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Gente decente

martes 9 de mayo de 2023
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Era una tarde calurosa y el sol en medio del cielo despejado brillaba más de lo normal. A los dos costados de la avenida una multitud enardecida gritaba consignas, mientras las tanquetas de la Guardia Nacional iban una detrás de otra con la firme intención de desintegrarla.

Eduardo, que pasaba por ahí, se sintió descolocado por el bullicio y el tono amenazante de los guardias a través de los altavoces; sin embargo, atravesó la multitud como pudo, pensando que era una casualidad que el mismo día que había escogido para volver con su ex mujer, exactamente ese día, hubiesen iniciado las manifestaciones.

Amanda le había pedido el divorcio hacía seis meses, una noche previa a la asunción del nuevo presidente. Llegó a la casa, dejó sus cosas en la mesa del comedor y se encontró con él en la cocina.

—Esto se acabó —le dijo sin titubear.

Él la miró de soslayo, acomodando los platos, y luego caminó hacia ella. Intentó abrazarla y Amanda lo rechazó. Tomó distancia y se fue al cuarto. Al día siguiente, Eduardo abandonó la casa.

Esa escena lo acompañó los meses posteriores. Era una idea fija, un rencor seco; no obstante, estaba dispuesto a comenzar de nuevo, como si nada hubiese ocurrido.

 

*

 

La calle era una cortina de humo espesa con un reguero de cauchos chamuscados.

Sudado y agitado, logró escabullirse de la manifestación. Una parte ya había sido dispersada. Se escuchaban perdigonazos y gritos. La calle era una cortina de humo espesa con un reguero de cauchos chamuscados. Los manifestantes corrían de un lado a otro evitando a la ballena de la Guardia que los atacaba con chorretes de agua.

A lo lejos, Eduardo distinguió a varias personas debajo de un árbol. Tenían la ropa rasgada y manchada de sangre. Todo le pareció una completa locura. “En qué infierno se vino a convertir este país de mierda”, pensó mientras intentaba ocultarse detrás de unos locales comerciales.

El país le era indiferente. Pero en ese momento sintió que los hechos que presenciaba eran muy parecidos a los que personalmente venía viviendo desde que su mujer lo había abandonado.

De pronto, divisó a dos jóvenes desnudos que corrían directo hacia las tanquetas con la bandera nacional invertida y cantando el himno a todo pulmón; un poco más allá, otro grupo de personas se bajaban los pantalones para pelarle el culo a los guardias o les lanzaban botellas llenas de mierda y le prendían fuego a otra bandera.

Guarecido en su escondrijo, no pudo evitar reírse. “Huele a mierda, sí, huele a mierda, las botellas tenían mierda, a los guardias les cayó encima una tormenta de mierda”, pensó.

La tensión se disipó por un instante y Eduardo aprovechó para emprender de nuevo su camino. Al otro lado de la ciudad, donde estaba el café al que iba Amanda todas las tardes y en el que pretendía encontrarla, las cosas podrían estar menos agitadas. Eso pensaba o quería pensar.

Se abrió paso entre los escombros. Nadie lo miraba. Olía a carne chamuscada y a sangre seca. Caminó varias cuadras y el escenario era el mismo. Comenzaron de nuevo las detonaciones y los gritos. Volvió a esconderse, pero no tenía miedo.

Amanda y la futura reconciliación eran una especie de sortilegio contra ese desastre inesperado que estaba viviendo. Entonces evocó los días de abrazos, Amanda sentada en el escritorio escribiendo o hablando por teléfono, su voz abarcando la sala del apartamento, su cuerpo, sí, su cuerpo blanco y delgado, su cabello oscuro y lacio enredado entre sus dedos… Amanda y sus canciones… Y de repente nada y de repente el vacío oscuro, pero hoy todo sería diferente.

Asomó la cabeza para ver cómo iban las cosas. El caos era total. Los manifestantes habían detenido una camioneta gubernamental que intentó atravesar la calle y le prendieron fuego. Los tripulantes se salvaron de morir quemados, pero no de que los estuviesen moliendo a palos.

—¡Dale, dale! ¡Estos son unos malditos! —decía un flaco encapuchado, desgarbado, con el torso desnudo, empuñando un bate de béisbol.

Uno de los hombres, igual de exaltado, se acercó hacia ellos corriendo y empezó a patear a uno de los funcionarios que aporreado en el suelo imploraba que le dejaran de pegar.

De pronto uno de los hombres volteó y alcanzó a ver a Eduardo escondido en la esquina del local. La Guardia Nacional redobló el ataque y embistió contra los manifestantes. Los hombres dejaron los cuerpos malogrados en el suelo y fueron a esconderse con Eduardo.

—Y tú qué… ¡Mamagüevo! ¡No me mires, mamagüevo!

Eduardo bajó la cabeza. Sintió la cercanía de los cuerpos pegajosos y malolientes y salió corriendo del lugar. Los hombres le seguían gritando. “Son como ratas, se multiplican”, pensó.

Las cosas se habían salido de control. Era una fiesta de tiros y sangre. El estruendo de los helicópteros que empezaban a rondar el lugar lo hizo caminar más rápido por una de las avenidas que estaba menos congestionada y que los manifestantes habían tomado como trinchera.

Eduardo iba por el medio de la calle, mirando a todos lados, con las manos metidas en la chaqueta. Por previsión empuñó el calibre 22 que llevaba en la cintura y que había comprado algunos meses después de que Amanda lo había abandonado. Se sintió seguro y se fue alejando. La tarde empezaba a caer sostenida por un sol pálido y su sombra se proyectaba difusa en el asfalto.

 

*

 

En medio de la plaza, alrededor de un busto decapitado, un grupo de personas se amontonaba y preparaba municiones.

Llegó a la plaza en el norte de la ciudad. Contrario a lo que había pensado, el enfrentamiento entre los guardias y los manifestantes se mantenía con la misma intensidad. En el cielo la luna transparente empezaba a asomarse. Eduardo miró su reloj. “Van a ser las siete”, pensó. En medio de la plaza, alrededor de un busto decapitado, un grupo de personas se amontonaba y preparaba municiones. Al otro lado de la calle, camiones de la Guardia seguían llegando y en el cielo a punto de oscurecer dos helicópteros más planeaban vigilantes.

Cayó en cuenta de que estaba parado en medio de la calle porque un motorizado pasó rozándole la espalda. “Mierda”, dijo, y de un brinco se subió en la acera. Se sentó en uno de los brocales. Estaba atontado. No habían pasado más de tres horas desde que salió y tenía la sensación de que habían pasado más. Pensó de nuevo en Amanda. “Ya debe estar saliendo del trabajo”, dijo.

Amanda era puntual, tenía una rutina fija. Por eso Eduardo sabía que la encontraría a la salida del trabajo o en el café al que siempre iba a tomarse algo antes de irse a casa. Sin embargo, tuvo temor de que Amanda hubiese cambiado sus rutinas o que en el peor de los casos la pudiese encontrar con alguien más.

Se levantó de los brocales y empezó a caminar afanado. Sentía una especie de hueco en la boca del estómago. A lo lejos vio llegar a unos motorizados con banderines del partido de gobierno y la refriega empeoró. Los guardias retrocedieron y ahora eran los civiles quienes se enfrentaban por controlar la zona.

Eduardo levantó la mirada y vio a un hombre en uno de los balcones de los edificios con una escopeta apuntando a los motorizados. Tuvo ganas de dispararle por el solo placer de verlo caer desde aquella altura. “Un hombre desesperado es capaz de cualquier cosa”, pensó y siguió caminando.

Le faltaba poco para llegar al edificio donde trabajaba Amanda. No había una calle que no estuviese congestionada. Los disparos no cesaban. Y desde las ventanas de los edificios se veían personas grabándolo todo. Buscó de nuevo otro lugar para esconderse. Una manada bajaba por la calle con palos encendidos. Sacó su celular. Intentó revisar las redes sociales, pero fue en vano. No había señal. Vio cómo un muchacho llevaba en hombros a un tipo herido. Desde los balcones se escuchaban gritos de nuevo.

Y de repente la vio. Estaba ahí en medio de las llamas, examinándolo todo con espasmo e incredulidad, semejante a una figuración. Eduardo alzó las manos e hizo unos gestos. Amanda lo vio y sonrió, pero como si estuviese en otra isla. Eduardo se fue acercando entre los postes de semáforos que estaban en el suelo y los cauchos quemados. La tomó por el brazo.

—¿Qué coño haces aquí, loco?

—Vine a buscarte.

Amanda no pudo divisar bien el rostro de Eduardo. Entre el humo y las llamas era una especie de espejismo. Él la agarró del brazo.

—Qué buscarme nada, no quiero saber nada de ti. Suéltame que me estás haciendo daño.

No la soltó. Amanda forcejeó y él la apretó contra su cuerpo. Tenía la camisa sudada.

—Que me sueltes, que me sueltes.

—Las cosas están muy feas, debemos salir de aquí. Vine a buscarte. Esto se lo llevó la mierda y no puedes andar por ahí sola.

La fue arrastrando como si fuese un bulto. No se percató y la calle estaba llena de gente de nuevo. El hombre que estaba en el balcón con la escopeta había empezado a disparar.

—Coño, suéltame.

El roce de su piel, el perfume que prevalecía más allá del olor a humo y a sangre, le confirmaban que era ella.

No la reconocía. Tenía la sensación de que era otra mujer y no Amanda a la que tenía tomada del brazo. Sin embargo, el roce de su piel, el perfume que prevalecía más allá del olor a humo y a sangre, le confirmaban que era ella. Se sintió feliz.

—Eduardo, suéltame, no quiero nada contigo…

—No es así. Vas a ver, todo va a cambiar. Yo te perdoné.

—Ni que me maten vuelvo contigo.

Forcejearon de nuevo y Amanda logró soltarse. Se quedaron viendo por un instante. Y entonces comenzaron las explosiones. Desde el cielo los helicópteros empezaron a disparar. La gente empezó a correr y algunos caían heridos. Un poco más allá dos hombres arrastraban a un guardia por el medio de la carretera. El aire era sucio y la noche total.

Empezaron a correr en medio de la gente. Él intentó tomarla del brazo para llevarla más rápido, pero ella se soltó de nuevo. Estaban cerca de la plaza en medio de la gente y los gritos. Amanda intentó evadirlo para seguir su camino, pero él se interpuso.

—Amanda, ¿no ves cómo están las cosas?

Ella le dio un empujón e intentó hacerlo a un lado. Entonces Eduardo supo lo que había venido a hacer y sacó el arma. Amanda respiró hondo y un frío ardiente le recorrió la garganta.

—Eduardo, por favor…

Se oyó una repetición de balazos en medio de la avenida en llamas. Todo era humo y escombros. Amanda quedó tirada sobre la acera con los ojos abiertos y la mirada incierta. Eduardo la miró de nuevo, apartó el cuerpo con el pie y se fue caminando en medio de la calle destruida y en llamas, hablando solo, murmurando cosas, mirando a todos lados.

Eduardo Pepper
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