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Deslaves

martes 16 de marzo de 2021
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Deslave de Vargas, 15 de diciembre de 1999
No dejaba de ser ominoso este cierre de año y de siglo, no sólo una Constitución, una manera de vivir estaba muriendo, y nadie parecía ver lo que en el futuro nos aguardaba. Fotografía: El Nacional
a los amigos y las amigas ausentes
a la familia Herrera
in memoriam
Una y otra vez la lluvia dirá / cuán frágiles somos…
“Fragile”, Sting
La vida es la protagonista.
Rafael Cadenas

Tuve un sueño en los días anteriores a la Navidad de 1999.

Estaba en el balcón del apartamento donde ahora vivo en Mérida conversando con una persona que no reconocí en el sueño, mi mamá y creo que mi papá. Oía sólo a esa persona que parecía dar un sermón por el tono imperativo con que nos señalaba algo que no lográbamos ver. La imagen onírica la recuerdo en blanco y negro, lo único que veía en color era una montaña. De repente, desde nuestro balcón miramos al cerro, que está justo frente al edificio, en realidad no puede verse porque hay una torre de las residencias vecinas que impide su vista. Desde esa montaña ahora visible parecía chorrear, brotar a borbotones un barro magenta que se llevaba todo por delante, casas y vacas, árboles y gente que corrían queriendo escapar pero eran tragados por esa lava de fango. Desperté y fue un alivio.

Mi hermana menor solía subir al Ávila en compañía y otras tantas en solitario. Una de sus rutas habituales era hacia Quebrada Quintero, con destino a Galipán vía Humboldt. Unos días antes del 15 de diciembre, iba caminando a la altura de Galipán y sintió que la tierra se hundía hasta llegarle a los tobillos. Mientras avanzaba, más se hundía en el barro; sintió escalofríos en el cuerpo, una sensación de pánico que nunca había experimentado. Decidió suspender el paseo para otra ocasión. No volvió a frecuentar ese recorrido en lo futuro.

Andando el tiempo y comentando de la pesadilla con algunos conocidos y amigos, todos parecían tener un testimonio o experiencia premonitoria durante ese compás de espera que pareció abrirse desde el anuncio de la convocatoria a la Asamblea Constituyente que enviaría al basurero de la historia la Constitución de Venezuela de 1961 y que se cerró el día en que votamos, y botaron, cuarenta años de un contrato social imperfecto que nos permitió entrar a trompicones, como quien llega tarde a una cita, a esa vivencia ciudadana llamada democracia. Un modo de vida comenzaba a cerrarse, a la par que nacía una Constitución a la medida de los tiempos nuevos, pero pocos parecían darse cuenta.

Cuando llegué al estacionamiento de la Ciudad Universitaria, no reconocí el lugar. Se había convertido en un campamento.

Empezaron a llegar las primeras noticias del deslave, pero no se percibía aún la magnitud de la catástrofe. Sentí un vuelco en el corazón cuando vi aquella imagen que tanto se repitió luego en la televisión y en los medios impresos: una casa sólida, desprendida de la tierra por la fuerza de la riada de barro y rocas que la arrastraba, llevándola como barco atrapado en una resaca, acarreando otras cosas a su paso, una camioneta, carros, casas más pequeñas, y en medio de todo, una figura humana, indefensa, ante el embate de esa ola de detritus.

En la UCV, era mi último año de pregrado en la Escuela de Derecho, los Bomberos Universitarios organizaron grupos de rescate que dividieron sus labores y menguados recursos en el estacionamiento de la Ciudad Universitaria, que se habilitó como zona para recibir y atender a los sobrevivientes que lograban ser rescatados y traídos a Caracas. Los más experimentados eran bajados hasta La Guaira y, desde el aeropuerto de Maiquetía, salían en los pocos helicópteros que lograban remontar vuelo. Las condiciones atmosféricas seguían siendo comprometidas. No cesaba de llover. La principal arteria vial de La Guaira, la avenida Soublette, era un inmenso cenagal, tapiada de escombros. Todas las rutas de acceso terrestre al estado Vargas colapsaron, incluyendo la vía principal por el ahora desaparecido viaducto que lo conectaba a la capital. Los rescatistas no se amilanaron y sobrevolaban las zonas donde se habían reportado supervivientes: Los Caracas, Tanaguarena, Puerto Azul, Punta Mulato, Caraballeda, etc. Fueron los héroes discretos en esas horas aciagas.

