado antes la jibaridad en su esplendor. Nombremos la segunda como la reacción número #2, para mí la menos incómoda, y es el generar una veloz desconfianza tanto intelectual como cultural: el interlocutor, usualmente citadino, intentará aplicar y ejecutar una especie de urbansplaining (me lo acabo de inventar inspirado en el ya conocido neologismo mansplaining). La #3, la más dolorosa y difícil de gestionar, pero la cual se bifurca en dos direcciones algorítmicas adicionales, es el poder observar el conjunto de características propias del que odia, menosprecia y aborrece: el primer grupo intentará atacarte con palabras hirientes y sobrenombres, incluso redefiniendo la voz “jíbaro” con un contenido semántico despreciativo (cabe decir que por mi altura, 6’ 3”, y mi peso, 265 libras, no he sido aún víctima de agresiones físicas cuerpo a cuerpo), y el segundo grupo, el de los oportunistas que hacen deporte de las transacciones que hacen con los que piensan idiotas por herencia étnica.
Ahora, en cuanto a la parte de la pregunta que interroga mi posición actual sobre la identidad de género. La verdad es que hasta hace muy poco, digamos unos dos o tres años, sin intentar ser precisos, este tema había ocupado muy poco mis sinapsis. Anticipando el algoritmo actual de interacciones sociales dominantes y globalizadas, es decir, políticamente correctas, sé que alguien reclamará que he sido engringolado por mi propia condición privilegiada de ser varón heterosexual en una sociedad dominada por hombres; por lo tanto, no vale gastar una palabra más en el asunto, aunque cabe aclarar que sí he sido víctima de varias formas de discriminación en mi vida, entre ellas, las más comunes, por ser de color, pobre y neurodiverso. No obstante, pero la más extraña vivida en los últimos años, es que he sido discriminado por ser un varón heterosexual cisgénero, nomenclatura que me imponen pero que me hace sentir como un dinosaurio canceroso que debe ser extirpado de la existencia. Tal vez porque el sufijo cis- en el neologismo cisgénero es homófono a la voz anglo cyst, que significa “quisque”, el cual con poco se convierte en tumor. Con todo, no siendo de la generación de cristal, ninguno de estos muros me ha quitado el sueño y termino generalmente saltando sobre ellos para continuar con mi carrera existencial.
¿Cómo se integra su trabajo creativo-investigativo a su experiencia de vida tras su paso por la Universidad de Puerto Rico? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de investigador y escritor?
Ser autodidacta es una empresa arriesgada. La epistemología actual de nuestra sociedad amalgamada no tolera individuos que aprenden por su cuenta y menos a gentes que puedan ser más efectivos que los entes privilegiados por el entorno cultural. Aunque los autodidactas crearon los rudimentos del pensamiento universitario, al igual que los polímatas (“de muchas mentes”), tales como Da Vinci, generaron los cambios que transformaron el mundo en lo que hoy tenemos; ambos si aparecen en la actualidad son tratados con sospecha. Es risible cómo a veces, sin importar que les muestre con mis manos una cita directa que pruebe algún punto de vista que se generó en mi libro, por ejemplo, de orden histórico, y digamos que, citando a don Ricardo Alegría, algunos de mis interlocutores me miran como si hubiese hechizado el papel para que diga algo diferente a lo que por tradición sostienen.
Por eso y otros particulares regresé a la Universidad de Puerto Rico a terminar “algo”, pues ya la había abandonado varias veces por cuestión económica, aunque siempre me mantuve intelectualmente sediento de saber bajo la identidad de un lector voraz. Pensaba que podía validarme de algún modo con la institución del saber público más prestigiosa del Caribe. Sin embargo, no fue así. Cuestionar las bases teóricas del conocimiento que se tiene sobre el mundo precolombino y la identidad del jíbaro es también otra empresa arriesgada.
Gané pocos aliados durante mi paso para completar el Bachillerato de Ciencias Sociales con especialización en Estudios Iberoamericanos, y por esa razón, en vez de seguir la maestría y doctorado, decidí publicar mis hallazgos, no en una tesis doctoral sino como un libro autopublicado. Sonará infantil y seré acusado de muchas otras cosas más, pero mi alma mater no merecía ser custodia de mi trabajo, menos aún que se afirmase que mi producción intelectual se generó en las entrañas uterinas de sus aulas, cuando no fue así. Para que se me entienda algo —históricamente, al menos—, durante mi transcurso en Arecibo traté de presentar los hallazgos de mis investigaciones a básicamente todo el profesorado. Pero me dieron el tratamiento burocrático de una bola de ping-pong, no sé si por vagancia o porque no tenía mejores piernas o un escote lindo que mostrar. El caso es que logré la atención de unos pocos, y uno de ellos, una dama que enseñaba a tiempo parcial en aquel entonces, me sugirió que no perdiera más el tiempo y que me pusiera a escribir un libro.
