La toma de la ciudad
Me desperté sobresaltado al escuchar el estruendo del techo del piso superior desplomándose, dándole respuesta a los años y al descuido al que había sido sometido durante los últimos meses. Me había prometido no preocuparme más de lo necesario y dejar que los acontecimientos se fueran desarrollando como hasta ahora. De cualquier modo era muy poco lo que podía hacer, las cosas se habían dado de una manera inevitable y sistemática, casi sin que nos diéramos cuenta. Algunas veces la realidad se nos presenta de una manera brumosa que no nos deja apreciar correctamente sus contenidos, se trata de sombras que se derraman a lo largo de las paredes de las cavernas que nos habitan. La caída de los niveles superiores era apenas un hecho simbólico. La destrucción ya era generalizada. Sin duda ya se habrían apoderado de los textos y de algunas obras valiosas, que no estarán en capacidad de apreciar.
—¡Se encuentran ya muy cerca, demasiado cerca!
Nunca quedó muy claro cómo es que empezaron a llegar. Algunos piensan que estuvieron allí desde siempre esperando la oportunidad para apropiarse de la ciudad. En los tiempos antiguos, hace ya varias decenas de generaciones, se habían construido los altos muros, dentro de los cuales había florecido nuestra civilización. Habíamos logrado desarrollar el teatro, la música, la literatura y las “altas ciencias”; habíamos desarrollado la arquitectura y la ingeniería, nuestra ciudad estaba llena de grandes edificios, acueductos, templos y de importantes obras de infraestructura. Aprendimos a cubrir nuestros cuerpos con túnicas y sedas y nos llenaba de orgullo reconocernos como ciudadanos libres cada vez que nos comparábamos con esos bárbaros que se tapaban con pieles de animal pobremente curtidas y mal cosidas, que adoraban Dioses paganos y que dormían en tiendas de campaña a la intemperie.
Desde que recuerdo he sido curador de textos antiguos, como lo era mi padre antes que yo y antes que él mi abuelo. Desde pequeño empecé a aprender el oficio. Los libros han sido parte de la tradición familiar. Recuerdo la primera vez que pisé el suelo empedrado de este edificio imponente consagrado a los Dioses de las letras y del lenguaje, yo tendría unos cinco años por aquel entonces. Caminé a lo largo de los corredores tenuemente iluminados en lo que ha sido hasta el día de hoy una travesía interminable. Han pasado cincuenta y cinco años y todavía no conozco la totalidad de la biblioteca. En este templo se guarda todo el conocimiento revelado o descubierto y es desde esa totalidad de saberes desde donde se ha podido desarrollar la cultura.
—¡Ya puedo escuchar sus pasos!
Los muros cumplieron durante siglos una función vital, no sólo permitieron que ellos se quedaran afuera —al menos eso pensábamos—; más importante que eso, nos protegieron, nos dieron seguridad para dedicarnos a alabar a los Dioses, a sembrar los campos, a reunirnos sistemáticamente en la plaza pública y debatir acerca de nuestro destino. Todo eso ha quedado escrito. Parte de la función de la biblioteca ha sido la de servir como centro de recolección de nuestra memoria colectiva; no hay nada que alguno de nosotros hubiera expresado, aun de manera íntima, que no haya sido documentado por alguno de los miles de cronistas con los cuales contábamos. Así, cada acierto, cada error, cada situación incómoda, cada descubrimiento brillante o idea descabellada, forma parte de esta inmensa biblioteca, que ha servido para archivar cada detalle cotidiano o crucial de nuestra historia como pueblo.
No puedo decir que no hayamos sido advertidos. En un texto olvidado y polvoriento que encontré en los niveles inferiores puedo leer una advertencia en contra de la “hybris” que caería sobre nosotros si algún día olvidábamos nuestros orígenes y dejábamos de proteger las entradas, las sombras caerían sobre nosotros el día que perdiéramos la memoria. Por alguna razón este texto en particular había sido borrado de los anales públicos. Yo no recuerdo que esta particular nota haya sido recordada o discutida por alguno de nosotros.
—Los Dioses nos ciegan para perdernos.
Por eso no me extraña que nadie se haya dado cuenta de su llegada. He buscado incesantemente en las crónicas sin que ellos hayan sido mencionados. De allí que piense que han estado acá durante mucho tiempo aprendiendo de nosotros, confundiéndose con nosotros y preparando la toma de la ciudad. Entre toda la documentación ha llamado mi atención una referencia marginal a una pequeña fisura que nunca fue reparada en la muralla septentrional; es posible que las tribus del norte se colaran por allí durante siglos hasta desactivar nuestros sistemas de alarma y de defensa. La vida era tan feliz que no nos dimos cuenta de cómo se fueron desarticulando los ejércitos, ni de cómo la policía era desbordada por una cotidianidad que hacía borrosa toda percepción de la realidad. El golpe fue brutal, se presentaron como una masa incontenible y fueron incendiando las casas y derrumbando los monumentos, nunca pensé que fueran tantos y que su furia pudiera ser tan incontenible. Era una masa inarticulada que no habíamos notado pero que nos habitaba silenciosa, sin que pudiéramos verla y sin que pudiéramos hacer nada para detenerla.
