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Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2026 en su 30º aniversario
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“La literatura es la pregunta menos la respuesta”.
Roland Barthes
“El fin de la vida se piensa acertadamente como un período de meditación”.
Iris Murdoch en El mar, el mar
Es cuestión de tiempo (poco tiempo) que lo llamen al despacho del decano, quien indicará al rector que prepare su finiquito. Y es que, después de muchos años, no se ve capaz de seguir impartiendo clases de filosofía subordinado al programa lectivo oficial, sin el cual los alumnos no cumplen objetivos evaluables. El martes entró a su hora, a las diez de la mañana, miró hacia el fondo del aula por encima de las cabezas de los alumnos desmotivados y dijo algo parecido a esto: “Damos por hecho que los pensamientos tienen un autor y que se refieren a alguien. Apostamos por una visión de la realidad donde las personas piensan lo que deciden pensar, y por lo tanto eso las define y empuja en su actuación. La filosofía, como ejercicio del pensamiento sobre las cuestiones fundamentales, debería indagar con honestidad si la herramienta que usa obedece a alguien distinguible e independiente o se presenta con origen incierto, aleatorio y tornadizo. ¿Pensamos lo que queremos pensar o los pensamientos toman forma en nosotros siguiendo un criterio semejante al de las nubes moviéndose por el cielo? ¿Quiénes somos nosotros? Háganse la pregunta de quién soy yo. Intenten seguir el rastro, por cualquier camino que se les ocurra, hasta dar con ese ‘yo’. Les voy a dar una pista: nunca nadie ha encontrado ese ‘yo’. Quizá porque sea ese ‘yo’ el que busca. Fíjense que sus ojos pueden ver todas las formas de esta aula, pero no pueden verse a sí mismos, incluso se olvidan de sí mismos, dando por hecho que lo visto es lo primordial. Y no, lo visto es lo pasajero. La sacralización del saber de las cosas es ignorancia, porque las cosas pasan, mutan y se desvanecen, como el episodio de una serie sin audiencia”.
Así empezó la clase, los alumnos se mostraron tan sorprendidos ante ese soliloquio que prestaron atención intuyendo que el profesor, con aspecto cansado pero enardecido, acabaría soltando perlas de difícil tasación. Hay un sentido de alarma que nos avisa cuando algo es inusual y puede convertirse en irrepetible. La vida tampoco tiene tantos momentos reseñables, por mucho que nos empeñemos en desmentirlo en las redes sociales con apariciones calculadas. Una escena baladí, al quedar fijada en una imagen donde sonríes, parece al que la observa que tu vida transpira emociones intensas. Por suerte, en el aula, los móviles reposaban silenciosos en unas casillas de madera instaladas junto a la puerta. No había posibilidad de grabar los gestos ni las palabras del exaltado profesor de filosofía, así que, o estabas presente al cien por cien, o ese tren pasaría para siempre.
El aula transpira luz y sombra en esta mañana verdosa. Las ventanas dan a un jardín descuidado donde los alumnos que se saltan las clases aparcan su futuro por un rato mirando al cielo impenetrable tumbados boca arriba. El mismo cielo destapado que el profesor había contemplado a primera hora de la mañana al asomarse a la ventana de su habitación. El primer sorbo de café con leche le abrasó la boca. Con rabia, apuró el contenido hasta el final, de un trago. Desde el fondo del vaso, una fina y humeante capa de espuma que parecía dibujar un rostro atormentado le miraba. Su mujer se le acercó por detrás y le revolvió el pelo en un gesto de complicidad que duraba veinticinco años. Él se apartó algo incómodo, como si el contacto físico hubiera dinamitado su mundo sutil. Ella sonrió ante su reacción y dijo: “Los tímidos debéis hacer esfuerzos si no queréis parecer arrogantes”. “Los tímidos y mediocres tenemos una ventaja de la que carecen los genios y los extrovertidos, y no es otra que el anonimato”, apostilló él con la mirada aún puesta en el fondo de su vaso de leche.
