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Escritores en busca de empleo

jueves 28 de mayo de 2026
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Escritores en busca de empleo, por Carlos Yusti
En una suerte de juego literario, con ociosidad incluida, imagino a esos escritores de fuelle en busca de empleo en esas nuevas corporaciones editoriales; haciendo la antesala respectiva para la entrevista con el director de personal.

La anécdota me la refirió el escritor Gabriel Jiménez Emán, sobre el poeta de la provincia Mateo Sánchez (claro, este no es su nombre verdadero), que se quejaba un montón de no tener empleo. Vino a Caracas y vivió de prestado de otros amigos poetas, los cuales también sobrevivían con lo justo; muchas metáforas y escaso dinero. De todos modos, por solidaridad los otros poetas recibían en buen tono a Sánchez; le proporcionaron un lugar para dormir, cubrían sus gastos de comestibles y del respectivo bebestible; indispensable para que la musa (o la inspiración) no lo dejara en la estacada. El poeta Sánchez tenía ya varias semanas en plan de invitado, al punto tal que se había convertido en una insolvente molestia. Ante tal contexto, se les ocurrió buscarle trabajo. Contactaron con un escritor amigo y empleado en una oficina cultural del gobierno, quien con celeridad realizó las gestiones requeridas para que el poeta Sánchez trabajara. Tenía que presentarse a lo sumo en dos días (temprano en la mañana) en las oficinas. En lo que Mateo Sánchez se enteró de que el trabajo era seguro hizo sus maletas.

No siempre los escritores salen despavoridos de esos “trabajos forzados” con horarios y mala paga. Una buena cantidad de escritores por inseguridad, o cualquier otro escozor emocional, realizan empleos subalternos para poder dedicarse, sin apremios domésticos, a ese oficio, por lo demás algo curioso, con las palabras.

Algunos escritores han sido guionistas de cine, bibliotecarios, profesores de literatura, traductores, “negros” tarifados, etc. Franz Kafka fue vendedor de seguros. Italo Svevo era empresario y optó por su trabajo antes que la escritura. La decisión la tomó luego de haber escrito una novela, La conciencia de Zeno, que la crítica desdeñó con un silencio implacable. Dashiell Hammett estuvo como investigador privado para la Pinkerton National Detective Agency en Baltimore. Ya había escrito algunos textos, pero este trabajo como detective le proporcionó el material para sus primeros cuentos policiales con los cuales ganaba una calderilla adicional. Charles Bukowski no era tan vago/bohemio como se cree, ya que siempre fue un empleado del servicio postal. Georges Perec, aunque sus libros tenían buena repercusión en la crítica y en los lectores, no por ello renunció a su empleo como archivista en un laboratorio médico.

Julio Cortázar fue maestro en una provincia y luego profesor hasta que tuvo un trabajo menos azaroso como traductor para la Unesco, que no abandonó nunca a pesar de haberse convertido en un escritor reconocido. Gabriel García Márquez fue periodista a destajo de crónicas rojas y por un buen tiempo formaba parte de la plantilla de esas revistas amarillistas, impresas en papel barato, con sangrientos crímenes reales; luego de su jornada laboral escribía (durante altas horas de la noche) sus primeros cuentos. Jorge Luis Borges fue bibliotecario y profesor, y como humillación lo nombraron inspector de aves de corral. El periodista y narrador Rafael Simón Hurtado trabajó como “negro” para una serie de políticos de medio pelo en Carabobo. El poeta Francisco Arévalo llegaba con algunas páginas escritas de su primera novela, y la resaca cruda, a su trabajo en la siderúrgica del Orinoco (Sidor). Yo también fui vendedor de gallinas en el Mercado Periférico en la ciudad de Valencia, dependiente en una tienda de electrodomésticos cuyo propietario era un turco, obrero en una compañía constructora de puentes elevados; en Guayana he sido bibliotecario, promotor cultural, ludotecario, editor de revistas y redactor del horóscopo en un diario. El poeta Carlos Villaverde ha sido editor y siquiatra y ha ejercido como director en uno que otro cargo en dependencias de salud. Pedro Téllez es siquiatra.

Para la mayoría de la gente escribir no pasa de ser un pasatiempo de perspicaces vagos, de gente extraña que merodea por desangelados cafés (o por bares de mala muerte), intentando asir con las manos de los sentidos las miserias y los milagros de la existencia, con la convicción que todo eso tiene, sin duda, altas posibilidades literarias. Lo cierto es que el trabajo vil y profano le proporciona al escritor un piso para aterrizar luego de esos vuelos inestables en los aviones de papel de la imaginación.

En una suerte de juego literario, con ociosidad incluida, imagino a esos escritores de fuelle en busca de empleo en esas nuevas corporaciones editoriales; haciendo la antesala respectiva para la entrevista con el director de personal.

Para la entrevista Francis Scott Fitzgerald estuvo como tres días sin beber alcohol. Y a pesar de estar afeitado y vestido para la primera comunión (aunque algo desplanchado), sus manos temblaban y el sudor abrillantaba su frente. Estaba sentado en la antesala y el jefe de personal lo veía a través de la cámara mientras le daba un vistazo a su currículo.

