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El personaje

sábado 15 de agosto de 2026
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La historia de un personaje acaba en frustración. Y si no, es que no ha acabado. La carga brevemente apuntada del personaje que aquí voy a tratar no es una excepción. Pero él está sobre aviso. Quizá se le ocurra alguna genialidad en el último minuto para dar un vuelco al destino. A mí nada me va en que se despeñe por un acantilado o que acabe con un Premio Nobel de las Ciencias bajo el brazo, aclamado por la comunidad internacional. Aquí estoy para escribir, describir, incluso opinar, sobre sus peripecias. La historia siempre es del ego, que no es más que un pensamiento asociado a un yo. La importancia de la misma no me incumbe. Soy el dios del folio en blanco y mi distancia respecto a este personaje es innegociable. Si quiere ponerse a este lado del papel, que lo haga; si prefiere ser un brillante personaje, o uno de mierda, que lo sea. Está avisado sobre cómo terminan los que abandonan su sitio para seguir el rastro de las ambiciones ilusorias. En cuanto ponga el punto final al texto, no habrá posibilidad de resurrección ni de versiones corregidas.

El ego se proyecta hacia el futuro y se refuerza con la memoria. El ego es lo que ocurre en el tiempo a destiempo.

A este personaje le adjudiqué el nombre de Luciana. Así la llamaban y por él respondía. Como cualquier otro personaje, se creyó en la obligación de hacer cosas, de asumir tareas, de pensar y repensar el mundo, de afrontar proyectos que dieran enjundia a su historia, adquirir importancia como ser humano representado en el papel, realizarse como persona activa en un entramado social que estimulara la competitividad, el ascenso, las experiencias múltiples, las riquezas culturales. El ego se proyecta hacia el futuro y se refuerza con la memoria. El ego es lo que ocurre en el tiempo a destiempo. Se aprovecha de que la existencia siempre da soporte al muñeco de trapo sin imponer su presencia vacía.

Luciana no se recordaba sin esa infame ansiedad que la acompañaba en cualquier instancia de la vida. De niña, le agarrotaba el miedo a que su padre, que era camionero, no regresara a casa de uno de sus viajes. Sufría su pérdida todos los días. La misma sensación que la atenazaba a la hora de salir de la escuela: el pánico a que su madre no estuviera allí, esperándola en la puerta. Se sentía vulnerable ante las miles de garras que el mundo esgrimía. Los otros, conocidos o extraños, eran impredecibles. Luciana se mostraba sensible a los comentarios, susceptible a las tragedias que al parecer ocurrían fuera de su reducido hábitat. De mayor, se esforzó por otorgarle contenido a su cerebro con estudios de matemáticas, filosofía, psiquiatría, astronomía, teología, física, química, artes plásticas, literatura, historia... Se convirtió en una mujer con un hambre voraz de conocimientos que se lanzaba a la yugular de cualquier materia del saber. Su mente se ensanchó y ganó en volumen, pero su ansiedad no se redujo ni un ápice. Al contrario, fue a peor. Descubrió en sí misma la afirmación de Einstein cuando en 1932 escribió una carta a la reina Isabel de Bélgica declarando: “Como ser humano, uno está dotado con la inteligencia suficiente como para ver con claridad lo profundamente inadecuada que es esa inteligencia cuando se confronta con lo que existe”. La realidad no es fragmentaria. Sin embargo, la mente disecciona y despieza para deglutir porque no le es posible articular de otra forma. La precariedad es la característica elemental de lo que llamamos conocimiento.

Vivía Luciana como si su pecho tuviera que levantar una placa de acero con cada respiración, emborronada, como recién salida de un concierto disonante, incapaz de enfocar. Un día, sin un motivo especial, despertó harta de sufrir. No es que se resistiera al sufrimiento, no; simplemente decidió que no iba a sufrir más. Necesitaba romper la inercia enfermiza. Fue una lúcida decisión. Esto que parece algo común no lo es. El sufrimiento entretiene, enseña, doma, doblega, exige voluntad, carácter y expectativas de mejora. Pero esa mañana se despertó sin la necesidad de sufrir, aburrida del juego. ¿Por qué esperar a más adelante? Luciana alcanzó el despertar así, de forma espontánea, porque no soportaba el postureo de vivir del reflejo del lago y hacer ciencia de ello como si fuera ley. En Luciana se quebró la visión de espejismo y se alejaron los patrones que la habían arrastrado a comportamientos compulsivos y a pensamientos recurrentes. Para materializar el cambio, hizo una escapada a un monasterio de montaña regido por carmelitas descalzas. Allí se acomodó en la celda que le adjudicaron y cerró los ojos con la intención de ver lo que estaba oculto por la infinidad de capas de residuos que había ido acumulando.

