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El universo mitológico de Octavio Paz
Lecciones de una clase sobre dioses y héroes

lunes 26 de mayo de 2025
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El universo mitológico de Octavio Paz, por María Ledezma G.
Octavio Paz nos pasea por un montón de mitos griegos, latinos, babilónicos y chinos, y nos revela “la llama doble” como un lenguaje afín a todas las culturas y religiones. 📷 Arturo Espinosa • PIFAL
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Este ensayo fue escrito en el contexto de la materia “Mitología: entre dioses y héroes”, del Ciclo Profesional de la Universidad Simón Bolívar (Caracas, Venezuela, 2020).

Lo sagrado es un objeto. Ritos, mitos, fiestas y leyendas están ahí, frente a nosotros: son objetos, cosas.
“La otra orilla”. El arco y la lira.
El doble significado de la sociedad —ruptura con un mundo y tentativa por crear otro— se manifiesta en nuestra concepción de héroes, santos y redentores. El mito, la biografía, la historia y el poema registran un período de soledad y de retiro situado, casi siempre, en la primera juventud que precede a la vuelta del mundo y a la acción entre los hombres.
“La dialéctica de la soledad”. El laberinto de la soledad.

Quiero presentarles, en el marco de esta asignatura llamada “Mitología: entre dioses y héroes”, en donde escribimos ensayos para revisitar algunos mitos de nuestra tradición civilizatoria, un tema que me ha acompañado durante muchos años: la dinámica de los héroes y los dioses griegos a través de la mirada lúcida de Octavio Paz. Para hacerles el cuento corto, Octavio Paz fue un poeta, crítico y ensayista mexicano, nacido en 1914; es una de las figuras más importantes del imaginario mexicano y fue un latinoamericanista excepcional. Por latinoamericanista se entiende al intelectual seguidor de una escuela de pensamiento esbozada en el siglo XIX (en medio del desarrollo de las guerras de independencia de los países del “nuevo continente”), pero erigida finalmente como escuela de pensamiento cultural durante el siglo XX. Una de las propuestas más importantes del latinoamericanismo es el hecho de dibujar imaginariamente a Latinoamérica como el producto de múltiples herencias históricas (ojo con esto, porque nos atañe debido a sus resonancias con los mitos), por lo que el latinoamericanismo refuta el argumento de que este continente no es ni más nuevo ni menos avanzado que el Viejo Mundo (es decir, Europa o Asia). Paz no fue el único americanista, también lo fueron otros pensadores contemporáneos con Paz como Alfonso Reyes (quien tiene un ensayo brillante que todo estudiante hispanohablante debe revisar titulado “Notas sobre la inteligencia americana”), o Ángel Rosenblat (a quien le debemos mucho en Venezuela por sus investigaciones lingüísticas y lexicográficas). Del latinoamericanismo emergieron los movimientos que marcaron nuestra estética cultural del siglo XX. Definitivamente no existiría el realismo mágico (ni Cien años de soledad con sus mariposas amarillas, Melquíades, las hormigas de Macondo y la familia de cola de cochino) tal como lo conocemos, si no hubiera estado presente el sentido de la pertinencia por narrar nuestros aconteceres fantásticos propuesto por la corriente latinoamericanista del siglo XX. Para mí es importante que tengamos esto presente porque en las próximas semanas de este curso regresaremos a este tema. No en vano pongo como prefacio una de las citas de Paz que me llamó la atención durante mi arqueo bibliográfico: detrás de la narrativa de cada mito hay una profunda necesidad de alejarse de un mundo para crear otro o, mejor dicho, el nacimiento de un mito supone una ruptura entre el viejo mundo y los nuevos mundos.

El arco y la lira, La llama doble, Los hijos del limo y El laberinto de la soledad son compendios ensayísticos donde Paz revisita importantes pasajes del mito y la poesía.

Dije que Octavio Paz fue un latinoamericanista excepcional. Les explico por qué: Paz tuvo un contacto permanente y particular con el imaginario místico. En parte porque tuvo una actividad prolífica como poeta. En parte, también, porque la mística siempre levantó su interés. La mirada mística de Paz, sin embargo, no se reduce a lo latinoamericano, sino que es amplia y universal. Los cuatro libros que mencioné como bibliografía de este curso dan cuenta de ello. El arco y la lira, La llama doble, Los hijos del limo y El laberinto de la soledad son compendios ensayísticos donde Paz revisita importantes pasajes del mito y la poesía. Y cada uno de estos materiales tiene una tradición mítica focal.

