
En noviembre de 1807, mientras las tropas napoleónicas avanzaban sobre Portugal, la corte encabezada por el príncipe regente João emprendió una travesía sin precedentes: trasladar al otro lado del Atlántico a la familia real y a buena parte de las instituciones del Estado. La decisión transformó a Río de Janeiro en sede efectiva de la monarquía portuguesa y alteró de manera decisiva la relación entre la metrópoli y su principal colonia americana. Más de dos siglos después, ese episodio sirve a Alejandro Bovino Maciel para preguntarse no sólo por aquello que ocurrió durante el viaje, sino por la forma en que los acontecimientos terminan convirtiéndose en Historia.
En El rey prófugo de Portugal, el escritor argentino instala al lector a bordo de aquella expedición y entrega la narración al propio João, convertido en un monarca erudito, autoritario, irónico y contradictorio que observa el derrumbe del viejo orden europeo mientras imagina la fundación de otro en Brasil. El viaje físico hacia América se convierte así en un recorrido por la política, la religión, la filosofía y la cultura occidental, pero también en una discusión acerca de los documentos, la memoria y la posibilidad misma de conocer el pasado. La novela lleva esa duda hasta sus últimas consecuencias: el rey pretende revisar y expurgar los archivos de Portugal mientras el propio Bovino Maciel irrumpe como personaje empeñado en escribir su historia.
Médico psiquiatra, escritor y dramaturgo nacido en Corrientes en 1956, Bovino Maciel llegó a este territorio literario a partir de su formación con Augusto Roa Bastos, quien solía llamar la atención sobre la distancia existente entre Brasil e Hispanoamérica pese a compartir un mismo continente y buena parte de su historia. Publicada también en portugués en Brasil, El rey prófugo de Portugal recoge esa inquietud y la convierte en una ficción atravesada por la sátira, la erudición y el juego con el lenguaje. En esta conversación, su autor habla sobre el origen de la novela, la construcción de João, los límites entre historia y ficción y el modo en que la literatura puede intervenir en aquello que creemos saber del pasado.

El rey prófugo de Portugal, una atípica novela histórica
—Augusto Roa Bastos fue decisivo en tu interés por Brasil y solía describir Brasil e Hispanoamérica como “dos siameses pegados por la espalda que nunca se habían visto las caras”. El rey prófugo de Portugal traduce ese interés en una novela con múltiples facetas. Comencemos hablando de cómo llegas a esta historia.
—Efectivamente, Roa Bastos me instigó desde un principio el interés en el Brasil, me preguntó qué conocía de la historia de Brasil. Tuve que confesarle que nada. Una amiga, una tarde, hablando de monarquías y esas cosas de linajes que no me suelen interesar mucho, dijo de pronto: “Todo un gobierno cruzó el Atlántico en barcos para fundar el reino de Brasil, en un día pasó de ser colonia a ser metrópoli, siempre se nos adelantaron”. Como mi amiga es un poco dipsómana desconfié, pero fui a leer y, efectivamente, allí estaba ese cruce oceánico de un reino con sus instituciones, biblioteca, archivo, milicias, nobleza... todo fletado en una caravana de barcos para injertarse en Brasil en 1808. Empecé a leer mucho sobre el rey João VI, sobre la dinastía Braganza y la historia de Portugal. Todo me pareció maravilloso. No me atrae la novela histórica clásica, el molde de Walter Scott, por eso decidí escribir sobre el viaje, ya que de ese tema no había mucho registro escrito.
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—El episodio histórico que escoges tiene algo extraordinario incluso antes de entrar en la ficción: una monarquía europea traslada al otro lado del Atlántico a la familia real y a buena parte de las instituciones del Estado. Pero tu novela no se limita al relato historicista, sino que dirige al lector a una reflexión sobre el poder y sobre su obsesión por controlar la historia. ¿Puedes hablarnos más de esto?
