Fase 1
El reloj de la estación del metro marca las 4:35 am. Los andenes están completamente desiertos y sé que el último vagón pasó hace varias horas. Sin embargo, algo me incita a permanecer aquí. No tengo idea de cuál sea la motivación: perdí mi casa hace años, no tengo amigos o familia a los cuales acudir, mucho menos un propósito para desplazarme hacia otro lugar. Pero ¿qué más da? De cualquier manera, mi existencia siempre se ha desarrollado así, sin compás, sin guías, sin mapas. Sólo devenir.
Desde mi perspectiva, se puede apreciar un punto de fuga perfecto que me permite observar cualquier movimiento en los andenes y sus entradas. Pero no hay atisbo de vida, ni la más remota sensación de que la inmensa bestia naranja haga una salvadora aparición. Lo único que atino a hacer es bajar la mirada y observar el suelo:
“No rebasar la línea amarilla”.
¿Cuántas veces ignoré esa señal en mi vida? De chavito era cuestión de rebeldía, pero hoy se convierte en mi única escapatoria.
Desciendo hacia las vías para recorrer el túnel en busca de algún pasadizo que me lleve al exterior, pero una vez allí prefiero quedarme y contemplar la abrumadora oscuridad del túnel. Algo me dice que esta es la única manera de poner fin a la incertidumbre. Cierro los ojos apretando los músculos de los párpados, tratando de ubicarme. ¿Qué estación es esta? ¿Hacia dónde me dirijo? ¿Qué es lo que voy a hacer? Pero ninguna pregunta es respondida de manera práctica, sólo los vericuetos metafísicos habituales que nunca me llevan a alguna parte. A final de cuentas, nada tiene sentido, o al menos no uno que mi paupérrimo entendimiento pueda interpretar.
Un tornillo suelto comienza a hacer minúsculos saltos mientras el entramado de vías vibra, y una luz tenue aparece desde el otro extremo del túnel. Una gota de sudor recorre mi frente y me encuentro impávido, sin saber cómo reaccionar. Sólo contemplo, sólo permanezco, sólo me dejo llevar.
La luz aumenta su intensidad y ahora puedo ver, entre la penumbra, cómo se acerca el convoy. Mis pies están inmovilizados como si se mantuvieran pegados a la vía, pero tampoco importa mucho. Mi intención es permanecer estático, quiero ver esa luz penetrar en mi ser, quiero que mi piel se convierta en alimento para las ratas y mi sangre se vuelva un elixir para las cucarachas. La salvación se encuentra donde la carne se muele y los huesos crujen, y sobre todo, donde el cerebro cesa sus funciones.
Mi último acto es cruzar los brazos y levantar la frente para sentir la cálida brisa mortal. Todo este tiempo extra no me habría sido concedido en una situación convencional, pero en este momento puedo imprimir un poco de dramatismo a mi propio final. La luz ahora es cegadora, la brisa se convierte en estupor y estoy listo para asumir las consecuencias y perpetrar el último acto de mi existencia. Antes de que el tren me alcance, un olor putrefacto comienza a llenar el túnel. Todo se desvanece, y abro los ojos en mi cama, a las 4:35 am.
Fase 2
Lo primero que mis sentidos perciben es la sensación húmeda de las sábanas a causa del sudor nocturno, algo habitual en mis noches de nulo descanso, pero esta vez viene acompañada de un aroma agrio y dulzón, parecido al de la fermentación. Reviso mi cuerpo y palpo los lugares húmedos para detectar de dónde proviene, pero el olor no emana de ahí ni del sudor vertido en mi colchón. Miro el reloj y, tal como en mi sueño, son las 4:35 de la mañana. Observo la ventana y las cortinas ondulan por el viento nocturno, sin embargo, ese rumor no viene de la calle. Retiro las sábanas de mi cuerpo y noto que la orilla inferior está mojada con una especie de limo anaranjado. El olor que despide la sustancia es putrefacto. Inmediatamente bajo los pies y los coloco sobre el suelo. El piso está completamente mojado con una sustancia purulenta y viscosa. Las palpitaciones de mi corazón aumentan su ritmo y pierdo la somnolencia de inmediato. Lo peor de todo es que esto no es algo nuevo. Una luz rojiza se proyecta desde debajo de la cama, iluminando mis pies embarrados de mierda sanguinolenta, y mi cuerpo se paraliza una vez más.
