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El Principito: lo esencial es idear y vivir en nuevos mundos

martes 1 de marzo de 2016
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"El Principito", de Mark Osborne

Una coincidencia, entre muchas, en la literatura fantástica, es la de contar historias con otros mundos, que se abren o forjan en medio de los que vivimos. Y ahora que el cine las convierte en masivas, como la actual de El Principito, queremos obtener un terreno para también coexistir en el planeta Asteroide B, uno un poco menos o quizás un poco más, del tamaño de ese ser diminuto y grande como lo es el Principito. ¿por qué su sitio de vivencia es de su mismo tamaño?, ¿qué nos quiere comunicar?, pero también quisiéramos, como lo hizo Alicia la del País de las Maravillas, atravesar el otro lado del espejo e irnos a ese mundo con conejos y demás. Si por nosotros fuera, hace rato tendríamos colonizado un espacio en Narnia, y así, de repente, esa magia del mundo externo se ampliaría. Necesitamos más de una realidad, y una de ellas puede ser la de la magia de la ficción. El Principito es un alter-ego de su creador, de igual modo una metáfora viviente de desplazarnos con la imaginación.

El Principito ya nos ha puesto unos ojos para ver el mundo, lo esencial no se mira, se siente.

Nuestro yo se extiende y proyecta, al convivir con la fantasía y con esa capacidad innata y esencial que nos han otorgado de fabular. Cuando nos duplicamos, al participar de una historia, encontramos eso que es grandioso: otros mundos, más realidades, una especie de viaje, de exploración, de aventura. Y ver El Principito, significa, como lo sabemos, para su propio autor, Saint-Exupéry, la posibilidad de recuperar su niño, ese mismo que a veces abandonamos, y que siempre debería habitarnos. Entonces ocurre una epifanía: emprendemos esa interiorización, esas esencias que no están en el mundo de lo concreto, y nos movilizamos con un arsenal de metáforas. El mundo somos cada uno de nosotros.

Lo visible, ese mundo de lo tangible, es apenas una cáscara, una superficie, que además pretende determinar todo, como si fuera posible medir la vida, e ir acumulando, como parte de una carga, una serie de acciones y propósitos, el cumplir unas disposiciones. Tenemos que darle rienda a la materialidad, y es allí donde la película resignifica el relato y nos introduce en un escenario contemporáneo en el que una niña, por su mamá, debe ingresar a una prestigiosa academia, sin importar nada más que eso, para poder ser (como si ya no fuera), para alcanzar unos logros que se nos imponen. De manera que a esa niña, que actúa de modo mecánico y responde a esas obligaciones, le ponen nada más que a vivir al lado del escritor y narrador de esa historia de El Principito. La versión en imágenes en movimiento es hecha por el francés Mark Osborne (ya había hecho Kung Fu Panda y Bob Esponja), 70 años después de que la escribiera otro francés, en medio del exilio en los Estados Unidos. Y constituye una bofetada contra las presunciones de volver todo algo tangible, con esa deidad suprema de time is gold, cuando el oro no vale nada y lo que quizás cuenta es el hecho de explorar y viajarnos como seres.

Nada mejor que recordar que la vida puede ser como la de ese aviador que cae en el desierto: reparar nuestras alas y salir surcando los aires, es decir, volar, con el lenguaje, con nuestras ideas hacia otras latitudes. Cuando imaginamos creamos, y al crear resistimos. Impedimos que el dejo nos agobie y que la suerte de encajar nos resuelva la existencia. El Principito, se ha dicho, es para niños; sin embargo, esta curiosa fábula encarna los elementos mayores para mantener vivos a los adultos desde el sentido de apropiar mundos, esos que se arrinconan con la marcha de los días. La película funciona muy bien, pudieron haber esperado algo espectacular desde los efectos, pero la sola historia, hecha a cuadros, animada, nos devuelve a nuestra infancia, a los sueños, cuando aún todo era posible. El propio narrador del libro nos promulga una sentencia: “Viví mucho con personas mayores y las he conocido muy de cerca, pero esto no ha mejorado demasiado mi opinión sobre ellas”. Quizás uno deba seguir siendo un infante.

Es fácil, aunque la realidad suponga estar condicionados, crear nuevos mundos. El que tenemos es abarrotado, impide que seamos del todo felices, hace que vivamos en competencias ramplonas y desesperantes, nos angustia y provoca malestares. De ahí lo significativo de alzar vuelo, abrir el interior y ver hacia dentro y hacia otras dimensiones. Nos atajan sólo nuestro yo y las decisiones que tomemos. Es un manantial asistir a ver El Principito, su adaptación nos refresca, hace que por esos momentos de función queramos tener otro mundo, despegar en un destartalado avión e ir piloteando fantasías y experiencias. Ya sabemos que con la imaginación emprender rutas es, además de factible, indispensable, y que nuestros pasos vayan hacia la dirección que deseen.

Es paradójico porque vivir en nuevos mundos supone regresar a nuestros orígenes, donde teníamos menos cargas y el equipaje era menos sofisticado y contábamos con una conexión con lo propio. El Principito ya nos ha puesto unos ojos para ver el mundo, lo esencial no se mira, se siente, provoca desgarraduras, genera un placer incalculable, y no es de calcular ni premeditar: “Caminando en línea recta no puede uno llegar muy lejos”. El legado de esta obra, que se ha traducido a más de 247 lenguas, es para recuperar alientos y enfrentar que a veces nos perdemos de nosotros mismos. Es muy posible crear otros mundos cuando este ya no nos satisface.

https://www.youtube.com/watch?v=C4jrYG3KCbY

El Principito, ficha técnica

País, año y duraciónFrancia, 2015, 106 minutos
DirectorMark Osborne
GuionIrena Brignull, basado en la novela de Antoine de Saint-Exupéry
MúsicaRichard Harvey y Hans Zimmer
FotografíaAnimación
VocesJames Franco, Rachel McAdams, Marion Cotillard, Jeff Bridges, Benicio del Toro, Mackenzie Foy y Paul Giamatti
ProductoraOnyx Films / Orange Studio / M6 Films
Página weblepetitprince.com

"El Principito", de Mark Osborne

John Harold Giraldo Herrera
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