Saltar al contenido

La ciudad transparente

sábado 2 de mayo de 2026
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Por ahí dicen que cuando alguien se muere en un lugar muy caliente, su alma se queda un rato flotando como el vapor sobre el asfalto. Y si uno se asoma a un espejo en ese momento, en ese calor, lo puede ver. Acá siempre hace calor, y la gente se muere seguido, así que los espejos empezaron a mostrar la verdadera cara del pueblo.

Las casitas rectangulares, todas iguales, parecen abandonadas por dentro y por fuera. Ventanas tapiadas, cristales rotos, muros tiznados de hollín, y carros que hace rato dejaron de moverse. Aquí sólo crecen la yerba y la culpa. Lo demás... de plano se mató, o simplemente se quedó mudo.

Al principio no pareció gran cosa, unos cuantos arranques, pleitos, intentos de colgarse. Nada que no hubiéramos visto antes. La violencia aquí es como el polvo: se mete en todas partes. Pero esta vez no era la costumbre. Era otra cosa. Más callada. Más insidiosa. Como si algo hubiera empezado a recordar por nosotros.

El primer caso fuerte fue el del comandante Lencho, la mano derecha del Patrón de la plaza. Jefe de sicarios, Nadie le decía nada, nadie lo miraba de frente.

Un día, sin avisar, salió a la calle llorando como niño. Se hincó en plena plaza, con las manos levantadas, pidiéndole perdón a Dios. La gente se le quedó viendo como si estuvieran presenciando un milagro. Algunos hasta se compadecieron de él.

Cuando llegó la policía para calmar el pedo, lo encontraron arrodillado, temblando, pidiendo clemencia por cosas que nadie le había preguntado.

No duró mucho. En cuanto lo quisieron levantar, sacó su escuadra y se voló los sesos frente a todos.

Ese día prendió la mecha y, para la mañana siguiente, medio pueblo ya se había vuelto loco. Unos decían que Dios nos estaba juzgando, otros que era el mismísimo diablo. Pero todos coincidían en algo: veían fantasmas. Pero no cualquier fantasma, no.

Decían que eran sus propias almas, salidas del cuerpo para restregarles en la cara todos sus pecados, hasta dejarlos secos, como pinches envases de culpa y tristeza. Yo mismo vi la mía salirse. Me mostró todas las veces que me porté como un hijo de la chingada. Por suerte, yo siempre traté de irme por la derecha, así que no tengo tantas penitencias que pagar. Pero no crea que salí ileso, eh. Esa noche me dejó tan marcado que estuve a un pelo de ponerme una riata en el cuello. Estoy seguro de que Diosito me dio aguante pa’ no quebrarme... y para largarme de esta pinche tierra maldita.

Pero a otros vecinos y conocidos no les fue tan bien...

No, señor, no les fue nada bien.

Me acuerdo clarito de don Hipólito, que en un arranque se fue hasta la casa de su amante, la señora Inés, con la que tenía su capillita. ¿Pos no creerá que la mató y luego se rebanó el cuello con una botella de cheve rota? Lo único bueno de esa noche es que no tocó al hijo que tenía fuera del matrimonio. Muchos dicen que nomás fue a pagar su penitencia y que dejó quieto al morro por ser un alma inocente. Aunque hay quien asegura que lo dejó en paz porque el escuincle se escondió tan bien que no pudo encontrarlo. El caso es que el viejo cabrón dejó irreconocible a la señora Inés, de tantas cortadas que le metió en la cara.

Otro caso que fue muy sonado cuando empezó todo fue el de Amparito. Era una señora muy devota de la Virgen de Guadalupe. Siempre traía en cintura a sus huercos pa’ que no se le desviaran y terminaran de sicarios o halcones como los demás. Eran buenos muchachos, no se mezclaban con nadie. El morro grande se fue a Estados Unidos y el mediano se quedó a cuidar a su mamá y a su hermana. Esa noche los vecinos escucharon gritos que salían de la casa. Cuando entraron vieron a la hija vestida de blanco, con el traje de bodas de la mamá, al hijo acurrucado encima de ella, calmadito, y a la mamá con un plomazo en la sien encima de los dos. Un vecino metiche me contó que la muchacha andaba preñada. Los vecinos empezaron a chismear y a decir que la mamá la había matado por salir con su domingo siete. ¿Pero el morro qué tenía que ver en eso? Yo sabía que aunque este pinchi agujero era violento hasta la médula, algo raro estaba pasando.

