Cogí unas vacaciones más largas de lo que estipulaba mi contrato en la empresa de limpieza de edificios para la que me arrodillaba cinco días a la semana por un sueldo de supervivencia. Alargué mi libertad condicional por dar ocasión al destino a sacarme de la infecunda monotonía. Las salidas de la autovía eran sugerencias de cambio. Aproveché una de ellas como metáfora de lo que quería hacer con mi vida. Entré en un pueblo que avisaba con un cartel a los vendedores ambulantes que podían plantar sus tenderetes en la plaza sólo los martes por la mañana. Era una pequeña localidad perdida en el mapa con casas unifamiliares grandes y blanqueadas. Sus calles estaban repletas de ecos, de evocaciones, y vacías de gente. Como luego me informaron, los habitantes empadronados no pasaban de los cien, aunque en verano, los forasteros, descendientes de antiguos paisanos, hacían triplicar la población. Se apreciaba por las callejuelas más estrechas algunos muros caídos, casas que no tuvieron quien las reformara, gatos que vigilaban las ruinas, pájaros que anidaban en torres cercenadas. ¿Somos efímeros en un mundo inalterable o somos fijas referencias en un mundo cambiante? No lo sé y no hay nadie a quien preguntar. La tierra arada parece siempre la misma. El labrador que la trabaja va envejeciendo aunque su tractor sea de los nuevos. En el pueblo de casas blancas han nacido dos bebés en el último año, los gemelos de una pareja que rige la casa rural y acoge a visitantes en puentes largos, en huidas desesperadas del artificio urbano. El campo funciona de manera más sencilla y también más real. En los alrededores del pueblo, el terreno se parcela en fincas de cereal, de patata, viñedos viejos y jóvenes: los primeros se vendimian aún a mano, en los de plantación reciente se recoge la uva con máquina. Los paisanos hablan de manera llana, evitando los asuntos polémicos que no dan más que dolor de cabeza y no sirven para alargarte la vida ni el pene. Los forasteros cometen el error de traer sus costumbres con ellos. Cuando viajas deberías ir con la maleta vacía para poder adquirir nuevos enseres, abierto a adoptar las formas que te encuentres en el camino y no comportarte como un conquistador ni un predicador. Ya no quedan tierras que convertir, y si las hubiera, no eres tú el elegido para hacerlo. Es una pena que el idiota cuando sale de su lugar de residencia no aproveche el viaje para ver y callar.
En la pantalla de mi teléfono móvil parecen ocurrir muchas cosas sin que los personajes adquieran realidad, ni se muevan del sitio, ni cambie el paisaje que me rodea. En mí apenas ocurre nada, pero camino con paso firme por las calles improvisadas de este pueblo, hacia el desenlace de la lejanía. ¿Jugamos? Los perdedores nunca desaprovechamos una ocasión para hundirnos un poco más. Cuando intentas aprender algo nuevo te asola siempre una duda. El aprendizaje se produce de manera misteriosa, no por voluntad. Una voluntad sin preparación resulta temeraria.
El aciago demiurgo de Cioran empieza así: “Con excepción de algunos casos aberrantes, el hombre no se inclina hacia el bien...”. Para qué seguir leyendo. A una criatura fallida de fábrica resulta entrañable verla afanarse en cambiar, en ser otra cosa mejor, más a la altura de lo que considera razonable. En alguien así caben la heroicidad, la tragedia, la conmoción y lo ridículo. Cabe casi todo menos ser otra cosa de lo que ya es. Un hombre realizado es un hombre muerto. La mente, como árbol separado, necesita de la visión del bosque. El bosque crece de manera silenciosa en los árboles. La necesidad y el amor son las dos ramas por las que trepamos hacia el cielo.
A estas alturas de la cuesta que me lleva a la iglesia del pueblo, no me veo regresando a limpiar edificios en la ciudad que no sabe quién soy ni le interesa. Aquí, aunque sea un recién llegado, parece que los adoquines reconocen mis pasos, agradecen mi respiración respetuosa con el silencio y con las almas escondidas entre muros.
