
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Aunque la egiptología era uno de esos conceptos que nunca tuvieron sustantiva definición en el vocabulario cotidiano de Emilia Campos Rosales, estar allí, en Giza, frente a la majestuosa construcción en forma de triángulo, representaba —más que un significado esotérico— una compilación de saberes y sutiles fantasías que se esforzaban por mezclarse con los difusos recuerdos de sus sueños más influyentes. Era, para mejor interpretarlo, el culmen de su oficio, que aparte de llevarla a descubrir algunos intríngulis de la seductora arqueología, le indicaba al menos de manera figurativa el encaje exacto de su misión en este planeta.
Servidora como era del prestidigitador oficio de tarotista, siempre había querido caminar por los vericuetos del ocultismo sano, orientador, benevolente y provechoso. Es por ello que cuando uno de sus mejores clientes —millonario por el azar de la buena vibra con la que se revestían quienes le consultaban— le ofreció pagar el importe requerido para una investigación en el ramo de los misterios piramidales que incluía clases in situ, no lo pensó dos veces para aceptar el ofrecimiento basado en el agradecimiento por los buenos servicios prestados.
Las primeras décadas del siglo XXI han sido época de excavaciones y hallazgos que han traído nuevos elementos al saber y acontecer de grandes grupos humanos, que habiendo permanecido llenos de incógnitas sobre su verdadero origen y destino, y a falta de evidencias tangibles y definitorias, se han reunido en sectas y grupos en torno a libros “sagrados”, adoptando dogmas que van insuflando en las mentes seguidoras para hacerlas rendir ante el temor a la muerte. Es ese ineludible temor del que echan mano los líderes religiosos, oficiosos por demás, para arraigar credos y normativas que ligan directamente con el hecho de sólo creer, sin tomar en cuenta nunca —por “peligrosa” para sus fines— la posibilidad de pensar.
Y siendo que pensar involucra leer, investigar, cuestionar conceptos y normas, tener pensamiento crítico, elaborarse criterio propio y definir parámetros individuales, se constituye así en el principal enemigo de la religiosidad. Pensar, entonces, se convierte en una especie de Lucifer que busca apartar a los fieles de la posición de dominado a que los deriva la “fe” impuesta por sus líderes. Lo anterior es, a grandes rasgos —palabras más, palabras menos—, la más sinóptica nota en la que se puede plasmar el libérrimo pensamiento de Emilia.
Para ella todo esto era una cuestión de perspectiva, un planteamiento existencial que superaba mitos y tabúes, tan intrínsecamente urdido en la intelectualidad particular, que cada caso podría separarse del otro sin afectar su esencia original. En lo que respecta a sus convicciones, siempre hubo mantenido un destacado perfil astral que le sirvió para ganarse la confianza de decenas de asiduos consultantes, dispuestos a superar la incómoda necesidad de acordar con varias fechas de antelación su cita con la cotizada pitonisa.
Desde sus días de infancia, Emilia había experimentado sensaciones únicas que la diferenciaban en gran medida del grupo etario en el que transcurrió su vida, incluyendo experiencias místicas que profundizaron la confusión propia y de todo su entorno inmediato. Sentía que, a medida que avanzaban los años, las “conexiones oníricas” incrementaban su alianza con los arcanos del tiempo, puesto que cada vez con mayor claridad podía recordar lo soñado, amén del incremento exponencial de ideas asociativas que la ayudaban a definir lo que los astros querían transmitirle. Los casos de déjà vu cada vez se presentaban con mayor frecuencia y esta paramnesia, junto a una conexión astrológica que fluía en forma de visiones oníricas, se hacían presentes en distorsionados recuerdos que iban poco a poco formando parte de su cotidianidad ensoñadora.
Fue así como logró vaticinar, cuando recién abandonaba la adolescencia para “enlistarse en las huestes” de una adultez llena de asombrosos cambios en su existencia, el trágico deceso de su madre. En esa transición, la joven Emilia fue aclarando sus ideas y perdiendo el miedo a aquello desconocido que le atraía con el ímpetu de un magnetismo cuántico, y cuya fuerza le coqueteaba para que la dejara acercarse a su intimidad, a su esencia cósmica. Esto las más de las veces la confundía, sumiéndola en un embalaje de incertidumbres que hubo de ir asimilando y despejando en la medida en que profundizaba sus conocimientos, adquiridos en principio a través de su dedicación a la lectura.