Cuando presenté mi libro en Arecibo, en noviembre de 2017, con ayuda del profesor Juan Carlos Puig, supe que fui boicoteado por la mitad de mis profesores, entre ellos la misma profesora que me aconsejó escribirlo. “¿Cómo era posible que le dieran cabida a un leproso sin doctorado?” —añadí lo de leproso para efecto dramático: lo otro no, es real. Tuve la suerte de que el rector de entonces, el doctor Carlos Andújar Rojas, protegiera mi derecho a presentar mi obra, y sobre noventa estudiantes disfrutaron de la presentación aquel día en el anfiteatro de Enfermería.
Con todo, no se piense que tengo problemas con la UPR; de hecho, si logramos ganarles a las fuerzas opositoras, daremos la presentación del segundo libro en Arecibo este mismo año. Lo aprendido es que las instituciones son instrumentos neutros, los que crean el ambiente de censura o apertura son los hombres y mujeres que las gobiernan.
¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-investigativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?
Los lectores usualmente, en su definición y planes de cómo alcanzar la felicidad, toman o rechazan lo que les ajuste a esa visión, sin importar lo pragmática o estrambótica que sea. No obstante, para que esto se ofrezca y ellos puedan actuar sobre lo experimentado, el estímulo (en este caso mi libro) tiene que estimularlos, y valga redundar. Como la dificultad de divulgación es aún un problema imperante para mí, y la censura previa es aún parte del repertorio esgrimido por mis influyentes detractores, el tiempo de impacto social de El secreto mejor perdido parece ir en cámara lenta algunas veces. Casi ocho años después, puedo dar una presentación del libro como si acabase de estrenarse, ya que el intervalo de impacto publicitario parece afectar de ciento en ciento. Eso significa que tomará más de un siglo que todo el país conozca la obra y más de un milenio fuera de éste. Para que se tenga una idea de cuánto la censura previa puede afectar la empresa de esta divulgación independiente, durante 2024 se me invitó al menos a quince actividades para ofrecer mis conferencias audiovisuales. De las quince, sólo logré dar dos conferencias. Todas las demás fueron atrasadas en constantes ocasiones hasta ser canceladas o hasta que los que me invitaban confesaban que estaban siendo saboteadas o presionados a dimitir, la mayoría, por una institución en particular que no nombraré ahora. Estaba acostumbrado a ello; sin embargo, este pasado año fue el peor.
Sin embargo, el filtro más potente no puede filtrarlo todo. Los más de 1.700 libros que andan insurrectos en la superficie terrestre, y las varias entrevistas que he ofrecido en distintos medios, han tenido un resultado impactante en la población general. Si se observan, por ejemplo, las tres participaciones que he ofrecido para el pódcast Archipiélago Histórico, del historiador público Ramón A. González-Arango López, podrá observarse que mis intervenciones están entre las diez más vistas desde que se inició el programa. Ese es el patrón de todos los pódcast y entrevistas en que he participado. No en balde están tan molestos mis detractores: los entiendo en parte. Me estoy forjando un año diferente. Aunque soy del signo Libra, soy más testarudo que uno nacido bajo el signo de Tauro. Dicen que al que no quiere sopa le dan tres tazones.
¿Qué otros proyectos creativos tiene usted recientes y pendientes?
Actualmente estamos trabajando mi hija Arwen y yo en la publicación en inglés de mi segundo libro, ¡Asalto caníbal! Es realmente aterrador tratar de traducir El secreto mejor perdido. Por eso le delegué primero a mi querida heredera esta tarea algo más llevadera. También trabajo para publicar mi primer libro de ficción jocosa para la familia, titulado P-Oso versus la Kakistocracia. Esta historia trata de un niño llamado John Peter, hijo de biólogos, que salva tres animalitos de entre varios animales sobrevivientes a una explosión en un zoológico clandestino de un narco causada por el derribo de una nave extraterrestre que llevaba un cargamento de avanzada y peligrosa nanotecnología. Para sorpresa de John Peter, los tres animalitos desarrollan poderes insospechados, resaltando entre ellos un osito creado genéticamente en un laboratorio japonés para ser un peluche viviente que no crece ni envejece, pero el cual fuera despachado por tener un trágico problema de pedos. Para no madrugar más la historia, les comento que ésta es como un cruzamiento inoportuno entre Pokémon y el Capitán Calzoncillos, y tal como sugiere el título, será también una parodia de nuestra política caribeña de los últimos tiempos.
Para concluir, espero también poder publicar un libro sobre los secretos iniciáticos dentro de la tradición oral jíbara de Juan Bobo. Es el tema al que le dedicado particular atención recientemente en mis conferencias y ha tenido una excelente recepción.
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