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Los niños de Elisa, de Núria Añó

miércoles 23 de abril de 2025
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Núria Añó
En su novela Los niños de Elisa, la española Núria Añó explora el deseo, la culpa y el poder en la relación entre una profesora y sus jóvenes estudiantes.
¿Hasta dónde se llega por el camino de sentir que somos? Si al sentir confluyen en nosotros las perspectivas de la evolución, la historia y la existencia, ¿qué nexos cabe suponer entre lo que somos, lo que sentimos que somos y los que sentimos que es, y entre estos tres sentimientos y lo que sentimos sin más?
(...)
Entonces, ¿qué es lo que se mueve o es movido en la fatalidad trágica, en el conflicto dramático o en la conciliación imaginaria de la certidumbre y lo incierto? ¿Cuáles energías ponen en movimiento a sus agentes, y cuáles a sus pacientes?

Alfredo Chacón: Ser al decir

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En esta historia convergen varios elementos a considerar: una familia disociada, un complejo tejido de intrigas, la relación de los padres con sus hijos y con sus maestros, pero sobre todo una suerte de erotismo solapado o abierto que confluye en el fracaso, en la pérdida de la libertad, en el vacío.

Todo relato se sostiene en una biografía, y ésta en otras que a la vez conforman un tejido de pasiones, tentaciones, obligaciones, temores y traumas que le dan cuerpo a un mosaico en el que el lenguaje es la herramienta más relevante: la escritora española Núria Añó (Lleida, Cataluña, 1973) usa las palabras para extenderse y planificar con densa precisión cada instante en el que suceden los eventos relatados.

“Los niños de Elisa”, de Núria Añó
Los niños de Elisa, de Núria Añó (2024). Disponible en Amazon

Los niños de Elisa
Núria Añó
Novela
España, 2024
ISBN: 979-8322425441
281 páginas

Los personajes se mueven en varios tiempos y espacios porque la novelista juega con ellos para darle fuerza a los acontecimientos. Los actantes son manejados al antojo del narrador. Y de la narradora, pues en esta obra interviene más de una voz: Stewart Conrad cuenta los hechos de la primera parte y Elisa Farnsworth los de la segunda, ambos en primera persona. Es preciso recalcar que esta novela contiene varias novelas: cada personaje se puede considerar una isla hasta formar una suma de seres que se rozan.

El sujeto central, el que protagoniza la historia, Elisa Farnsworth, funciona como un arquetipo, como un elemento que puede contener muchos estratos. Es decir, Elisa cambia de rostro para poder atenerse a la idea de inocencia, a la idea de no configurar la imagen de una cazadora de jóvenes estudiantes, aunque no guarda secretos: ella muestra una vida en la que cabe decir que sabe lo que hace como profesional y como mujer de más de treinta años frente a un muchacho. Ella es una imagen que confirma la tesis según la cual la inocencia es también parte de una culpa.

Matthew Godard es sólo una referencia. Queda como una tentación, mientras que Stewart Conrad es el “pecado”. Alrededor de ella se mueven personajes que no logran alterar su manera de ser.

De allí que sea necesario saber sobre el “somos” que afecta a la Elisa maestra y luego en su nuevo puesto como bibliotecaria, la que vive con la fijación de la capa de hielo como una patología, por sentir que Stewart ya no está, que ha sido borrado de la vida, pero no de su memoria atrofiada luego de un accidente.

Por su parte, Erika Fisher, suerte de vigilante, profesora de los niños involucrados con Elisa, forma parte esencial de la trama en tanto en cuanto perfiladora del comportamiento de Elisa.

 

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El ambiente familiar de los Conrad: la madre alcohólica, el padre desempleado. La pérdida de la casa, el desastre. Y el futuro incierto del hijo.

Para efectos de la historia, cualquiera de los “niños” pudo haber sido la manzana de la tentación. Para efectos de la novela, vale decir que los jóvenes personajes forman parte de la base del comportamiento de Elisa. Ella es el imán que los atrae. Ella forma parte del “virus de la adolescencia”. Y mientras Elisa se confiesa fría y misteriosa, su mundo se va derrumbando entre las tantas evidencias.

Las relaciones entre los personajes giran a su alrededor formando parte de una atmósfera a ratos enrarecida. “Él era una especie de psicoanalista, y yo una especie de paciente”, declara uno de ellos al contar cómo el otro lo interpela. Una suerte de “relación caritativa” descubre todo un entramado de emergentes tentaciones donde culpa e inocencia se revelan, se tropiezan. Entonces, aparece otro nombre: Hal Fishburne, que Elisa identifica como la única persona a la que había amado, y a quien habían apartado de ella. “De verdad que te costó decir que Hal era joven —relata Stewart—, en voz baja añadiste: era un chico del colegio. Luego balanceaste tu espalda, y afirmaste: es que lo he vuelto a sentir, y no quiero hacerte daño”.

 

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Esta novela habla de la relación de los profesores con los alumnos. El ambiente escolar, la degradación y la fácil detentación de un poder que obnubila el valor de la escuela. He aquí que nadie pudo detener a tiempo lo que Elisa hacía.

Pero la historia de Elisa y sus “niños” continúa hasta quedar prendada definitivamente de Stewart, quien misteriosamente desaparece de la narración: se convierte en un referente.

Esta es una novela enjundiosa, llena de datos donde lo que sienten los personajes de la ficción se pluraliza en un “somos” en la realidad. Definitivamente, es una novela donde la estructura recrea a los personajes, los funda cada vez que los nombra.

Una novela donde la “fatalidad trágica” se traduce en la esperanza para Elisa de ser liberada. La madre construye el final, cierra una vida disipada, patológica.

En todo caso, no se trata de una obra moralista. Es un tratado de la conducta humana. Un artefacto verbal donde caben todas las opiniones.

Alberto Hernández
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