En la intimidad, Emilia se enfrentaba a un contrario desconocido, fuerte, con el suficiente músculo para salir airoso en una batalla de incógnitas y acertijos. Para ella, sobrevivir se había convertido en una orden de sus ganas de seguir adelante, en su voluntad de arriar el telón que oscurecía lo que el universo intentaba revelarle. Era un hecho fortuito que se había transformado en necesidad de vida, y precisamente esto la llevaba a desenmarañar cada manojo de dudas, cada pieza, cada engranaje, de manera de incorporarlo a su ser como una virtud, lejos de la posibilidad del tormento que en ocasiones había amenazado constituir. Poco a poco fue asimilando la cualidad del vaticinio, primero para sí misma y luego para los que quisieran consultarle. Fue así como se formó de manera integral en la lectura del tarot y otras vertientes de la adivinación.
Siendo ya la cartomancia su especialidad, comenzó a ilustrarse en la lectura de las manos, lo cabalístico y lo esotérico en general. Para cuando partió a Egipto, ya junto a su esposo y sus tres hijos había constituido un emporio de adivinación que requería de su atención a tiempo completo. Y fueron ellos precisamente quienes la despidieron en el aeropuerto cuando abordó el vuelo que la llevaría a su encuentro con probables vestigios de los orígenes humanos.
—Ahora bajaremos por esta rampa que conecta con la cámara mortuoria de Keops —indicó el guía al grupo de diez visitantes que le seguían, en un inglés pausado, disonante, difícil de traducir, pero que sirvió para cumplir con las instrucciones dadas. Por alguna razón que la misma Emilia no lograba entender, se mantuvo en la retaguardia, ralentizando sus pasos, inhalando el rancio olor a amoniaco que se desprendía de las paredes libres de moho a pesar del ambiente con una alta carga de humedad, pero sin generar el calor suficiente para sofocar a los visitantes. No fue difícil rezagarse inconscientemente, y en segundos quedó separada en unos diez o quince metros de sus acompañantes. Fue entonces cuando sus sentidos comenzaron a experimentar una suerte de introspección que fue escudriñando con meticulosidad cada una de sus vísceras, para entreverarse luego con lo que en apariencia era una especie de reminiscencia de los sueños tenidos, expresados ahora con cierta aura de fenómeno paranormal.
Sus manos trémulas trataban de acopiar las gruesas gotas de sudor que pretendían inundar su rostro. Una sombra con destellos incandescentes formó una especie de velo ante la acuciosa mirada de Emilia, que fue tratando de fijarla en una especie de círculo difuso que dejaba ver una gran puerta tras la cual se podía apreciar a Apolo, junto a la suma sacerdotisa de Delfos desglosando un oráculo. Esta escena se le hizo familiar a su memoria onírica. Varias imágenes evocativas empezaron a pasar simultáneamente por su cabeza, en una especie de trance advocatorio supraterrenal, sumiéndola en una madeja de nervios mientras “algo” parecía abducirla sin que pudiera oponerse.
Hubo de apoyar su endeble cuerpo en el áspero muro que evitó el desplome de su humanidad sudorosa, mientras un séquito de gatos negros y pardos se aglomeraban a su alrededor, en aparente plan de rendirle pleitesía más que de amedrentarla dada su ailurofobia de vieja data. En ese momento sintió extinguirse esta fobia a los pequeños felinos padecida desde niña, al igual que desaparecían los picos de ansiedad generados por las expectativas creadas alrededor de su viaje a esa parte del mundo. Absorta, se valió de la gravedad para ir deslizándose y dejar caer el cuerpo por propio peso, y en posición de cuclillas permaneció con la mirada perdida, mientras la infinitud de su horizonte particular se expandía en el espacio-tiempo, abandonando todo cuanto tuviera que ver con la realidad vivida a esa hora en el túnel pasillo construido hace más de cuatro mil quinientos años (alrededor del año 2600 a. C.).
De seguidas, se dio inicio a una visión extracorpórea en la que se veía levantándose para dirigirse por propio pie a aquel círculo sombreado que parecía constituirse en una ventana a lo desconocido. Al atravesar el umbral, varias escenas vistas le dejaron saber que los sueños recurrentes que apenas lograba recordar al despertarse la habían traído en incontables ocasiones a este lugar que ahora se exhibía a plenitud, sin reserva alguna, como ofreciendo hospitalidad a la mujer que por primera vez le obsequiaba su presencia. El lugar carente de atmósfera brindaba seguridad y completa paz a Emilia, quien disfrutaba del hecho de permanecer a gusto sin necesidad de activar su elemental función respiratoria, y a la vez poder escuchar la suave melodía del ambiente circundante.
