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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Buenos Aires, los libros en la noche

• Martes 27 de febrero de 2018
Café DorregoFotografía: Consuelo de Arco
El café Dorrego, en San Telmo.

Tengo que explicar por qué amo Buenos Aires. En ninguna ciudad del mundo hay tantas librerías, y abren incluso de noche, la calle Corrientes bulle con las librerías abiertas. Y en cada esquina se inspiró algún escritor, todos los cruces recuerdan alguna historia. Y cualquier persona habla de escritores, y el camarero o el taxista son autores en ciernes. Estuve un mes Buenos Aires y me rodeaba la literatura, estaba sumergido en la literatura. No creo que haya otra ciudad más literaria en el mundo.

A mí siempre me había atraído Buenos Aires, desde que me hablaban de ella en casa, desde que mi tío exiliado en la época de Franco me mandaba cómics del tío Gilito o de Hopalong Cassidy. Diez años atrás ya había ido y había pisado los rincones donde vivieron los personajes de Sábato o donde situó sus elucubraciones Borges o donde vio visiones Alejandra Pizarnik. A Circe también le resonaba desde niña Buenos Aires. E íbamos a convivir un mes juntos allí por primera vez, a orillas del Atlántico, en el mundo de los tangos.

Para nosotros vivir en Buenos Aires era vivir en la literatura, en una ciudad donde todo estaba encendido, en las calles donde se movieron los personajes de Sábato, en las casas donde destiló Borges sus melancolías profundas, en los recintos donde Alfonsina escribió sus rebeldías punzantes y sus pozos, vivir en Buenos Aires era vivir en los libros, en los tangos, en la música dramática, en las palabras intensas.

Fuimos a la Biblioteca Nacional, en la calle México, donde había trabajado Borges durante tantos años.

Avanzábamos por la calle Florida con esa animación ordenada de las calles europeas, se paraba con los espectáculos de tango, miraba los escaparates, entrábamos en las librerías. Nos encantaban los edificios con un dejo decadente de otra época, todo lo que tuviera memoria. Cuando estaba buscando piso desde Madrid me ofrecieron una buhardilla en lo alto de una torre donde había vivido Alfonsina Storni, y ya nos estábamos imaginando escenas mientras mirábamos desde la ventana el Río de la Plata, pero cuando quise formalizarlo declararon el edificio monumento nacional. Pero había tantos otros edificios con fantasmas que latían para nosotros en todas las esquinas, que nos llenaban las calles de sugerencias.

Le dije que Borges había nacido en Tucumán, 840, y enseguida quiso que fuésemos allí, y después de dar mil vueltas desconcertantes resultó que sólo quedaba un solar en obras. Pero en Anchorena, 1660, estaba la Fundación Internacional Jorge Luis Borges que dirigía María Kodama, “figúrate si pudiéramos hablar con ella”, le dije, y ella lo tomó con entusiasmo, “claro que puedo hablar con ella, como pueda llegar hasta ella yo le hablo”, y yo lo creía, no había nada que se le resistiese, se acercaba a todo el mundo con tal vitalidad y desparpajo que lo deslumbraba. Se presentó en la fundación y habló con una secretaria y le dijeron que María Kodama se encontraba de viaje.

Otra vez fuimos a la Biblioteca Nacional, en la calle México, donde había trabajado Borges durante tantos años. Estaba todo vacío, habían trasladado la biblioteca a otra parte, sólo había un vigilante que conocía el gran Nombre, nos dejó echar un vistazo. Miramos la rotonda central con una enorme lámpara, subimos las escaleras, entramos en una sala de lectura, contemplamos los adornos del techo y los panes de oro en las esquinas.

En un libro Cees Nooteboom cuenta que llegó allí cuando todavía estaban trasladando los libros y se puso a apuntar los títulos en el orden en que estaban colocados por si eso tenía algún sentido, pero luego su cuaderno se perdió en un autobús de Buenos Aires. Pensé en ese libro dando vueltas por Buenos Aires, que lo encontraría cualquiera que no le daría importancia, que un empleado lo pondría en cualquier oficina impersonal, que vagaría absurdamente con las divagaciones de Nooteboom.

Nosotros en aquella biblioteca sólo encontramos silencio. Y pensamos que aquello era un gran santuario, que lo que hacía vibrar al gran hombre eran los libros y las palabras, que el mundo para él era una biblioteca, y por tanto al revés la biblioteca era un mundo, y daba vértigo mirar allí, donde él inventó tantas cosas, pensó tantas cosas, vivió toda su vida y todas sus emociones soterradas.