Algunos lograron escapar en un gran éxodo que los llevó a esconderse en los bosques cercanos donde la mayoría murió de frío. Otros simplemente fueron asesinados o esclavizados. Yo decidí hacer lo único que estaba a mi alcance. Al inicio de la destrucción me dirigí a la biblioteca intentando evitar los sitios de mayor confrontación; al llegar cerré las inmensas puertas de madera y me dirigí hacía el sótano, donde se guardan los documentos de mayor importancia, bajando a lo largo de una escalera de caracol secretamente empotrada en el muro interior. Desde acá he estado documentando los momentos finales, la toma de la Torre, la destrucción de la plaza y el asesinato de las familias nobles. Era como si quisieran borrar de golpe todo lo que hemos construido en estos largos siglos.
Llevo meses encerrado en este cuarto silencioso, rodeado de los libros y documentos que he podido rescatar. Empieza a escasear la comida y el agua, el aire se hace cada día más pesado. Afuera —sólo puedo imaginarme— ha quedado la ciudad destruida. Desde acá puedo escuchar el ruido de los perros que se pelean por los despojos y la marcha de las patrullas enemigas que recorren las ruinas como si intentaran descubrir los secretos milenarios que he logrado salvar. Se encuentran cerca, cada vez más cerca de esta habitación llena de libros y documentos desde donde escribo, ya casi sin fuerzas, las últimas líneas de esta historia.
...
El guía
Habíamos estado dando vueltas en círculos durante días. Los parajes que creíamos haber dejado atrás hacía ya tiempo, empezaban a repetirse de manera permanente. Los mismos árboles, las mismas sendas a medio abrir, los mismos manantiales donde saciábamos la sed, y las mismas huellas que habíamos dejado impresas en el suelo, se repetían ante nosotros como si nos estuviésemos persiguiendo. Habíamos salido en una partida de cacería. Nos reunimos y contratamos un guía que nos internaría en la montaña y nos dirigiría a los mejores cotos de caza. Allí podríamos desplegar nuestras armas y cobrar un sinnúmero de piezas —las mejores del lugar—, según nos dijo. Confieso que a primera vista me pareció un hombre singular, algo parco al hablar y quizás demasiado viejo para ese oficio. Supe que en otros tiempos había sido pastor y que incluso había sido el líder de su grupo. Al parecer había tenido un nacimiento noble y se había venido a menos por causa de alguna de las guerras en las que participó.
Empezamos a caminar con paso firme durante varios días, al principio parecía que caminábamos en dirección recta internándonos cada vez más en la montaña, a lo largo de un camino estrecho y tupido por un juego de árboles que apenas permitía la entrada de la luz y que generaba un clima húmedo que nos hacía transpirar copiosamente, dificultándonos la respiración y obligándonos a reducir el paso. A los pocos días la desesperación empezó a apoderarse de nosotros. Yo en particular había perdido todo sentido de dirección y tenía la sensación de que nuestro guía era incapaz de determinar el rumbo que seguían sus pies; a veces era como si caminara sólo para dar la sensación de que continuábamos avanzando, pero sin una idea clara de la dirección que estábamos siguiendo. Nos detuvimos y lo confrontamos, le exigimos que nos diera una explicación, le mostramos los mapas para que nos señalara cuál era nuestra situación. Le mostramos nuestras brújulas. Se sentó desconsoladamente sobre el piso y se quedó en silencio. En ese momento nos dimos cuenta; nuestro guía era Polifemo y Nadie lo había dejado ciego.