Era entrar en el aula y las palabras le fluían como el agua brota del caño en los meses lluviosos. “Fíjense que no hay preparación real para lo inmediato, ni posibilidad de éxito en la búsqueda de lo inmediato, ni hay recuerdo en lo inmediato, ni reflexión sesuda que influya en lo inmediato, en esto... —y abrió los brazos intentando abarcar un espacio indefinido—; no hay nada que puedas hacer para propiciar o evitar lo inmediato, no puedes localizar o delimitar lo inmediato. Esto que es inmediato, que no va ni viene, que siempre está, es lo que podríamos llamar existencia. Qué sentido tiene entonces preguntar a alguien si cree o no en Dios. La fe, más que creer en lo que se ve o no se ve, es creer en que uno es visto. Solemos interpretar el papel de objeto más que el de sujeto. ¿Quién no cree en la existencia de esta inmediatez? ¿Quién pregunta desde fuera de esto? ¿Puede negar la existencia aquel que existe? Todo existe en cuanto que es única la existencia. La multiplicidad de hechos que aparecen no tienen conciencia de multiplicidad de hechos ni de multiplicidad de conciencias. Aparecen sin que la unicidad se resienta. Este es un punto imposible de resolver con el intelecto, que quiere comprender el todo desde la parte. No tiene sentido que la parte aspire al todo porque convertiría en todo su parte. Basta con que comprenda que el todo está en la parte como todo y no como parte”.
En este punto, algunos de los alumnos notaban que sus cabezas hervían como si hubieran pasado la noche de juerga, de excesos etílicos. Pero no, era una hora razonable de la mañana y estaban en clase de filosofía con un profesor desatado que llevaba la realidad al estado de coma generalizado. Una alumna de las últimas filas levantó la mano para comentar que la diversidad nos resulta muy atractiva y que, sin la visión particular y heterogénea de la experiencia, la vida sería anodina y plana. El profesor reconoció que esa sensación es generalizada, que nos atrae la perspectiva individual, diferenciada de otras perspectivas, porque conlleva la creación de un experimentador que parece distinguirse del resto, marcando sus límites y erigiendo una identidad. Y ese es el meollo de la ilusión: la identidad de un alguien diferente a otros y observador (distancia) de la existencia.
Dio la hora, se posó en el aula un apelmazado silencio de varios segundos antes de que los alumnos, despaciosamente, empezaran a recoger sus cosas para ir hacia la puerta en busca de su siguiente actividad. Salvado por la campana. El profesor se sentía exhausto y comprendió que esa clase había significado el principio del fin de su cátedra. No hay vuelta atrás cuando las palabras cogen vuelo y nadie las reprime con temores aprendidos. El profesor se fue a casa. ¿Al día siguiente retomaría el hilo del programa o seguiría por el nuevo camino abierto? Cuando su mujer llegó de trabajar lo encontró dormido. Le pareció raro a esas horas. Por la tarde dieron un paseo rodeando el parque, y cenaron en un restaurante de comida casera. Ella le dijo que hiciera lo que tuviera que hacer, que no se preocupara por las consecuencias, que irían viendo. Sólo tenían una hija y llevaba su vida independiente en otra ciudad; no sufrían apreturas económicas, era hora de exigirse un poco más en la vida, subir un escalón.
No ocurre nada extraordinario cuando algo es cierto. Lo ordinario expulsa a los curiosos, echa para atrás a los amantes de los misterios y los superpoderes. El profesor siguió acometiendo las cosas rutinarias que le salían al paso: los recados, los arreglos caseros, los trámites administrativos, los paseos, las charlas con los amigos, las reuniones de trabajo en la facultad; lo habitual, pero nuevo, de paladeo fresco, pleno. Nunca te cansas de ser. Nunca nadie ha experimentado su propia ausencia. La atención como herramienta es muy superior a la concentración. El profesor consideraba que las palabras que salían ahora de su boca, y que al parecer habían ido creciendo en silencio y a la luz discreta de lo inmediato, no interpelaban a nadie. Era más bien una referencia impersonal que no podía ser cazada ni comprendida por los métodos acostumbrados. Da igual si la gota cae en el océano, o es el océano quien se vuelca sobre la gota. El destino es disolverse como gota y existir como océano. Nunca hubo otra cosa que el océano. Fue un experimento de laboratorio eso de aislar una gota para estudiarla de cerca.