Pero sobre todo ella lo convertía todo en vida, en emoción, y me la contagiaba a mí, y aquella visita era una aventura, una maravilla trepidante, como cada segundo que vivíamos en aquel otoño de Buenos Aires, detrás de los escritores, detrás de la intensidad. Ella amaba desde siempre los libros, y estábamos en Buenos Aires, la ciudad de los libros.

Todo estaba lleno de espectros, de vidas, vivíamos en el presente y también en la memoria. Fuimos a la confitería Ideal en la calle Suipacha, eran unos salones enormes y oscuros y en la planta de arriba había clases de tango. Nos sentamos entre los espacios solemnes y ella habló con un camarero, había un viejo sentado detrás de la máquina de cobrar y ella dijo: “Cuántas historias sabrá ese viejo, seguro que ha visto a Borges venir por aquí”. Fue a hablarle y resultó que era el dueño, estaba jubilado pero seguía allí trabajando porque se aburría.

Llevaba cincuenta años metido entre aquellas paredes, era gallego y había venido a Buenos Aires a principios de siglo para buscar fortuna, y la había encontrado, y había hecho familia, había visto a Borges muchas veces en la confitería, Borges siempre pedía un café cargado. Y también allí habían estado presidentes, actores, el rey de España, nos contó lo que pedía cada uno, sus manías, los gestos que hacían, uno sentía retumbar las paredes al oírle, nos dio una tarjeta cuando nos fuimos. A donde ella iba revolvía a todo el mundo, sacaba un montón de recuerdos o de ocurrencias, lo ponía todo a vibrar. Hablamos de volver otro día, siempre hablábamos de hacer infinidad de cosas que luego probablemente no haríamos, pero mientras lo pensábamos estábamos en ebullición, me daba un beso y decía: “Amorcito, vamos a volver, ¿tú quieres?”.

Sábato escribía Sobre héroes y tumbas en el Bar Británico, en la esquina del parque Lezama, y nosotros fuimos allí. Ella le preguntó a un camarero si sabía en qué mesa se sentaba Sábato y el camarero contestó: “Precisamente donde están ustedes ahora”.

Por eso también nos acercamos a la cafetería Richmond de la calle Florida. Era inmensa, como concebida para caballeros ingleses, había grandes mesas de mármol veteado y junto al café muy largo te ponían un plato con pastas. Ella siempre creía que los camareros sabían todo, que todos eran muy cultos y enterados, y comentaba: “Seguro que saben dónde se sentaba Borges, les voy a preguntar”. Y me llevé una sorpresa, el hombre nos dijo el sitio exacto donde se sentaba el Ciego, al fondo de la sala, como queriendo que se amortiguara el ruido de la vida, que llegara todo a él convertido en palabras. Así debió de vivir Borges, siempre metido en sombras o en libros, recibiendo los ecos del mundo, pero estaba lleno de vibración para nosotros, yo siempre recordaba su poema “Límites”, la línea de Verlaine que ya no volverá a recordar, el espejo que lo ha mirado por última vez.

Y allí estaba yo con ella y comentábamos cada figura, cada diseño, cada foto. Y luego íbamos por la calle y nos asombraba cada detalle como si fuésemos niños que acaban de salir del colegio, los atlantes que sujetan el edificio de un banco, los portales de un gran hotel abandonado, las buhardillas altas que recordaban París.

Sábato escribía Sobre héroes y tumbas en el Bar Británico, en la esquina del parque Lezama, y nosotros fuimos allí. Ella le preguntó a un camarero si sabía en qué mesa se sentaba Sábato y el camarero contestó: “Precisamente donde están ustedes ahora”, ella abrió mucho los ojos y yo también, “Cómo va a ser”, dijo, levantamos las cervezas y brindamos por Sábato. El camarero resultó que se dedicaba al teatro, se llamaba Glodier y estaba preparando una obra en un centro cultural de San Telmo, en Buenos Aires no hay nadie que no se dedique a algo creativo o no tenga relación con la literatura, aunque sólo sea para provocarla, porque todos son hijos de aventureros que han ido a buscarse la vida al quinto pino, nos dio su tarjeta, yo le dije que estaba siguiendo los pasos de Sábato por todas partes.

Miré por la ventana desde aquella mesa el parque Lezama, me imaginé que era Sábato en aquellos momentos, oscuro y abrumado, viví aquel tumulto de personajes apasionados y terribles, sentí aquellas soledades lúcidas, noté como si estuviera allí apretado lleno de fantasmas y palabras oscuras y oscuras solicitaciones.

