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El chico de la medalla de bronce, de Núria Añó

viernes 23 de octubre de 2026
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Núria Añó
Núria Añó muestra en El chico de la medalla de bronce cómo una experiencia marcada por una evidente desigualdad de edad y poder puede permanecer asociada, en la memoria de quien la vivió, al afecto, la nostalgia y el deseo. 📷 nuriaanyo.com

Que la adolescencia puede ser un período fértil para la fragilidad es algo que ya todos sabemos y de lo que hemos tomado conciencia en las últimas décadas, pero la situación puede tornarse muy delicada si además las pérdidas familiares, las dependencias de los adultos y las primeras experiencias afectivas y sexuales irrumpen antes de que exista con solidez una verdadera capacidad para interpretarlos. La memoria es una película que se fragmenta con facilidad, y ante ciertos escenarios es posible que aquello que una persona considere una experiencia decisiva esté asentado de modo muy distinto en los recuerdos de quienes le rodean.

Esa diferencia de perspectiva es la base sobre la cual están construidas la personalidad de Stewart Conrad y la novela que protagoniza, El chico de la medalla de bronce, obra de la española Núria Añó. El relato se desenvuelve a través de aniversarios: el mes de junio, cuando se cumplen años del suicidio de Edward Conrad, padre de Stewart, se transforma en un hito que mide el crecimiento del protagonista y el deterioro o la resistencia de quienes lo rodean. El joven y su madre visitan cada año el pueblo donde vivieron, lo que Stewart aprovecha para reencontrarse con antiguos amigos, conocer mejor el pasado paterno y mantener viva la expectativa de volver a ver a Elisa, una maestra adulta con quien sostuvo una relación cuando tenía trece años. Cuando finalmente cumple dieciocho y acude a buscarla, descubre que un accidente ha afectado la memoria de ella y que, por ello, no lo reconoce.

Así, la estructura de la novela emula el funcionamiento real del duelo, que no fluye sino que regresa, puntual y cicatrizante, a la misma fecha. Entre aniversario y aniversario, la voz de Stewart —retrospectiva, serena, con esa ironía contenida de quien ya sabe cómo terminó todo— va contando recuerdos del pasado: la caravana familiar, el dinero que Elisa ofreció y la madre rechazó, la patinada sobre el hielo del lago. El tiempo se pliega sobre sí mismo y el lector aprende a leer en las pausas, porque en esta novela lo decisivo suele decirse en voz baja o no decirse nunca.

“El chico de la medalla de bronce”, de Núria Añó
El chico de la medalla de bronce, de Núria Añó (2026). Disponible en Amazon

El chico de la medalla de bronce
Núria Añó
Novela
España, 2026
ISBN: 979-8163450602
270 páginas

La memoria es determinante para la trama. Stewart recuerda demasiado; Elisa, demasiado poco. Él reconstruye conversaciones, gestos y escenas de varios años atrás mientras intenta convencerla de que ambos compartieron algo que para él sigue teniendo un gran peso emocional. El problema es que esos mismos recuerdos adquieren otro sentido cuando Elisa, privada de ellos, descubre que Stewart apenas tenía trece años, lo que la sitúa ante una versión de sí misma que le resulta ajena y obliga al protagonista a confrontar la distancia existente entre la experiencia que conserva y la lectura que los demás hacen de ella.

Aunque otros personajes recuerdan los antecedentes de Elisa con alumnos adolescentes y cuestionan con claridad su conducta, Stewart nunca se reconoce como víctima de esa relación. Afirma, convencido, la singularidad de lo vivido. La novela muestra cómo una experiencia marcada por una evidente desigualdad de edad y poder puede permanecer asociada, en la memoria de quien la vivió, al afecto, la nostalgia y el deseo. El lector accede siempre a esa complejidad desde la voz del propio Stewart, cuya interpretación de los acontecimientos no necesariamente coincide con la de quienes lo rodean.

Alrededor de esa historia sentimental se despliega otra búsqueda: la del padre muerto. Stewart escucha testimonios, visita lugares vinculados con él y se aproxima a Bárbara, la carnicera del pueblo, que había mantenido una relación con Edward Conrad muchos años atrás. El vínculo que termina estableciendo con ella mezcla curiosidad, sexualidad, afecto y una necesidad persistente de saber quién fue realmente su padre. Pero esa proximidad también lo obliga a reconocer hasta qué punto está reproduciendo sus recorridos. La pregunta por la identidad aparece así ligada a la herencia familiar: crecer supone conservar algo de quienes nos precedieron sin convertir sus vidas en un programa que deba repetirse.

