
El gusto lector es caprichoso cuando no alevoso (y a veces está plagado de prejuicios y otras taras inútiles de enumerar). En lo que a mí respecta, fui convirtiéndome en escritor por ese azar oculto que, agazapado en la maleza del destino, aguarda para (de forma sigilosa) atizar un zarpazo certero.
Escribir es un colosal compromiso. Se escribe para enfrentarse al lenguaje, para tratar de hacer música con las palabras de siempre. A veces uno se queda exhausto a mitad del camino tratando de subir la pendiente de la literatura como obra de arte. Más que autor uno es apenas un ventrílocuo eficaz de los copiosos libros leídos. O, para escribirlo desde la elegancia estilística y con palabras de Paolo Di Paolo (no el fotógrafo, sino el escritor), que en una conferencia sobre Antonio Tabucchi dijo: “No era Tabucchi un posmoderno, como algunos decían. Lo que en él había era ese convertir la vida en literatura, y sentir precisamente el peso de las resonancias”.
Como es lógico, uno tiene esos autores que resuenan malamente en lo que uno intenta escribir, tanto de barrios extranjeros como del barrio local. Entre uno de los primeros escritores predilectos que tengo necesito mencionar a Francisco de Miranda. Al que se le conoce desde la escuela primaria como un motor accidentado de nuestra independencia. Héroe cómico-trágico por excelencia. Condecorado de muchos mitos reales y ficticios.
En nuestro santoral de héroes patrios Francisco de Miranda ocupa un nicho un tanto movedizo. Es uno de esos héroes incómodos y globalizados (su efigie se encuentra en el Arco de Triunfo francés, sin mencionar sus hazañas eróticas con Catalina la Grande y su extraño cofrecito en el que coleccionaba vellos púbicos de todos los colores y formas, amén de su impecable autodefensa ante el tribunal del pueblo durante la Revolución francesa que le permitió conservar la cabeza sobre sus hombros). Miranda se vio forzado a salir de su país para poder labrarse un pervivir en el extranjero. La historiadora Inés Quintero escribe:
En una sociedad fuertemente jerarquizada como la caraqueña del siglo XVIII, en la cual el futuro de las personas estaba determinado por la calidad e hidalguía de sus ascendientes, el hijo mayor de la familia Miranda Rodríguez, luego del episodio que había enfrentado a su padre con los principales mantuanos de la ciudad, tenía dos opciones: o se conformaba con ser valorado y considerado como “el hijo de la panadera” o se disponía a labrarse un futuro diferente fuera de su lugar natal.
Por supuesto, también tenemos ese famoso cuadro de Arturo Michelena que lo mineraliza en una pose de estudio fotográfico (Eduardo Blanco posó como modelo). Miranda se encuentra recostado en un camastro desvencijado por el uso. En una mesita hay poquísimos libros. Miranda observa al espectador. Tiene una mano en la barbilla. Su rostro sereno le proporciona un aire de romántica derrota. Un ágrafo mirando a los ojos de la inmortalidad. En vida Miranda fue todo lo contrario y sus Diarios son una excelente travesía de observación y escritura.
El escritor Denzil Romero le ha dotado con mucha carne pasionaria de personaje aventurero y novelesco. Rafael Pineda lo tiene fichado como el primer crítico de arte. Los historiadores por su parte lo ficcionalizan y lo devuelven con su acartonamiento respectivo y a la larga resulta un bostezo de página histórica y allí está como un héroe funambulesco, especie de héroe recortable que adorna algún billete en nuestro cacareado cono monetario.
En lo personal para mí es un escritor con un agudo sentido de indagación y sus Diarios de viajes lo confirman como un escritor solvente. Estoy de acuerdo con lo escrito por Pedro Téllez:
Sus diarios de viaje, que comprenden los apuntes tomados durante los cuatro años que recorrió Europa y los dieciocho meses que pasó en Estados Unidos a raíz de su independencia, constituyen una preciosa e inagotable fuente de información sobre esa sociedad cosmopolita del Siglo de la Ilustración, que será profundamente transformada en 1789. Sus observaciones, exactas y de una meticulosidad sorprendente, abarcan toda clase de acontecimientos y de personajes, las tendencias artísticas, políticas, literarias y científicas de la época, las costumbres, la vida cotidiana, los medios de transporte, el paisaje... Miranda es, sin duda, el único viajero del siglo XVIII que ha levantado un inventario tan completo de la Europa prerrevolucionaria, dejando de ella una semblanza tan precisa y minuciosa.
De Miranda subrayo su entusiasmo de visitar, al llegar a un país extranjero, los hospitales, las cárceles y los manicomios.