Ninguno de los alumnos inscritos en su asignatura faltó a la siguiente clase, y además, debido al boca a boca, acudieron muchos otros como oyentes. La expectación, el morbo, incluso el verdadero interés por lo que allí ocurría, hicieron que el aula se quedara pequeña. El profesor entró sin mirar al auditorio, como quien camina por el pasillo de casa. Dejó sobre la mesa la cartera en la que llevaba libros, agenda y papeles, y no hizo ni amago de abrirla. Se puso a caminar de un lado a otro de la tarima. Al cabo de un minuto empezó a hablar mirando al suelo: “No estamos solos. Sólo estamos. La vida es un viaje de desconocimiento, de historias que van desarticulándose paulatinamente como búsqueda de una solución imaginaria a un problema imaginario. Cuando creemos saber sobre lo que tenemos que reflexionar, cuando creemos saber cómo comportarnos y cómo deben ser las cosas, cuando creemos saber cuál es la enseñanza y qué efectos debe tener en nosotros, podemos asegurar que no hemos entendido nada. ¿Qué debe hacer el personaje de una novela, qué debe comprender, qué fe debe profesar, qué postura tomar respecto a la trama, qué sabiduría obtener para salirse del libro? Da igual lo que haga, es una batalla perdida. El personaje más obsceno suele ser ése al que llaman maestro, como si él tuviera la llave para que el resto de personajes salgan del papel. Una estafa en toda regla. Que nadie se ponga nervioso con la idea de inacción nihilista, que no decaiga vuestro interés por el mundo, el hecho de que dé igual lo que se haga no impide que se haga. El personaje no es nadie para evitarlo”.
—¿Hay una imposibilidad de base para que seamos libres? —preguntó una voz anónima y femenina de alguien que estaba sentada en el suelo del pasillo lateral.
El profesor se tomó unos segundos antes de seguir hablando, que no contestando.
“Si las cosas ocurren le ocurren a alguien. Debe haber alguien que las experimente para poder afirmar que ocurren cosas. Si llegara la comprensión de que no hay nadie, también llegaría la comprensión de que en realidad nada ocurre, que todo son vibraciones del mismo vacío. El vacío no es otra cosa que la forma vacía. El vacío no es un concepto aparte de la forma a la que concede realidad mientras ésta aparece como existente. Cuando la forma deja de aparecer, al vacío no le consta cambio alguno en su existencia o inexistencia. Lo que es real debe ser siempre real, no es posible una realidad discontinua. Por eso, los sueños por sí mismos no son reales. Por eso, el estado de vigilia tampoco. El sueño es real mientras se sueña y deja de serlo en el estado de vigilia. El estado de vigilia es real mientras se está despierto y deja de serlo en el sueño. El ser es siempre, y no es real ni irreal”.
Cogió aire. Se pasó la lengua por los labios.
“¿Libres? Se me ocurre que la primera labor sería descubrir quién es ese que plantea la libertad o su carencia. Todos aquí pretendemos ser alguien, ser algo, quizás mañana, quizá como objetivo a diez años, aun intuyendo que eso vela lo que ya es; que, como es lógico, nada necesita y es libre sin saberse libre. Es usted, su presencia, la condición indispensable del suceder. Las cosas no salen a su paso como criaturas fantasmales preexistentes. Las cosas se despliegan desde usted, ante usted y sin separarse ni un ápice de usted. ¿Cómo se abre la grieta de la falta de libertad si usted es el denominador común de toda fracción? Usted nunca podrá experimentar su propia ausencia. ¿Por qué siente limitada su libertad por lo que acontece si no puede acontecer nada sin usted? Fíjese cómo el Sol ilumina y esa luz lleva a la aparición de los objetos visibles. El Sol no se ve concernido por los objetos que ilumina, sólo le concierne su propia luz”.