Para ella, si este no lo era, se constituía al menos en lo más parecido al paraíso del que hablan ciertas religiones. Dio algunos pasos adelante con el deseo de alcanzar un pequeño arroyuelo, cuya agua en extremo cristalina parecía invitarle a saciar una sed que aún no había sentido. Quería lavarse las manos, la cara, los brazos, la espalda, en fin, el cuerpo todo, para de esta manera alcanzar el clímax del confort que ahora creía merecer después de tanto soñar. Habiendo atravesado la corriente de agua, siguió avanzando y a medida que caminaba se iba despejando el panorama a su frente y rededor, de manera que cada vez podía apreciar mejor lo que sus ojos iban descubriendo.
Fue así como llegó a lo que le pareció un templo de la época faraónica, a juzgar por el mármol que recubría sus paredes, similar al visto en un pedazo exhibido tras un cristal en el museo del aeropuerto de El Cairo. Al entrar, avistó una serie de corredores que en apariencia llevaban a diferentes cámaras subterráneas, si tratamos de darle sentido a la inclinación de hasta cincuenta grados que tenía la mayoría de ellos. Escogió uno y fue desplazándose con sumo cuidado, pero al cabo de pocos pasos descubrió que podía hacer el recorrido sin esfuerzo ni cuidado alguno, por cuanto parecía flotar en perfecta coordinación motora sólo con desearlo. Al final del corredor, un amplio salón con una suerte de ara al fondo conformaba sin dudas una sala de adoración y rituales.
Adosada a la pared y en altura tras el altar, una figura de Ra parecía influir con solemnidad autoritaria en todo cuanto aconteciera en el lugar, incluyendo la simple presencia de la mujer que iba descubriendo, sin proponérselo, los arcanos más recónditos de la dinámica ritual de aquel entonces. De repente, una fuerza inusitada le obligó a desplegar los párpados, y a ciegas comenzó un trayecto que la llevó a los brazos de Ra (dios del sol y suprema deidad de los egipcios), por un sinfín de templos y construcciones piramidales a todo lo largo y ancho del valle y la ribera occidental del Nilo.
En el ínterin del periplo, conoció desde una posición aérea, en vuelo casi etéreo, cuanto acontecimiento tuvo suficiente relevancia como para ser recordado en los anales de la posteridad. Los últimos momentos de vida de Ramsés II, al igual que los últimos de Tutankamon, y sesiones de adoración y sacrificio a dioses como Osiris, Anubis, Isis, Amón, Horus y muchos más, pasaron por la atónita mente de Emilia como una película de óptima definición a superalta velocidad. Sin embargo, no hubo ni el más nimio asomo de confusión y olvido en la memoria de quien, a partir de tan excitante aventura, fue entendiendo con mayor precisión los quehaceres y eventos de la muy poco descifrada antigüedad.
Rebasada esta primera parte de su “recorrido místico”, pudo conocer, con el detalle que le permitió la sinopsis, una antigua región de Mesopotamia llamada Sumeria —localizada entre los ríos Tigris y Éufrates—, cuya civilización es considerada como la primera de la humanidad. Uno de los datos que más le impactaron es el de que más de mil años antes de la primera Biblia los sumerios dejaron testimonio escrito del primer Job y del primer Moisés, además de la primera descripción del paraíso, la primera resurrección de una divinidad y el primer diluvio universal. Aunque su pulso se mantenía inalterado y los latidos del corazón mantenían el ritmo apaciguado que le brindaba la tranquilidad tenida hasta el momento, Emilia no salía de su asombro por la experiencia que estaba viviendo.
Mención aparte merecen el terraplanismo tan difundido en la segunda década del siglo XXI por supuestos conspiranoicos ganados para el debate, y el Código de Hammurabi, con sus 282 leyes plasmadas en una estela de basalto, llamado así por el rey de Babilonia que lo estableció como uno de los primeros conjuntos de leyes mejor conservados hasta hoy, y que llegó a influir en otras culturas durante el desarrollo legislativo de éstas. Para Emilia, conocer de cerca estas reseñas de una historia cautivante que siempre le había intrigado se convertía en la cúspide de su empeño por el saber universal que anhelaba para sí. En cuanto a si la Tierra es plana o redonda, ya lo sabremos en su momento, según lo captado por Emilia mientras escuchaba las voces que le describían cada evento. Y en cuanto a la interpretación del espíritu de la ley impregnado por el rey Hammurabi, de igual manera llegará el momento de entenderlo antes del fin de la actual civilización.