Así, El arco y la lira ataja el mito desde sus configuraciones poéticas, es por eso que encontraremos diferentes ensayos (todos extraordinarios, eso sí) que tienen que ver con el lenguaje, la prosa, la poesía. El título del libro es un detalle fenomenal pues alude al pasado primigenio del ser humano en el que no era del todo civilizado, pero, al mismo tiempo, estaba preparando el terreno para civilizarse. El arco: instrumento épico por excelencia; la lira: instrumento canalizador de la representación (arte) por excelencia.

Rescato del texto “Lenguaje” la siguiente reminiscencia, porque necesito que esto lo tengan digerido:

Lenguaje y mito son vastas metáforas de la realidad. La esencia del lenguaje es simbólica porque consiste en representar un elemento de la realidad por otro, según ocurre con las metáforas (...). Cada palabra o grupo de palabras es una metáfora. Y asimismo es un instrumento mágico, esto es, algo susceptible de cambiarse en otra cosa y de trasmutar aquello que toca: la palabra pan, tocada por la palabra sol, se vuelve efectivamente un astro; y el sol, a su vez, se vuelve un alimento luminoso. La palabra es un símbolo que emite símbolos. El hombre es hombre gracias al lenguaje, gracias a la metáfora original que lo hizo ser otro y lo separó del mundo natural (página 10).

Esta cita reafirma todo lo que hemos revisado previamente, pero, además, personalmente, me conduce a una de las clases que tuve con la profesora María Fernanda Palacios en una de las primeras sesiones a las que asistí en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela (UCV). A todo estudiante de Letras lo obligan a leer la Odisea en el primer semestre. A todos nos llevan por ese camino. A todos nos decían tres cosas el primer día de clases: 1) A partir de ahora ustedes son marineros de un barco que intenta llegar a Ítaca. 2) Ustedes vienen a demostrar aquí (y a celebrar solitariamente) que no tiene nada de malo no ser ingenieros, abogados o médicos. 3) Les tenemos una mala noticia a aquellos que vienen aquí a hacer trampolín: se van a enamorar de la carrera. Y Palacios era quien nos iniciaba, y lo ha hecho durante cincuenta años ininterrumpidamente, en ese proceso de lectura homérica. La profesora Palacios, a propósito de los viajes de Odiseo a las islas, siempre nos dejaba clara la importancia de preguntar a los habitantes de las islas si eran hacedores de pan.

Todas las civilizaciones hacen pan. Dentro de la lógica griega, el hombre que no hace pan es un caníbal. O eres hombre o eres caníbal. O eres hombre o eres animal (sólo los dioses permutan, sólo lo divino puede transformarse, tal como puede permutar “la palabra, el logos”). El pan no es sólo un alimento, también es uno de los primeros trabajos del hombre, simbólicamente hablando (¿recuerdan el Génesis cuando el Dios le decía a Adán: “el pan lo ganarás del sudor de tu frente?”). Para hacer pan se requiere dominio de la naturaleza, dominio de la agricultura (agri-cultura, cultura = educación), dominio de una técnica y, aquí viene lo más importante: tiene que gustar, tiene que tener sabor. El sabor no es un accesorio del alimento; si los alimentos no nos saben bien, no los consideramos alimento. Todos tenemos algún plato favorito no-saludable. Pero sentimos que nos alimenta. ¿Por qué menciono esto? Porque, de acuerdo a lo que M. F. Palacios nos señalaba, saber y sabor pertenecen a la misma raíz, sapere (conocimiento). El alimento (el pan) no sólo tiene sabor, tiene saber (conocimiento) y es, en sí mismo, materialización de ese conocimiento. Y, por otra, parte, quien cultiva educa (no en vano los listones de las medallas de las escuelas de Educación y de Agronomía tienen el mismo color verde: hay una raíz primigenia común). Entonces, detrás de la idea del pan hay una bonita conjunción entre lo artificioso y lo religioso. Sin saberlo ni buscarlo, vivimos las urgencias del día a día arrastrando significaciones heredadas de los mitos. No existirían estas asociaciones sin las permutaciones del lenguaje, sin la constante metaforización de lo cotidiano.