Durante años me dediqué a construir mi propia prisión en la ciudad. Cuando acabé la obra, me agarré a los barrotes y grité desaforado que anhelaba libertad. No se puede ser más cretino. Supliqué, recé para salir de esa cárcel, me acomodé en mi papel de ser inferior y pedí compasión al superior. Pero no hay superior. Yo he sido mi propio carcelero. Ningún milagro puede sacarme de donde me he metido. Hasta que he dejado de luchar contra los barrotes, hasta que he dejado de verlos como impedimento, no se ha abierto una salida ante mí: la comprensión de que no existen, de que no están ahí esos barrotes, y que nunca he dejado de ser libre. Pero es una libertad que me aburre. Hoy la sangre corre por mis venas sin necesidad de que la haga correr.
He llegado al pórtico de la iglesia. Los templos nos recuerdan que somos sagrados. Esa es su función, que no todo en nosotros es mundano y temporal. Suenan las campanas sacadas de una psicofonía, varias abuelas aparecen por las calles laterales como fantasmas, saludan mirándome los pies y entran a celebrar la eucaristía.
No estoy dispuesto a repetirme hasta la extenuación. Repetir los días es despreciar el tiempo. He pensado que una muerte temprana es en mí algo lógico y consecuente. Pero ahora estoy en este pueblo donde las cosas son simples porque el silencio te permite vivir sin extraer consecuencias. El primer síntoma de un estado alterado de conciencia, sin resaca y fructífero, es comprobar que el parámetro del tiempo deja de ser rígido, abandona su pauta atenazadora. Los minutos pueden comportarse como horas y los días como segundos. El ritmo interior se pone a bailar un baile pegado con el paisaje que lo rodea. Si hay algo que no se puede tocar es el pasado, aunque admite interpretaciones paternalistas de quien descubre lo obvio. La mente regurgita el ayer y hace simulacros de futuro. La mente no está hecha para este momento.
Andando sin rumbo, he llegado a la sombra compacta de una casa grande, de tres alturas, con floridas ventanas enrejadas, piedra labrada en los muros y un aire señorial. Destaca en su fachada un escudo de linaje por mí desconocido donde impera una cruz ornamentada con cinco lobos en postura forzada de salto y acantonada por caracolas de mar. En la parte superior se aprecia un yelmo cruzado por una inscripción ilegible. El calor de la calle se retrae cuando te aproximas al gran portalón entreabierto. El suelo de la entrada también es de piedra. Dudo, pero acabo entrando con mucha cautela. No hay timbres y me da apuro gritar desde abajo de la escalera que se retuerce hacia lo alto. Según voy subiendo peldaños con un cuidado extremo, con una lentitud extrañamente misteriosa, me olvido de los aspavientos de la vida. Altura y profundidad versus anchura y superficialidad. Me invade una sensación de inmediato hallazgo. Uno encuentra lo que se ha propuesto necesitar.
En la primera planta de la casa no parece haber nadie. He recorrido sus estancias de grandes salones con lámparas de araña colgando de techos inaccesibles y cuadros de tela cubriendo las paredes. Es como un hogar que me acoge con los brazos abiertos a una temperatura de pecho materno. Sigo subiendo las escaleras. En la segunda planta tampoco me topo con nadie. He visto una amplia y luminosa cocina con los fogones fríos, una enorme despensa y una terraza que da a un huerto donde han plantado tomateras. No sé por qué no temo ser descubierto en flagrante allanamiento de morada. Es como si las puertas estuvieran abiertas para mí, como si alguien me esperara desde hace tiempo. Subo a la tercera planta, no quiero llegar tarde a la cita a ciegas. Entre los distintos habitáculos, uno me llama la atención de inmediato: por la puerta entornada, una luz tenue se escapa hacia el pasillo de ladrillo rojo. Antes de meter la nariz, me quedo escuchando. Sí, es una respiración pausada lo que viene del interior. Abro algo más la puerta y entro medio cuerpo. Observo una ventana abierta con las vistas hacia los montes cercanos. Unas cortinas apretadas tamizan la luz que sestea en la estancia. Apenas llega el sol al escritorio que está repleto de libros y papeles. Sigo escuchando la respiración de una persona cansada. En la parte derecha de la habitación se aprecia un recodo, un guiño de construcción donde la penumbra parece guarecerse.
—Estas sombras son el deshielo de la oscuridad.
Las palabras, emitidas con voz atemperada, me llegan antes de que mis ojos ubiquen a su dueño.
—La única forma de mirar la luz y no ser cegado por ella —explicó por iniciativa propia señalando hacia la ventana.