Otros personajes secundarios merecen atención aparte, porque ninguno es relleno. Matthew, el amigo del lago, y Ed, el chico que quiere estudiar medicina mientras su cuerpo le juega una mala pasada, dibujan la geografía afectiva de una adolescencia masculina rara vez retratada con la delicadeza y el tino con que lo hace Añó, una autora que hila fino la complejidad de sus historias. Aquí el conflicto entre la percepción propia y la ajena se funda sobre una pregunta inquietante: qué somos para los demás cuando dejan de recordarnos, y si el amor sobrevive al olvido o era, en el fondo, una forma más alta de la memoria.

Hay un notable juego con el título. Stewart obtiene en una competencia de natación una medalla de bronce, el metal destinado al tercer lugar. Esa posición en el podio admite una lectura simbólica si se considera el lugar que el muchacho ocupa en la vida de quienes lo rodean: un padre cuyo pasado conoce mejor por los testimonios ajenos que por sus propias experiencias, una Elisa en cuya memoria intenta desesperadamente recuperar su sitio y una carnicera cuya historia sentimental lo remite constantemente a Edward Conrad. Pero la medalla representa también una conquista personal, fruto de su esfuerzo y su perseverancia, algo que Stewart ha conseguido por sí mismo.

Novela psicológica de una profundidad a ratos desconcertante, El chico de la medalla de bronce le propone además al lector un juego formal: los diálogos prescinden con frecuencia de las rayas y las comillas que convencionalmente delimitan las intervenciones de los personajes. Las voces se suceden dentro de un mismo párrafo, incorporadas al flujo narrativo, y son los verbos de habla, la puntuación y el contexto los que marcan la alternancia entre interlocutores:

(...) si preguntas a Robert, él podrá indicarte que soy el niño de la herida en la mejilla. Ella asintió ante esto, seguidamente añadió: dudo que pregunte a Robert sobre un niño en particular. Yo la miré, me encogí de hombros cuando expresé: pues pregúntale por el chico de la medalla de bronce. Entonces Elisa pronunció: ¿ves?, ese sí eres tú. Y yo asentí. De súbito ella se acercó, yo opté por darle dos besos de despedida, pero ella se quedó dudando. Elisa me observó y pronunció: “esa luz te sienta genial”, luego con un: “discúlpame”, bajó la cremallera de mi anorak hasta el torso y me hizo otro chupetón en el cuello. Venga, que te vaya bien, dijo Elisa mientras juntaba sus manos y cogía de nuevo el camino hacia la casa.

Este procedimiento confiere agilidad a las conversaciones y contribuye, junto con un lenguaje próximo a la oralidad y una primera persona que reproduce las asociaciones espontáneas de Stewart, a sostener el ritmo de la narración. Los episodios del presente activan escenas del pasado y generan una estructura acumulativa: cada regreso al pueblo modifica lo conocido, cada conversación incorpora una nueva versión y cada objeto puede despertar un recuerdo.

Si bien son dos novelas redondas que pueden leerse de forma independiente, El chico de la medalla de bronce es una continuación de la novela anterior de Añó, Los niños de Elisa, aunque no en el sentido convencional del término. La nueva obra recupera a Stewart Conrad y retoma acontecimientos ya conocidos, pero modifica el punto de vista y amplía zonas de la historia que antes habían quedado subordinadas a la perspectiva de Elisa. Así, episodios de Los niños de Elisa adquieren otra dimensión en El chico de la medalla de bronce al ser presentados desde el punto de vista de Stewart. Añó nos lleva al mismo universo narrativo para darnos nuevas perspectivas, desplazar el centro de atención y mostrar cómo una misma historia puede cambiar según quién la recuerde.

Nacida en Lleida en 1973, Núria Añó cursó estudios de Filología Catalana y Lengua Alemana y desarrolla su trayectoria como escritora y traductora. Es autora de novelas como Los niños de Elisa, finalista del Premio Ramon Llull, La escritora muerta, Nubes bajas, La mirada del hijo y El salón de los artistas exiliados en California. Ha obtenido el XVIII Premio Joan Fuster de Narrativa Ciutat d’Almenara y el cuarto premio internacional de escritura Shanghai Get-Together, además de diversas becas y residencias literarias en Finlandia, China, Suecia, Grecia, Polonia, Letonia y otros países. Su obra ha sido traducida a numerosos idiomas.

Jorge Gómez Jiménez

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