La trocha
Ya nadie recuerda cómo empezó el proceso de construcción de la trocha. Lo cierto es que mi pueblo ha estado abriendo este camino entre la selva a lo largo de ya más de diez generaciones, durante las cuales hemos dejado atrás miles de kilómetros y nos hemos adentrado cada vez más en este universo misterioso. Hemos derrumbado árboles y secado pantanos, conocido nuevas especies vegetales y animales, muchas de las cuales hemos destruido, nos hemos procreado incesantemente. Todo esto sin que hayamos llegado, en mi opinión, a ningún lado. Algunos dicen que es un mandato de los Dioses, quienes quieren poner a prueba nuestra voluntad antes de dejarnos entrar en la “tierra prometida”. Otros, los más jóvenes, entre los cuales me cuento, hemos empezado a cuestionar la utilidad de esta larga carretera que ya nadie sabe dónde empieza, muchos de cuyos tramos han sido recuperados por la selva y cuyo destino final es totalmente desconocido. Hemos pasado a lo largo de tanto trecho sin echar raíces que más allá de las historias que cuentan los viejos acerca de los héroes antiguos y las tradiciones de los fundadores, se hace muy difícil para nosotros reconocernos en este conjunto de argumentos inconexos con los que tratan de incorporarnos al esfuerzo comunitario que se desarrolla alrededor de la apertura sistemática de esta ruta, la que, se supone, por lo demás, va a terminar llevándonos a algún sitio, el cual aún no conocemos, pero al cual llegaremos algún día aun cuando para muchos de nosotros parece imposible hacerlo, ¿cómo podemos llegar si no sabemos hacia dónde vamos?
He estado trabajando en esto desde que puedo recordarlo, al principio me encargaba de llevar agua y alimentos a los constructores, luego llevaba las herramientas o ayudaba a montar los campamentos, algunos años más tarde fui responsable de la cacería y así poco a poco se me permitió ascender dentro de nuestra escala social, hasta que me fueron asignadas mayores responsabilidades por los miembros del Consejo de Ancianos. Hace poco fui elegido como encargado de uno de los grupos de despeje. Estamos encargados de ir abriendo, machete en mano, la ruta inicial que seguirán las cuadrillas. Cada una de éstas se encuentra conformada por cien individuos llamadas centurias, por obvias razones. Éstas están conformadas por hombres y mujeres, de diversas edades. Los más jóvenes se encargan de cortar árboles, remover piedras y despejar la zona, mientras que los mayores realizan labores de supervisión, vigilancia y trazado. Queda claro para todos que en esto último hemos sido poco exitosos; la carretera sigue un trazado sinuoso y complicado al punto de que algunas veces avanzamos decenas de kilómetros en una ruta confusa, sólo para confluir a pocos metros de alguna desembocadura que habíamos dejado atrás hacía ya varios meses. Lo cierto es que con los años nuestros ingenieros fueron muriendo sin que la urgencia del trabajo les permitiera transmitir su conocimiento a las nuevas generaciones. Lo que sabemos es producto del trabajo empírico y de múltiples ejercicios de ensayo y error. Lo que sabemos es que debemos avanzar sin dilación y sin cuestionamientos, avanzar todo lo posible, lo más rápido posible.
Lo mismo sucede con nuestros instrumentos de trabajo, han perdido precisión en la misma medida en que se ha reducido nuestra capacidad técnica para innovar. Cuentan que los Antiguos de la primera generación habían logrado avanzar muy rápidamente en la construcción de los tramos iniciales; algunas historias indican que los objetivos eran muy concretos: avanzar hasta encontrar el sitio ideal para la fundación de la ciudad; sin embargo, con el paso de los años se perdió el impulso inicial y se fueron haciendo mucho menos claras las razones que nos impulsaban a continuar la construcción y el avance permanente sobre estas tierras desconocidas y peligrosas. Contaba mi madre que su abuela hablaba de un tiempo en el cual todos se reunían alrededor de un gran fuego y discutían los problemas que enfrentaba la comunidad. Eso permitía que todos se escuchasen, planteasen sus propios puntos de vista y resolvieran sus diferencias. Eran tiempos felices —según dicen algunos— en los que reinaban la música y la filosofía y se adoraba a los Dioses en los templos. De esa época tengo este amuleto de ónice que cuelga de mi cuello.
A nosotros nos ha tocado en suerte una vida diferente; todo lo deciden los ancianos, desde el camino que debemos seguir en la apertura de la trocha hasta las cosas más personales, como los matrimonios, la reproducción o la crianza de los hijos. Debo aclarar que respeto mucho a los ancianos, ellos han vivido más y son sabios; sin embargo, me cuesta mucho encontrar sentido para esta empresa inútil de abrir una trocha interminable sin saber hacia dónde nos dirigimos ni cuándo vamos a llegar. Estoy cansado de que me prometan que algún día encontraremos lo que estamos buscando y será mejor. Hace ya mucho tiempo que olvidamos cómo se hacen sacrificios a los Dioses. Es como si el único sacrificio posible fuera el sudor y la sangre que vamos dejando a lo largo del camino, como si la trocha misma que abrimos fuera un Dios insaciable y malvado que disfruta viéndonos sufrir mientras se ríe de nosotros.
Basta de pensar, es totalmente inútil perder el tiempo en eso —es lo que dicen los ancianos—, hoy nos toca continuar la trocha, avanzar unos kilómetros más hasta que lleguen otros que nos releven, quienes también, eventualmente, serán relevados. Generación tras generación ad infinitum.
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