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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

¿Para qué sirve la literatura?

• Domingo 15 de abril de 2018
Cada libro le habla de una forma distinta a cada lector.

¿Existe Dios? ¿Existió Jesucristo? ¿Será cierta toda esa construcción teológica y cultural que se ha creado en torno a estos dos símbolos del pensamiento cristiano en Occidente? Tales preguntas prefiguran una provocación a nuestras creencias, a nuestro imaginario religioso, pero mi intención no es que este ensayo termine convertido en una reflexión sobre la existencia o la no existencia de Dios y su hijo. Mi intención es reflexionar en torno a la funcionalidad de la literatura en una sociedad cada vez más obsesionada en el valor pragmático de las cosas.

Ahora bien, por qué empezar este ensayo sobre la utilidad de la literatura a partir de un cuestionamiento teológico. La razón es muy sencilla: todos nosotros, hasta que se demuestre lo contrario, creemos en Dios y en Jesucristo. Pero resulta que no podemos confirmar su existencia de forma concreta. Cuando un ateo nos cuestiona sobre dichas existencias, por lo general solemos responder que Dios está en todas partes: en el aire, en la naturaleza, en cada milagro que se muestra ante nosotros; en pocas palabras: Dios es una entidad abstracta, indefinida, inapresable. Ante dicha proposición el ateo se burla de nosotros, no puede asimilar que creamos en algo que carece de existencia concreta, en algo que no podemos definir, o mejor dicho, que creamos en algo que la ciencia no ha podido confirmar.

Cuando leemos literatura también llevamos a cabo un acto de fe, porque cuando abrimos una novela, un libro de cuentos, o leemos una obra de teatro, estamos asistiendo al encuentro con un mundo inventado.

En este sentido, para buscar una salida, en la medida de lo posible, a los cuestionamientos anteriores me gustaría, brevemente, referir una historia:

Provengo de una familia cristiana, evangélica, para ser más preciso. Asistí a muchos cultos de adoración y a la escuela dominical. El asunto es que un día leía el Nuevo Testamento y vi una palabra que se repetía constantemente: convicción. Si digo que fui al diccionario para buscar el significado de la palabra, miento. Escogí el camino más fácil. Esperé el día domingo y al salir de la escuela dominical abordé a la facilitadora y le pregunté sobre el significado de dicha palabra. Ella estaba algo asombrada, le costaba entender que un niño de siete u ocho años le hiciera tal pregunta. La señorita se agachó para verme directamente a los ojos y decirme dulcemente: “Hijo, la convicción tiene que ver con creer en aquello que no se ve, por eso creemos en Dios”. Luego me despeinó con cariño y se fue por el largo pasillo de la iglesia. Por supuesto que no entendí nada, creo que hasta quedé más confundido.

Como podemos ver, creemos en Dios gracias a la fe y ésta puede ser entendida también como un acto emotivo, empático, intuitivo o, en pocas palabras, una decisión personal y una invención del libre albedrío, no obediente a las razones de la lógica. Pero también, y es preciso decirlo: la fe es una construcción cultural e ideológica. Ella no ha emergido en nosotros sólo por obra y gracia del Espíritu Santo. Han sido siglos y siglos mediante los cuales nuestras creencias han ido construyéndose y modificándose de acuerdo a los distintos cambios e intereses históricos y sociales. La Iglesia y sus formas de dominación han sido un testimonio de dicho asunto y de eso no podemos tener duda.

Nuestra creencia en Dios, más allá de ser una decisión personal como se planteó en líneas anteriores, es una construcción social, al igual que nuestra creencia en Jesucristo. Lo poco o mucho que sabemos y sentimos de Dios es parte de una tradición milenaria que ha obedecido al dogma cristiano. Lo que sabemos de Jesucristo lo sabemos por san Pablo y por los evangelios. Pero a ciencia cierta no sabemos nada de su existencia real, pero como a nosotros los seres humanos nos gusta siempre creer e imaginar que hay algo complejo y misterioso más allá de nosotros, decidimos y aceptamos creer.