—Creo que el interés humano —al menos para mí— está más cerca del interés personal que del conocimiento de hechos nimios de tal batalla o tal edicto real. Al decir personal digo que me interesa más por qué el poder es insaciable, antes que saber cuántos militares batallaron en tal o cual guerra. ¿Por qué alguien tiene la potestad de decidir si todos vamos a la guerra o se mantiene la paz por medio de alianzas? ¿Por qué ese alguien puede decidir la destrucción de la juventud —los primeros que mueren en las guerras son siempre los más jóvenes e inexpertos— y todos los demás aceptar eso como inexorable? ¿Para qué desea alguien el poder? ¿Quiere demostrar su superioridad? ¿Compite con su propia gente? Esos mecanismos mentales que juegan en la sociedad en todo nivel —un jefe con sus empleados— siempre me intrigaron. La imagen que tiene ese rey es su mayor obsesión. En la novela el rey se pone a “expurgar” el Real Archivo de Portugal. Juzga los documentos y cuando halla un adulterio en sus antepasados, los quema y echa las cenizas al mar. Quiere borrar el pasado para que su imagen llegue íntegra al presente. Se debate sobre el papel de la historia entre los académicos: ¿es una ciencia la historia? No, dicen los físicos, porque la ciencia busca las regularidades de la naturaleza para formular leyes, y la historia nunca es regular, siempre es un acontecimiento particular. Traté de agregar sarcasmo e ironía —como bien describe la excelente reseña de Letralia— para evitar aburrir. Creo que el mayor pecado de un autor es aburrir. Ni en este mundo ni en el otro se le puede perdonar. El humor corrosivo nos permite pensar y mantener el interés.
—Muchísimo. Escribí la novela porque entendí lo que significaba Brasil —la mayor potencia suramericana— en nuestro contexto geopolítico. Por entonces yo dirigía una revista libre semestral de ciento cincuenta páginas, Palabras Escritas. Un diálogo entre Brasil e Hispanoamérica, de manera que tenía buen contacto con autores de Brasil. Los gemelos empezaron a mirarse la cara en mi interior. Decidí hacer algo original: un argentino escribiendo una parte de la historia de Brasil. No creo que un brasileño —y ellos nos superan cinco veces en cuanto a población— haya escrito sobre algún episodio del pasado argentino. Ah, y conozco a otro autor que se llama José Gabriel Ceballos que escribió una sobre el caso Goulart y otra novela sobre el hermano de Getúlio Vargas, el Furia Vargas. De manera que los autores correntinos llevamos ventaja en ese sentido —obviamente lo digo como una broma, pero no sería mala idea que los hermanos brasileños devuelvan la gentileza. El rey prófugo se publicó en Sao Paulo en 2005 bajo el título Diários de um rei exiliado por Editorial Landmark. Obviamente en portugués.
—Uno de los conflictos centrales aparece cuando João decide revisar y expurgar el Real Archivo, incluso destruir documentos que considera dudosos. El episodio concentra la discusión sobre quién decide qué merece convertirse en historia. ¿Por qué elegiste convertir precisamente la destrucción de documentos en una de las imágenes centrales de esa discusión?
—Por el mismo tema del poder. El poder es una propiedad humana tan feroz que hace creer al poderoso que es un dios. Es curioso. Se me cayeron las fichas cuando comprendí que no era dios quien creó al hombre, sino el hombre el que creó a los dioses. Luego ese hombre investido de poder quiere recuperar esos atributos que había depositado en lo divino. Cree que puede modificar el futuro con sus acciones y puede llegar hasta el delirio de querer cambiar el pasado. Los faraones ya lo hicieron cuando borraron el nombre de Akenatón de los jeroglíficos a fuerza de mazas. Es como si Akenatón nunca hubiese existido. Eso mismo hace João. ¿Qué le importa al pasado con quién me acuesto?, se pregunta. Y va destruyendo todos los documentos injuriosos sobre sus antepasados. Al mismo tiempo fomenta habladurías y escrituras sobre su propia conducta. Es la contradicción como condición.
