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El grito que asustó a toda Europa

jueves 28 de enero de 2016
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Exposición sobre Munch ofrecida por el Museo Thyssen de Madrid hasta el 17 de enero.
Exposición sobre Munch ofrecida por el Museo Thyssen de Madrid hasta el 17 de enero.

El Museo Thyssen de Madrid ofreció hasta el 17 de enero una exposición sobre Edvard Munch. Está la mujer vampiro, las muchachas en el puente, el autorretrato desolado. Y está un dibujo preparatorio para El grito. A uno le entran ganas de volver a ver las dos versiones del cuadro que hay en Oslo. El de la Galería Nacional y el del Museo Munch que ven los más incondicionales.

“El grito”, de Edvard Munch.
“El grito”, de Edvard Munch.

Un grito trastornó a Europa a finales del siglo XIX y le hizo ver lo que no quería ver, abrió una brecha en su mirada. Y sus ecos todavía resuenan ahora. Con él nacía el expresionismo, si es que no nació con Van Gogh o mucho antes. Muchos ven en él un revulsivo contra la sociedad burguesa, otros ven una expresión de angustia, de pánico ante la soledad y lo desconocido. En cualquier caso se trataba de una expresión, de un hartarse de estar callado, un arrojar lo reprimido, un soltar el temblor de estar vivo. Había que expresar lo que se veía. Se trataba de un grito monstruoso, por él salían las furias escondidas, como decía Sábato. Se mostraba la inquietud esencial, como diría Heidegger, se enseñaba la esencia de la existencia, se pintaba el temblor del ser en el tiempo.

Era una visión que no admitía escapatoria. Porque metemos debajo de la alfombra todo lo que nos asusta, no queremos expresarnos, guardamos las pesadillas. Y de repente salen torrencialmente, la atmósfera sintetiza todo lo que somos, el mundo es lo que experimentamos de él. Y por primera vez lo vemos en toda su monstruosidad, en toda su irracionalidad.

El grito de Munch es una confidencia furiosa, es el grito de alguien que tiene pánico y quiere comunicarse sin fin, que quiere que lo acompañemos, que quiere que lo amemos. En medio de la extrañeza del puente, cuando todos se han convertido en espectros, en los seres misteriosos que somos, en una ciudad que también es una extrañeza, una fantasía. La visión ha tomado tintes feroces, apasionados, una mujer abre la boca y por ella salen las tinieblas de nuestra condición.

Dejemos todavía que ese grito de Munch nos espante, que nos saque de nuestras confortabilidades, que nos muestre nuestra noche y nuestros espectros.

El expresionismo nació con un propósito espiritualista, fue una rebelión contra el materialismo burgués, tuvo una tonalidad profética, fue una llamada de atención. No había que ver solo rendimientos económicos, también teníamos que ver nuestra angustia y nuestro espasmo, teníamos que ver nuestro interior que se sublevaba. El expresionismo quería salvarnos de la alienación burguesa, del mundo panzudo y materialista, quería hacernos vibrar, quería recuperarnos en el anochecer. La mujer que grita se convierte en una especie de demonio, en un mensajero profético, está viendo lo que nosotros no queremos ver y nos avisa. El atardecer es el momento de la agonía, de las verdades oscuras, y en él había que provocar esa confidencia total, esa fiebre, como lo había hecho ya antes Dostoyevski. La mujer puede ser un vampiro, un ser peligroso, como muestra Munch en otros cuadros, pero también puede ser el ser profético que nos salve, porque ella se atreve a gritar lo que nosotros callamos, y por eso tenemos que amarla.

Para poder salvarnos, diría Sábato, hay que mostrar la esencia inquietante que somos, no ocultarla mediante la razón y la ideología, y ese grito existencialista de Munch lo hace. Y solo a partir de ese grito puede venir a nosotros una salvación entusiasta, un rescatarnos de la vulgaridad y la alienación, una base auténtica para el gozo. Solo si se grita se puede disfrutar, por eso el cuadro lo resume todo, libera lo apasionante de todo, porque el expresionismo fue la pasión desatada y lo demoníaco.

Autorretrato de Edvard Munch.
Autorretrato de Edvard Munch.

Todavía somos deudores de ese grito que quiere devolvernos a nosotros mismos, que nos señala solitarios y plenos en la noche. Hay que dejarse de medias tintas y atender a la existencia de verdad, verla en toda su dimensión, salir de la existencia inauténtica como quería Heidegger. El grito en el anochecer es una situación límite, y en las situaciones límite, según Jaspers, es donde se manifiesta la verdad de la existencia. Y en lo trágico, la lucha esencial, como él mismo indica en Esencia y formas de lo trágico. Y las situaciones límite trágicas son las visiones fulgurantes, son la novela esencial que nos muestra quiénes somos.

Dejemos todavía que ese grito de Munch nos espante, que nos saque de nuestras confortabilidades, que nos muestre nuestra noche y nuestros espectros, que nos saque de nuestras certidumbres fáciles, que nos haga temblar y buscar una fe (ver lo que no sabemos). Dejemos que ese grito nos desnude y nos quite la máscara (como en aquella película de Franklin Schaffner en que los seres del futuro se quitan la piel para mostrar su rostro en carne viva) y nos saque la angustia por los ojos. Para que otro ser con la misma angustia pueda amarnos, para que podamos vernos juntos y temblorosos, en esa noche angustiosa donde por otra parte fulgura el gozo increíble.

Antonio Costa Gómez
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