Pero lo más asombroso estaba esperándole. Rodeada de nuevo por el séquito de gatos que ahora le miraban con sus ojos inyectados de un rojo intenso que infundía paz y suprimía todo desasosiego, continuó su “expedición” levitando sobre escenarios y construcciones enormes como montañas, semejando un mundo de gigantes cuyas dimensiones podrían rebasar los límites de la imaginación. Los mininos maullaban para romper el mutismo que la contenía, pero sin menguar su concentración en lo que veía y lo que iba alojándose en su cerebro en forma de conocimiento y cultura universal.
“¡Tartaria! ¡Tartaria!”, se gritó a sí misma emocionada, porque al fin despejaba sus interrogantes respecto a esa raza de habitantes, de la cual tanto se ha hablado en los últimos tiempos. Ahora no le quedaba ninguna duda de que, por alguna razón desconocida para los comunes mortales, los gigantes tártaros y la enigmática Antártida, con sus muros de hielo, a propósito eran casos alejados del saber humano quién sabe con qué fines de oscuridad y dominio. Lograba de esta manera tener la certeza de que la gran élite del poder ha ocultado información esencialmente valiosa para entender el verdadero origen de nuestra especie. Este secretismo, junto a la permisividad e impulso dados a los más de cuatro mil movimientos religiosos a todo lo redondo del planeta, nos describe una sociedad de cómplices que se ha movido a través de los milenios para asegurarse de que el gran misterio siga intacto bajo su control.
Lejos de cualquier consideración metafísica —pensaba Emilia—, la vida es un cúmulo de incógnitas permanentes que a la vez podemos ir descifrando en gran medida, y sólo unas pocas cuestiones nos dejan al ras de lo indescifrable, como por ejemplo la intervención extraterrestre en construcciones y obras, de cuyo origen tenemos casos documentados en pinturas rupestres y petroglifos que nos cuentan una historia que incluye seres de otros planetas. Es decir, la mejor evidencia la dejaron nuestros antepasados en sus pinturas prehistóricas, para lo cual la semiología y otras artes vienen a cumplir un rol fundamental en su interpretación.
Los pequeños felinos que le rodeaban pasaban su cuerpo en zigzag a través de sus pantorrillas en clara alusión a mansedumbre y sometimiento, mientras la aturdida viajera continuaba levitando sobre la historiografía vívida de la Tierra, al tiempo que iba apreciando, en cada cumbre de las inmensas edificaciones, grandes bobinas capaces de aprovechar la energía atmosférica para generar la electricidad necesaria. Por sus piernas parecía subir una especie de influjo que la proveía de ánimo, de manera que cuando emocionada estaba viendo todo aquello, el porcentaje de asimilación alcanzaba la totalidad de lo descubierto. Fue así como concluyó que los gatos tenían que ver con lo que estaba ocurriendo, y esto quizás explicaba el porqué de la adoración egipcia al félido animal en la deidad de Bastet.
La arquitectura de Tartaria con sus enormes puertas daba cuenta de que fuimos antecedidos en un momento de la historia humana por hombres de gran talla que por alguna razón desconocida desaparecieron de la faz del planeta. Los rastros de esta civilización fueron borrados con fines inconfesados, y de no ser por algunos vestigios que aún se pueden observar y algunas osamentas descubiertas, no tendríamos idea de su paso entre nosotros. Emilia se debatía en una especie de pensamiento dicotómico, maniqueo, sin poder hasta ese momento definir con exactitud si lo que estaba experimentando se inscribía en lo correcto y moral, o en lo erróneo y lo inmoral, desde el punto de vista de la astrología y la perspectiva teológica manejada por disímiles corrientes místicas y religiosas.
Pero si de algo podía estar segura es de que aquello era real, no soñado ni imaginado, sino vivido en esa aventura que le tocó por suerte aprovechar, a la vez que disfrutaba del despeje mental obtenido en tiempo real. Repasaba todo lo que había aprendido en su afán de crecimiento antes de ese día, y trataba de conjugarlo con lo que ahora sabía después del itinerante desafío que enfrentaba, sin conocer aún las razones que privaron al ser escogida por las fuerzas del universo para obsequiarla con la sabiduría adquirida. Pensaba en sus hijos, su esposo, su familia toda y sus clientes quirománticos, y en lo que dirían al enterarse de lo que le había ocurrido. Abstraída por la novedad, se sentía satisfecha de sus logros, y esta emoción le proporcionaba un estado de total relax.