Alejandro Bovino Maciel: yo no sería mi amigo
—João está escrito desde una primera persona muy peculiar: puede ser perspicaz y culto, pero también arbitrario, prejuicioso, obsceno, cruel y contradictorio. Esa combinación impide reducirlo: no es una caricatura, pero tampoco un retrato solemne del personaje histórico. Me gustaría que me comentaras sobre cómo construiste una voz capaz de sostener esas contradicciones.
—Pensé en mí. Me adornan todos esos defectos; como no soy rey, no los puedo llevar a la práctica, pero me acosan los prejuicios, luego soy de pensamiento abierto —no liberal, políticamente soy socialista, jamás seré liberal—, luego discrimino, luego pienso mal de gente bien. Creo ser intelectualmente honesto, pero cruel y tramposo en ocasiones. No me miento, pero miento. En fin, yo no sería mi amigo, para decirlo en pocas palabras. Algunos capítulos los escribí como en un entresueño: el episodio de la sirena que pescan en el mar, el de la reina María cuando se vuelve loca en el teatro, el de la sibila que viaja en la bodega, el de la autopsia de la dama que era barragana del rey y descubren que murió embarazada, y que el feto también tenía un feto en su interior. La locura, mis amigos, tiene muchos modos de asediarnos. Escribir es uno de ellos.
—Tu prosa pasa con mucha libertad de Aristóteles, Rousseau, Leibniz o la Biblia a los juegos de palabras, el sexo, la escatología y el habla coloquial; además, el propio João desarma vocablos, inventa asociaciones y discute con los gramáticos. ¿Qué relación hay entre ese trabajo con la lengua y la sospecha que mantiene la novela acerca de la capacidad de las palabras para fijar una versión definitiva de los hechos?
—Creo que la novela es sobre las refracciones del lenguaje: del lenguaje del presente al que le faltan palabras para definir cosas y acciones que aún no han sido bautizadas, y del lenguaje del pasado que es la historia. Todo está envuelto en esa semiología que busca desesperadamente fijar nombres a las cosas. Con Roa Bastos hacíamos permanentemente juegos de palabras, él tenía un sentido del humor audazmente inteligente y exigía al compartir resbalar continuamente por ese terreno de los significados oblicuos de las palabras. Por eso me negué de entrada a escribir una novela histórica clásica. A mí, personalmente, me aburren. Prefiero leer un libro de historia sobre ese tema en todo caso.
A mí, particularmente, la literatura jamás me produjo grandes satisfacciones, solamente una cadena de malestares. El mundillo literario es particularmente mezquino y taimado.
—La constante reflexión sobre la historia y sus relatos está matizada por la aparición de ese personaje argentino, Alejandro Bovino Maciel, constructo metaliterario de ti mismo que intenta entrevistar al rey y termina encarcelado por él. El autor dentro de una ficción que, justamente, pone en duda la autoridad de quien cuenta el pasado. ¿Qué hay detrás de esta suerte de juego de espejos?
—Es mi percepción acerca del oficio de escribir. Lo considero malsano. No lo abandono porque es el único modo rentable —al menos para los editores— de mentir que encontré. Y además es el mejor modo de hablarme a mí mismo sin tener que pagar una terapia. A mí, particularmente, la literatura jamás me produjo grandes satisfacciones, solamente una cadena de malestares. El mundillo literario es particularmente mezquino y taimado. Toda esa amarga percepción está graficada en los riesgos que corre este argentino metido en una mazmorra de la bodega de la Fragata Real. Aun en esas condiciones, el tipo insiste, como yo. Ya debería haberme dedicado a otras cosas, como abrir un cabaret o algo más divertido que este trabajo autista.
—El humor es persistente en El rey prófugo de Portugal. Con frecuencia desmonta la solemnidad del poder, de la religión, de la academia y hasta de la propia historia. ¿Qué lugar ocupa el humor en tu manera de acercarte a asuntos que, tratados desde otro registro, podrían adquirir un tono grave o incluso doctrinario?