Cuando llegué al estacionamiento de la Ciudad Universitaria, no reconocí el lugar. Se había convertido en un campamento. Cada metro cuadrado estaba ocupado y bien organizado, a pesar de lo imprevisto de esta crisis; los espacios se dividían con bolsas negras de las que usan para recolectar basura, cortadas y desplegadas a modo de improvisadas paredes, delimitando los lugares de acogida y atención a los sobrevivientes.

Me tocó estar en la parte de organizar y distribuir la ropa, zapatos y otros accesorios. Todo se hacía sobre la marcha, separar prendas de vestir, acomodar los zapatos por tallas y género. Era desesperante ver cómo las personas adultas, jóvenes, niños, tendían las manos, gritando algunos, molestos tratando de captar nuestra atención, algunos avergonzados de estar en tal estado de desamparo, todos crispados de angustia. Sólo entre los niños veíamos alguna sonrisa, alguna broma. La niñez es la mejor armadura contra el horror. Hubo momentos surrealistas, como al ver salir entre ropa usada en buenas y en deplorables condiciones, zapatos y ropa de cama, un vestido de novia con todo y velo. ¿A quién podría ocurrírsele que esa vestimenta podría ser necesaria?

Fueron tres días de cooperación en los cuales deseé saber de medicina, de orientación psicológica, de salvamento, nunca antes ni después sentí que la carrera que estudiaba fuera tan inútil. Observé rostros con expresión ausente en tantas personas, con miradas que parecían ver aún el agua arrastrando sus enseres, su futuro y sus seres amados. Cuando salía de ahí y veía que la ciudad se preparaba para la Navidad y el cambio de siglo, el contraste era intragable. No dejaba de ser ominoso este cierre de año y de siglo, no sólo una Constitución, una manera de vivir estaba muriendo, y nadie parecía ver lo que en el futuro nos aguardaba.

Recuerdo cada tanto el rostro de una mujer joven, morena, agraciada, con una bata de estar en casa que aún tenía rastros de barro. Apretaba a un niño entre sus brazos. Observaba todo como ausente de lo que le rodeaba, miraba al bebé y le cantaba. Alguien se acercó, era una jovencita con bata de médico, le preguntó si quería algo para ella o el niño, y aquella madre joven, no parecía haber mucha distancia de edad entre ella y la doctora, contestaba que no con la cabeza. Parecía sonreír desde la lejanía, sin notar lo que ocurría a su alrededor.

Muchos de los que estaban ayudando estaban a la espera de noticias de familiares, amigos, vecinos. Revisábamos los listados que empezaban a aparecer en carteleras improvisadas, con la esperanza de ver un nombre, las señas de los desaparecidos, que podrían encontrarse en algunos de los centros u hospitales, desorientados, confundidos, ante esta catástrofe que a todos nos tomó con la guardia abajo.

Una amiga nuestra, Isabel Herrera, estaba con su familia en Los Corales. Al principio tuvimos esperanzas, amistades comunes peregrinaron buscando información en todos los sitios posibles, pero al final la realidad se impuso. Ella estaba con su mamá y su hermano, que era el párroco de esa zona. Cuando el río alcanzó a la señora, nuestra amiga intentó agarrarla y juntas fueron arrastradas por el torrente de agua, lodo y rocas que sumergió toda esa zona. Su hermano, en la desesperación por rescatarlas, se lanzó al agua. Logró sujetarlas a ambas, pero la fuerza de la riada las arrancó de sus manos. Días después fue localizado a kilómetros del sitio, en shock pero vivo. A Isabel y su mamá nunca las encontraron.