La adivina —a pesar de todo— comenzó a derrumbarse cuando se preguntó cómo salir de allí. No tenía ni la menor idea de lo que debía pasar o hacer para volver al interior de la estructura piramidal donde todo se inició, y un síntoma de angustia se asomó a su pecho. Trató de recordar algunos sueños, entre los cuales se destacaba la noche que interactuó con Nostradamus, boticario predictor que los religiosos tratan de ignorar, pero que con sus aciertos ha logrado mantener su bien ganado estatus público frente a las profecías del libro “sagrado” de los cristianos. Otro recuerdo onírico la trasladó a la corte del Zar, para encontrarse con Rasputín, místico al servicio de la familia imperial rusa en condición de sanador y consejero espiritual, a quien Emilia pudo ver agonizando en su lecho de muerte. Rasputín fue capaz de predecir, entre otras muchas cosas, su propio asesinato.
***
—Volvamos todos en orden al sitio de inicio —indicó el guía al grupo de nueve turistas que le acompañaron a visitar la cámara mortuoria.
Fue precisamente en ese momento cuando advirtió la ausencia de una mujer de unos cincuenta años, alta y muy bien trajeada, que por alguna razón desconocida se rezagó del grupo. Ante la inminencia de su separación grupal, el guía conminó al resto a subir de inmediato para tratar de dar con ella, puesto que el no cumplimiento de las normas elementales de seguridad determina la irrevocable suspensión de sus servicios al frente de asesorías dirigidas. Al ir subiendo con paso acelerado por la premura de saber lo que había ocurrido, hubieron de detenerse cuando una sombra redondeada que cubría casi en su totalidad vertical un área de la pared oeste, y que despedía intermitentes destellos de una opaca luminosidad, los obligó a detenerse para observar con suma atención y curiosidad.
Sin atreverse a tocar aquella “mancha” que logró aterrarlos, el guía se acercó afirmando que jamás había visto nada similar, ni escuchó nunca de sus colegas haber sido testigos de semejante evento de índole sobrenatural, sin duda alguna.
Ante la incertidumbre, y tras escrutar minuciosamente el muro en procura de algún indicio que les llevase a conocer el paradero de Emilia, se dirigieron a la entrada y buscaron en los alrededores, en cada espacio, en cada grupo, por cada centímetro de la meseta de Giza, llamándola por su nombre con altavoces, para luego informar a la policía turística e iniciar la búsqueda formal de la señora extraviada. En el lugar se formaron cuadrillas de baquianos que infructuosamente buscaron hasta el amanecer del siguiente día, minutos antes de darla oficialmente como perdida, para proceder entonces a notificar a su familia.
***
Era domingo y su esposo dormía como suele hacerlo a las siete de la mañana los días de descanso laboral. Cada uno de los hijos se encontraba en su habitación arrullado por Hipnos —dios griego del sueño—, bajo gruesas mantas protegiéndolos del frío artificial proporcionado por el aparato de aire acondicionado en modo máximo rendimiento. De repente, todos despertaron al mismo tiempo al escuchar la invariable voz de Emilia llamándolos para que bajaran a desayunar. Entre incrédulos y gratamente sorprendidos, estuvieron en la mesa comedor en cuestión de instantes deleitando la vista con aquel banquete pocas veces ofrecido, pero ninguno se sentó a la mesa hasta verla para abrazarla y pedirle que les contara sobre su viaje. La buscaron por toda la casa, en cada cuarto, cada rincón... pero fue en vano. Emilia no estaba con ellos.
La obligada llamada desde la embajada en Egipto llegó. La noticia los aturdió aún más, hasta niveles que se tornaron insoportables. Todo era confusión y caos, las cosas parecían alterar su forma, por las ventanas sólo se podían ver espesas nubes que iban al ras del suelo y la comida se enfriaba al paso de los minutos, pero era la evidencia de que ella había estado allí. Comenzaron a surgir las interrogantes: ¿qué ha pasado? ¿Cómo nos hizo desayuno y desapareció en un tris? ¿Por qué no llamó para recogerla en el aeropuerto, en caso de que haya adelantado su retorno? ¿Por qué salió de esa pirámide sin despedirse de los compañeros? ¿Qué significa todo esto?
Ninguna pregunta tuvo respuesta, ni nadie pudo verla de nuevo. Al día de hoy, el misterio de la desaparición de Emilia Campos Rosales está más lleno de dudas que de razones. Sólo su familia ha podido entender que se encuentra quizás en otro plano, dado el cúmulo de contactos extrasensoriales que han tenido con ella al correr del tiempo, y según sus propias palabras, en la casa se siente que ronda igual que antes, vigilando que todo esté bien. Pero lo cierto es que nunca más se ha sabido de su paradero. Los entendidos en el tema afirman no tener duda de que aquella “mancha” en el muro era un portal a otra dimensión que las fuerzas desconocidas del universo le permitieron atravesar, para tenerla por siempre entre ellos...
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