Mi teléfono vibra sobre el buró, retorciéndose en pequeños y neuróticos vaivenes. Recuerdo que siempre lo dejo en silencio por las noches para evitar interrupciones, así que esta, quizá, sea una llamada importante. Lo tomo con desgano, pero cuando veo la pantalla, un escalofrío me recorre el cuerpo. “Llamada entrante de Mamá”.
El aire se espesa. Mis manos tiemblan mientras deslizo el dedo para contestar. La voz que escucho al otro lado es tan familiar que me golpea como un ladrillo.
—¿Cómo estás, mijo? —dice, con esa cadencia que no he escuchado en años. Es ella. Lo sé. Es su tono, su timbre. Pero no puede ser.
—¿Mamá...? —pregunto, más como un reflejo que como una verdadera duda.
—Pues sí, ni modo que sea Verónica Castro. ¿Cómo estás? ¿Qué te han dicho los abogados? —su tono, burlón y directo, es inconfundible.
Las palabras me dejan en un trance. De repente, todo lo demás desaparece: la habitación, el teléfono, incluso mi respiración. Como si estuviera a kilómetros de mi propio cuerpo, sólo atino a responder.
—Ya estamos divorciados oficialmente, mamá. Acordamos que ella se quedaría con la mitad del depa. Vamos a venderlo. También se quedó con el carro y los muebles.
Un silencio corto, denso. Luego, su voz regresa con la misma fuerza de siempre, cortando como un cuchillo.
—¿Eso es lo que negociaron tus abogados? ¡No chingues! ¡Te jodieron, mijo!
—No, mamá. Fue de mutuo acuerdo. No quise seguir peleando —mi tono es firme, pero siento cómo mi garganta se cierra.
—Te chingó la cabrona y tú te dejaste, como siempre, poniéndote de pechito. ¡Te dije que hablaras con mi abogado y no con el pendejo hippie ese de Julián!
—Mamá, fue mi decisión. A pesar de todo, todavía amo a Judith y quiero que esté bien. Al final, son sólo cosas materiales.
—No se trata de cosas materiales, sino del mensaje que das. ¡Te viste débil! Y esos cabrones huelen el miedo, Enrique.
—No es miedo, mamá. Ya no quiero pelear. No quiero más conflictos en mi vida.
—Qué vergüenza sentiría tu papá... Un cabrón de carácter, firme, ¡con huevos! Tú no heredaste ni la mitad.
—¿Huevos? —dije, y por primera vez mi voz se eleva sin control—. ¿Golpearme como un perro por mis malas calificaciones? ¿Humillarme frente a mis amigos? ¿Eso es tener huevos? ¡Hacerme sentir mierda toda mi infancia! ¿Eso es lo que debería aprender?
—¿Otra vez con eso? ¿La vieja confiable de culpar a tus padres? Sabes que todo lo hicimos por tu bien.
—Por mi bien... Claro. Romperme con palabras, con golpes, con silencio. Por mi bien, ¿verdad? Bueno, felicidades, porque funcionó. Aquí estoy, arruinado, divorciado y con miedo hasta de tomar la más mínima decisión.
—Entonces síguele así, mijito. Verás cómo te va igual de chingón en la vida. Sé un cobarde hoy y arrepiéntete el resto de tus días. Ya me voy. Adiós.
Y colgó.
Me quedé mirando la pantalla apagada del teléfono. Temblaba. Mi respiración era un galope descontrolado. Algo caliente subía desde el fondo de mi pecho, como si mi cuerpo estuviera a punto de romperse en pedazos. Lancé el teléfono contra la pared con toda mi fuerza. El sonido del plástico y el vidrio al romperse apenas logró calmarme.
Me dejé caer en la cama, mirando el techo mientras mi cuerpo se sentía pesado, casi inerte. Cerré los ojos, pero su voz seguía ahí, perforándome el cerebro. La manera en que pronunciaba “mijito”, con esa mezcla de amor y desprecio.
“Mamá está muerta”, me dije. “Mamá está muerta, pero acaba de llamarme”.
El sueño me arrastró como una ola negra. No sé si era para escapar o para buscar algo. Lo único que sé es que, en este momento, la única forma de despertar era volver a dormir.