Ocurrieron situaciones providenciales que no fueron fruto de la imaginación ni leyenda local. Es el caso de unos conocidos y amigos nuestros quienes, atrapados en la iglesia de Macuto, al ver que el agua invadía el templo corrieron hacia la parte de arriba buscando refugio, cerca del campanario. El párroco y ellos comenzaron a rezar un rosario. Cuando iban acabando una decena, el agua se detuvo en el último escalón de la escalera. Estuvieron con el alma en vilo, esperando a que comenzara a desbordarse, pero el agua había detenido su avance, permaneció quieta, pese a que afuera seguía cayendo un diluvio. Allí esperaron hasta que, al día siguiente, todos fueron rescatados.

Con los años transcurridos, todavía compruebo con asombro que pocos lo recuerdan.

La improvisación estuvo presente. A nuestro grupo se acercaron unas personas de no recuerdo qué alcaldía. La alcaldesa en persona nos informó sobre una zona de Miranda donde la vaguada había creado una situación de emergencia; esperaba organizar un grupo de voluntarios para ir a prestar ayuda. Frente al comedor universitario debíamos esperar a quienes nos darían las instrucciones, junto a varias cajas de agua mineral. Pasó toda la tarde y, ya de noche, nosotros y las botellas de agua mineral seguíamos en la espera, ya molestos comentábamos de este dislate. De pronto, apareció un joven todo sonrisas y, apenado, nos comunicó que la logística de transporte se había “caído” por alguna burocrática razón y que no se haría el operativo. El agua mineral quedó en manos de un grupo de brigadistas, los demás regresamos a los sitios donde podíamos seguir prestando apoyo.

La situación era crítica y empeoraba conforme pasaban las horas. Seguía llegando más gente rescatada. El dolor parecía no tener fin. A las escenas de angustia sucedían momentos en que los sobrevivientes parecían resignados, los veíamos conversar entre ellos, preguntarse de dónde habían sido rescatados o silenciosos, perdidos en sus pensamientos, recapitulando probablemente la experiencia vivida y las ausencias. En la noche, cuando tocaba el cambio de turno, solía quedarme cerca de la salida hacia la Parroquia Universitaria. Escuchaba un murmullo que iba desapareciendo conforme la ciudad empezaba a apagar su ruido cotidiano. Provenía de ese sitio donde ahora acampaban tantas personas que, hasta hace pocas horas, tenían casa, una vida hecha, y preparaban sus hogares para celebrar la Navidad y la llegada de un siglo nuevo. El rumor cesó y el silencio cubrió el sueño, quizás la vigilia, de todos ellos.

Llegaron refuerzos nuevos; la ayuda material no dejó de fluir. La gente en la calle empezaba a tomar conciencia plena de la magnitud del desastre ocurrido, de las aún hoy innumerables personas fallecidas en esta tragedia. Ni la cobertura que se hacía a las votaciones por la nueva Constitución, que igual habían sido realizadas, podía minimizarla. Pude constatar que en el interior del país, donde fuimos a pasar el fin de año y de siglo en familia, aquel drama era apenas un eco. Con los años transcurridos, todavía compruebo con asombro que pocos lo recuerdan.

 

Soy memoria, memoria que se reconoce. ¿Qué más? Nada, sólo eso.
Rafael Cadenas.

Cada año, en la fecha que conmemora esa tragedia, veo desdibujarse lo acontecido, sus consecuencias. Con tristeza comienzo a revisar en la Web, cuando la conectividad fluye, datos y artículos que desempolvan lo que allí sucedió, el porqué, el cómo evitar que ocurra en lo futuro una catástrofe de semejante costo humano y material. Lo que persiste, pese a mi propio ejercicio de memoria, es que se va diluyendo el recuerdo, las huellas de esa temporada en el infierno de agua y fango en que se convirtió todo el estado Vargas.

Los Corales es un campo santo, otros sitios entrañables en lo personal desaparecieron o muchos de ellos han mutado en no lugares.

Podría pensarse que sólo guardan memoria de esa tragedia sus protagonistas, los sobrevivientes y aquellos que perdieron a personas queridas. Es mucho más que eso, me temo. Preferimos plantarnos en el presente, retando el día a día, a cada día su afán, como bien se dice, enfocados en el futuro escrutando lo que nos traerá, adelantándonos al mismo sin dudas ni melindres, pero el pasado bien atrás que se quede, y si lo hemos visto mejor no recordarlo, sin pensar en extraer de él alguna enseñanza.