Otro de esos escritores que están en la galería de mis preferencias es Juan Antonio Navarrete, un impreciso fraile franciscano nacido en 1749 y del que tuve referencias gracias a Juan David García Bacca. Este fraile dispuso buena parte de su existencia a escribir libros extraños con una caligrafía pulida y de erudita belleza. Eran libros entre el juego, la filosofía y la templanza moral cristiana. Su libro El juego de la paz y de la guerra utiliza la baraja española, combinada con la adivinación, para que el lector sea un partícipe activo. Su libro Tratado curioso de la rueda de la fortuna responde las eternas preguntas a que bien el lector realice, las mundanas y superficiales, así como las profundas y metafísicas; este libro es una especie de I Ching, con una respuesta siempre oportuna. Su libro Arca de letras y teatro universal mezcla los géneros: a ratos es un diario, otras una compilación de historias, a veces un compendio de sucesos y noticias, en ocasiones es una mirada aguda sobre los usos y costumbres de sus vecinos, pero en lo recóndito es una exploración de la realidad, que deja ver sus costuras absurdas y fantásticas. Blas Bruni Celli, quien preparó, con atinada erudición, una edición crítica en dos tomos de las obras de Navarrete, explica:
La presente edición definitiva del Arca de letras y teatro universal de fray Juan Antonio Navarrete viene hoy a llenar un inmenso vacío en la bibliografía venezolana, dado el creciente interés y curiosidad que este personaje y su obra han despertado entre historiadores, filólogos, teólogos y en general humanistas venezolanos. La edición completa del manuscrito permitirá conocer más a fondo a este sacerdote venezolano representativo del movimiento intelectual de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX.
De Simón Rodríguez he considerado menos sus ideas educativas que su caprichosa escritura. Rodríguez convierte sus escritos en una estética visual explosiva que me serviría para hacer mis juegos estéticos con eso que llaman libros de artista. Hay toda una poética de engranajes y poleas que dibuja una escritura con personalidad, y no por azar Eugenio Montejo escribe:
Al leer a Simón Rodríguez percibimos, más que en cualquier escritor de su época, un sello de su personalidad que en otros autores sólo podría suplírnoslo su letra misma. Como cajista e impresor de sus propios escritos, que supo valerse de una amplia experiencia tipográfica aprendida en Baltimore, la página de Simón Rodríguez viene a nosotros enteramente fabricada por él, tiene la impronta de su invención, podría decirse que es parte de su profecía.
Necesario acotar que Simón Rodríguez fue todo un personaje, inigualable caja de anécdotas pintorescas que subrayan su personalidad a contracorriente. Arturo Uslar Pietri le hizo personaje de una novela cuyo título es lo más rescatable, La isla de Róbinson. No obstante, la novela se deja leer a pesar del corsé estilístico que don Uslar le impuso a un personaje que en su vida andariega fue tan deshilachada de genialidad y locura combinada.
En José Rafael Pocaterra se combinó, no siempre en dosis equilibradas, el luchador social con el escritor, y en comparación con otros autores de su tiempo su estilo literario puede resultar pedestre y como poco cernido. Sin embargo, su actitud de hombre de letras que no hace mutis frente a la administración dictatorial puede decirse que es su mejor (y peor) escritura.
Algunas novelas de Pocaterra se quedaron patinando entre la denuncia y el panfleto, nunca calzaron los puntos suficientes para obtener el estatus de obras de arte y devinieron a la postre como novelas pancartas, donde la denuncia y la ironía dejaban al descubierto los trapos sucios de una sociedad miedosa, obsecuente y dispuesta a someterse a los caprichos de los sátrapas que usurpaban el poder para seguir medrando y sobreviviendo.
A pesar de todas las adversidades, Pocaterra escribe el libro Cuentos grotescos, que lo ubica como un impecable maestro del género. Cuentos en los que retrata su mundo inmediato y su idea sobre una sociedad deformada (a veces con una monstruosidad esquiva y finamente maquillada) que conforma algo así como una comparsa retorcida hasta la caricatura. Siempre he considerado este libro de cuentos como un mapa en negro de la ciudad de Valencia, una guía para llegar al lado oscuro del espíritu de una ciudad invariablemente pacata y conservadora, donde hay siempre algo tenebroso que daña todos los sentidos.