Por consiguiente, cuando leemos literatura (preferiblemente literatura de ficción) también llevamos a cabo un acto de fe, porque simple y llanamente, cuando abrimos una novela, un libro de cuentos, o leemos una obra de teatro, estamos asistiendo al encuentro con un mundo inventado, con una realidad sediciosa, que aunque es poseedora de órdenes concretos, no existe, debido a que es una realidad que ha germinado de la invención y que está construida por palabras, y esas palabras, luego, construyen situaciones, sensaciones, ambientes, personajes, conflictos, imágenes, que luego, de una u otra forma, recrearán otros modos de conocimiento y sentimientos en torno al arte y a la vida. Entonces, paradójicamente, aunque estamos claros de que esa novela o ese libro de cuentos es sólo una invención, o una mentira estéticamente bien lograda, decidimos creer, por cualquier motivo, pero decidimos creer y nos dejamos llevar hacia otras dimensiones, hacia otros ámbitos, donde nosotros, que por lo general tenemos una vida aburrida, tediosa, llena de tanta inmediatez, tenemos la oportunidad de vivir otras vidas, de aprehender otra u otras realidades que, de cierta forma, terminan siendo más complejas, placenteras y emocionantes que nuestra propia vida. En este punto empezamos a gravitar en el ámbito de lo falso y lo verdadero y a ser conscientes de que la literatura, que es por excelencia el mundo de lo posible, transmite desde su falsedad una profunda verdad. Esa verdad, la cual casi nunca llegamos a comprender, porque es una verdad implícita, como plantea Ricardo Piglia (2014), es inherente a las pasiones y conflictos más profundos del ser humano.

En este orden de ideas es preciso hacernos otra pregunta: cómo podemos creer en una mentira y cómo esta mentira puede hacernos tener fe. En realidad no podría dar una respuesta concreta sobre el asunto. Siempre he pensado que en literatura hay verdades que pecan de soberbias y petulantes. Cuando me planteo esta problemática, pienso que la única salida pertinente es traer a la palestra a la misma literatura y que sea ella la que hable y diga por sí misma su verdad.

¿Podríamos asumir que la literatura sirve para algo? Creo que podríamos decir que sí, porque de lo contrario yo no estaría reflexionando sobre el tema.

Tomaré como ejemplo un breve relato titulado “El efecto de un cuento”, del narrador español Enrique Vila-Matas. En este cuento, se narra la historia de un niño que escucha a un amigo de su madre relatarle a ella una historia en la cual una mujer ya fallecida regresa a la casa de su infancia y encuentra a dos niños jugando en el patio. Éstos al instante sienten la espectral presencia y se van asustados a la casa. Cuando el amigo de su madre termina de contar la historia el niño le pide que la repita. El amigo de su madre lo hace. A los días el niño cae enfermo, extrañamente. Un médico lo visita y dice que no padece ninguna enfermedad. Luego el niño sueña que va a morir. Al otro día se levanta como si nada hubiese pasado y sigue su vida normal, riendo de todo.

El relato anterior nos cuenta la historia de los misteriosos cambios que la literatura puede generar en la concepción que los individuos puedan tener sobre la existencia, y al mismo tiempo cómo las razones de la ciencia muchas veces no alcanzan a definir las razones sensibles y extraordinarias de la literatura. El personaje central representa de forma asombrosa cómo se puede perder la inocencia de forma tan cruda ante un hecho tan trascendente como lo es la muerte; es decir, la literatura a través de sus tramas simbólicas es capaz de revelar las ausencias y las fragilidades del ser y generar, de una u otra forma, cambios sustanciales en la forma de sentir y pensar la existencia.

Dicho todo lo anterior, ¿podríamos asumir que la literatura sirve para algo? Creo que podríamos decir que sí, porque de lo contrario yo no estaría reflexionando sobre el tema en sí. Pero el problema está en que no sabemos para qué es lo que sirve, o sí sabemos, pero ciertamente no sabemos cómo definirlo, o en el caso más extremo, no queremos decir para qué sirve porque la misma respuesta a dicha problemática podría prefigurarnos un desencanto. En este sentido, creo que el asunto sobre la utilidad de la literatura podría reflexionarse en cuanto a la noción de utilidad o valor de uso que se maneja en la sociedad moderna; al respecto, Terry Eagleton (2012) señala:

