
Alfredo Bryce Echenique y Jorge Núñez del Prado partieron de este mundo casi a la misma edad y con dos días de diferencia. Es muy probable que en cada biblioteca del Perú haya por lo menos un libro de Bryce y que casi nadie sepa quién fue Jorge Núñez del Prado. Bueno, es una manera de decirlo a manera de ilustración, ponernos en los extremos, pues en el último tránsito de sus vidas ambos fueron despedidos, a su modo también, por sus multitudes.
Tampoco es la idea compararlos o trazar sus vidas paralelas. Cada uno, desde la literatura y la música, ha construido una vida intensa. Quienes desde la lectura o la fiesta popular los han seguido, han sabido conocerlos y, a través de lo que escribían y cantaban, no sólo se emocionaban, sino que conocían al Perú, sentían ese fervor candente que por dentro se convierte en identidad.
Pero, claro, hay también algunas diferencias. Mientras que en la Casona de San Marcos, donde se despedía a Bryce, hubo un minuto de silencio largo, tenso, respetuoso, en los salones del Ministerio de Cultura, al otro lado de la gran ciudad no hubo ni un minuto de silencio, la música, el canto a voz en cuello, las estudiantinas, no dejaron espacio ni para discursos. En la casona colonial cada visitante tenía su silla y su silencio, en la casa moderna todos estaban alrededor del músico silenciado, como si estuvieran en el patio de una casona de Paucartambo.
El tránsito de Alfredo al crematorio, luego al mar de La Punta, donde se esparcieron sus cenizas, fue cauto, deteniéndose en cada semáforo, sin que nadie reconociera la carroza fúnebre ni le lanzara desde una vereda, cualquier esquina, una última rosa. Por su parte, Jorge fue sacado en hombros, bailando, con acordeones, guitarras y arpas a su alrededor, con hinchas del Cienciano, y fue llevado bulliciosamente al aeropuerto para desde ahí ir a Cusco, donde fue recibido con lluvia de flores, donde se pelearon por llevar su ataúd jóvenes y mayores, sin discursos, sólo cantos, para hacer su último tramo hasta Paucartambo, y ser unido a su tierra.
Una coincidencia. Cuando ambos rozaban los treinta años, iniciaron sus vidas de artistas, claro, cada uno por su lado. Bryce disfrutaba de una bohemia miraflorina, había terminado de estudiar Derecho en San Marcos, le llevó el título a su papá y le dijo que ahí estaba su sueño, cumplido, “yo me voy a París, a ser escritor”, publicó su primer libro de cuentos y se largó. El resto es historia, tanto que es parte de la historia de la cultura literaria peruana. Núñez andaba en Lima, tocando el acordeón en cuanta fiesta de provincianos había, en una bohemia de cerveza y nostalgia, y conformó el trío Los Campesinos, con Wilfredo Quintana y Adolfo Núñez del Prado, e hicieron otro retazo de la historia de la cultura peruana.
En el resto de sus vidas, Bryce y Los Campesinos han hecho sus propias historias. Unos treinta títulos originales y muchos otros más que reúnen sus cuentos, artículos periodísticos, cartas o memorias, conforman la producción literaria de Bryce, que fue también viajero, amiguero, conquistador y bohemio. Núñez del Prado grabó con Los Campesinos casi treinta long plays, muchos sencillos y casetes, ha dado innumerables conciertos en casi todo el país, ha sido estrella principal de festivales de música tradicional y no hay fiesta popular en que no se toquen sus canciones, y claro, también le entró a la bohemia de barrio, a la conquista elegante, la broma afilada y la amistad de concreto. Es interesante ver cómo, al final de la vida, la gente los despide, una multitud se refleja en las portadas de los periódicos y los noticieros, y otra en las plazas y calles.
El Perú es un país de profundos contrastes, en todo sentido, desde su paisaje infinito hasta su detestable clase política, y en medio de esa realidad mágica y real se da el lujo de tener líderes para todos los gustos, referentes que contribuyen a construir una identidad que, como dijo Vargas Llosa, el Perú no tiene porque las tiene todas.
Nosotros, los mortales, nos quedamos un poco más en estos pasillos de la pena y la esperanza. Repasamos la decadencia de la clase media limeña dibujada en el palacete de Julius, el drama de Pedro Balbuena en París o la extrema sensibilidad de Manongo Sterne, y nos apuñalamos de nostalgia con los huayños paucartambinos que se nos salen como canto y llanto y que todos, alguna vez, repetimos, como esta letra de Jorge Núñez del Prado:
Las ilusiones del alma, del alma,
Son como las flores de un día, de un día,
Por la mañana hermosas, muy hermosas,
Y al atardecer marchitas sin riego.
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