Fase 3
Cuando abrí los ojos y traté de incorporarme, sentí mi cabeza congestionada y un leve mareo que me desubicó por completo, al punto de no saber quién era ni dónde estaba. Traté de recordar y recapitular, repitiendo mi nombre y mi edad:
—Me llamo Enrique y tengo 35 años. Me llamo Enrique y tengo 35 años...
Sin embargo, al observar a mi alrededor, noto que las paredes están tapizadas de azul cielo y, frente a mi cama, hay un póster de las Tortugas Ninja junto a una banderilla de Disney World. Estoy en el cuarto de mi niñez. Desorientado, miro mis manos: son las manos de un adulto. Pero todo lo demás, cada detalle en este lugar, dice lo contrario.
El aire es denso. Algo me oprime el pecho y me deja inmóvil, como si este cuarto hubiera estado esperándome todo este tiempo. Escucho un crujido en el pasillo, y mi cuerpo se tensa. Entonces, como una oleada que me golpea de repente, todo vuelve: la cena, el castigo, la humillación.
Estoy sentado en la mesa del comedor, con el tazón de sopa frente a mí. La cuchara tiembla en mi mano mientras intento llevarla a mi boca, pero el líquido ya está frío y denso. Mi estómago está revuelto, no puedo tragar ni un bocado más. Mamá me observa desde el otro lado de la mesa, con los brazos cruzados y los ojos llenos de frustración.
—Termínatela —dice, cortante, como si cada palabra fuera una orden.
—Ya no tengo hambre, mami...
—¡Termínatela! —repite, esta vez alzando la voz.
Intento explicar, pero las palabras no salen. Mamá se levanta de golpe, toma el tazón y, antes de que pueda reaccionar, lo vuelca sobre mi cabeza. El líquido tibio se desliza por mi cabello y mi cara, goteando hasta el suelo. El olor de la sopa me inunda, mezclado con la humillación.
—Si no comes, lo desperdicias. Y aquí no se desperdicia nada.
No lloro, no digo nada. Sólo me quedo quieto mientras mamá me arrastra al baño. Abre la llave del agua fría y la vierte sobre mi cabeza, lavando los restos de sopa sin cuidado, como si fuera una máquina limpiando un objeto sucio.
—Vete a la cama. Y si te vuelves a portar así, mañana no hay Tortugas Ninja para ti.
Camino hacia mi cuarto con los pies descalzos, dejando un rastro de gotas en el piso. Mi cabello aún está húmedo cuando me acuesto. Mamá apaga la luz y cierra la puerta con un golpe seco, dejándome en la penumbra total.
El silencio es abrumador. Mis padres ya se han ido a dormir, y la casa parece vacía. Miro hacia la ventana, donde una luz débil se filtra desde el farol de la calle. Todo está quieto, pero algo no se siente bien. Una sensación extraña me invade, como si alguien o algo estuviera observándome.
De repente, lo veo. En la esquina superior del marco de la ventana, dos destellos rojizos brillan en la oscuridad. Mi corazón se acelera. Los observo fijamente, paralizado. Parecen ojos, pequeños e incandescentes, que me miran con juicio.
Quiero gritar, pero el miedo me detiene. Sé que si hago ruido, mamá vendrá y me regañará otra vez. Si cierro los ojos, siento que esos destellos se acercarán, que estarán más cerca cuando vuelva a abrirlos. No puedo quedarme así. Con un movimiento torpe, me lanzo hacia el interruptor de la luz. Mis pies golpean los juguetes regados por el piso. Un dolor punzante atraviesa mi pie cuando piso un Lego, y el grito que sale de mi boca es incontrolable.
La puerta se abre de golpe, y mamá aparece con el rostro endurecido por el cansancio.
—¿Qué carajos te pasa? ¡Te dije que te durmieras!
—¡Mami, mami! ¡Hay un monstruo arriba de la ventana! ¡Me quiere comer!
Avanza hacia la ventana con pasos firmes, ignorando mi desesperación.
—¿De qué hablas? ¿Cuál monstruo?
—Arriba... en la esquina... ¡mira!
Mamá me jala del brazo y me arrastra hasta el marco de la ventana, señalando con un dedo impaciente.
—¿Ves eso? Son alfileres. No son ojos de un monstruo.
—Pe... pero se me quedaban viendo... brillaban en la oscuridad...
