Hace poco descubrí que no me preocupa demasiado morirme. O, al menos, no me preocupa de la manera tradicional. Me refiero a eso de las camas de hospital o los accidentes de auto. Al fin de cuentas la fatalidad es fatalidad por su cualidad irreversible. O lo que es lo mismo: estaré muerto y ya nada importará.
Más bien me preocupa quién va a quedarse con mis libros. Para quién exactamente los estoy juntando una vez que ya los leí y ahora ocupan su sitio solemne uno contra otro en mis libreros improvisados mientras acumulan polvo y años y el calor de Mexicali.
Comprar libros me parece mucho a comprar muebles para una casa que sabes que un día vas a vender.
Hay varias maneras de que un libro entre a una casa. Pero lo importante no es cómo llega, sino el extraño ritual con el que uno lo convierte en propio. Abrirlo con cuidado. No quebrar el lomo. No manchar las páginas con la mugre de tus dedos. Escribir el nombre en la primera página o negarse a hacerlo para no profanarlo. Colocarlo en el librero como si ese siempre hubiera sido su lugar. Y puede ser que los leas en automático o, como yo, que los añadas a la pila que ya tienes pendientes, confiado en que su turno algún día llegará.
En fin, esa es su primera vida. La segunda ocurre inmediatamente después de ti. Cuando el primer dueño desaparece de la escena. Cuando llega a manos de otro que no sabe quién lo tuvo antes en su mesilla de noche para ignorarlo por completo y que habló de él con sus respectivos amigos para presumir que lo tenía aún sin haberlo leído. Puede ser que las páginas se le hayan secado un poco, amarillentas, y que tenga el olor a libro viejo que tanto te gusta decir que amas.
Llevo años clasificando una biblioteca cuyo heredero desconozco. Fantaseo con un heredero inexistente. Alguien que abra mis libros, encuentre anotaciones al margen y piense: “Qué hombre tan inteligente”. Lo más probable es que diga: “¿Por qué subrayó tantas cosas?”, o le parezca desagradable la costumbre de subrayar párrafos perfectamente comprensibles en sí mismos. Alguien a quien le desagraden esas pequeñas pegatinas transparentes que pongo encima de ideas que me parecen importantes con el autoengaño de que un día regresaré a consultar su sabiduría, pero eso nunca ocurre realmente.
Quizá es que toda biblioteca termina reducida a tres categorías: los libros que alguien quiso leer de verdad, los que alguien creyó que iba a leer y los que Goodwill —o cualquier librería de viejo— termina acomodando en un estante sin saber quién fue su dueño o si en algún momento llegará uno nuevo.
Tengo unas cinco copias de On the Road en mis estanterías. Como si la libertad pudiera acumularse por volumen. Como si cada copia adicional aumentara mis probabilidades de abandonar un empleo estable e irme a recorrer carreteras estadounidenses que, por cierto, ni siquiera conozco, y en las que me pierdo si no tengo guía satelital apropiada.
Hay uno de esos, por ejemplo, que todavía guarda un recibo del supermercado de hace años. No recuerdo qué compré ese día. De hecho, ya está ilegible por el paso del tiempo. Tampoco recuerdo por qué dejé el recibo ahí. Pero ahora el recibo ya forma parte del libro. Puede que el siguiente dueño pensará que fue deliberado, como esas ediciones críticas llenas de documentos históricos y pequeñas notas académicas al pie de página. La verdad es mucho menos elegante: simplemente lo olvidé ahí dentro.
Tengo algunos libros que toda persona inteligente debe tener. Esos no los he tocado. Tal vez sean demasiado para mí. Otros simplemente están en mi biblioteca porque estaban en descuento y les miré potencial. Algunos de esos los he abierto. Uno de esos es la Guía completa para el hombre recién casado. Una joya que ojalá hubiera descubierto antes de necesitarla de verdad.
Algunos hasta con anotaciones.
Es como leer el diario de un desconocido. E incluso algunos diarios que he leído me resultan mucho más familiares que mis propias notas. Y eso por no mencionar el problema de mi letra, que ha ido también empeorando con el tiempo, reflejo de mi desinterés general por las cosas.
Pienso que alguien va a tomar uno de mis libros en algún momento. Alguien en Goodwill o algún bazar de libros usados. Seguramente lo va a tomar y abrirá una página al azar y se va a topar con que yo utilizaba hasta retazos de servilletas de papel como separadores. Servilletas limpias, eso sí.
Porque los libros usados son de las pocas maneras socialmente aceptadas de hurgar en la intimidad de un muerto. O de un divorciado. O de alguien que simplemente necesitó hacer espacio en su casa de interés social. Me agrada la idea de que el segundo dueño nunca sepa cuál de las tres fue cierta en mi caso.
A pesar de todo sigo comprando libros. Los acomodo. Les hago espacio. Los limpio del polvo. Los subrayo. Les pongo separadores improvisados. Los trato como si fueran a quedarse conmigo para siempre, aun sabiendo que lo más probable es que yo me iré primero y al final un desconocido terminará llevándose alguno por un dólar.
Quizá una biblioteca sea eso: la forma más lenta de convertirse en un desconocido.
Confieso que me preocupa que alguien desarme mi biblioteca con la misma facilidad con la que uno vacía un cajón. Que toda una vida de lecturas termine pareciendo una mala compra compulsiva y tenga que sufrir el mismo destino de los cables obsoletos que guardamos por ahí. También que fantaseo con que alguien compre uno de mis libros usados, encuentre un párrafo subrayado y piense que perteneció a un lector brillante.
Al final, sigo sin saber quién heredará mi biblioteca. Supongo que tampoco importa demasiado. Quien lo haga, nunca sabrá realmente quién fui, del mismo modo que yo nunca supe quién dobló las páginas de los usados que compré. Claro que eso no me detiene de seguir comprando más. Debe haber una forma muy particular de esperanza en esa clase de terquedad.
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