Aquí a nadie le importaba la vida ajena, pero la propia la defendían como si valiera de pinches algo.

Y mire, podría pasarme toda la tarde contándole casos así, pero ya ni tiene sentido, porque llegó un punto en que todo se fue a la mierda. Le juro que uno caminaba por la avenida y en cada semáforo había un desmadre distinto: carros estrellados por todos lados, gente en las calles chillando como puercos, arrastrándose y contorsionándose como si se hubieran metido alguna chingadera. Unos tirados en el suelo, con la mirada perdida, cortándose las muñecas; otros lanzándose de los puentes. Incluso vi a un cabrón arrancándose las entrañas con sus propias manos. Parecía una película de zombis. ¿Y la policía? Pos no se daban abasto, y los pocos que quedaban terminaban igual: llorando en las banquetas o encerrados en sus patrullas, sin hacer nada. Ya ni veían el caso de meterse si no había a quién tranzar.

Los hospitales reventaron también, y muchos doctores prefirieron largarse antes de acabar igual de jodidos. El gobierno mandó a la Guardia Nacional y decretó toque de queda. ¿Pero sabe qué es lo más cabrón? Que los soldados nomás le dijeron a la gente que se metiera a sus casas y no hicieron ni madre más que cerrar los caminos pa’ que nadie se pelara. Para ese entonces ya ni luz había, y cortaron el internet. Nadie podía avisar nada. Desde fuera no sabían ni un carajo de lo que estaba pasando aquí adentro. Y así nos quedamos, encerrados, incomunicados, sin saber si afuera el mundo seguía o ya se lo había tragado la misma cosa que se nos metió aquí.

Ahora le voy a contar exactamente lo que vi, y que al parecer vio todo el mundo. Como ya no había ni cómo salir ni para ayudar ni para el chisme, pos les hice caso a los militares y me encerré en mi casa. Ahí fue donde empezó lo peor. Las visiones se volvieron más necias, más culeras. Un recuerdo tras otro, como si me lo estuvieran metiendo a la fuerza en la cabeza. Y el dolor... el dolor era como si alguien me estuviera abriendo por dentro con un cuchillo sin filo. El infierno ya no estaba afuera. El infierno era mi casa.

La primera fue cuando estaba dándole de comer al Rambo en el patio. Me senté un rato en una silla que tengo por ahí mientras lo veía tragarse sus croquetas, y de repente (sin previo aviso) me vi a mí mismo, pero no era yo de ahorita, sino yo de morrillo. Detrás venía un perro del que ya ni me acordaba: flaquillo, amarillo, con el hocico percudido. Ya sabe, de esos perros feos que nadie quiere pero que están en todas partes.

El caso es que me vi clarito llevándolo al río y luego dándole de chingadazos en la cabeza con una piedra, hasta tirarlo al agua. Fue entonces que me cayó el veinte. Ese perrillo había mordido a un compita mío, y su mamá me ofreció unos centavos para chingármelo. Y pos yo necesitaba el dinero.

¿Y me creerá que lo vi clarito? Como si estuviera pasando en ese mismo momento. Me acuerdo de la mirada del perro, todo meado del miedo, la cola entre las patas, como sabiendo lo que le iba a pasar y pidiéndome misericordia. Pero yo en esa época andaba bien loquillo y me valió madre. Hasta disfruté los chillidos, cómo se sacudía todo convulsionado antes de que el agua se lo llevara.

