Cuando era pequeña, disfrutaba aplastar cosas. Comencé experimentando con frutas; su textura blandengue y acuosa resbalaba entre mis manos. Mis favoritas eran los plátanos, aguacates y mangos. Pero pronto esa diversión se agotó, y ya no era suficiente.
Tiempo después, mi mamá abrió una pollería en el barrio. Desde chica estuve involucrada en el negocio, aprendiendo las técnicas para rebanar, cortar y aplanar. Estos tejidos eran mucho más sugerentes. Estrujar el pellejo del pollo entre mis dedos y sentir la grasa humectando mis palmas me producía una especie de éxtasis que no lograba comprender, algo que sólo atinaba a describir como “cosquillitas en la panza”. Ni hablar del placer que sentía al rebanar la carne blancuzca de las pechugas que llegaban del rastro. Cuando descargaban la camioneta llena de pollos malolientes, mis piernas temblaban de emoción. Mamá lo interpretaba como un amor ingenuo hacia el negocio familiar, un entrenamiento disfrazado de juego. No estaba completamente equivocada en la parte del entrenamiento, pero sí en la finalidad.
Con el tiempo, seguí experimentando con distintas texturas de manera más clandestina. En cada salida con los niños de la cuadra, aprovechaba para aplastar con mi zapato a cuanto bicho se atravesara en mi camino. Pero la verdadera diversión ocurría cuando nadie estaba cerca. Era entonces cuando podía experimentar de maneras más placenteras: usando las manos y herramientas como piedras, tijeras, lápices, y cualquier objeto lo suficientemente filoso. Babosas, insectos, pájaros, gatos y ratas sucumbieron ante mi urgencia. Nada en el mundo podía satisfacerme más que el brillo que emanaba de la sangre de mis pequeñas víctimas. Descubrí que verme reflejada en ese ínfimo fulgor rojizo lograba definirme mejor que cualquier cosa, incluso mejor que mi propia madre o mis propios pensamientos.
Ni hablar de los minúsculos chillidos y los ojos vidriosos de todos esos animalitos. Sus contracciones, sumadas a sus pequeños berridos, me proporcionaron un deleite que no he vuelto a experimentar, ni siquiera con el sexo más intenso.
Y no es que yo sea mala. Es que estos seres, tan frágiles y débiles, existen para ser aplastados. Es lo que necesitan. Me gusta pensar que les doy un propósito, un final digno. ¿Quién más podría verlos como lo que realmente son? Una chispa efímera de vida, a punto de apagarse bajo mi control.
Este tipo de comportamientos no pueden mantenerse en secreto por mucho tiempo, especialmente cuando eres una niña en fase de descubrimiento. Mi mórbido secreto se volvió público en una visita a casa de Paty, una de las pocas amigas que tuve en la secundaria. Digamos que me resultó imposible resistirme a su estúpido y gordo hámster, al que apreté tan fuerte que terminó sangrando por la nariz y cagando sus propios intestinos. Pensé que sería rápido y efectivo, el crimen perfecto si se ejecutaba con precisión. Pero su deliciosa textura me embelesó tanto que no pude soltarlo hasta que Paty regresó y encontró a su mascotita hecha pedazos entre mis manos.
Como era de esperarse, sus padres hablaron con mi mamá y le contaron todo. En aquella época, este tipo de problemas se manejaban distinto, ya que cualquier pleito entre niños escalaba a una guerra tribal entre adultos. Mamá no permitió que me llamaran psicópata y los amenazó con demandarlos por difamación y maltrato infantil. Ellos, por su parte, se dedicaron a extender el rumor por toda la escuela. De la noche a la mañana, todos comenzaron a llamarme “La Chucky”, “Satánica”, “Saico”, y demás motes carentes de imaginación. Las pintas en los baños tampoco se hicieron esperar: “Cuida a tus mascotas, que ahí viene la Chucky”, “La matahámsters estuvo aquí”, “¿Problemas con plagas? Llame a Jimena”.
Pasé todo ese año prácticamente aislada, y sólo entonces mi mamá decidió darle importancia al asunto y llevarme con un psiquiatra infantil. Pruebas de dibujo, interrogatorios, juegos con figuritas y demás tonterías hicieron evidente algo que ya de por sí era obvio: mis compañeros tenían razón, era clínicamente una psicópata. Durante años de charlas con distintos terapeutas, entendí que la única manera de llevar una vida funcional era reprimiendo mi verdadera naturaleza, ocultándola para encajar con el resto de las víctimas con las que me tocó coexistir. Perritos, gatitos, bichitos, culeritos, putitas y demás sacos de huesos y carne que se atravesaban en mi camino. Durante años lo logré, al punto de que ni siquiera lo necesitaba. Pero hoy me siento diferente, nostálgica.
Después de horas de dolor y un intenso trabajo de parto, por fin me dieron a mi bebé. La verdad es que esperé por este momento durante mucho tiempo. Quería algo que fuera mío, algo que no me juzgara y se quedara conmigo para siempre.
Cuando el doctor dijo: “Es una hermosa niña” y la colocó en mis brazos aún llena de sangre, la observé detenidamente. Su piel parecía tan fina que podía adivinar el débil latido de sus venas. Mi pulgar, casi sin pensarlo, presionó un poco más fuerte contra su delicado hombro, arrancándole un pequeño quejido. Era frágil, completamente dependiente de mí. Me vi reflejada en sus diminutos ojos húmedos, brillantes como si contuvieran una chispa que jamás había visto antes. Ese brillo... Ese brillo no duraría para siempre, lo sabía.
Apenas la sostuve, sentí cómo sus pequeños temblores recorrían el tacto de mis manos, como una descarga suave e incontrolable. Su respiración entrecortada, casi un gemido, vibraba contra mi pecho. Ningún chillido había sonado tan perfecto. Mis labios se curvaron, y una sonrisa se dibujó antes de que pudiera detenerla.
Y es que, para su desgracia, mi tipo de amor es diferente, y no tengo idea de cómo acabará todo esto. Por ahora, sólo la abrazaré con sumo cuidado y sonreiré como cualquier mamá normal lo haría.
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