—Nada de eso. No puedes ser un cobarde y dejar que cualquier cosa te asuste. Cuando te sientas inseguro, tienes que enfrentar la situación, aunque te dé miedo. Esa es la única manera de terminar con tus problemas.
Me suelta con un empujón suave, pero firme.
—Tu monstruo son sólo alfileres. No los voy a quitar hasta que te des cuenta de que no son nada malo... Además, los monstruos no existen. Ahora duérmete, y si me vuelves a despertar, tampoco vas a ver tu programa mañana.
Apaga la luz y cierra la puerta.
El cuarto queda otra vez en penumbra, y los ojos —o los alfileres— siguen allí, brillando débilmente. Quiero creerle, pero algo dentro de mí sabe que esos ojos no son normales. Me tapo hasta la cabeza con las sábanas, rogando que desaparezcan.
Susurro en voz baja, con la esperanza de convencerme:
—Mamá tonta y mala... mañana no pasan las Tortugas en la tele.
Fase 4 REM
—Despierta, Enrique... despierta.
Los párpados pesan como si estuvieran sellados. Separarlos requiere una fuerza monumental, pero logro abrirlos y, entre nebulosas, puedo ver el rostro de mi hermana Talía.
—El doctor nos trae noticias. Tengo que decirte qué sucede, pero necesito que te incorpores. Toma, te traje un café.
Extiende la mano firme mientras me mira con un desasosiego inaudito en ella.
—¿Qué pasa? Dime cómo está mamá... ¿Salió bien de la operación? —respondo trémulo.
—No, Enrique... la cirugía no salió como esperaban y el cáncer hizo metástasis. Está en coma y el doctor dice que lo más probable es lo que ya intuyes.
Bajo la mirada y trato de reflexionar sobre lo que está pasando. Sé que este es un desenlace y que no hay vuelta atrás.
—Quiero verla... —espeto con voz temblorosa y los ojos entrecerrados.
—Aún no podemos entrar, tenemos que esperar, pero mientras tanto quiero que hablemos... es necesario estar preparados para lo que viene.
—Ya sé a qué vas y no creo que sea el momento todavía. Quiero ver a mamá, quiero hablar con ella.
Me levanto abruptamente y dejo a mi hermana hablando sola.
A pesar de sentir un impulso determinado por el coraje, mis piernas se mueven con la incertidumbre de quien pisa suelo inestable, casi a punto de desmoronarse bajo mi peso. El pasillo que conduce a la sala donde está mamá parece alejarse con cada paso, a pesar de que sigo avanzando. El camino parece interminable, y mi voluntad y fuerza se esfuman. Sin embargo, continúo.
Al llegar a la puerta, noto un hedor proveniente del otro lado de la habitación. ¿Acaso no es un pinche sueño? Trato de ignorarlo y abro la puerta de golpe, esperando ver a mamá agonizante. Pero no, ella está ahí, levitando sobre su cama, mirándome directamente, como si me hubiera esperado para darme la noticia ella misma.
—Pe... pero... ¡Mamá! ¿Qué haces ahí?
—¿De qué hablas, Enrique? He estado aquí todo el tiempo.
La madre ladea la cabeza, sus ojos hundidos y negros apuntan a Enrique con algo que parece curiosidad, aunque teñida de algo más oscuro. Su voz se arrastra como un eco distante, llena de fisuras, pero con un tono que casi podría ser cálido.
—Talía me acaba de decir que entraste en coma, que la operación no salió bien... que el cáncer hizo metástasis —balbuceo, intentando entender lo que sucede.
—No, mijo, yo estoy mejor que nunca, pero me preocupa verte así, mira tus pies...
Mamá señala debajo de su cama, de donde escurre el limo anaranjado, deslizándose hacia mí. El hedor aumenta y mamá sigue ahí, levantada sobre la cama, estática.
—Estás muerta y estoy teniendo otra pesadilla, ¿cierto? —espeté con voz trémula.
—¿Y cuál es la diferencia? De cualquier manera sabes que despierto o dormido la enfermedad sigue ahí. Yo sigo aquí.
Una necesidad imperante de llorar me invade, pero no puedo hacerlo. Me llevo las manos a la frente y empiezo a restregarla, tratando de encontrar un gesto que me dé claridad.