Toda definición funcional de la literatura tendrá en cuenta de manera natural la sobrecogedora diversidad de sus usos y efectos. Algunas cosas, como las cucharas o los sacacorchos, se pueden definir con facilidad apelando a su función, que históricamente hablando no ha dejado de ser bastante estable. Pero por sus funciones, la literatura ha tenido una historia mucho más accidentada, que abarca desde consolidar el poder político o cantar las alabanzas del Todopoderoso hasta ofrecer instrucción moral o dar muestras de la imaginación trascendental, sirviendo desde como forma sucedánea de religión hasta para aumentar los beneficios de grandes empresas comerciales. Una de las funciones más vitales de la literatura desde el romanticismo ha consistido en postularse como lo más maravilloso y casi singularmente desprovisto de función y, por tanto, en virtud de lo que muestra y no tanto de lo que dice, ha operado como reproche implícito a una civilización esclava de la utilidad, el valor de cambio y la razón calculadora. Desde este punto de vista, la función de la literatura es no tener función (pág. 17).

Ahora bien, si la función de la literatura, como plantea Eagleton, es no tener función, sería interesante preguntarnos por qué se imparten clases de literatura en las escuelas y universidades, por qué existen premios literarios, por qué se llevan a cabo proyectos vinculados a la promoción de la lectura literaria, por qué hay editoriales que se dedican a promocionar y difundir las obras de distintos autores, por qué de cada diez personas, al menos una lee o ha leído una novela, bien sea por asignación o por pura casualidad. Pueden existir muchas respuestas y tal vez ninguna nos satisfaga, pero en este instante me da por pensar que los grandes poderes anónimos que rigen el pasado, el presente y el futuro de las sociedades, sienten la imperiosa necesidad de tener a la literatura controlada; de ahí los cánones literarios, porque están conscientes de su poder telúrico y transformador. Poder telúrico y transformador que radica en tener la capacidad, como plantea Harold Bloom (2000), de prepararnos para el cambio, un cambio no sólo individual, sino también un cambio colectivo, un cambio que está orientado hacia la capacidad de formarnos juicios y opiniones propias, un cambio hacia al descubrimiento de una nueva sensibilidad, un cambio hacia la diversidad y hacia el quiebre de los prejuicios y totalitarismos, y en última instancia un cambio hacia la comprensión de los complejos procesos históricos y sociales de la humanidad.

Aun cuando he hecho énfasis en el carácter colectivo y solidario que puede generar la literatura en la sociedad, también es importante señalar que en ella reside cierto carácter solitario y egoísta.

Sin embargo, aunque parezca contradictorio, todo lo planteado anteriormente respecto al carácter funcional de la literatura no es garantía para asegurarnos que ésta tenga la capacidad de convertirnos en mejores seres humanos; la misma literatura lo ha demostrado en personajes como Antoine Roquentin, el antihéroe de la novela La náusea, o Kien, antihéroe de la novela Auto de fe. Dichos personajes, a partir de su caracterización y construcción intelectual, prefiguran el modelo de un lector monstruoso, un lector que siente desprecio por el mundo y todo lo que éste represente.

Por lo tanto, aun cuando he hecho énfasis en el carácter colectivo y solidario que puede generar la literatura en la sociedad, también es importante señalar que en ella reside cierto carácter solitario y egoísta, un carácter egocéntrico; de ahí que sea imposible hallarle una función precisa, ya que cada libro le habla de una forma distinta a cada lector, o cada lector se relaciona de manera distinta con un libro; en ese sentido, cada quien será dueño de su verdad y le dará el valor que le precise a la literatura; pero de algo sí puedo estar seguro, y es que, como dijo el sabio catalán en la novela Cien años de soledad (1967): “El mundo habrá acabado de joderse (…) el día en que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga”.

Eduardo Pepper

Eduardo Pepper

Escritor venezolano (Betijoque, Trujillo, 1983). Licenciado en letras por la Universidad del Zulia. Docente en el área de Literatura General y Taller de Creación Literaria, adscrito al Departamento de Lengua de la Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt (UNERMB).

Sus textos publicados antes de 2015
197206225
Eduardo Pepper

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