 

Sacrificar el presente para conquistar el futuro es posponer la vida. Y si la pospones, no has entendido nada. Eres un muerto viviente. A Luciana, cuando abría los ojos y la belleza de la vida exterior le llegaba con tonalidad mate, aún le surgían dudas. Recordaba las palabras de Jesús en la cruz: Dios mío, dios mío, por qué me has abandonado. A pesar del enorme ultraje recibido y del dolor causado, para Luciana estaba claro que Jesús no había abandonado la unión. ¿Era la capa profunda de la cebolla la que hizo mutis por algún motivo que se nos escapa? ¿Puede la presencia ocultarse a quien la reclama? ¿Acaso puede haber alguien fuera de la presencia reclamando algo? Su mente se detuvo de golpe, como si hubiera sonado el silbato de Pavlov. Y llegó la ausencia de preguntas como respuesta.

 

Desde que regresó de su retiro en el convento de las carmelitas descalzas, la presencia ha estado recubriendo cada paso cada vez con menos interrupciones, sin nombre ni cara, pero tan contundente como una pedrada. Luciana sabe que el uso de la mente para entenderse a sí misma, a los demás y al mundo, es como la aparición de esos matojos rodantes que aparecen en las películas del oeste, señalando una localidad desangelada, movidos por un viento seco y silbante; un rodamundos sin alma, una diáspora de amargura, una nube del desierto, una barrilla hecha de miedo helador.

No es lo mismo la luz en una persona con su casa intacta, que en una cuya casa ha sido derruida. La primera es posible que aún piense que los edificios pueden ser bellos por sí mismos. La primera no valorará la luz en toda su magnificencia, sino como una opción atrayente de la casa. La segunda persona agarrará la luz como un bebé hambriento se agarra al pecho de su madre. La segunda sabe que los edificios pueden colapsar, que su belleza es dada por luz impropia, no por sí mismos. La segunda se ha rendido, el descubrimiento no le ha sido dado como un premio, sino como la única opción. No se trata de esfuerzo, se trata de desgaste. El boxeador castigado tira la toalla, se entrega a la lona y sus ojos hinchados no le permiten ver a su alrededor. La luz suele habilitar historias de perdedores que acaban venciendo en un combate que transcurre silencioso.

 

A Luciana empezaron a acudir aprendices de sí mismos para mirarse en ella. Luciana los invitaba a sentarse formando un semicírculo en el jardín.

—Cuando os agarráis a las opiniones como si vuestra identidad dependiera de ellas, toca sufrir. La realidad no puede ser amputada para amoldarse a las opiniones. Los pensamientos que llevan a la acción, que aparecen en quienes andan buscando señales en el camino de la noche, son útiles para los primeros kilómetros del viaje, pero de los que también hay que librarse una vez que sepamos andar con presteza. Los pensamientos dejan de ser enemigos cuando acuden a decorar. Vienen tiempos en que muchos necesitarán ayuda y la ayuda será mucha. La idea de Dios es sólo una idea. En los peldaños más elevados de la escalera, las ideas no son necesarias aunque tampoco estorban. La sabiduría no sabe de nada, sólo acude a refrescarse al pozo de donde se extrae el saber. Vuestras personalidades apenas sirven para distinguiros. Aquí estamos para comprender que el otro eres tú mismo. Voy a convertirme en una adversidad para vosotros. El dispuesto a comprender tendrá que reconocer su ignorancia. Ninguno me importa un bledo, mucho menos los que se dan importancia o se sienten ofendidos a la más mínima contrariedad. Vuestros pensamientos son basura no reciclable. Y vosotros sois esa misma basura si os identificáis con ellos. El dolor del cuerpo lo atajáis de inmediato con analgésicos, pero al sufrimiento del alma sois adictos. Os atrae el melodrama. Sufrís y hacéis sufrir. Por supuesto, ninguno va a reconocer esta adicción. Sois tan imbéciles que creéis que estoy aquí para ayudaros.