Otro escritor que de alguna manera fue perfilando mi escritura es Santiago Key Ayala (1874-1950). Key es un escritor poco común. Escribió un pequeño libro extraño titulado Cateos de bibliografía. Estos cateos tratan de libros, pero con la particularidad de referirse a libros que jamás fueron escritos. Enrique Vila-Matas, en Bartleby y compañía, un libro escrito con el mismo espíritu de curiosidad que quizá alentó los cateos de Key, ofrece una panorámica de esos autores que resuelven dejar de escribir, de esos escritores que siguiendo los pasos del escribiente de Melville se cruzan de brazos y deciden no hacerlo. Ambos libros son una curiosidad por el tema tratado. El libro de Key indaga sobre esas obras que se quedaron en la frontera del no, que fueron sólo una vaga idea, un acariciado proyecto que en muchos casos jamás llegó a cristalizar, o de obras que luego de escritas se extraviaron de manera irremediable. El libro de Enrique Vila-Matas hace su respectivo cateo de autores (como por ejemplo Juan Rulfo) que dejaron de escribir, de escritores que proyectaron una obra, pero que al mismo tiempo se impusieron miles de trabas para nunca escribirlas. Key Ayala se traza una intención bastante extravagante: reseñar libros inexistentes.
Para tan estrafalaria empresa el autor prepara una lista que incluye libros míticos, quiméricos, nonatos, malogrados y ajusticiados. Su justificación no escapa de las cercas de lo razonable: “Al parecer, la bibliografía debería concretarse a los libros impresos o manuscritos, material concreto del bibliógrafo. Pero la vida produce engendros capaces de ensanchar la investigación...”.
Por otra parte, Key escribió un breve ensayo titulado “Bello, cosmógrafo”, sobre ese particular interés que tuvo Andrés Bello con respecto al cosmos, las estrellas y las galaxias. Eugenio Montejo es en esencia un poeta imprescindible, pero el Montejo ensayista tiene gran precisión poética para abordar los asuntos más dispares. En su libro El taller blanco aborda temas bastante contrapuestos entre sí, pero que van unidos por la capacidad expansiva de los mismos y que se enfilan en varias direcciones. Montejo posee el virtuosismo de tomar varios hilos de un tema y enhebrarlos con mucha naturalidad. Por ejemplo, el estilo peculiar de Simón Rodríguez, a la hora de escribir-diseñar sus ideas/textos en la página, le sirve como pretexto para reflexionar sobre las utopías educativas de Rodriguez y darle actualidad al convertirlo en precursor del experimentalismo poético, tan en boga en las vanguardias pictóricas y literarias del siglo XX. Mi fascinación por el texto, que da título al libro, sobre la panadería familiar de su infancia, y el sentido de ver la escritura del poema como un trabajo de sutil artesanía, es absoluta e incondicional. También está ese texto sobre Georg Christoph Lichtenberg, y que de forma oblicua menciona al escritor y siquiatra José Solanes, en la cual realiza una eficaz disertación sobre sus aforismos, tensando el arco sobre ese insólito filósofo de Gotinga y lanzando la flecha sobre su embeleso por el tabaco de Varinas (sic).
Otra escritora por la que siento un amor alucinatorio, como ese que tenía don Quijote por Dulcinea, es Elisa Lerner. Su escritura es una panorámica irónica del país, una instantánea de ese país petrolero con sus políticos chapuceros, sus misses, las telenovelas y aire pavoso de la frivolidad con ínfulas respirándonos a todos por igual. Un aspecto fundamental de lo que denomino estilo Lerner, aparte de ese humor punzante, es la virtud de convertir lo frívolo (de eso que se conversa en las colas o en las salas de espera del ginecólogo) en algo trascendente y luminoso. Ella pudo haber dicho, en la película Juventud, esa frase del personaje, especie de compositor y director de orquesta retirado, Fred Ballinger (Michael Caine): “La frivolidad es una tentación irresistible”. Como escritora tiene un pulso especial para sacarles jugo a esos temas ventilados en el tocador de señoras hasta convertirlos en una filosofía para llevar y escritos con la mejor literatura para así saldar cuentas con la belleza hueca, la pereza del burócrata, el politicastro lacayo de sus ambiciones, el miedo a lo auténtico y la angustia de un país que se dibuja mal y al que creemos un paraíso impostergable.
Alejandro Salas fue poeta y narrador. Su libro (al parecer póstumo) La gruta de Pope y otros ensayos (Colección Umbrales, Fundación Metrópolis, 2004) lo descubre como un ensayista de estilo impecable. Sus ensayos se tejen con los intereses más diversos y se pasean con soltura y magia erudita por la poesía, el arte, el dibujo, el grabado y la impresión de libros. Salas navega desde esa pasión de saber, de encontrar en esos temas inesperados algo de esa luz innegable del arte en sentido amplio. Existe en los diferentes ensayos del libro como un bien tramado mecanismo que utiliza el combustible de buenas lecturas y que tratan de asir el tema desde esas perspectivas menos trilladas.