Se escucharon murmullos por el aula, bisbiseos entre los alumnos, alguna risa nerviosa, diferentes movimientos para destensar el cuerpo. Los jóvenes viven con intensidad, pero imaginan que deben hacerlo para el futuro. Alguien les ha vendido esa moto averiada. El profesor les instó a rendir ese instante hasta sacarlo del tiempo, a experimentarlo de tal forma que no pueda ser acotado. Ese es el contacto con ellos mismos, con el sí mismo de todos ellos.
Cesaron los rumores y los asistentes volvieron la mirada hacia la tarima, donde el profesor calculaba cómo continuar su disertación. Nadie tomaba notas, nadie quería perder detalle de lo que estaba ocurriendo en directo, como si hubiera un mensaje paralelo a las palabras, una presencia a la que atender. Y es que tomar notas es como tomar fotografías: postergas la experiencia y la condenas a un manoseado recuerdo en vez de consumir el producto fresco. Es cierto que algunos alumnos tenían conectada la grabadora de sus móviles, pero eran conscientes de que esas palabras enlatadas perderían parte de su fuerza al reproducirlas.
El éxito de asistencia a sus clases no pasó desapercibido a ojos de la dirección y de los gestores del sistema, para quienes lo que no es controlable es peligroso. En las siguientes clases del profesor de filosofía se colaron algunos espías con la misión de recabar datos que sirvieran más adelante para ponerlo en aprietos en una hipotética apertura de expediente. A estas alturas, a él le daba igual cumplir o no con las expectativas académicas. Pensaba, mientras paladeaba un café de máquina y hacía tiempo antes de volver al aula, que en este mundo, donde lo más loco es lo que consigue más adeptos, las ovejas eléctricas sueñan con humanos atemorizados por sus propios inventos. El invento muere con el inventor. La pesadilla es de alguien y muere con él. Pero quién sabe si las cosas ocurren de la misma forma para los androides. El profesor, entre trago y trago de café concentrado y amargo, musitaba esas estrofas dedicadas a la muerte por parte de Fernando Pessoa, y que tan bien se sabía de memoria:
Cuando abandone mi ser como una silla cuando me levanto
Y deje atrás el mundo como un cuarto de donde salgo,
Y abandone toda esta forma, de sentidos y pensamiento, de sentir las cosas,
Como una capa que me prende.
Cuando vea mi alma llegar a la superficie de mi piel
Y dispersar mi ser por el universo exterior,
Sea con alegría que yo reconozca que la muerte
Viene como un sol distante en la alborada de mi nuevo ser.(...)
Siéntete victorioso con los colores de la luz y el fuego,
Que la muerte es la vida que vino enmascarada,
Y el más allá será esto, esto mismo, en otro presente
No sé de qué nuevo modo diversamente.
Gritad a las alturas,
Gritad por los valles,
Que la muerte no tiene ninguna importancia,
Que la muerte es un disparate,
Y que si todo esto es un sueño, la muerte es un sueño también.
Qué poca importancia adquieren los epílogos y los panegíricos para esas criaturas biónicas escapadas de un sueño. Los cuerpos funcionan a su manera y no hay nadie pendiente de que el hígado haga su trabajo, o de que el corazón bombee, o de que la sangre corra por las venas diseñadas por ingenieros posmodernos. Se acaba la batería y la ficción de serie B pasa a los anuncios. La vida está patrocinada por latas de conserva.