Ahora, regresando a los textos de Octavio Paz, de Los hijos del limo se rescata el constante viaje que Paz realiza hacia la poesía de vanguardia y contemporánea. Una vez más, el mito será un hilo conductor importantísimo en los temas del ensayo. Con Los hijos del limo nos pasearemos por el imaginario romántico, estableceremos contacto con los mitos orientales, entraremos en el universo del loto, los elefantes, las danzas y las especias de la India, de China o Japón, pero siempre desde la perspectiva de viajantes occidentales. El texto nos llama a la India, pero nos recuerda que somos hijos de Baudelaire, de Rimbaud o de Proust. Que nos persiguen los fantasmas del comunismo y la Unión Soviética. Es un libro muy lindo, la verdad. A quien le gusten las representaciones y las herencias de aquel lado de mundo va a encontrar un espacio discursivo bien interesante. ¿Del origen del título? Limo era la personificación del hambre en el imaginario griego. Paz intenta, de una manera muy particular, recordarnos que sí, los poetas intentan con el lenguaje alcanzar el amor (como estado puro, no solamente desde el encuentro erótico o sexual), la libertad (a través de la rebeldía del sujeto) y esas cosas chéveres, idealistas, pero que, por otra parte, son seres humanos, y como tales, como seres desprovistos de la eternidad y la divinidad, son víctimas del hambre y la pobreza. Octavio Paz juega con esto constantemente. Por una parte, nos dice: no es el hambre, sino el amor, el miedo o el asombro lo que nos ha hecho hablar, pero por otra, genera esa concesión a los poetas o escritores que han tenido que ofrecer sus versos por dos lochas, para no terminar como intelectuales mártires del mercado:

Pero nosotros que hemos visto y oído a muchos poetas de Occidente cantar en francés y español las hazañas de Stalin, podemos perdonarle a Darío que haya escrito unas cuantas estrofas en honor de Zelaya y Estrada Cabrera, sátrapas centroamericanos (“Traducción y metáfora”).

La llama doble nos acerca a un terreno mucho más peligroso que los dos anteriores. Si bien El arco y la lira gira en torno al logos (la palabra, la retórica, la lírica y la épica; nos transporta a la Grecia, a Babilonia, al Imperio incaico) y Los hijos de limo al fatum (el destino: en este caso, el destino del poeta y la creación estética: la revolución industrial, las guerras mundiales, la guerra fría), La llama doble se erige en función del eros (el erotismo, la sexualidad, el cuerpo: el cristianismo, la Edad Media, la Revolución francesa, el Surrealismo). Este es el libro que más me gusta de Octavio Paz. En parte, porque Paz toca los temas que a mí me gustan: el satanismo, el banquete grecorromano, la bajada de los infiernos, los arquetipos, la astrología, la nigromancia, las invasiones bárbaras e islámicas en Occidente, el pensamiento cátaro y templario. En parte, porque el autor lo hace de una manera asombrosa. Este libro, para mí, es el antes y después de muchas cosas. Pero, como todo libro iniciático, merece tiempo, merece degustación e implica pruebas. Pero promete una experiencia única porque Paz conduce al lector por las etapas culturales necesarias. El libro se inicia con la metáfora de la llama, atraviesa las configuraciones míticas del sistema solar, se inserta en los reinos de Pan, toma prestado el imaginario egipcio, reivindica (y eso lo agradezco hondamente) el legado del movimiento árabe, mozárabe y andaluz en Occidente, a través del famoso El collar de la paloma, y nos acerca al umbral de la posmodernidad. Todo esto en clave erótica. A todas estas, el ser humano no está desvinculado de su sexualidad, de su “hacer cuerpo”, porque el sexo nos recuerda, de múltiples maneras, que existen la vida y la muerte, en permanente dualidad. Y tampoco el ser humano está desvinculado de sus circunstancias eróticas. Porque detrás de las fantasías eróticas (que son un tipo de lenguaje: “La relación entre erotismo y poesía es tal que puede decirse, sin afectación, que el primero es una poética corporal y que la segunda es una erótica verbal”) hay un deseo irrestricto de trasladar la ilusión a una corporeidad. El amor, el tercer y ambiguo elemento, es el producto de los dos: del sexo y del erotismo, pero agrega un elemento más a la ecuación: la necesidad de la trascendencia (lo cual, particularmente me recuerda una frase de Antoine de Saint-Exupéry: “El amor no es mirarse uno frente al otro sino mirar juntos hacia la misma dirección”). Por eso, existe esa necesidad casi atávica de perpetuarse en el mundo, sea a través del deseo de tener hijos, sea a través de materializar elementos comunes que representen o signifiquen la unidad eterna de los amantes. Para demostrar eso, Octavio Paz nos pasea por un montón de mitos griegos, latinos, babilónicos y chinos, y nos revela “la llama doble” como un lenguaje afín a todas las culturas y religiones. Este libro tiene muchas reflexiones que son tan válidas como hermosas, pero me quedo con esta en particular:

