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A la eñe soñada: un elogio a la enseña de la lengua española

martes 11 de julio de 2017
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Ñ

La letra eñe con su armiño nos guiña de lejos para que añoremos las extrañas mañanas de antaño, cuando el leñador Ureña nos enseñaba a bruñir los travesaños apiñados en los peldaños de su cabaña en Logroño, doña Mariño a teñir los paños de añil en Ocaña, monseñor Umaña a tañer con cariño las castañuelas en Ibáñez, la señora Cedeño a quitarle con la uña del meñique las liñas de su moño para diñárselas a su cuñada Núñez en Cerdeña, y el compañero Carreño a escudriñar con maña la viña del trigueño Ordóñez.

La virgulilla de la eñe —ningún miriñaque, por cierto— nos ha acompañado cual niñera desde el terruño a bañar muñecos en barreños de estaño y cuñetes diseñados en Bretaña.

Entrañable fue esa letra con corpiño en los años en que la cizaña señalaba un peñasco coronado por un cermeño cerca del río Marañón, donde ceñíamos con leños color roña las montañas de piñones de pequeño tamaño, duros como nueces ferreñas, que apañábamos como arañas bajo un cielo enfurruñado en la campiña del ñato Villafañe, un gañán dueño de añejos puños oriundo de Rumiñahui y que, por añadidura, hacía plañir a los ñoños tacaños después de engañarlos a punta de triquiñuelas hasta volverlos añicos.

En la niñez, ese signo como gurruño nos permitió reseñar cuando los ñandús de Muñoz —natural de Nariño y curruña de Briceño— gañían en otoño refunfuñando sobre cañadas constreñidas por muñones dejados por el huraño Patiño, quien nos regañaba a todo gañote con “¡¿qué ñoña traman?!” cuando pergeñábamos fañar sus vicuñas en el pueblo de Tuñame, invadido por la tiña. ¡No son patrañas! La piquiña atacó desde los más desaliñados carroñeros hasta las cigüeñas sobre las copas enmarañadas de los castaños, cuyas heridas se endeñaron rápido. Sólo escapó el ermitaño Yáñez, el del pañuelo al cuello, quien se desempeñó luego con un peñero en las riberas del Carcarañá con Toño, su ruiseñor.

La virgulilla de la eñe —ningún miriñaque, por cierto— nos ha acompañado cual niñera desde el terruño a bañar muñecos en barreños de estaño y cuñetes diseñados en Bretaña; a comer riñones bien aliñados, ñames cocidos con jalapeños y una piñata preñada de buñuelos de piña, rebañada al pie del Quilindaña; incluso a la campaña donde el español Iñaki usaba un cañón cargado de cuñas filosas como pezuñas de ñu para causar más daño —y no empuñar su querido pedreñal de Cataluña, pues era un bisoño— en una riña contra sus vecinos boloñeses, muñidos al final para festejar con ñoquis y lasaña, más un viaje al lago Ñorquincó para pescar con redeñas y enamorar a las ordeñadoras de los caseríos aledaños.

¡Qué vergoña que a este tequeño le falte tanto que heñir, tantas señas que desentrañar y pestañas por quemar! ¡Qué migraña me causa este desengaño, como si tuviera chikunguña! Me siento en pañales y me rasguño al limpiarme las lagañas. ¡Coño! Desdeña tu puñal, Peñalosa; no frunzas el ceño, Peñaflor; no te engurruñes, Peñafiel, que no hay saña. Mejor añado antes de que la nada greñuda parca me quiñe con su guadaña: “El empeño de la eñe nunca empaña; sin ella, se emponzoñan los sueños y se empequeñecen las hazañas”.

Gabriel Mármol

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