Algunos se levantaron y se fueron. Otros no se movieron por vergüenza, pero mentalmente desconectaron de las palabras de Luciana. Sólo unos cuantos estaban cada vez más interesados en permanecer allí.

Luciana sonrió y rebajó la tensión.

—Me declaro una incondicional de las contradicciones. Ponen en evidencia el sistema que se ha ideado para perpetuar el engaño, deja con el culo al aire la estructura mental sobre la que habéis construido vuestra falsa identidad. Sin las contradicciones, que son como grietas, todo estaría perdido, sin posibilidad de descubriros entre tanta construcción especulativa. Somos un sistema operativo hecho para funcionar sin sufrimiento ni pesar, sin atascos. Ocurre que uno de los programas del software tiene un uso excesivo para solventar la lucha por la supervivencia, se impone al resto y usurpa la identidad.

Luciana guardó silencio unos minutos. Miró más allá del jardín, más allá de las palabras, hacia un silencio natural. Entre los asistentes hubo ciertos suspiros y movimientos de incomodidad al ver que se prolongaba su lejanía. Cuando pensaban que aquella sesión había acabado, retomó la palabra con un tono suave.

—No hacer nada, no añadir nada a este momento y convertirlo en norma de estar, es algo al alcance de muy pocos, una facultad exclusiva de quien se sabe completo, de quien no necesita acumular experiencias y al mismo tiempo ninguna le estorba. Cuando descubres que ya eres todo lo que puedes ser, un torbellino aflora como mente intentando engancharte de nuevo a su dinámica de locura que no se resigna fácilmente a perder un siervo, a dejar de ser el señor del señor.

 

Todas las mañanas, en ayunas, Luciana paseaba un rato antes de reunirse con las visitas. Las puertas de su casa siempre estaban abiertas. Un hombre educado y discreto, al que llamaba Patanjali, le ayudaba con los asuntos caseros y las cuestiones organizativas. Le cribaba las llamadas y los correos cada vez más numerosos provenientes de diversas partes del mundo. Félix, que así se llamaba realmente Patanjali, también hacía trabajos de huerta y las chapuzas más sencillas de la casa. Sin él, Luciana hubiera visto comprometido el buen funcionamiento de la vida diaria.

—Hay mucho ruido —dijo ya acomodada en su mecedora de madera donde solía permanecer durante horas—. El ruido entretiene a las mentes ruidosas. Haced una pequeña comprobación: ¿el cuerpo está respirando? No lo deis por hecho, comprobadlo. ¿Sí? Bien. Eso es todo por hoy.

Dicho esto, cerró los ojos mientras Félix señalaba a los asistentes que era el momento de marcharse o de quedarse sin hacer ruido.

Luciana también recibía en casa a personas que no querían formar parte del grupo, que precisaban encontrarse con ella de manera puntual; quizá para comprobar que se trataba de alguien real. Les invitaba a un café y a un licor. Escuchaba el relato de experiencias que sus protagonistas bautizaban como paranormales. Ella les decía que no hay nada más normal que un ego creyéndose especial.

—No importa lo que hagas, a qué te dediques profesionalmente, si tienes hijos o no, si tienes marido o tres amantes. No importa. Lo que sí es importante es que reconozcas la Gracia como algo siempre presente. Es presencia que quizá al principio aturda, sobrecoja las potencias y meta en el corral a los pensamientos. Esa Gracia va donde quiere, como quiere, sin guiarse por motivo conocido. No le importan las acciones ni las pasiones, no le importan los méritos ni los deméritos. La Gracia deja claro que se ofrece, no como recompensa, sino como donación desinteresada y continua. Un momento percibido de Gracia puede ser energía suficiente para que tengas una referencia firme el resto de tu vida. No hay nada paranormal en la Gracia, es esa puerta que no se abre desde este lado, por muy espiritual que seas, por muy santo que seas, por muy ejemplares que hayan sido tus actos.