Me abalancé a hablar, a explicar mi presencia allí.
Él me interrumpió con un leve gesto de su mano.
—Un buscador tiende a precipitarse, quiere ser refrendado cuanto antes. Es importante diferenciar cuándo alguien busca sinceramente (asumiendo las consecuencias) o busca sólo ratificarse en su estupidez.
Callé, observé su peculiar manera de estar quieto. Parecía que la casa había sido construida alrededor suyo, que él estaba antes que ella y seguiría después de que alguna promotora la derribara para construir apartamentos de setenta metros cuadrados a amantes del ruralismo. Habló de manera espaciada, sin que yo preguntara, dejando caer las palabras en la tierra abierta de piernas.
—Todas las elecciones son válidas, porque en realidad nada se elige ni hay nadie para elegir. No se trata de determinismo; es lo que hay, no hay otra cosa.
Llenó de aire sus pulmones antes de seguir. Parecía darle más importancia a la respiración que al hablar.
—Algunos buscadores vienen aquí con la intención de ahorrar esfuerzos y ganar tiempo. Quieren saber en qué parte del libro está la respuesta que buscan para no tener que leerlo entero. Desprecian el placer de la búsqueda, que puede proporcionar serendipias emocionantes y enriquecedoras, en ocasiones de mayor calado que la experiencia buscada. Así funciona la vida, con sorpresas que cambian el curso de un guion prefabricado al que nos agarrábamos como si fuera la mano de una madre muerta. El buscador siente la obligación de ayudarse a sí mismo, aunque no sepa quién es. Tiende a apegarse a las muletas desde el primer paso. Un aprendiz posee en sí todas las respuestas, aunque aún no lo sabe porque cree en la existencia de las preguntas. Su principal descubrimiento habrá de consistir en identificar al propio buscador como el elemento sobrante de la ecuación. Le da rabia porque piensa que otros se han topado con algún tesoro oculto. No son más que patrañas. Se puede señalar el árbol, pero no se puede entregar el fruto. Nadie tiene registro de propiedad sobre él.
Acompasó la respiración al de los muros de la casa. Me miró midiendo su propia visión del tiempo narrativo.
—¿Es usted un buscador? Todos valen más muertos que vivos. Todo lo que brilla en el buscador es ignorancia. Tampoco sea tan estúpido de sacralizar el saber. Es más bien al contrario, el saber llega como consecuencia de estar siempre atento, característica exclusiva de lo sagrado.
—Qué ocurre si después de mucho buscar uno descubre un buscador que le es desconocido —pregunté rompiendo el silencio que me había impuesto a mí mismo.
—Que ya ha encontrado.
—Qué ocurre si entonces las circunstancias se vuelven tan adversas que te imposibilitan la vida.
—Sólo aquel que se identifica con lo informe puede estar solo en compañía y estar acompañado mientras está solo. Es, y las circunstancias nunca le replican. La realidad no te contradice si eres real. Lo que sí hace es desvelar las majaderías imaginativas de un órgano mental no domeñado. Y ahora... ¡váyase, qué hace aquí todavía! Tiene una guerra que librar.
Hice un inapreciable gesto de despedida antes de encaminarme hacia las escaleras, cuyos peldaños bajé de dos en dos. Ya de nuevo en la calle, me estiré como si hubiera estado hasta entonces braceando bajo el agua. Subí a mi coche. Conduje ensimismado. Se me dibujó una idea: la de que ese tipo que dejaba atrás en la casa de piedra, estaba delante, que ese hombre era yo mismo dentro de cuarenta años, mi yo anciano. El tiempo se había plegado para posibilitar el encuentro. Un vehículo que venía de frente haciendo eses se saltó la mediana. No me dio tiempo a esquivarlo.
He despertado en una blanca habitación de hospital con el cuerpo dolorido. Me cuentan que llevo aquí tres semanas, que me han tenido que soldar varios huesos rotos, y que por culpa de una fuerte conmoción cerebral los médicos se vieron obligados a provocarme el coma. A pesar de los daños, y de algunas consecuencias aún por valorar, parece que saldré de esta. El conductor que impactó conmigo falleció en el acto. Me avisan los sanitarios que durante unos meses estaré en la retaguardia. Pero el frente me espera. Hay una contienda que librar y no quiero llegar tarde a mi cita.
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