Le voy a decir la verdad: nunca había sentido ni tantito remordimiento. Para mí era una pendejada más. Pero ese día todo cambió. Desde entonces, todas las noches, me acuerdo de los ojos brillosos del animal.

Pero las visiones no se quedaron ahí. Después del toque de queda ya no había nada que hacer, ni siquiera dentro de la casa. Cuando terminaba mis quehaceres, nomás me tiraba en el sillón a esperar a ver qué otra jalada se me iba a aparecer.

Era un miércoles, ya eran como las ocho de la noche. Llevaba horas sin dormir por culpa del desmadre y los berridos de una vieja que vivía en la casa de atrás. Me acuerdo que intenté cerrar los ojos, pero justo ahí fue cuando llegó.

Escuché la voz de mi papá preguntándome por qué lo había dejado solo. Cuando abrí los ojos, lo vi. Todo chupado, con cara de espectro por el cáncer.

La mera verdad, ni me acordaba bien de cómo había quedado. Supongo que mi memoria bloqueó esa parte por la culpa, pero ahí mismo se me vino el recuerdo.

Estaba pálido, flaquísimo, llorando... porque nunca fui a cuidarlo cuando se enfermó. El impacto fue tan cabrón que me quedé paralizado. Como si se me hubiera subido el muerto. Lo único que pude hacer fue mirar.

Así como cuando se enfermó. Sólo mirando. Mi jefe pudriéndose en vida y yo, mientras tanto, por ahí, haciéndome pendejo. Fue cuando entendí que todos tenemos nuestros muertitos, y que los míos también apestaban.

Ese día fue cuando decidí largarme. El problema fue que la Guardia Nacional ya había cerrado todas las salidas. Me valió madre. Agarré las pocas chivas de valor que tenía, las eché a una mochila y me lancé rumbo a la frontera con Ciudad Progreso, a ver si con la feria que tenía ahorrada me dejaban pasar. Grave error. Nunca imaginé que justo ahí sería donde vería a la muerte a los ojos.

El camino se sentía raro desde el principio. Todo estaba callado, como si el lugar entero hubiera dejado de respirar. Cuando crucé la plaza, empecé a notar un calor extraño en la nuca, como si algo (o alguien) me estuviera mirando desde las sombras. Me latía fuerte el pecho, pero no era miedo del normal, sino ese presentimiento culero que te avisa que algo ya está jodido aunque no sepas qué. Aun así, seguí. Caminaba despacio, sin hacer ruido, con la sensación de que en cualquier esquina me iba a topar con algo que no quería ver.

No había avanzado mucho cuando me la encontré.

Esa madre... Era como un costal hecho de nuestras propias caras, arrastrándose entre los escombros con un chillido agudo que te congelaba el alma. En cuanto la vi, supe la verdad: la culpa, si no se nombra, se hace cuerpo.

No le miento, joven. Aquello era una montaña de carne podrida, huesos reventados y piel inflamada. No tenía cabeza. No tenía ojos. Lo que sí tenía era una panzota grotesca, inflada como a punto de estallar, repleta de caras.

Pero no eran caras cualquiera. Cada uno tenía los ojos abiertos como huevos cocidos y el hocico congelado en un alarido. Algunos lloraban. Otros hacían muecas como idiotas. Y algunos nomás miraban fijo, como si estuvieran esperando algo.

La cosa se movía con patas largas, como de chapulín, y unos brazos chiquitos, casi ridículos, con los que se arrastraba dejando una baba negra que hervía al tocar el suelo. Su respiración era densa, espesa, como si el aire pasara por mil gargantas al mismo tiempo. Y cada exhalación traía consigo un grito que no sabías si salía de la criatura o de tu propia cabeza.

Me escondí entre unos carros, agazapado, temblando como chamaco. La cosa se detenía de vez en cuando, como si olfateara el miedo. Se quedaba quieta y luego soltaba un ruido extraño... una especie de risa, pero torcida, algo que no era humano ni animal. Algo peor.

Al principio pensé que andaba cazando incautos. Pero no.