Salimos y paseamos por los senderos del parque, en un monumento a Pedro de Mendoza funda Buenos Aires, hay una columnata griega en alguna parte, se alejan caminos espesos donde leer libros o apasionarse o sentirse melancólico, allí Martín encuentra a Alejandra y se siente fascinado por ella en el misterio del atardecer, en la calle de al lado se levanta la iglesia ortodoxa rusa con su cúpula dorada.

Yo le contaba eso y ella se entusiasmaba y parecía que lo estaba reviviendo, con ella cualquier evocación se convertía en volver a vivir todo en instante, la memoria cobraba vida igual que los fantasmas toman carne, yo estaba enfebrecido con Sábato, con las búsquedas locas de sus personajes y sus soledades incomprensibles, le hablaba de Castel y sus encuentros imposibles con María, los mismos que yo tenía en ocasiones con ella, cuando ella decía algo y yo estaba a punto de pronunciarlo.

Pero ella quería todos los recuerdos, todos los sitios en que alguien destacado hubiera vivido tenían que revivir, y no se rendía, y estaba dispuesta a intentar cualquier cosa, y lo más difícil parecía realizable. Sabíamos que Borges había vivido en Palermo justo en la calle que se cruzaba con la nuestra y había una placa en el edificio con un poema suyo, “Fundación mítica de Buenos Aires”. Varias veces pasamos pero no hacíamos caso, y al llegar a casa siempre recordábamos que nos habíamos olvidado de la casa de Borges. Hasta que finalmente una noche paramos, era una casa normal en el lugar donde había estado su casa, y en la pared estaba su poema: “A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires…”.

Nos quedamos mirándolo en la oscuridad, ella quería hacerle una foto, nada podía escapar a su cámara fotográfica como no podía escapar a su mente, hizo la foto pero seguramente se vería mal el poema y dijo: “Tengo que hacerla más de cerca, estoy por pedir una escalera en la tienda de al lado”. Fue a preguntar, yo sabía que le prestarían una escalera y lo que hiciera falta, ella tenía una vitalidad que convencía a quien fuese, y si no lo hacía es que la persona no era de este mundo. Pero no estaba nadie responsable en la tienda, se planteó intentarlo de nuevo al día siguiente pero luego se olvidó.

Pero nos bastaba con saber que Borges había estado en aquel espacio, éramos como los fieles hindúes a los cuales les basta con tocar a un santo para creer que toman algo de su sabiduría, teníamos un cierto misticismo, pensábamos que algo de él había quedado allí para nosotros. En todo caso su nombre desparramaba en nuestro interior todas sus sugerencias, nos hacía vivir las frases de él que conocíamos, para ella que apenas había leído a Borges era sólo un nombre mágico.

En otra ocasión se le antojó visitar el lugar donde había vivido Ernesto Guevara, yo tenía mis reparos pero ella estaba muy interesada, cuando leí en el Time Out que había vivido en una calle de Palermo quiso que lo buscáramos. Llegamos al lugar y no había nada, ni siquiera sabíamos si era el mismo edificio en el que habitó Guevara, era un edificio funcional que no tenía nada de sugerente.

Pero ella se puso a preguntar a los vecinos, la mayoría no sabían nada, hasta que encontró a uno que sabía algunas historias sobre el tema, le constaba que allí había vivido el héroe, se lo había contado su padre, dijo que hacía unos años había llegado un equipo de televisión que había preguntado a muchas personas y había filmado algunas tomas, y nos entusiasmamos con aquella miseria de datos, los magnificamos y les dimos un valor desmesurado, nos alegraba que otros con el mismo propósito hubiesen estado allí.

Ella exprimía al vecino y quería sacarle más, el hombre nos dijo que una vez un grupo de personas había querido poner una placa pero que la idea no había prosperado. No hizo ninguna alusión a la dictadura, es asombroso cómo sobreviven los argentinos a las mayores debacles, y siempre tienen algo nuevo que ofrecer.

Imaginábamos a Borges paseando al anochecer por la calle que ahora lleva su nombre, después de leer durante todo el día miles de libros.

Ella sacaba miel de las piedras, como dice la Biblia, las más anodinas informaciones tenían sabor para nosotros, y nos fuimos satisfechos de allí. En mi mente se sucedían visiones de un estudiante idealista saliendo cargado de libros por la calle, que quiere cambiar radicalmente el mundo y cree que es posible, personas que lo escuchan, discusiones por la noche detrás de las ventanas.