 

Un hombre rudo, sin apenas formación académica, sin gusto en el vestir, pero aseado, una tarde se presentó a la puerta de la casa. Félix fue quien se percató del peculiar hombre, que caminaba calle arriba, calle abajo. No se hacía notar, tampoco se escondía. Félix fue a buscar a Luciana, que estaba en el jardín, como casi siempre. Se lo comentó al oído y ella se levantó dando por acabada la sesión. Se dirigió a la puerta principal y salió en busca del desconocido. Le propuso entrar en la casa. Él no aceptó la invitación. Luciana entonces se sentó en el bordillo de la acera. El hombre la imitó sentándose a su lado. Él, ante la mirada inquisitiva de ella, le contó que había perdido hacía dos meses a su mujer por un derrame cerebral, y la semana pasada a su hija en un accidente de montaña. El hombre era un pequeño agricultor y la vida se había desplomado ante sus ojos incrédulos. No encontraba razones para seguir viviendo y así se lo manifestó a Luciana. Ella dejó que se rebozara en su dolor. Es importante ser consciente de qué duele (la carencia), a quién le duele (al “yo soy”) y por qué duele (por identificación falsa). Cuando el hombre se cansó de quejarse, se frotó los ojos y miró sin ver hacia la calzada. Ella le cogió la mano y a él le temblaron hasta las cejas. La presencia se hizo tangible en ambos.

—La presencia junta a vivos y muertos —le dijo—. No existe el ayer ni el mañana, sólo existe el momento sin momentos. La muerte es sólo para quienes creen en el nacimiento. Ahora sabes que eres completud. Siempre lo has sido. Estamos. Sólo eso. En esta presencia están ellas: tu mujer y tu hija; lo que ocurre es que ya no son tu mujer ni tu hija. En la presencia todos somos presencia. No necesitas que muera tu cuerpo para estar con ellas. Has de dar el paso como un valiente o retroceder para siempre como un cobarde, estar presente u olvidarlas. Ya te llegará el momento de prescindir de los límites, tan hermosos como poco duraderos. Los que se dan importancia optan por la tragedia. Tú eres un hombre honesto que no te vas a dejar engañar por reacciones exageradas. Vuelve, o no, a tu pueblo, haz lo que quieras. Ha muerto el cuerpo de tu mujer, pues a partir de ahora todas las mujeres deberían recibir tu amor. Ha muerto el cuerpo de tu hija, pues a partir de ahora todos los hijos deberían recibir tu amor. El mundo está lleno de posibilidades para que ames; nadie te lo impedirá. Lo que no te aseguro es que los demás te correspondan. Claro, ahí está el problema, ¿no? Cuando el ego llora por lo que ha perdido, el espíritu se regocija por lo que ha encontrado. No nos interesa el personaje que fuimos, no nos interesa la historia que nos definió; buscamos una pieza de oro entre la bisutería.

El hombre no dijo nada más. No hacía falta. Se comprometió a enviar productos de su tierra en cuanto recogiera la cosecha. Luciana regresó al interior de la casa.

 

El personaje camina solo, no necesita de ojos leyendo estas líneas. Luciana existe fuera del papel. Si las fuerzas se alían contigo, es probable que te llegues a topar con ella. Miles de millones de estrellas viven en ti junto a miles de millones de células. Tú vives junto a miles de millones de seres humanos, pero puedes cruzarte con Luciana porque así de impredecible es el guion que nadie es capaz de controlar. La cantidad no añade nada a la calidad ni a la cualidad, pero así es lo real: desde la fluida unicidad lo inunda todo con ondulaciones infinitas. Alguien pensará que me he convertido en el personaje de mi personaje, que escribo lo que ella dicta. Me da igual. El personaje es como un Gepetto que construye un Pinocho capaz de respirar. ¿Que la criatura se puede rebelar contra su creador? Puede ocurrir. No es motivo para dejar de crear y de creer.

Luis Amézaga
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