Con los años los límites entre civilización y barbarie se han hecho borrosos. Las tinieblas han caído sobre el desierto haciéndolo incluso más hostil. Yo, sin embargo, he permanecido firme en mi puesto de vigilancia. Cuando llegué a este lugar la construcción de la muralla no había culminado. Recuerdo las cuadrillas de trabajadores cargando las rocas y construyendo los inmensos muros. A veces me parece que desde entonces han pasado siglos. Las frágiles chozas de los obreros fueron, desde hace mucho, tragadas por las arenas. La torre que ocupo se encuentra en los confines del reino, una frontera alejada en medio de la nada. Un sitio que no puedo abandonar bajo la amenaza de vivir horrores mucho más crueles. Tengo el honor de proteger la frontera en contra de sus enemigos, aunque a veces este honor parezca un castigo.
Espero con ansias que vengan a relevarme. Cuento los días marcándolos sobre el muro del levante. Así mismo, escribo una bitácora de mis actividades, en este caso son las arenas las que me sirven de páginas; mis huellas circulares son los pies de página. Me acompañan los espíritus de quienes han muerto en el desierto, acá encuentran refugio para sus penurias. Se sientan a mi lado durante las largas vigilias. Jugamos dados frente al fuego, cocinamos carne de serpientes que acompañamos con escarabajos crujientes. Acá los zorros y algunas liebres son caza mayor.
En las tardes subo al mirador, desde allí veo al sol cayendo incendiario sobre el desierto, me imagino la presencia de un gran fuego que lo incendia todo a su paso, lo comparo con la humilde fogata con la que apenas puedo luchar con las bajas temperaturas. Cuando me aseguro de que no hay enemigos en los alrededores bajo a la pequeña habitación donde intento dormir. Me echo sobre el catre de cáñamos y hablo con la araña que teje su hogar en uno de los ángulos del techo. Combato la locura escuchando sus historias. Es una gran cazadora. Agradezco que sea diminuta, de otro modo ya hubiera acabado conmigo. Hay días en los que me ataca. Aprovecha que duermo para saltar sobre mí. Su naturaleza es traicionera. He pensado en acabarla, pero me divierte la conversación más que la soledad. Cada mañana reviso los malacates, busco sombras entre las dunas, alisto las armas y me dedico a mover los listones de madera de un lugar a otro.
Voy apilándolos de uno en uno para evitar que la humedad de la noche los dañe. Lo hago con cuidado, trato de evitar picaduras de alacranes o que en un descuido uno de los tablones caiga sobre mi aplastándome. Eso podría ser fatal. La madera debe estar fresca, es la única manera de que arda bien cuando sea necesario. Esto forma parte del sistema de alarma. El primero en avistar al enemigo enciende un gran fuego que deberá ser replicado por torres sucesivas para dar aviso a los ejércitos provinciales. La duración del fuego y su color, que se puede hacer variar mediante la utilización de sales y compuestos, que guardo celosamente en un pequeño depósito cercano, sirven para indicarle a los nuestros las características del ejército invasor, su número y la dirección en la que se mueve.
El desierto es extenso y solitario. Hoy vi pasar una manada de chacales. Sentí que me saludaban con sus aullidos. Me vieron desde lejos invitándome a que los acompañara. Pero los conozco bien, siempre a la búsqueda de una víctima a quien destrozar con sus poderosos dientes o a quien seducir con suaves palabras. Transitan el desierto planeando una venganza. Les grité desde mi posición y les lancé rocas, indicándoles que no quería tener nada que ver con ellos. Algunos días percibo el paso polvoriento de alguna caravana, si bien no puedo distinguirla desde mi posición, puedo escuchar el rumor de su movimiento. Numerosos camellos cargados de mercancías, voces humanas, respiraciones. Ecos que rebotan sobre los arenales y se reflejan sobre los muros de piedra que me protegen. Muchas veces me he preguntado si con ellos viaja el hombre que viene a relevarme.
El desierto es un gran laberinto, un animal hambriento, a veces me llama usando un nombre que apenas puedo reconocer. En los mejores días me acaricia con una brisa fresca que refresca mi piel terrosa y me ayuda a calmar la sed. En los peores se levanta con furia a través de inmensos remolinos de polvo que levantan los granos de arena convirtiéndolos en pequeños proyectiles que se clavan debajo de mi piel. Su lengua rugosa no sólo carcome la piedra que me rodea, también lo hace con mi alma.
Uno se acostumbra a estar solo. He olvidado cómo rezar, convencido como estoy de que ni siquiera Dios habita estos parajes. Mi único contacto humano es con un anciano repugnante que me trae provisiones. Conversamos durante un corto tiempo mientras me entrega un bastimento mínimo y se asegura de que permanezca en ese lugar. Hablamos desde lejos, su olor fétido es ofensivo. Lo acompaña un joven esclavo vestido de mujer. Su cuerpo dolorido está cruzado por los rastros de una tortura que parece sistemática. Sus ojos gritan pidiendo una misericordia que no me atrevo a proporcionarle. Estoy seguro de que preferiría no estar vivo.
—¿Sabe usted algo de mi relevo? —pregunté tratando de no mostrarme impaciente o desesperado.
El viejo no me respondió de inmediato, distraído tocaba al muchacho impúdicamente. Su silencio fue llenado por el murmullo del desierto: voces apagadas, pasos que se acercan desde la arena, algo que gime dentro de las piedras de la torre. Parecía buscar las palabras.
—No debe preocuparse... —susurra—. Dicen que el gobernador se ocupa personalmente del asunto, en cuanto menos se lo espere podrá regresar.
Su voz sonó hueca. No pude evitar sentir en ellas cierto grado de cinismo.
—Por favor dígales que no se olviden de mí —señalé lleno de inquietud. Él se inclinó sobre mí, puso una de sus manos en mi hombro. Abrió su boca desdentada haciéndome percibir un aliento rancio.
—El hecho de que yo venga a traerle alimentos es una muestra de que no lo hacen —señaló sonriendo, mientras la torre crujía.
Luego se despidió internándose en el desierto. Sus pies no tocaban el suelo, sino que flotaban sobre un velo de sombras. La arena se arremolina a su paso, formando retorcidas figuras humanas que parecían burlarse de mi situación. Escucho su eco multiplicado, mientras subo al voladizo junto a los espíritus que conviven conmigo. Cuando finalmente se perdieron en la distancia, escuché un silencio que parecía burlarse de mi espera.
Aquella noche percibí un extraño aleteo acercarse a mi posición. Eran pájaros inmensos que volaban en mi dirección. Temeroso de que pudieran robar mis provisiones, me enfrenté a ellos con todas mis fuerzas, sentí sus picos y sus garras cayendo sobre mí, mientras yo me defendía dando golpes sin parar detrás de los parapetos que previamente había construido. A pesar de mi defensa impecable quedé mal herido. Atendí mis heridas lo mejor que pude y bebí una parte del aguardiente que usaba entremezclado con agua para disimular su sabor rancio. Agotado y adolorido me recosté sobre el catre, olía a sangre, algunas moscas saltaban sobre mí.
Me quedé dormido pensando que la muralla no sólo fue construida para separarnos de los bárbaros. También fue hecha para que perdurase a través de los siglos aun cuando todo lo demás se haya hecho polvo. Allí estaba yo y afuera mis carceleros.
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