También imaginábamos a Borges paseando al anochecer por la calle que ahora lleva su nombre, después de leer durante todo el día miles de libros, para tomar un poco de oxígeno, avanzando con su aire abstracto por la vereda mientras se le ocurrían frases certeras.

Y si yo le decía eso, ella vibraba al instante con esa perspectiva, se imaginaba al viejo con paso vacilante caminando por la noche en dirección a la Plaza de Palermo Viejo, mirando abstraídamente a todo el mundo, convirtiendo todo en palabras, íbamos por Armenia o por Scalabrini y mirábamos una fachada antigua y decíamos: él miraría esta calle, sí, decía ella, y añadía más detalles, “seguramente ya estaba esta ventana, ya se veía aquel balcón allí”.

La avenida Mayo es esplendorosa, parece un resumen de París, está llena de edificios galantes entre los árboles, parece como si en ella se desarrollara la parte serena de todas las novelas. Y cuando llegamos al Tortoni y vimos los escaparates con poemas y el vestíbulo palaciego quedamos alucinados. Había que tomar un café lentísimo en una de las mesas de mármol y dejarse atrapar por las fotos de celebridades en el tiempo, mirar pinturas, esculturas, autógrafos, maderas ahumadas, molduras, paragüeros, vitrinas con tesoros, columnas estilizadas.

Ella se pone a hablar con los camareros, pregunta quién es éste, quien es aquél, quién estuvo aquí, dice que es una sirena del mar Caribe, que yo soy un escritor español, que he venido a escribir una novela. Se va hacia el fondo donde hay un busto de Borges con su desamparo metafísico, su emoción elegante, y quiere intimar con él, le pide a un camarero que le haga una foto, para ella meter algo en fotos es como hacer aguardiente. Da vueltas, mira cuadros, comenta con otros clientes una pintura, se sonríe con una anciana con complicidad, en algunos instantes parece que tiene complicidad con todo lo viviente.

Viene corriendo hacia mí: “Amorcito, amorcito, ven a ver lo que hay aquí”, y es que en la pared hay un retrato de Alfonsina Storni, la poetisa en cuya casa casi nos fuimos a vivir, yo le había dicho que era extraordinaria, que se murió en el mar, y ella lo asimila todo, se le queda grabado a fuego, hay un poema y me lo lee con dedicación, me subraya un verso: “Soy una selva de raíces vivas”, le entusiasma especialmente ese verso, las palabras son erupciones para ella.

Dejamos los cafés sobre la mesa y avanzamos siguiendo la pared, y vemos unas fotos de los reyes de España, otras de Alfonsín, otras de un cantante famoso, otras de una princesa persa, parece que todo el mundo se ha reunido aquí, cuántas cosas se habrán escrito en el Tortoni. No veo a Roberto Arlt pero seguro que estuvo aquí en plan dostoyevskiano, sintiendo el placer burgués de un café, ni tampoco veo a Alejandra Pizarnik pero sus ternuras rechinantes también se pudieron producir aquí.

Y saltamos los dos al mismo tiempo: hay una foto de Ernesto Sábato, extrañamente el escritor se ríe, o por lo menos sonríe, me lo imagino aquí mismo con toda su oscuridad, con su miedo a los ciegos, con su fervor en los túneles, hay una dedicatoria cariñosa para el Tortoni, para mí ya está salvado totalmente el Tortoni, ya bastaría con esto, me imagino todos los esplendores misteriosos que ocurrieron aquí, todas las visiones que se transformaron, la infinidad de palabras sombrías que explotaron en esta sala.

La avenida Mayo de Buenos Aires era espléndida y elegante, íbamos lentamente bajo los árboles por las aceras tan anchas mirando los edificios parisienses, el edificio La Prensa con su grandeza pasada, el café Tortoni, el edificio de la Casa de Cultura, la infinidad de librerías. Nos encantaba ir por allá como si también nosotros fuéramos una elegancia pasada, también nosotros estábamos contentos porque formábamos parte de Buenos Aires, esa ciudad donde muchas librerías no cierran de noche, donde hay cientos de teatros, donde se discute de literatura en todos los cafés, donde los vagabundos miran como Cortázar o como Borges.

Un día encontramos el Palacio Barolo que quería representar la Divina Comedia de Dante, había sido construido por el arquitecto Mario Palanti para el millonario alucinado Luigi Barolo. Europa iba a destruirse por la Gran Guerra y Luigi Barolo quería salvarla en Buenos Aires representada por su mayor poeta.