Un alumno comentó en voz alta que si la vida es una actividad lúdica, por qué a veces duele tanto. El profesor aventuró que quizá se deba a que nos identificamos con el jugador del juego, y claro, muchas veces se pierde. Puedes vagar por mil situaciones hasta que se da la comprensión de que sólo te experimentas a ti mismo, que nada hay objetivamente fuera de ti para ser vivido, y aunque así fuera, sólo podrías experimentarlo en ti. Las cosas no existen aparte de nosotros simplemente por haberles puesto nombre. Lo que creemos conocer como fuera de nosotros es confusión. La realidad no es un objeto cognoscible. Nos es difícil aceptar esa simplicidad porque estamos acostumbrados a percibirnos en un camino lleno de problemas que hemos de resolver a cada paso. Ese personaje ficticio que interpretamos, sin contrariedades, no tendría razón de ser. ¿Qué película se puede rodar con personajes que no sufren conflictos de ningún tipo? Pero esto no implica un desdén por la película, ni mucho menos. Muchos personajes parecen indagar en las diferencias entre lo irreal y lo real hasta que llega el descubrimiento de que lo único irreal es quien hace la valoración, el personaje mismo. No hay nada real que necesite ser pensado para existir. ¡Claro que el mundo es bello!, sólo que la belleza del mundo no está en el mundo, está en la belleza. Cada forma es un gesto efímero del amor incondicional y vacío. Los millones de formas existen por la existencia, en la existencia, no son otra cosa que existencia, sin el peso de una interpretación o significación ocultas.
El profesor, en su fuero interno, sufría un empacho de paradojas difícil de digerir. Ni siquiera a su mujer le reconoció este estado de conflicto. Sus palabras surgían de un pozo al que no tenía acceso directo, se limitaba a pronunciarlas, muchas veces sin comprender su dimensión. ¿Debía ser así para que sus hábitos mentales no crearan un significado particular? Lo que sí percibía con nitidez es la fuerza de salida de esas palabras, como un chorro de lava por la boca de un volcán en ebullición. Intentaba que esa extrañeza no lo perturbara, pero era un hombre reflexivo y tendía a masticar cada idea como si fuera la clave a la teoría del todo. Recuerda cuando una colega le comentó que sólo los cuerdos ven algo mágico en la locura. Nada se puede decir sobre lo que es —pensó—, ¿quién lo diría asumiendo una posición aparte de lo que es? Y aun así, no paramos de hablar sobre ello como unos perturbados. En cierta ocasión, el genial Nicolás Gómez Dávila dejó escrito: “Hablar sobre Dios es presuntuoso, no hablar de Dios es imbécil”.
Volvió al tiempo reglado del aula, fue hasta la pizarra, cogió una barra de tiza nueva y la levantó por encima de su cabeza a la vista de todos. Luego se dirigió a la primera fila y, poniéndosela delante de la cara a una estudiante, que se removió nerviosa en su silla, le dijo: “Para dejar pasar la luz en su máximo esplendor, para estar en Dios sin interferencias, ha de mirar esta tiza igual que ella le mira a usted. ¿Entiende a qué me refiero?”. La muchacha negó suavemente con la cabeza. “Fíjese en que esta tiza mira sin saber que mira, de manera incondicional e indiscriminada, no desarrollando una identidad particular, siendo tiza sin hacer nada para serlo, dejando ser”. Ya dirigiéndose al resto de alumnos y oyentes, continuó: “En los núcleos urbanos verán ustedes que el número de mascotas se ha multiplicado exponencialmente. En España, por ejemplo, en el año 2025 se contabilizaban más de 30 millones de mascotas. ¿Por qué? ¿Qué buscamos en esos animales? Quizá la actitud natural que no discrimina, como la tiza. Se muestran sin condiciones, no nos intentan cambiar, no nos juzgan, no esperan nada distinto de nosotros. Viven lo que es, lo que ocurre (no hay otra cosa), desde su ser que no carga con el peso de una identidad separada del resto, sin pretender que las cosas sean diferentes a como se presentan”.