—Recuerdo... aquella vez que me dijiste que tenía que enfrentar lo que me atormentaba. Nunca pude hacerlo de la manera correcta a pesar de que siempre lo intenté... Nunca bajé la mirada y nunca me rendí. Siempre traté de sacar valor donde no lo había, pero ¿sabes?, nunca encontré el alivio que se suponía, nunca sentí resolución o calma. Al contrario, el miedo regresa cada vez más fuerte, cada vez menos tolerable, y ahora te veo ahí parada como si fueras la pinche Reagan del Exorcista. No tengo miedo, siento lástima por mí, siento lástima por ti.
—Ay, mijo, siempre fuiste muy frágil, no entiendo cómo te gustaban tanto esas películas de terror, si siempre terminas llorando por cosas. Mi intención era hacerte fuerte, que aprendieras a defenderte en la vida y que nadie pasara por encima de ti... Sin embargo tú les dejaste la tarea fácil y les ahorras el trabajo aplastándote a ti mismo.
Caminé un par de pasos, sin importarme embarrar mis zapatos con el líquido purulento que fluía debajo de la cama. Me senté en la orilla y noté que los pies de mamá no tocaban ninguna superficie firme.
—Es porque se trataba de ti, mamá... Sentía terror por ti, por decepcionarte, por hacerte estallar, por hacer patente que era inferior a ti... y sí, también por perderte, porque aunque te presentes con ese estúpido aspecto de película de posesión demoníaca setentera, ya no siento miedo.
—Pero, mijo, si me presento así es porque tú me piensas así. Tú creaste este monstruo en tu cabeza y ahora tendrás que convivir con él por el resto de tu vida. Siento decírtelo, pero estas cosas nunca se van.
Mamá se levantó la bata y mostró su vientre desnudo. Tomó un bisturí y cortó desde su abdomen hasta el esternón, mostrando sus entrañas podridas. La luz rojiza debajo de la cama parpadea, y un líquido denso gotea desde su vientre abierto, creando figuras que se expanden lentamente por el suelo.
—Mira, hijo, así terminé y así terminarás tú. No hay solución a esto, sólo esperar mientras te pudres lentamente.
—No, mamá, fuiste tú. Todo fuiste tú, incluso tu estúpido cáncer. Sé perfectamente que esto lo hiciste a propósito porque no querías envejecer, no querías ser fea y vulnerable, no querías depender de nosotros. En verdad que siento lástima por ti.
Sentado al borde de la cama, me tomé el cabello y miré hacia abajo. El limo seguía fluyendo, cual si fuera una lámpara de lava, y sólo atiné a mirarlo fijamente. Cuando alcé la mirada, mamá ya no estaba flotando, sino apaciblemente dormida. Me levanté y me acerqué a la cabecera para despedirme de ella.
—Siento mucho todo lo que tuviste que pasar, mami... Insisto en que ya no te tengo miedo, todo lo contrario, deseo que por fin puedas descansar.
Acaricié su cabello y, antes de marcharme, observé que la intravenosa clavada en su antebrazo era carne palpitante; tan rosa y tan brillante que era imposible no verla y seguir su trayectoria. El catéter no estaba conectado al suero, sino que seguía su camino debajo de la cama. Sabía que esto era una especie de invitación y que tenía que ver hacia dónde me llevaba. Me agaché y, restregándome entre la pus rojiza que emanaba de la cama, decidí seguir el camino que me sugería, sosteniéndolo con ambas manos, tambaleándome para no resbalar.
Ciclo final
Mantener el equilibrio siempre es complicado, sobre todo cuando te enfrentas a tus primeras experiencias. Me subo a la bicicleta, tambaleándome sin las rueditas de apoyo, sintiendo cómo el aire y el suelo parecen conspirar para tirarme. Invariablemente, en cada intento, mi peso cede hacia los lados y caigo una y otra vez. Cada caída me golpea más que la anterior, dejando mis rodillas raspadas y mi ánimo a la deriva. Desde la ventana de la casa puedo ver a mamá lavando los trastes. Me observa y se ríe sin intervenir, lo cual me llena de frustración. Quiero demostrarle que soy un niño grande, que ya puedo andar como lo hacen los adultos. Pero la rabia que siento no logra sostenerme en pie.