—Detesto el formalismo impostado del discurso militar, por ejemplo, que hablan una hora y no dicen nada. Esa prosopopeya llena de palabras tan rimbombantes como vacías me produce vergüenza ajena. A partir de los cuarenta años dije “basta”, y ya no soporto sermones dominicales ni actos protocolares. Siento que pierdo el tiempo en nada. Por eso detesto los homenajes. Recientemente una buena amiga de Corrientes me avisó que me iban a hacer un homenaje. “No cuenten conmigo”, porque no tengo planificado morirme en breve. Además —le dije—, escribo por placer, nadie tiene que premiarme por eso, el placer ya es su propia recompensa. Esos homenajes solamente son levaduras para el ego, y eso es malsano.
“La poesía me nutre más que la narrativa”
—Tu formación profesional como psiquiatra convive desde hace décadas con la escritura y el teatro. En una novela cuyo protagonista se examina constantemente a sí mismo, racionaliza sus arbitrariedades y convierte sus contradicciones en sistemas de pensamiento, ¿de qué manera dialogan —si es que dialogan— la mirada del psiquiatra y la construcción literaria del personaje?
—Eso no puedo saberlo yo. El autor es como el cornudo: el último en enterarse de lo que le sucede con su amor.
El libro se publicó en Brasil (Editorial Record de Río de Janeiro), obviamente en portugués como O libvro da Guerra Grande.
—Participaste, junto con Omar Prego Gadea, Eric Nepomuceno y Augusto Roa Bastos, en Los conjurados del Quilombo del Gran Chaco, una experiencia narrativa que cruzaba fronteras nacionales dentro de América del Sur. ¿Qué dejó en tu manera de entender la literatura aquel trabajo compartido entre escritores de Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay?
—Lo maravilloso fue conocer a Omar y Eric, dos escritores excepcionales. El libro se publicó en Brasil (Editorial Record de Río de Janeiro), obviamente en portugués como O libvro da Guerra Grande. Han hecho varios estudios académicos sobre el tema. Fue el primer libro del Mercosur: un autor por cada país del Mercosur, unidos por un tema incómodo como fue esa masacre de la Guerra (1865-1870). Tuvo muy buenas críticas. Una comunidad de militares pacifistas en medio de una guerra que declaró “guerra a la guerra”. Otra vez ese tema del poder decidiendo sobre vidas y muertes. Soy monotemático.
—Tu formación con Roa Bastos aparece en el origen mismo del proyecto, pero la novela desarrolla una relación muy propia entre historia, ficción, poder y lenguaje. Mirando ahora esa trayectoria, ¿qué otros maestros o influencias reconoces actualmente en tu trabajo literario?
—Ya sabemos que nombrar es omitir. Curiosamente es la poesía la que me nutre más que la narrativa. Leo mucho a poetas de los históricos a los contemporáneos. Ahora conformamos un círculo de críticos acá en Buenos Aires y son todos poetas, soy el único narrador puro. Están Eugenia Cabral, Alberto Boco, Luis Benítez, Luis Polo, Susana Santos, Nicolás Goszi... Obviamente la obra de Borges me llevó a los clásicos y a leer filosofía. Mucha obsesión con la filosofía.
—La novela tuvo una edición en portugués en Brasil en 2005 y ha continuado posteriormente su recorrido editorial en español. ¿Qué ha significado para ti esa circulación a ambos lados de la frontera lingüística latinoamericana?
—No me llegan comentarios de los lectores —¿los habrá?—, pero sé que la escritura es un ejercicio de soledad. No me preocupa eso. Trato de hacer lo mejor que puedo para que mi conciencia, que no duerme, me deje dormir. Sin dormir no se puede soñar, y sin soñar no se puede vivir.
- Su novela El rey prófugo de Portugal explora las obsesiones del poderoso
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