Pese a toda esa desmemoria, lo único que no desaparece ni socava el recuerdo de lo acontecido es la compasión que mostraron tantos de muchas maneras, para aliviar el impacto de esa tragedia en la vida de sus semejantes que lo habían perdido todo, mostrando el rostro más empático de aquellos que vivieron de cerca o desde cualquier medio de comunicación lo que la naturaleza puede hacer cuando su ciclo vital se rompe y no se respeta su curso natural, cuando la inconsciencia rige, manipula los actos y las decisiones de los hombres.

Es la misma piedad que muestran por los otros durante los años 2002, 2014, 2017, aquellos capaces de ponerse en los zapatos, en la piel, de quienes sufrían, arrastrados por la marea roja y verde de la violencia de unos y la pusilanimidad de otros. Es la humanidad de quienes durante el transcurso de 2020 ahora exponen su vida por cuidar y curar a muchos ante una amenaza que ya no es local, un virus que se llevó en sus aguas turbias a personas de toda edad, sexo, nacionalidad e ideología.

La humanidad que persiste es lo que veo y pretendo rescatar de esta experiencia que he querido narrar, la misma que intento mantener a flote en lo que pienso, siento y escribo.

En cuanto puedas vete de Venezuela, trata de convencer a los tuyos, pero hazlo, váyanse; aquí en pocos años la vida será insoportable.

Regresé al estado Vargas a mediados de diciembre de 2002. Iba a pasar la Nochebuena y el fin de año con mi familia en Mérida en medio del paro petrolero.

Bajé en taxi directo a Maiquetía. Llevaba una maleta repleta de productos pues ya me habían advertido de la escasez que encontraría. Todo el camino hasta llegar al aeropuerto evité observar el entorno, pero igual el cambio de la topografía saltaba a la vista. Tuve que esperar un rato largo pues mi vuelo, igual que otros, presentaba retraso; ya instalada en uno de los tantos cafetines de la zona de espera, a duras penas porque todo estaba atiborrado de personas, tomé café y pedí algo ligero para comer.

Mientras fumaba y tomaba mi segundo café, se acercó a la mesa una señora de mediana edad. Con mucha cortesía preguntó si podía sentarse y compartir mesa, pues no había puestos libres. Iniciamos la conversación comentando nuestros respectivos sitios hacia donde viajamos, lo inoportuno del retraso en la salida, los pormenores recientes del paro. Ella debía tomar el vuelo que la llevaría a Porlamar, creo, el dato se me escapa, lo cierto es que iría a pasar la Navidad y el cambio de año con sus familiares, pues a mediados de enero partiría al exterior con su esposo, un ejecutivo de alto nivel de una transnacional; esta empresa mudaba sus oficinas a Brasil porque consideraban que Venezuela ya no les ofrecía la seguridad jurídica para seguir operando. La conversación derivó en los temas usuales, cuál era mi profesión, nuestros sitios de procedencia, expectativas laborales en mi caso pero, a medida que la conversación se centró en la situación del país, toqué el tema de la incertidumbre con que veía el futuro, los temores y presentimientos por el rumbo que tomaba todo lo que se estaba viviendo. Escuchó con mucha atención mi perorata, estuvo pensativa unos segundos y, luego que dejé de hablar, me dijo: “No me estás pidiendo consejos y veo que eres mujer de metas y proyectos, esperas mucho del futuro, por eso me atrevo a decirte que en cuanto puedas vete de Venezuela, trata de convencer a los tuyos, pero hazlo, váyanse; aquí en pocos años la vida será insoportable, fíjate lo que está pasando con este paro, y esto es sólo el comienzo”.

Le agradecí mucho su advertencia y consejo así como la compañía en medio del tedio de la espera. Poco después los parlantes anunciaban la salida de su vuelo; nos despedimos como viejas conocidas deseándonos mutuamente un feliz fin de año, me dio sus números telefónicos que lamento aún haber extraviado, y nunca más supe de esa persona. Lo último que me dijo fue: “No lo pienses demasiado, sal de Venezuela”. Pensé durante el vuelo en lo que me había aconsejado y estimé por un momento providencial ese encuentro. Llegué al Alberto Carnevali; luego, entre el correcorre navideño y las incidencias del día a día, aquello pasó a segundo plano. No se debe subestimar el poder de la negación, como diría el personaje aquel de la película de Sam Mendes Belleza americana. Muchos preferimos seguir en modo avestruz, pasar por alto los signos y las coordenadas de esa penumbra que empezaba a envolvernos como una miasma invisible.