La verdad era peor: los incautos iban solos, caminando como si algo los llamara. Hipnotizados. Vi a cuatro, cinco cabrones acercarse despacito, sin protestar, sin gritar, como si hubieran aceptado su destino. Se dejaban tragar por esa masa caliente de carne que los absorbía sin apuro. Como si hubieran pertenecido a ella desde siempre.

Fue en ese momento cuando entendí que esto ya no tenía lógica. Que no había ciencia, ni explicación, ni sentido. Sólo quedaba aceptar que algo más viejo y más grande que nosotros nos estaba devorando desde adentro.

¿Y cómo chingados me salvé? Quiero creer que mis pecados no pesaban tanto cuando me tocó pasar por el juicio de esa cosa. Aunque también pienso que nunca me le puse en frente. Nunca me miró de verdad. A lo mejor por eso no me llevó. O a lo mejor todo era parte de una pinche alucinación como la que se llevó de patas al pueblo entero. Da igual, lo único que me importó fue correr más rápido que los demás.

No me detuve. No quise entender. Seguí mi camino rumbo a Ciudad Progreso con el estómago encogido, como animal que siente acorralado. Esta vez sí supe lo que es huir sabiendo que algo más cabrón que tú te pisa los talones.

Cuando al fin llegué a la frontera no hubo sorpresa. Todo estaba sitiado por soldados. Había mucha gente rogando para salir sin éxito. A diferencia del silencio sepulcral del centro, aquí el dolor se escuchaba por todas partes: llantos de niños, mujeres gritando, hombres reclamando. Una sinfonía de desesperación que se te metía en los tímpanos y te estrujaba el corazón.

Sabía que no había escapatoria, pero me faltaba confirmarlo. Me arrimé con un tipo que parecía sereno y le pregunté cómo estaba el pedo. Su respuesta tenía un sabor raro, como de alguien que ya se resignó, o que disfruta tener la razón.

—No, pos qué te digo... Ya valió verga todo, compa. Esto no nomás está pasando aquí, está pasando en todo el pinche mundo.

Yo pensé que era exageración. Como anduve todo el tiempo incomunicado, no tenía ni idea. Pero en el campamento tenían generadores y antenas con señal de internet. El vato me arrimó su celular.

“Última hora: Ciudad de México, Tel Aviv y Los Ángeles al borde del colapso”.

“Hospitales europeos saturados por la enfermedad de ‘la tristeza’”.

Videos de gente retorciéndose en hospitales. Carreteras bloqueadas. Suicidios colectivos. Todo ya se había ido a la chingada.

Unos decían que fue una pandemia. Otros, que fue un algoritmo que se metió como parásito en las mentes. Otros más, que esto era castigo divino, empezando por los lugares más jodidos y violentos.

A mí ya me valía madre. Lo único que me importaba era saber cuándo y cómo nos iba a cargar la verga.

¿Por qué no escapé?

Por la misma razón que nadie lo hizo. En cada intento de atravesar la frontera, la gente se quedaba pasmada. El cuerpo no reaccionaba y, en el último momento, pensamientos suicidas provocaban que algunos buscaran la forma de terminar con todo.

Otros, como yo, simplemente se resignaron. De cualquier manera, ¿a dónde íbamos a ir si el mundo ya se había contagiado con esta chingadera?

¿Y pa’ qué nos hacemos pendejos? Nos ganamos esto. Cuando desaparecían mujeres, cuando encontraban fosas llenas de muertitos, cuando mataban niños como si fueran basura... nadie decía nada. Seguían con su vida. Hacían carnaval. Fiestas patronales. Como si no pasara nada.

Pero ahora que les tocó ver el infierno en su propia casa, ahora sí se hincan. Ahora sí le ruegan a Diosito.

Pero la mera verdad es esta: ya ni las balas ni los rezos hacen diferencia.

Nos lo ganamos.

Sea cosa de Dios o del diablo, nosotros lo parimos y ahora nos toca criarlo.

Alain Castillo Schettino
Últimas entradas de Alain Castillo Schettino (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio