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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Del Pankratio al Okama Power
Crónica y algo más de un show de artes marciales mixtas

• Martes 31 de julio de 2018
Kimbo Slice (izquierda) y Cassandro
Izquierda: Kimbo Slice (1974-2016), peleador de artes marciales mixtas nacido en Nasáu, Bahamas, y nacionalizado estadounidense. Derecha: Cassandro, luchador travesti mexicano.

La inminente presentación del libro Y en esta esquina… El Dragón Chino”, de Carlos Zerpa, destinado a exaltar la memoria del luchador que se dio a conocer con ese nombre, me lleva a rescatar del olvido esta suerte de crónica-ensayo sobre las artes marciales, vale decir, la teoría y práctica del enfrentamiento cara-a-cara sin armas de dos individuos; un comportamiento que, hasta donde alcanza mi información, es universal en el tiempo y en el espacio; propio de todos los animales, desde bacterias hasta Homo sapiens.

La presentación será en agosto en la Librería Kalathos, de Caracas; Joaquín Ortega y Zerpa tendrán la responsabilidad de conducir el evento; participarán dos luchadores de la vieja escuela; habrá música y exhibiciones.

 

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En San Francisco (California) por primera vez asisto a una sesión de cage combat, full contact, ultimate fighting, cage fighter o mixted martial arts (MMA), que por todos esos nombres se le conoce. El espectáculo es superlativamente atractivo; a duras penas conseguimos entradas, y eso en las gradas; ringside agotado, no obstante su precio de 150 dólares la localidad; aunque no es gran cosa, a decir verdad, porque tratándose de competiciones de alto ranking, de las que se presentan en Las Vegas, hablamos de miles de dólares.

Desde luego, en un cage combat no esperaba encontrarme con un público semejante al de un ballet, pero incluso yendo preparado por esta expectativa me asombra su aspecto. Una audiencia diversa en cuanto a edades, etnias, composición social y sexos. Desde niños hasta ancianos; identifico afroamericanos, indios, caucásicos, latinos… Veo personas con la apariencia del buen ciudadano burgués —una minoría, en verdad—, hasta personas con el look de Ángeles del Infierno y de punks; casi todas tatuadas o exhibiendo piercings, escarificaciones, perforaciones corporales; los hombres llevan chalecos que dejan ver musculaturas definidas y su expresión es la de sujetos de malas pulgas; el tatuaje facial de cierto individuo me hace recordar al caníbal pagano polinesio de la novela Moby Dick; lucen pelambres extravagantes: unos con la apariencia de una guacamaya multicromática, aquellos parecen mohicanos; melenudos algunos, otros con trenzas; muchos rapados y uno de estos con el cuero cabelludo decorado íntegramente, mostrando el logotipo de un club de fútbol americano grabado en la nuca; pero anda con un niño y lo trata con ternura…

El remoto antecedente del ultimate fighting es el pankratio de los griegos, cuyo significado literal es “poder total” (pan: total; kratio: poder, control).

Y rara vez he visto tal cantidad de hembras preciosas reunidas en un solo sitio… ni tantas desenfadadas y sexualmente agresivas en su presentación personal; más desnudas que vestidas la mayoría de ellas, trepadas en zapatos de plataforma con tacones de aguja de doce centímetros. Comento mi impresión con mi acompañante, y él me explica: “Es que la moda es lucir como una bitch”… Del gentío sale, súbitamente, una señora espigada, rubia, madura, bella, vestida con atuendo de firma —evidencia de la diversidad social—… “Con todo y su juventud y espléndidas tetas llevadas al aire de las demás, prefiero a esta dama”, me digo in pectore.

Corren a raudales la cerveza, el vino, la “margarita”; salen por montones nachos y tacos, porque la cultura mexicana se ha metido en la gastronomía popular de esta sociedad hasta la médula —y en todo lo demás, sea dicho de paso—; pero los famélicos también reclaman las muy gringas hamburguesas y el hotdog, el último en un formato gigantesco llamado monster. La gente bebe, come y parlotea en un ambiente festivo y tenso, debido a la música a todo volumen; es tecnorap electrónico, una forma básicamente rítmica en la que lo más notable son los bajos casi hipnóticos, persistentes, abrumadores, al extremo de alterar el sistema cardiovascular; retumban en las entretelas de tus entrañas y crean una sensación de ansiedad. Afortunadamente, suspenden el estrépito durante los combates.

El remoto antecedente del ultimate fighting es el pankratio de los griegos, cuyo significado literal es “poder total” (pan: total; kratio: poder, control); consistía en una mezcla de boxeo y lucha sin otras reglas que la prohibición de mordiscos y de sacar los ojos del oponente; también usaban guanteletes para protegerse los nudillos, aunque no acolchados como los modernos, cuyo propósito es tanto proteger las manos del golpeador como evitar el daño excesivo en los combatientes. De acuerdo a los registros históricos, fue incorporada a los Juegos Olímpicos en 648 a.C.; pero para los griegos, en especial para los espartanos, era algo más que un deporte: la usaban como técnica de combate en la guerra, los espartanos con resultados usualmente letales, de aquí que se les prohibiera participar en los juegos; con todo, las crónicas reportan muertes sangrientas.

La mitología griega atribuía su invención a los semidioses Heracles (el Hércules de los romanos) y Teseo; el primero, gracias a su dominio del pankratio, venció al león de Nemea, uno de sus fabulosos trabajos; Teseo, por su parte, valiéndose de él venció al toro Maratón en Atenas y al monstruo Minotauro en Creta.

Los romanos adoptaron la lucha griega y la brutalizaron; la incorporaron a los espectáculos de circo como una variante de los encuentros de gladiadores; en este contexto los contrincantes usaban guanteletes de cuero duro tachonados con clavos de hierro y su propósito era matar al contrincante.

La lucha, fuese dura o moderada, subsistió durante unos mil años, hasta que el emperador bizantino Teodosio la prohibió en todos los combates de gladiadores en 393 d.C.

Es raro el pueblo que no ha desarrollado algún estilo de pelea personal sin armas, o utilizando simples palos, bastones y ocasionalmente los mangos de utensilios de labranza; en Europa probablemente existieron varias modalidades, pero la única en persistir como deporte y forma de pelea es el savate, inventada por los marineros en Marsella durante el siglo XVII.

Entre finales del siglo XIX y principios del XX empiezan a conocerse en Occidente los estilos japoneses y de otros países asiáticos y progresivamente se van dando combinaciones de los estilos; en Europa ocurren exhibiciones de ellos en torneos y como números de espectáculos de music-hall. En 1887 en los Estados Unidos ocurre el primer encuentro importante de los tiempos modernos entre dos estilos de pelea personal sin armas: el boxeo, representado por el campeón mundial John Sullivan, y el campeón de lucha grecorromana William Muldoc; se impuso Muldoc al sacar a su contrincante del ring al cabo de dos minutos.

La primera fusión de estilos europeos y asiáticos de que se tenga noticia confiable se debe a Edward William Barton-Wrigh, londinense creador en 1889 del bartisu, combinación de judo, jui-jitsu, boxeo y savate.

En el proceso de popularización mundial de las MMA influye un notable personaje dado a conocer en el ámbito mundial por el cine, Bruce Lee.

Pero todavía debería pasar mucho tiempo antes de que las MMA se hicieran realmente populares. Después de la primera guerra mundial el interés por la lucha declinó; a propósito de reactivarlo se desprendió una corriente que fue llamada show, la cual dio origen a la actual lucha libre profesional; la forma que permaneció más o menos fiel a la tradición grecorromana se llamó shoot.

En el renacimiento de la popularidad jugó un papel preponderante la familia de luchadores brasileros Gracie. Introdujeron en los Estados Unidos el estilo propio de su país vale tudo y organizaron el primer Ultimate Fighting Championship, en 1993, con la participación de combatientes de diferentes partes del mundo, incluso de un campeón francés de savate; Royce Gracie con el vale tudo se alzó con la corona. El UFC fue ampliamente reseñado por los medios de comunicación y con ello reactivaron el interés de la gente; el boom ocurre en 1995, cuando las artes marciales mixtas se vuelven una competencia del boxeo y la lucha en diversas modalidades.

En el proceso de popularización mundial de las MMA influye un notable personaje dado a conocer en el ámbito mundial por el cine, Bruce Lee: combatiente, actor y filósofo de las artes marciales, apreciado por algunos como “El Padre” de las MMA. Lee acuñó el principio de que el mejor peleador no es aquel que sigue un sistema determinado, sino el que es capaz de adaptarse a cualquiera de ellos y desarrollar un estilo propio, normativa que hoy rige esa actividad.

En su versión moderna, las MMA se valen de las mismas técnicas usadas por griegos y romanos y admite la combinación de todas las formas de enfrentamiento personal sin armas ideadas por el hombre; principalmente boxeo, lucha, savate, jiu-jitsu brasileño y asiático, muay thai, kickerbox, taekwondo, karate, judo; es un “vale todo”, sujeto a ciertas reglas mínimas destinadas a humanizar la pelea; con las que también se pretendió cambiar la imagen de salvajada propia de esa competencia para captar al público que repudia los excesos, y ganar reconocimiento como deporte.

La llave “doble nelson”
La llave “doble nelson”.

Las reglas organizan la actividad en nueve categorías similares a las del boxeo, a partir del peso de los combatientes, desde el mosca hasta el superpeso pesado; los contrincantes van descalzos (aunque no es impositivo), cubiertos sólo con un calzoncillo, y usan guanteletes acolchados de 4 onzas en los profesionales (6 en el amateur), así como protectores dentales y de la zona genital; combaten 3 o 5 rounds de cinco minutos encerrados en una jaula; en su primera época se usó exactamente eso: una jaula; su aspecto excesivamente siniestro condujo a cambiar el recinto por un octógono cercado sin techo. Rige la norma del stand up por el réferi, o su intervención para levantar a los peleadores de la lona cuando se traban sin que se decida el dominio de uno de ellos; el combate está sujeto a reglas precisas que descartan los entrabamientos o “llaves” potencialmente letales o capaces de causar daños permanentes de ser aplicadas con autenticidad: por ejemplo, la “doble nelson” (véase imagen), cuya administración puede fracturar el cuello del luchador sometido, no está permitida; en cambio, es un agarre común en la lucha libre; al referirnos a esta última se entenderá la razón. Lo mismo que en la antigua lucha griega, se prohíbe morder, sacar los ojos del contrario, meter los dedos en sus agujeros naturales. No obstante esos intentos de “humanización” lo cierto es que el espectáculo es bastante brutal.

La victoria se logra por knockout, por puntuación, por suspensión del combate por el réferi al advertir la indefensión de uno de los peleadores, o por la norma de “tirar la toalla” en una de las esquinas.

Cage combat, boxeo y lucha guardan similitudes, en su acción y en compartir la naturaleza de deportes, lo que hace suponer verídica dicha acción, y lo que ha hecho del primero una atracción —y un tremendo negocio— al nivel del boxeo, es precisamente la autenticidad que hasta ahora mantiene en su violencia. Algunos observadores creen que en lo concerniente a movimiento de capitales las AMM están llamadas a superar el negocio del boxeo, captando a un púbico harto de las evidentes componendas que suelen verse en este deporte.

La veracidad distancia a esos deportes de la lucha libre profesional, y en este punto viene a lugar reseñar que en las innumerables variedades nacionales y regionales de lucha, entendida en su sentido de pelea interpersonal sin armas, en la modernidad se destacan la lucha grecorromana, en la que no es válido agarrar las piernas del contrario ni usar las propias para atacarlo; la lucha libre, en la que se admiten tales maniobras, y la variante lucha femenina; éstas se agrupan en la categoría denominada lucha olímpica, para diferenciarlas de la lucha libre profesional, en la cual, como en el cage combat, se valen agarres de toda índole y diversos tipos de golpes, tanto estando los luchadores de pie o trabados en la lona.

La novísima tendencia en la lucha libre mexicana es la de los okama power, o sea, la del poder de los travestis.

Ahora bien, la diferencia esencial entre las dos últimas radica en que el ultimate fighting es, insistimos, un deporte, en tanto la lucha libre profesional es un show circense, en razón de lo cual resulta más vistosa y espectacular; y es lo que explica por qué en ella se admiten movimientos, agarres y otras maniobras emocionantes para el público; las llaves no son simuladas, pero no se aplican en toda su extensión.

Ahora bien, no se crea que su practicante tan sólo es un actor; el luchador profesional es una singular combinación de peleador, actor y acróbata, y tanto como el doble o stunt fílmico, ocasionalmente sufre contusiones serias a causa de golpes o de las proezas volatinescas características de su acción: saltos mortales, piruetas, aplastamientos, remolinos y lanzamientos del opositor fuera del ring y otras cuantas que se dejan ver en el cuadrilátero; por más que esas acrobacias generalmente sean ensayadas o acordadas.

En la lucha profesional también figuran componentes teatrales como las máscaras, los vestuarios fantasiosos, el asumir personalidades ficticias (el Dragón Chino, el Médico Asesino, el Enmascarado de Plata…) y roles dramáticos (el “técnico”, el “malvado”, el “rudo”, el “hermoso”…) y en su discurrir se interpolan sketchs. Por ejemplo, de la década de los sesenta en Caracas recuerdo a un luchador enmascarado que se valía de una misteriosa “sustancia” que “enceguecía” a su contrincante; éste se revolcaba y aullaba de dolor cuando aquél la aplicaba, y los narradores, cómplices en la payasada, aprovechaban la ocasión para hacer gran escándalo.

La novísima tendencia en la lucha libre mexicana es la de los okama power, o sea, la del poder de los travestis, por cuanto ese es el significado de la palabra japonesa; se han puesto de moda luchadores que asumen como nombres “Diva Salvaje” y “Estrella Divina” —el último, un joven de veinte años que causa sensación por su apabullante apariencia de mujer de melena rubia y un cuerpo escultural perfilado en una malla—, que además de presentarse ante el público con los pelos alborotados, maquillados y con ropas femeninas, exigen cambiarse en un vestidor de damas y se tratan entre sí como mujeres. Todavía no reciben respaldo pleno de las asociaciones y empresas promotoras del espectáculo, de modo que deben participar como independientes en peleas preliminares en las que también se exhiben otras extravagancias como luchas de mujeres y de enanos; pero dada la respuesta favorable del público no cabe duda de que más temprano que tarde serán formalmente aceptados por las organizaciones.

La exhibición de los luchadores travestistas en nada desmerece la de los convencionales en cuanto a espectáculo; vale decir, en lo concerniente a dominio de la técnica, dureza de los castigos, riesgos y demás componentes del show; además, presenta características propias atractivas para el público, como la interacción con los espectadores, el factor erótico, la comicidad y el descaro; se ha convertido en un ritual el terminar el combate intercambiando cachetadas, insultos amorosos y besos.

En realidad el juego con la ambigüedad entre lo viril y lo femenino nunca ha sido ajeno al espectáculo de la lucha libre; hasta donde alcanza mi memoria, en la década de los sesenta un luchador que se hacía llamar Adonis asumía una conducta escénica claramente afeminada; después vino la “Ola Lila” con luchadores como Sergio El Hermoso y El Bello Greco asimismo amanerados, y hacia finales de los ochenta ya se perfiló claramente la corriente con Mayflower, Pimpinela Escarlata y Cassandro, a quienes se atribuye el haber revolucionado la lucha libre “exótica” con una técnica potente combinada con la estética de la drag queen.

Una digresión viene a lugar. Drag queen es un término que describe a un hombre que se viste y actúa de acuerdo a los estereotipos de una mujer de rasgos exagerados; con una intención primordialmente histriónica se burla de las nociones tradicionales de la identidad de género y los roles de género. No debe confundirse con el transgenerismo o transexualismo, por cuanto este término se refiere a la disforia (inconformidad con efectos depresivos generalmente graves) por su sexo anatómico de nacimiento, en razón de lo cual la persona quiere cambiarlo. El travestista o transformista no quiere cambiar de sexo, sino alterar su apariencia y su forma de comportarse para ajustarlos a los propios del sexo opuesto; en la variante drag queen se trata de hacer una caricatura viviente, frecuentemente exagerando las cualidades estéticas asociadas popularmente a la femineidad mediante la utilización de vestuario flamboyant, peinados exuberantes y maquillaje, originado de una intención primordialmente cómica o satírica.

Los espectadores gritamos, reímos, aplaudimos, abucheamos, bebimos caña y nos hartamos de trash food, y ni el más mínimo conato de alteración del orden entre la gente.

Ahora bien, ¿significa que todos los exóticos del tipo drag queen son putos, como dicen los mexicanos, o sea, maricas, y que todas las mujeres travestidas de hombre son machorras? La opinión popular así lo cree, pero, aunque resulte desconcertante, la respuesta verídica es “no”. El travestismo, sea o no en su forma de drag queen, puede ser desde un artificio o disfraz asumido por un individuo con cualquier propósito, hasta una condición de la personalidad sumamente compleja y de raíces profundas en el psiquismo de la persona; también en algunos casos puede ser una expresión de la compulsión transgenérica no resuelta. En los travestistas cualquier orientación sexual puede estar presente: heterosexualidad, bisexualidad u homosexualidad; existen travestistas masculinos felizmente casados, cuya inclinación sexual es aceptada por sus esposas.

Toda esa parafernalia es ajena al ultimate fighting; el luchador es semejante a un doble cinematográfico; el cagefigther, no; en la jaula se encierra uno mismo, no un personaje; la pelea es de verdad —es de suponerse—, el dolor es real y más de uno sale bien maltrecho; los enfrentamientos suelen terminar rápido: en la sesión vista tres combates no pasaron de los diez segundos; en varios uno de los contrincantes se rindió al mediar el encuentro; un peleador salió cojo, andando auxiliado; a otro, demasiado viejo y gordo para andar en esos trances, lo batieron contra la lona con tal fuerza que debió abandonar de inmediato, y en todos corrió sangre.

No obstante la violencia de la exhibición, el ambiente excitante y la apariencia amenazadora de buena parte del público, la velada transcurrió de la forma más apacible que pueda concebirse. Los peleadores se coñacearon a más no poder, los espectadores gritamos, reímos, aplaudimos, abucheamos, bebimos caña y nos hartamos de trash food, y ni el más mínimo conato de alteración del orden entre la gente. Increíblemente, más violencia entre el público se deja sentir en el fútbol.

Las artes marciales mixtas son una barbarie de lo más polite. El detalle no deja de ser otro motivo de asombro.

Rubén Monasterios

Rubén Monasterios

Escritor y locutor venezolano (La Guaira, Vargas, 1938). Fue marino mercante, dibujante y bailarín. Ha publicado los libros de ensayo La imagen de la comunidad (1970), Cuerpos en el espacio: el baile teatral venezolano de nuestros días (1986), Vergüenza y escándalo o Las delicias de la censura: la mistificación como género literario (1988), Rómulo Gallegos, dramaturgo (1993), y Caraqueñerías (2003), así como los libros de cuentos Tócamelo en registro de laúd (1972), Encanto de la mujer madura y otros relatos obscenos (1987), Rosa luciferina y otra pieza de encaje (con Pedro León Zapata; 1988), El pájaro insaciable (1989), Ramillete de improperios y manojo de extravíos (1990), Marina con Paloma (1991) y El beso (1993), entre otros.
Rubén Monasterios

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