Era al final de la avenida, cerca ya de la plaza del Congreso, el edificio tenía cien metros como los cien cantos de la Divina Comedia, tenía elementos de Gaudí e inscripciones en latín y recuerdos del templo de Bhubaneshwar en la India. Representaba el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, terminaba en una cúpula con trescientas mil bombillas. Su luz debía encontrarse sobre el Río de la Plata con la del Palacio Salvo que Palanti construyó más tarde en Montevideo. También Circe y yo éramos dos faroles cuyas luces se encontrarían igual que las obsesiones de Castel y María en la novela de Sábato.

Recuerdo el café Las Violetas al que nunca entramos, todo lo que vimos al pasar, todo lo que pensamos hacer y no hicimos, todos los momentos de entusiasmo perdidos en la noche.

Por fuera se levantaban cristaleras rematadas en óvalos, forjaduras de metal y esculturas en lo alto, detalles extravagantes, toques inesperados. Entramos y había un vestíbulo encerrado en curvas y sorpresas, unas escaleras como caracolas, un ascensor de hacía cien años. Vagamos por allí asombrados y apasionados, celebrando el edificio como muy pocos lo habían hecho, acariciando los pasamanos y los encajes del ascensor, pensando que estábamos no en un edificio útil sino en el retrato de una Nostalgia.

Y el edificio tenía cantidad de historias, en la planta baja se reunía el Servicio Secreto Argentino, a principios de junio la Cruz del Sur se alinea con su eje, la Divinidad se representa como un faro bajo una cúpula.

Recuerdo el café Las Violetas al que nunca entramos, todo lo que vimos al pasar, todo lo que pensamos hacer y no hicimos, todos los momentos de entusiasmo perdidos en la noche, cuando hablamos debajo de los castaños enormes de la plaza San Martín, cuando jugábamos con los reflejos en los cristales, cuando nos asomábamos a las parrilladas e inventábamos novelas interminables, cuando me inventé lo que nos ocurriría al pensar que íbamos a alojarnos en la torre donde vivió Alfonsina Storni, aquellos momentos secretos que ni siquiera valorábamos al caminar por la calle, al ir en metro, los instantes en que supimos que estábamos allí, los momentos de desvío, las horas en que nos sentíamos perdidos.

Cuando yo salía de mi despacho y ella me esperaba como para invitarme a una fiesta, con la botella de vino y la comida puesta y su entusiasmo, cuando me sentía un genio y creía que estaba escribiendo el ensayo del siglo, creía que iba a despertar a todos los humanos de su marasmo desde mi cuarto oscuro y desconocido, todo lo que hablamos en momentos perdidos de la noche, las fiestas posibles que nunca realizamos y eran tan hermosas precisamente por eso, los momentos en que ella me revolvía el pelo descuidadamente junto a la televisión y me hacía ver los rincones más inesperados de la vida.

Las noches en que nos asomábamos con una copa de vino a la terraza y escuchábamos el rumor de la ciudad, aquellos momentos de silencio en que aprendíamos a ser nosotros mismos, la tarde en que estábamos enfadados y era la feria del libro y vagábamos entre libros y descubríamos ediciones sugestivas y finalmente nos cogimos la mano y ella dijo: estamos juntos contra viento y marea, la tarde en que íbamos por la calle Corrientes buscando el número 348 porque creíamos que un tango famoso podría tener una base, y queríamos saber qué había ahora en el número 348, y cuando intentamos que las canciones tuvieran algo de verdad.

Cuando vagábamos por las librerías y vivíamos todas las portadas de los libros, cuando estábamos en otras épocas merced a las portadas de los libros, y nos volvíamos tan interesantes por estar mirando portadas de libros, nos sentíamos como las siluetas recortadas de los personajes, como las calles grises de las portadas, estábamos en la ciudad de la literatura y nos sentíamos literatura, todas las cafeterías en que no entramos pero podríamos haber entrado, todo lo que había detrás de los portales.

Antonio Costa Gómez

Antonio Costa Gómez

Escritor español (Barcelona, 1956). Reside en Madrid. Es licenciado en filología hispánica y en historia del arte. Ha publicado La calma apasionada, Las campanas (llegó a la final de los premios Nadal y Planeta), Las fuentes del delirio, El tamarindo, El maestro de Compostela y La reina secreta.

Sus textos publicados antes de 2015
298
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