Hoy, al finalizar la modernidad, redescubrimos que somos parte de la naturaleza. La tierra es un sistema de relaciones o, como decían los estoicos, una conspiración de elementos, todos movidos por la simpatía universal. Nosotros somos partes, piezas vivas en ese sistema. La idea del parentesco de los hombres con el universo aparece en el origen de la concepción del amor. Es una creencia que comienza con los primeros poetas, baña a la poesía romántica y llega hasta nosotros. La semejanza, el parentesco entre la montaña y la mujer o entre el árbol y el hombre, son ejes del sentimiento amoroso. El amor puede ser ahora, como lo fue en el pasado, una vía de reconciliación con la naturaleza. No podemos cambiarnos en fuentes o encinas, en pájaros o en toros, pero podemos reconocernos en ellos.

Finalmente tenemos el último libro de esta revisión a la obra de Octavio Paz que se titula El laberinto de la soledad. Si bien los premios Nobel de Literatura, dicen, se escogen en función de las sumatorias de las obras que han publicado los autores, aparentemente la aparición de El laberinto de la soledad fue el libro definitorio para la concesión del Nobel. No sé qué tan cierta sea esta afirmación. Pero en el fondo hay una cuota de verdad en ello. Este libro es una evolución extraordinaria de Octavio Paz porque, una vez que revisita los mitos occidentales desde múltiples ópticas, como más o menos lo he intentado explicar, ahora se encarga de analizar las configuraciones imaginarias de México. El laberinto de la soledad es un libro pensado para el lector mexicano, y, por extensión, para el latinoamericano. Aquí veremos muchísimo los arquetipos detrás de ese “sentimiento mexicano”, pero para ello, una vez más traerá a colación toda la herencia mítica occidental. Aquí hablaremos de los pachucos, de la Malinche, de los mariachis, de Pancho Villa, de Maximiliano, la independencia, las revoluciones, los coyotes, el desierto, las pirámides, la muerte y las máscaras mexicanas. Algo que Paz repetirá constantemente en el libro es la idea asociativa de conectar el realismo mágico latinoamericano con una idea de mística particular, lo cual tiene que ver con el asunto de las relaciones de la herencia viva latinoamericana. En América Latina ocurre una paradoja interesante: lo vivo nos distingue de lo muerto. Me explico: la herencia latinoamericana arrastra consigo (ojo, esto está cambiando) autores, historias, relatos, libros que son de reciente fecha. A estas alturas aún tenemos escritores que forman parte de nuestra concepción latina, hispánica, que están vivos (ejemplo: Mario Vargas Llosa; hasta 2014, Gabriel García Márquez). Esto sería inconcebible en la tradición anglosajona, especialmente la británica, cuyos máximos autores están muertos y tienen siglos muertos. Imagínense el imaginario asiático: que lleva más de ocho mil años. Aquí es importante hacer este ejercicio: no analicemos a nuestros escritores con la mirada del millennial que vive la década del 20 del siglo XXI; veamos a estos autores como parte de un pasado y pensemos como sujetos de la mitad del siglo XX. Para 1950 América Latina tenía a sus principales reproductores de mitos vivos: Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Alejo Carpentier, Ernesto Sábato... Estos escritores atajaban, desde su presente, narrativas que, a su vez, eran reminiscencias de la tradición occidental, pero, por otra parte, generaron la ruptura necesaria y construyeron el mundo nuevo: el imaginario latinoamericano. En América Latina, ya no sólo pensábamos en Auroras de rosáceos dedos, o en Edipo y sus oráculos. Ahora pensábamos en mariposas amarillas, en bestias ancestrales nadando por el Arauca, en una Comala que era un espejismo, en peces nadando en las humedades del aire. Bajo esa lógica resulta una monstruosidad un relato como el de “Las ruinas circulares” de Borges: un indio que soñaba con un indio dormido que, también, era soñado. Borges no sólo escribía un relato más: nos escribía a nosotros mismos, en nuestra contemporaneidad, en nuestra constante creación urobórica.