Pensamos que los pensamientos son nuestros, que pensamos lo que queremos pensar. Eso no resiste el más mínimo análisis, pero debido a esos pensamientos aparece en nosotros la creencia de que somos diferentes al vecino. Y queremos ser diferentes; si es posible, únicos. El profesor continuó: “Es sencillo asumir que el árbol es vacío con forma de árbol, que la nube es vacío con forma de nube, o que el caballo es vacío con forma de caballo. La distorsión y lo difícil de aceptar es que el cuerpo humano sea vacío con forma de cuerpo humano. Tenemos la costumbre de adjudicar al cuerpo humano una consistencia autoconsciente que ejerce de testigo de las formas e incluso de verificador del propio vacío. Por esta ocurrencia de un yo personal, se pone en duda la unicidad del vacío, y aparece la pluralidad de la creación y el conflicto entre las formas. En la existencia parecen ocurrir eventos, en el ser no ocurre nada. El ser es en sí mismo y la existencia es el ser en movimiento. Por gigantesco e inabarcable que se considere al universo, sólo es una visión localizada, una proyección de la conciencia limitada, una creación del yo. Lo que no tiene límites, bordes ni separación, no crea nada. ¿Qué necesidad tendría? ¿Eso significa que nada aparece? No, aparece todo, pero no significa nada. El espejismo consiste en olvidar que las formas móviles que aparecen sobre una base inmóvil carecen de movimiento”.
El profesor, al salir de clase, se fue a pasear por el cementerio de la localidad. Se siente cómodo entre ausentes. En casa hay dos urnas con cenizas sobre un estante. Sus padres. Tea, su esposa, suele quitarles el polvo. “Quitar el polvo al polvo...”, piensa y sonríe mientras se mueve en silencio entre las tumbas. A Tea le gusta decir que los muertos nos observan desde el otro lado de un espejo espía (como los que usan en las series policíacas para los interrogatorios), pero no nos interrumpen con sus cosas inmateriales. Al profesor le gusta pasar tiempo entre quienes no se deben al tiempo, entre los que conocen el desenlace de cualquier historia, bien o mal escrita. La muerte y el amor son dos caras de la misma moneda. Hay un sujeto que ama, y cuanto más ama, más sujeto. El amor es disponibilidad plena, y en ello no cabe un sujeto frente a otros sujetos. Por eso la muerte del sujeto deja intacto al amor.
El paseo por las veredas: entre tumbas, flores secas y gatos, se prolongó hasta el anochecer; que, aunque no es hombre de miedos irracionales, tampoco el lugar invita a disfrutar de las sombras. Llegó a casa. Tea lo miró de soslayo. Algo se cocía en el destino de ambos, algo sin firma, sin guion, como ese descubrimiento que uno hace del ocaso después de haber presenciado miles de ellos. El profesor pasó la noche en vela sentado en el sillón, con una luz indirecta dirigida hacia los lomos de libros que no recordaba haber leído en su biblioteca. En la noche no hay movimiento, tampoco durante el día, pero la mente une fotogramas fijos con la suficiente rapidez como para que aparezcan como movimiento continuo. El profesor observó su cuerpo hasta que se desvaneció esa ilusión que distancia al observador de lo observado. “Ninguna experiencia te experimenta”, pensó. Y ese pensamiento, como todos los demás, voló. La Presencia no puede ser registrada, medida, provocada, animada, pensada o atestiguada, porque no hay nadie fuera de ella para medirla, provocarla, pensarla o atestiguarla. Si la Presencia se vive como ausente es porque “alguien” se pone en medio entre la luz y la forma, proyectando sombra. Un “alguien” que se considera con la voluntad de empujar para que algo ocurra o para que algo no ocurra. El profesor supo que su forma podría seguir dando clases, dando paseos, dando amor. También supo que podría dejar de hacerlo en ese preciso instante. Y todo estaba bien.
Cuando Tea despertó, fue hacia el cuerpo del profesor, que permanecía en el mismo sitio donde lo había dejado la noche anterior, antes de irse a dormir, y comprobó que ya no funcionaba. No le salió llorar. Llamó por teléfono a su hija. Llamó a una ambulancia. Llamó a la universidad. Se sentó a sus pies mientras esperaba. Tea pensó que su marido era libre de la felicidad que conlleva infelicidad, libre de lo real o irreal, libre del amor que acarrea desamor. El más allá es esto, sólo esto, toda la potencialidad condensada en la quietud de esto; ni vacío ni lleno, el continente es todo el contenido. Ella supo que nunca se quedaría viuda.
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