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Secuela

jueves 26 de mayo de 2022
Secuela, por Alirio Alberto Hernández Rojas
Los días en cautiverio nos enseñaron que el trato humillante es una de las tantas aberraciones humanas, y esa experiencia nos dotó de esa piel dura, impermeable, que hoy tenemos. Imagen: “Dos hombres en una mesa, o Los fumadores” (1855), de Honoré Daumier

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2022 en su 26º aniversario

El cantinero, sin esperar que lo ordenaras, sirvió un par de tragos más en el preciso momento en que decidí preguntarte por el motivo de nuestro encuentro. Hasta ese instante, no entendía por qué me habías citado a esa hora de la tarde, en el día más húmedo que ha habido este año. Las intermitencias lluviosas han paralizado casi por completo la ciudad, y el ir y venir presuroso acostumbrado en este centro comercial, hoy es notable sólo por su ausencia. La barra luce despejada, como si el licor hubiese sido abandonado a su suerte por los amigos que consuetudinariamente lo procuran. Sólo nos acompaña una pareja, que a simple vista se ve en las postrimerías de su juventud adulta, aproximándose cada día más a nuestra edad.

Cuando venía en camino, una serie de dudas asaltaron mi curiosidad por saber el motivo de tu llamada. La guerra dejó tras de sí huellas imborrables en nuestra vida y nuestro pensamiento, permitiendo que seamos viva evidencia de que hasta de lo peor se puede sacar algo bueno. Al día de hoy, mantenemos esa estrecha amistad que nos permite acudir al otro, a sabiendas de que a la brevedad posible habrá una respuesta inmediata y desinteresada, en procura del socorro y la solidaridad.

Los días en cautiverio nos enseñaron que el trato humillante es una de las tantas aberraciones humanas, y esa experiencia nos dotó de esa piel dura, impermeable, que hoy tenemos. Los motivos fútiles del conflicto bélico siguen sin compaginar con la barbarie de los asesinatos, enmarcados en los cauces lastimeros de la sangre derramada. Tú, con tu habilidad para la bayoneta (calada para la muerte), te convertiste luego en un guiñapo de carne mugrosa, cuando en las barracas de la prisión se ensañaron contra ti, en venganza por las muertes que ocasionaste. Y yo, francotirador como presumí ser, ufano por la gran cantidad de cráneos perforados en las filas del enemigo, nunca imaginé tener que implorar de rodillas un mísero plato de arroz y arvejas, servido en el piso del calabozo. Hoy, todo eso es sólo un recuerdo que —según mi psiquiatra— me acompañará el resto de mi vida.

—Sólo quería que vinieras para pedirte que me acuerdes una cita con tu loquero —dijiste casi susurrando, mientras el cantinero trataba de escucharnos, y nos miraba de reojo…

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