Vargas, para la persona crédula que fui, ante la política y sus malabares, fue un baño de inmersión en la realidad de lo que empezaba a ocurrir en los distintos niveles de nuestra cotidianidad, sumergiéndonos a todos en un tiempo que exigía ser buenos nadadores o, al menos, saber flotar tragando lo menos posible de esa agua que empezaba a enfangarse.

Con el tiempo deslave fue una palabra que, para la escéptica que ahora soy, empezó a tener diversas acepciones: vacío de poder, revocar, paros, salto de talanquera, cansarse, huir, emigrar, todo lo que implique desaparición, borrar con violencia o con parsimonia el rastro y las señas de los individuos, de su paso por el mundo.

En el presente, finales y comienzos parecen unirse con un hilo que se percibe como fatalidad, prefiero llamarlo causalidad; lo cierto es que pese a todo lo que se ha vivido en el país desde aquel día de diciembre, los actos, los hechos y las palabras parecen repetirse, porque las lecciones siguen sin ser aprendidas.

Suelo recordar ese evento luctuoso, en estos días donde empieza a oscurecer más temprano, a mediados de noviembre, cuando diciembre empieza a pisarnos los talones con sus pitos y matracas.

El ciclo comienza a cerrarse en donde comenzó, en Vargas, con exactitud en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, desde donde han partido miles, algunos millones de venezolanos que como río crecido desbordan aeropuertos, también ahora terminales de autobuses, alcabalas, caminos y trochas, una marejada de vidas que emigran, que huyen para seguir a flote en otras playas, alejándose de este islote en que empezamos a convertirnos. A ellos, familiares y amigos, vecinos, compañeros de estudio y trabajo, también los arrastró una marejada llamada historia, una historia fallida a la que optamos por permanecer ajenos, hasta que la fuerza del deslave de 1999 nos mostró que las personas no somos islas, que cada decisión individual o colectiva acarrea consecuencias y que, como el agua derramada, no pueden ser recogidas.

El cielo estrellado en altamar es una bendición para los navegantes; el agua y la oscuridad son tema recurrentes en la poética. Cuando transitamos bajo ese mismo cielo con o sin estrellas, en medio de una ciudad sin servicio eléctrico, con sus calles y avenidas deterioradas, tomadas por la basura, desaparece esa magia, sólo la habitan la zozobra y el temor. También para quien atraviesa de una frontera a otra llevando su vida en un par de maletas, y al descampado se detiene mirando lo que dejó atrás.

Un lago puede verse opacado en su belleza si sus orillas están anegadas de desechos; pese a esta realidad, lo miro en medio de la noche, cuando atravieso el puente que separa aquella orilla de este país que empieza a desvanecerse. Las estrellas-islas se reflejan en sus aguas con fulgor fantasmal; la oscurana que lo circunda no opaca su hermosura a los ojos de quienes nacimos cerca de sus aguas. La belleza que persiste cuando hay humanidad que la contemple.

Suelo recordar ese evento luctuoso, en estos días donde empieza a oscurecer más temprano, a mediados de noviembre, cuando diciembre empieza a pisarnos los talones con sus pitos y matracas. Comienza a caer una fina lluvia y está anocheciendo. Veo pasar a muchas personas a pie; no hay transporte ni servicio eléctrico a estas horas. Estoy en Maracaibo donde hace veinte años vine a recibir este siglo ya no tan nuevo. Hay una emergencia colectiva, una pandemia que en este país se suma a otras pequeñas catástrofes ciudadanas. Espero, deseo, que ellos, que todos, pronto, estén bien resguardados en sitio seguro con alguien querido que los acompañe.

Desde Maracaibo, ciudad sitiada.
Noviembre-diciembre 2020, año 1 de la pandemia
Georgina Uzcátegui Gómez
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