Pero aquí viene otra paradoja: sí, tenemos una conexión ancestral con la vida, pero también vivificamos a la muerte. Y eso es algo que se ve muy gráficamente en el mexicano. Entonces, resulta curioso esto porque esa diferencia, esa asimilación de la dinámica vida-muerte, nos aleja de la tragedia heroica griega. Para los griegos, la tragedia se inicia con la caída del héroe, devenido en príncipe tirano, y supone una muerte indigna, desafortunada, dolorosa. La mirada trágica latinoamericana arrastra esto consigo pero, por un clic que uno no termina de entender muy bien, la muerte es carnavalizada, celebrada, reída. Sí, Latinoamérica llora, tiene Lloronas, pero también ofrece una risa sardónica, un chiste de funeral. Y a veces nuestras risas son más trágicas que el llanto mismo. No en vano Pedro Lemebel (escritor chileno) decía que Tenía cicatrices en las espaldas de tanto reírse. Hay algo en el reír que dibuja nuestros mundos posibles.

Desde el punto de vista didáctico uno podría decir, superfluamente, que los textos de Octavio Paz son “para dummies”. De hecho, muchos docentes de redacción trabajan los primeros ensayos del libro en las materias de lenguaje, porque los textos tienen un discurso sencillo, ameno, simpático, pues responde a una didáctica, a un deseo de enseñar. Pero hay otros textos que no son, definitivamente, para novatos. Yo no uso Octavio Paz para enseñar redacción. Creo que, al hacer esto, pongo los libros en otra categoría que, si bien no es menos importante, no lo ubican en el contexto donde corresponde. Eso es como darle a un aprendiz de teología el Malleus maleficarum (el manual de cacería de brujas). Leer a Octavio Paz implica atajar detalles, símbolos, apologías que no se enseñan en la academia, mucho menos en una universidad científica. Y a través de sus obras el lector va abriendo propuestas de lecturas que son totalmente inéditas para sí mismo. Por eso, creí tan necesario generar el momento para que pensemos la obra de Paz desde la envergadura del mito. Esto sería un recurso muy valioso para que ustedes conciban lo mitológico desde su aspecto esencial. Una de las cosas que he repetido constantemente en esta materia es que no podemos quedarnos solamente con la interpretación narrativa de los aconteceres de los dioses y los héroes. Sí, las representaciones fílmicas de los dioses y los héroes apuntan hacia la renovación. Pero me temo que el costo de ello es sintetizarnos un lenguaje que, desde tiempos ancestrales, tiene un arraigo orgánico. Lo pertinente sería que narrativa y poesía viajaran juntas, como fuerzas equilibradas en los devenires del mito. Pero eso es algo que las propias circunstancias históricas nos dirán.

Finalmente, cierro este texto con una cita extraída de ensayo “Del mundo heroico”, del El arco y la lira. Este fragmento, en el que Octavio Paz se refiere a los tres grandes poetas trágicos del mundo griego (Sófocles, Eurípides y Esquilo), podría ser un extraordinario puente para conectar este inciso sobre la obra de Paz con el tema de este curso, y espero que estas palabras consigan a los interlocutores correctos, a los que buscan respuestas, o a los que generan nuevas interrogantes (que sería mucho mejor):

Para el griego la vida no es sueño, ni pesadilla, ni sombra, sino gesta, acto en el que la libertad y el Destino forman un nudo indisoluble. Ese nudo es el hombre. En él se atan las leyes humanas, las divinas y las no escritas que rigen a entre ambas. El hombre es el fiel de la balanza, la piedra angular del orden cósmico, y su libertad impide el regreso del caos original (...). Sobre la libertad humana se apoya el Destino, forma visible del ritmo universal, manifestación de una Justicia que no es premio y castigo, bien y mal, sino acorde cósmico. Y el hombre, el mortal, la criatura que envejece y se enferma, sujeto a los desvaríos de la pasión y a la mudanza de las opiniones, es el único ser libre, precisamente por ser el sujeto elegido por el Destino. Esa elección exige su aceptación. Y por eso sus crímenes hacen temblar al universo y sus acciones restablecen el curso de la vida. Por él anda el mundo.

 

Referencias bibliográficas

  • Palacios, María Fernanda. Sabor y saber de la lengua. Caracas: Otero Ediciones, 2004.
  • Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. México, DF: Fondo de Cultura Económica, 1970.
    . La llama doble. México, DF: Seix Barral, 1993.
    . El arco y la lira. México, DF: Fondo de Cultura Económica, 1967.
    . Los hijos de limo. México, DF: Seix Barral, 1974.
María Ledezma G.

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