I. Nublado con opciones de evasión
Era lunes, sólo una coincidencia curiosa. Había podido salir tarde de casa, pero eso no ayudaba en nada con las nubes que se iban formando a paso lento pero firme en mi cabeza. Mi letra ya lo delataba: estaba más ilegible de lo normal, meros garabateos sin sentido. Curiosamente, el café que me vi forzado a comprar en un Oxxo tampoco es que hiciera gran diferencia. Es más, el primer sorbo me quemó la lengua, y ese pequeño accidente marcó el tono general que, intuí, iba a tener el resto del día.
Al llegar a la oficina, el panorama no mejoró. En la entrada, el guardia no pudo cerrar la cajuela de mi viejo Toyota después de la revisión de rutina. Tuve que bajarme a hacerlo yo mismo, retrasando a los tres autos que ya esperaban detrás. Luego batallé para encontrar estacionamiento. Una vez ahí, cerré los ojos mientras disfrutaba de los últimos segundos de aire acondicionado, tomando aliento antes de abrir la puerta y dejarme tragar por el calor brutal de un día cualquiera en Mexicali.
II. Tormentas internas aisladas
Primera tormenta del martes: el auto no había arrancado, así que el transporte público fue mi única opción. Ahora habría que buscar la manera de remolcarlo hasta el taller donde harían el diagnóstico. En parte por calor y nervios, las manos me comenzaron a sudar mientras intentaba aferrarme al tubo que compartía con otras cuarenta personas de pie en el Ruta 9. Afuera, 42 grados centígrados. Mi pulso aumentaba por momentos. Debía ser el exceso de café, pensé, pero sin mucha convicción.
Recordé las tardes de verano en el taller de carpintería con mi padre, cuando luchaba por entintar puertas frente al ventilador, pero el viento secaba la tinta antes de tiempo, y el color nunca quedaba como debía. Erguí el cuello y toqué con los audífonos el tubo por sobre mi cabeza. La voz grabada me anunció batería baja, así que quedaban sólo unos pocos minutos antes de tener que resignarme ante la música regional dentro del camión. Segunda tormenta del martes.
III. Condiciones propicias para el silencio pasivo
Jueves de nómina. Me encontraba sentado en mi cubículo, encorvado, como escondido en una cuevecilla donde apenas me sobresalía un poco la cabeza, con la mirada fija en los números de la computadora y la música que sonaba levemente en el teléfono.
Linda me miraba de soslayo con sus ojos entrecerrados debido a la hinchazón por insomnio. O quizá por las gigantescas bolsas acumuladas bajo los párpados, añejadas de casi sesenta años haciendo la vida miserable a sus compañeros. Sin alzar la cabeza, su mirada era un cuchillo cortando el aire de la oficina. En silencio.
Oyes, precioso... Las palabras de Linda siempre tenían dobles lecturas. Tuve que cerrar los ojos en cuanto me alcanzó la voz de Linda, como si ese gesto pudiera borrarla de la realidad. No tuve remedio y levanté la mirada. Era eso o arriesgarse a que me llamaran una segunda vez con tono más lapidario. Y las segundas veces no iban bien con Linda. Nada iba realmente bien con Linda.
Al alzar la mirada, la cabeza de Linda se alineaba visualmente con la de Brenda, su asistente y admiradora profesional. Brenda me miraba con ojillos horribles y alegres por anticipado ante la desgracia del otro. ¿Tendrás ya listas las incidencias, precioso? Esa palabra. ¿Por qué esa maldita palabra? Me pregunté si Linda llamaba así a sus propios hijos, pero no parecía probable. Las expresiones dulces, en Linda, sonaban antinaturales, como una amenaza mal traducida. Salían de aquel cuerpecillo ovalado y deforme con el mismo carisma que una sentencia de muerte. Ante esta palabra, como todo lo demás que viniera de Linda, lo mejor era el silencio.
IV. Neblina con riesgo de cortesía forzada
Para tratarse de un viernes, me desperté más temprano de lo habitual. No demasiado, sólo unos quince minutos antes. Entré al baño, dejando a mi esposa aún dormida en la cama, e hice lo de siempre. Me sentí un poco culpable después, tampoco demasiado.
Me lavé los dientes para luego cambiarme y salir a la calle rumbo al gimnasio no sin antes haber llenado la botella de agua hasta el borde. A las seis de la mañana, el calor de Mexicali aún no es tan brutal, incluso tratándose de los días finales de julio.
Al llegar a la plaza donde se encuentra el gimnasio, la aplicación donde debía autenticarme estaba fallando, pero luego de tres o cuatro intentos, al fin lo logré. El cielo estaba un poco nublado y había una ligera corriente de viento que soplaba, haciendo que el aire se sintiera extrañamente amable, aunque no del todo.
Aún dentro del auto, miré a la gente que ya estaba dentro del gimnasio. Unos cuantos platicaban junto a los ventanales, una mujer se tomaba una selfie frente al espejo de la pared más lejana. Decidí que lo que había que hacer era bajar un poco las ventanas del auto, reclinar el asiento y dormir un poco más, buscando un poco de esa paz que últimamente parecía evitarme de forma deliberada. Y eso hice.
No obstante, aquella paz no duró. Apenas veinte minutos transcurrieron antes de que un incómodo golpe metálico en la ventana del auto me sacudiera del sueño. No puede dormir en el estacionamiento, joven, sentenció la voz de un guardia viejo y desaliñado desde el otro lado. La interrupción era incuestionable. Con un gesto que apenas era una sonrisa, una mueca más bien, encendí el motor. Casi que, por reflejo, hui, directo hacia la única taquería abierta esa hora. Y sumergirme en el aroma del asador resultó un cambio de clima sumamente necesario.
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