Se requieren, como mínimo, dos términos de comparación para emitir un juicio en torno a cuál satisface mejor la cualidad buscada.
Sin embargo, Leibniz no tuvo que recurrir a ello y directamente enfatizó que este era el mejor de los mundos posibles, sin compararlo con otros mundos, de hecho inexistentes para el ojo humano, sino que se valió de un sencillo argumento deductivo: dio por sentado que Dios existe como ser omnipotente e infinitamente misericordioso; luego, de sus manos sólo puede surgir lo mejor de todas las cosas.
Pero, ¿y el mal?, se preguntará.
Leibniz responde que Dios mismo lo consintió para que el hombre eligiera entre dos posibilidades, convalidando así el libre albedrío. Es decir, que la elección que él mismo no efectuó se la impuso a los seres humanos para evitarles la monotonía de un mundo siempre igual, al poder elegir entre el bien y el mal.
En todo esto rumiaba Relio, asomado a la ventana de su cuarto, viendo cómo pasaban los moradores de la populosa ciudad.
Entre éstos, advertía el continuo ir y venir de la muerte, recubierta con su acostumbrado crespón negro. Se inclinó un poco intentando verle la cara, pero ésta rehuyó, soltando una espantosa carcajada que sólo él podía escuchar.
Comprendió, entonces, que no era el momento adecuado. Ya la vería al tenerla delante, cuando su destino así lo señalara; en el preciso momento en que un reloj, con horas de fuego, resonara en su desfallecido corazón. Allí la miraría con su cara infernal, y a él se le congelaría la sangre y su alma estallaría en pedazos como un delicado cristal. Luego, lo llevaría, o a un etéreo y desconocido lugar, o a un vertedero común, donde las pirañas del tiempo le devorarían alma y cuerpo para siempre jamás.
Se retiró de la ventana y optó por encarar la vida que tenía delante: escurridiza, vulnerable, mas imprescindible y querida.
Se conmovió al pensar que habría de terminar estrangulada por las manos de esa parca indeseada y terrible, pero ya sabía que esa era la inmutable realidad: la vida era el despertar de un sueño que, al cabo de corta vigilia, volvía a su anterior estado de eterna inconsciencia. Se dedicó, entonces, a vivirla con entusiasmo, “carpediéndola” lo mejor que podía.
Estudió mucho la filosofía de ilustres pensadores que lo habían precedido, quienes también recalcaron que sólo disponían de un rectangulito de existencia de entre la infinita geometría del universo, lo cual no fue rémora para que se abocaran, con absoluta entrega, al desarrollo de su perdurable pensamiento.
Visitó diversos lugares del planeta, conociendo sus diferentes culturas y obras de arte, que permanecían intactas a pesar de la desaparición de sus autores, y concluyó que era más importante todavía la obra que dejaban en él, pues ya contenía su grandeza y eterna recompensa. Así le iba pasando la vida a Relio, y cada vez aceptaba más las cosas como eran, sin quejas, sin deseos inalcanzables, sabiendo que era del todo inútil ante la majestuosidad de la misteriosa estructura cósmica.
Por su modo de concebir el mundo, se sentía un “existencialista” nato.
Como la vida le pertenecía a cada ser humano, a éste le tocaba darle su propio sentido; por tanto, descartaba imposiciones externas, imaginarios y etéreos soportes divinos, sólo condicionado por la primerísima educación escolar y hogareña, sin caer en ningún momento en una censurable anarquía, sino guiado únicamente por el vector de su pulcra conciencia.
Tuvo su propia familia y los hijos, complacidos, siguieron sus honestas enseñanzas.
Llegado a la edad de la avanzada tercera edad, se dedicó a prepararse para la inminente e ineludible partida. Lo confió a la familia, pidiéndole que aceptara con ecuanimidad los enigmáticos episodios de la vida, y cada tarde se sentaba en el jardín, entre rosas y jazmines, esperando a la indeseable visitante, la cual finalmente vino por él, sigilosa y sin estruendos, y se lo llevó a su viaje sin retorno.
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