Fitzgerald fue desde sus inicios un escritor de talento innato. Fue una estrella juvenil refulgente y de pronto su brillo se fue apagando; con los años fue hundiéndose en sus excesos. El éxito lo embriagó (aquí sin metáfora) a tal punto que después pudo tocar con los dedos las gelatinosas y oscuras paredes del fracaso. El dinero fue una de sus obsesiones recurrentes. Convertirse en un “crack” de la literatura también lo fue. Desengañarse sobre esa frágil pompa de jabón de ser un gran escritor es un costo terrible para un novelista; descubrir que las mentiras de la literatura no ayudan en nada cuando el alma naufraga en esa tiniebla del fracaso. No elegible para el cargo.

Honoré de Balzac está en la antesala. No toma asiento. El jefe de personal lo mira por el rabillo del ojo por la cámara al tiempo que revisa su móvil. Viste con una elegancia rebuscada (o de manual) y, embutido en una chaqueta morada de pana con lentejuelas, cualquiera podría confundirlo con un organizador de la elección para la reina de carnaval o con un decorador de interiores. Pero dentro de toda esa parafernalia falsa de un irrepetible y verdadero escritor. Siempre se vistió como un dandi, pero su figura gruesa no encajaba en lo absoluto con ese esplendor de comiquita con pañuelos de seda y bastón con labrada empuñadora de marfil. Lo cierto es que su sastre y otros acreedores de distinto pelaje lo asediaban como perros para que amortizara algo de sus deudas atrasadas. Escribía como un poseso durante las noches y a cada mil palabras ya se había tomado alrededor de veinte tazas de café negro. Dormía en las mañanas y en las tardes se pavoneaba por tertulias y salones literarios observando a todo ese zoológico humano que se movía efervescente a su alrededor para luego convertirlos en arquetipos modulares de sus cuentos y novelas. Balzac mismo es ese escritor-personaje que trata de sobrevivir a través de la escritura mientras fija con chinchetas de palabras ese gran insectario de la comedia humana.

Emil Cioran ha llegado un tanto reticente a la antesala. Su aversión al trabajo es legendaria. Se sienta con la mirada fija en algún punto del espacio acariciando ese animal esquivo de sus pensamientos. Su currículo es un compendio de textos breves. Su mujer trabajaba de profesora; después llegaba para atenderlo y hacer los quehaceres domésticos mientras él estaba allí, en un rincón del apartamento, elucubrando sentencias cargadas de mucha bilis punzante. Fue un pensador atípico. No se creía un filósofo y pregonaba que las prostitutas, a las cuales frecuentaba con regularidad, eran una verdadera escuela de filosofía, y siempre alegaba que el único verdadero filósofo que conoció fue un mendigo que pedía limosna en la plaza del Odeón y con el cual intercambió exquisitas conversaciones.

José Rafael Pocaterra, mal encarado, como de costumbre, acepta esperar en la antesala. Su traje tiene las señas del cansancio y las estrecheces económicas. Mira a la cámara fijada en una esquina de la estancia. Su talento como cuentista es innegable. Aunque trató a las criaturas de sus relatos con trágica dureza. Su talante de peleador callejero no le abandonó nunca y por esos sus novelas se manchan con ese alegato panfletario crítico (a veces burlón) del devenir político y social, cuestión que no lo desmerita como novelista, pero que le impidió crear novelas inolvidables. Escribió poemas que han merecido un justificado olvido debido a que estaban armados con almibarados palillos de dientes. Contratarlo es como tener una bomba de relojería sin saber dónde ubicarla.

El resumen curricular de Truman Capote es sólo una hoja mecanografiada: “Soy un genio”. El jefe de personal murmulla: “De esos hay muchos en esta empresa”. Arruga la hoja y hace una voluta de papel. Apunta cerrando un ojo. La arroja y encesta.

Los datos de Oscar Wilde están redactados sobre un papel hilo color rosa, con filigranas doradas en los bordes. En el deslumbrante clímax como autor teatral, novelista, cuentista y redactor de aforismos de la vida mundana, se decidió por ese lado trágico, donde casi nunca hay escapatoria. Estuvo en la cárcel y ya en el crepúsculo de sus días finales sólo malvivía, debido a la ayuda de unos pocos amigos, en un hotelucho en París. A la pregunta “¿Por qué deseas trabajar aquí?”, respondió: “No quiero trabajar, quiero un empleo de espejismo para olvidarme un poco de ese genuino trabajo que es escribir”.

Gustave Flaubert tachó todas las preguntas escritas por la empresa para redactar mejor ese ramillete de lugares comunes que son el recurso de los analfabetos ilustrados. Para él escribir era la coronación de la página perfecta en la cual las palabras debían engranarse como una maquinaria de relojería con puntualidad funcional. En una ocasión no durmió durante una noche completa por una coma. Colocó el famoso signo de puntación. Volvió a desvelarse y esa mañana colocó otra vez la coma en el mismo lugar. Se aferraba a sus convicciones como se aferraba a la frase bien construida. Esto es algo inconveniente para la empresa; la pasión es excelente si no raya en lo obsesivo.

George Perec ha llegado puntual a la antesala, no sin antes contar los escalones y anotar la descripción minuciosa de cada objeto en la oficina y sus funciones (o funcionamiento). Está sonreído. Desea renunciar en el laboratorio donde trabaja. Cree que buscar empleo es un juego. Su currículo está escrito de cincuenta maneras distintas. Al margen escribió: “La ilusión es ese cuaderno invisible donde se escribe aquello que no nos pasa”.

Carlos Yusti
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