Para cerrar, me gustaría comentar sobre una revista literaria hecha en el manicomio. Desde el inicio he destacado por ejemplo que a Miranda le gustaba visitar manicomios. En algunos cuentos de Pocaterra la locura va respirando entrelíneas. Montejo menciona al siquiatra José Solanes y como soy de Valencia la locura siempre ha estado a la vuelta de la esquina debido al famoso psiquiátrico de Bárbula.
Cuando con otros vagos hice mi primera revista, conocía de oídas sobre una revista realizada en el manicomio. La primera revista en la que participé (e imprimimos en un destartalado multígrafo) tenía muchos puntos de contactos con esa revista escrita en exclusiva por pacientes, médicos, enfermeros/enfermeras y obreros de la institución. Muchos años después, y gracias a otro psiquiatra escritor, tuve acceso a unos ejemplares fotocopiados.
La revista tenía por nombre Nanacinder. Los pacientes del psiquiátrico de Bárbula, ubicado en la ciudad de Valencia, editaron el primer número de Nanacinder, varias hojas sueltas multigrafiadas y grapadas, tamaño oficio escritas por ambos lados, en abril del año 1954. En el primer número aparece como director P. López Marín, como redactor jefe Antonio R. Rangel y los redactores son Rosa C. Abreu y A. H. P.
La impresión y diagramación de Nanacinder se hizo a través de la técnica de multígrafo; el diseño y los dibujos que la ilustran fueron realizados, casi en su totalidad, por los pacientes del psiquiátrico. De esta publicación se editaron, por un lapso de ocho años sin interrupción, hasta noviembre de 1962, un total de veinticinco números. Leer las páginas de Nanacinder, de cualquier número, es adentrarse a una visión distinta tanto de la realidad como de la escritura como terapia. Es encarar las motivaciones poéticas, trágicas y memorables de personas sumidas en el laberinto de sus mentes, hundidas en el bosque intenso de sus delirios.
En el editorial del primer número puede leerse: “El enfermo no es un ser diferente, sino una persona como las demás, capaz de querer, de sufrir, de agradecer, y como todos los humanos necesita afecto”. Otro fragmento del mismo editorial brinda información sobre el nombre de la revista: “...este periódico es necesario para solidarizar los esfuerzos de todos y en su creación y sostenimiento colaboran al unísono empleados y pacientes; su nombre, el sugerente neologismo Nanacinder, es creación de un paciente y a ellos queda dedicado. Su presentación y contenidos son simples e ingenuos”.
En las páginas internas de este primer número hay un texto que explica más a fondo cómo surgió la idea de editar Nanacinder. En una reunión con los pacientes, el director del sanatorio preguntó qué posibilidades había de realizar la edición de un periódico. Enseguida la idea fue acogida con regocijo por los pacientes y enfermeros. Ya con la idea de una publicación decidieron ponerle un nombre y elaboraron una lista con una veintena de nombres, o como está escrito en la propia revista: “Nuevamente se pidió al personal que eligieran entre los nombres propuestos el que les gustara para el periódico. Hecho esto, triunfó ampliamente Nanacinder con casi cincuenta votos sobre su más cercano contendor, que era Luz en la Penumbra.
Luego en otro texto se recoge el resultado de una encuesta que indaga entre los demás pacientes qué les sugería (o qué evocaba para ellos) la palabra Nanacinder. Algunas respuestas valen la pena transcribirlas: Un caballo, F. López G. Capricho ilógico, N. Alvarado. País fantástico donde realidad y fantasía se funden, A. Salvioli. Avenida surcada, G. Galea. Algo que nace, N. Arapé. Viene de nana (aya) y Zinder (apócope de sindéresis) y significa persona de juzgar correctamente, L. O. Coronel.
En este primer número de Nanacinder se encuentran así mismo reseñas, salutaciones, poemas, humor, notas sociales y un breve compendio de palabras y expresiones con significados nuevos, como por ejemplo Llaveras: nombre que les dan los pacientes de Bárbula a las empleadas de la enfermería. Cachalapa: nombre que da un empleado muy popular en esta colonia a su bicicleta azul-vieja.
Quedarse en los márgenes de las páginas de los libros como simple lector podría ser el ideal postulado por don Quijote. No salir de la admiración de esos escritores tachados de preferidos. Quedarse allí en esa orilla mirando el mar de palabras escritas con sus suaves olas, dejando la tentación de escribir y sin saber, como decía Edmund Wilson: “...conseguir que haya vida en todo lo que se escribe”.
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