El sol de la tarde calienta el pavimento donde caigo, y el escozor en mis rodillas se mezcla con el sabor salado de las lágrimas que intento ocultar. Cuando intento subirme a la bici por última vez, noto que mamá ya no está asomada por la ventana. Esto me alivia, pero no puedo evitar sentir que aparecerá pronto, quizá para regañarme o burlarse de mi bochornosa situación.
Escucho la reja del zaguán abrirse. Ahí viene mamá. Mis dudas se confirman.
—Mijito, llevas horas intentándolo, pero no logras controlar tu equilibrio. Escucha: empieza a pedalear. Cuando sientas que estás en movimiento, mantén la vista al frente, no mires al suelo.
—No puedo, trato y trato, pero siempre me caigo —balbuceé, conteniendo un suspiro de frustración.
Mamá suspira y sonríe, suave pero firme, como si buscara contagiarme su paciencia.
—Enrique, de eso se trata esto y todo lo demás en la vida. Es normal caerse, pero cada intento te lleva un paso más cerca de aprender.
Una lágrima traicionera recorrió mi mejilla. Intenté enjugarla con mi mano, pero la suciedad del pavimento la transformó en un lodillo turbio.
—Ya no quiero intentar. Mejor me meto a la casa —farfullé, esforzándome por ocultar el temblor en mi voz.
—¿Y así le vas a hacer siempre? ¿Si algo no te gusta lo vas a dejar botado y ya? ¡No, señor! —mamá curvó la boca en una sonrisa, intentando darme confianza—. Cuando te caes del caballo, te vuelves a montar, papacito.
—Es que tengo miedo de caerme otra vez.
—El miedo siempre estará ahí, pero si lo dejas quedarse quieto, te hunde. Muévelo, hazlo trabajar para ti.
—No entiendo, mami.
—Ya entenderás cuando seas más grande. Por ahora, sigue intentando. Yo te estaré viendo. ¡Prohibido ponerle las rueditas otra vez! —dijo, guiñándome un ojo.
—Está bien, mami.
Seguí cayendo, pero con cada intento, el pavimento raspaba menos que la idea de rendirme frente a ella. Y en cada golpe, sentía que la bici, el suelo y yo comenzábamos a hablar el mismo idioma.
¡Despierta!
El sonido bajo mi cama se intensifica, un gorgoteo húmedo que parece burbujear en mis oídos. El hedor es insoportable, dulce y pútrido a la vez, como si algo hubiera estado descomponiéndose durante semanas. Estoy paralizado, observando cómo la luz rojiza se filtra por las grietas, proyectando sombras alargadas en las paredes que parecen moverse con vida propia. No me atrevo a moverme, pero puedo sentirlo. Algo está ahí, algo que ha estado conmigo toda mi vida.
Los ojos de mi infancia vuelven a mi mente. No eran alfileres, no eran un simple truco de luz. Siempre fue ella. Su figura emerge lentamente de debajo de la cama, como si se estuviera arrastrando con una calma antinatural. Es mamá, pero no es mamá. Su cuerpo está hinchado, lleno de llagas supurantes que laten al ritmo de un corazón que no debería latir. La piel de su rostro está tirante, estirada como un pergamino que amenaza con romperse, y de su boca brota un sonido burbujeante, como si las palabras quedaran atrapadas en la flema de su garganta.
Sus ojos, hundidos y oscuros, aún conservan ese brillo rojizo que siempre me observó desde la ventana. Me mira con una mezcla de reproche y hambre, y sus labios agrietados se curvan en una sonrisa casi maternal.
Estoy atrapado entre el terror y la resignación. Sé que este es el final. Ella ha venido a reclamar lo que siempre fue suyo.
“Enfréntala, enfréntala...”, me repito con una voz casi inaudible, recordando sus propias palabras de mi infancia. Pero mi cuerpo no responde. Sólo puedo verla, inmóvil, mientras se arrastra más cerca, extendiendo un brazo que parece compuesto de carne necrosada y huesos visibles.
Con un último esfuerzo, cierro los ojos y doy un paso adelante, hacia esa sombra roja que me engulle. Al final, ella no es un monstruo. Es el eco de mi miedo. Es lo que queda de nosotros.
—¡Despierta, mijo! Estás gritando muy fuerte. Seguro tuviste pesadillas muy feas, mi cielo.
- Brilla, brilla, pequeña estrella - jueves 29 de mayo de 2025
- Debajo de tu cama - sábado 25 de enero de 2025


