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Ella, lectora

lunes 31 de mayo de 2021
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Ella, lectora, por Georgina Uzcátegui Gómez
Las despedidas también suceden en la librería. Librería La Ballena Blanca, Mérida (Venezuela) • Fotografía: Georgina Uzcátegui Gómez

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

A la librería La Ballena Blanca, a su gente que la hizo posible.
Soy yo, la extraña, en la ciudad de siempre.
Carolina Lozada

Llegaba todas las tardes a la librería a la misma hora. Seguía un ritual naif, primero preguntar por algún libro nuevo, un best-seller de autoayuda o cualquiera de esas novedades editoriales sobre gastronomía (seguro que lo primero para alguien que le pedía el favor de preguntar “porque a ti te gusta tanto leer”, lo segundo porque quizás estaba pensando que podría hacer otra cosa, al renunciar a su anterior trabajo); da la impresión de andar siempre pensando en las musarañas, que evade la conversación usual, llena de lugares comunes (¿timidez, impaciencia?) pero, a ratos, mira con aire burlón a quienes entran solicitando libros que es obvio que no conocen ni el autor ni el título, pero no puede contenerse y se permite asesorar al neófito, quien termina preguntándole si trabaja en la librería.

Después de un rato de deambular revisando la exhibición de adquisiciones recientes, sacar libros de las estanterías y colocarlos exactamente en el mismo sitio, se queda con uno o dos en las manos, mira a su alrededor, se sienta cerca de la cafetería; ya Cira, la chica del café, y ella, tienen un acuerdo tácito, cuando se sienta luego de los saludos de rigor le pone una taza de café grande, bien fuerte, el aroma se esparce por todo el local, toma un sorbo sin azúcar y empieza a leer el libro saltando páginas y tomando notas, cada tanto se detiene y se queda pensativa, mirando hacia la entrada o pareciendo detallar los ángeles tallados que decoran ese espacio. Deja el cuaderno, toma un sorbo de café, preguntando cuándo llegarán los libros nuevos de Tabucchi o de Santiago Gamboa, o si queda alguno de los cuentos de Carver, pues estuvo en la edición anterior de la Feria Internacional del Libro Universitario (que era auspiciada por la Universidad de los Andes), donde descubrió libros de estos escritores; compró algunos por sugerencia de un amigo escritor quien dictó un curso de narrativa que ella siguió, movida por el interés reciente en escribir y describir esta nueva etapa de vida que ha iniciado en esta ciudad.

Cuando ve llegar algún conocido, pierde la reticencia inicial y comienza con el recién llegado una tertulia donde comparte impresiones, hallazgos de las últimas lecturas.

Quiere, como siempre dice, compensar por el tiempo que ha dejado de leer tantos libros.

A estas alturas de la tarde, pide otro café menos cargado y endulzado, escoge el libro que se llevará, comentando que para la próxima espera que lleguen a la librería más novedades de Tolkien y de autores del realismo sucio.

Una mañana, llegó a la librería muy temprano, se instala en la mesa de siempre, al rato llega un joven, se saludan efusivamente, conversan largo y tendido mientras toman café cada uno con un libro en las manos, comentan detalles de lo que están leyendo; él entusiasmado con Brodsky, su biografía y con Marcas de agua, uno de los textos del ruso que está leyendo, se siente identificado con el amor a Venecia de aquél pues ha viajado a esa ciudad con un familiar y ha podido sentir esa atmósfera, esa luz que Brodsky describe. Ella sabe que ese será su próximo autor en la lista imaginaria que mantiene en la mente; quiere, como siempre dice, compensar por el tiempo que ha dejado de leer tantos libros, autores que sólo conocía por la referencia que los autores leídos hacen de aquéllos.

De ese modo ha llegado a la lectura, comenta las raras veces que se acerca y se atreve a pedir orientación, información sobre tal o cual narrador o poeta; como cuando asistió por primera vez a una Bienal Mariano Picón Salas, en la que logró, superando la timidez, acercarse a los autores que leía, pedirles sus autógrafos; uno era El cuaderno de Blas Coll y otro la edición de la antología poética de Armando Rojas Guardia, que aún los atesora, o de su aventura en la también primera vez que estuvo en la Feria del Libro Universitario, de la cual llegó cargada de bolsas llenas de libros, aprovechando, dijo con alegría y con un toque de ironía, que el maléfico patrón gubernamental por fin se había dignado en cancelarle sus magras prestaciones sociales.

En esa feria del libro descubrió la embriaguez de ver, tocar y embelesarse ante cientos de libros de todo tipo de narrador, poetas, de todos los géneros, el ambiente cargado de grandes esperanzas y de novedades sobre lo que se estaba escribiendo en el país; tuvo la oportunidad de presenciar varias conferencias, incluso participar junto con su amigo en el taller de una notable escritora caraqueña; mucho fue lo escuchado y reflexionado, lo aprendido sobre el valor de la lectura y la escritura en tiempos inciertos, donde parece que nada sucede pero todo comienza a mutar de un día para otro.

Salvo esas contadas ocasiones, mostraba una actitud y distancia respetuosa si en la librería llegaba alguno de los escritores o poetas que venían a comprar o sólo a charlar, incluso con el amigo de su compañero de correrías bibliográficas, Ednodio Quintero, cuando coinciden en esos espacios comunes que en Mérida eran siempre espacios de libros y tertulia, la cortés parquedad de ambos resultaba graciosa, pues se supone que ya habían sido presentados y conversado en otras oportunidades por conducto del amigo común.

A veces ella llega casi a la hora del cierre, apurada pues viene a retirar un libro apartado; dice que no puede esperar hasta la semana siguiente para tenerlo y leerlo.

Hay días en que sólo pasa a tomar el café vespertino y trae algún libro en su bolso, saluda y se sumerge en lo que lee hasta que ya es la hora de cerrar; se despide y baja por la calle mirando su reloj y apurando el paso.

De uno de sus viajes a la capital trae un libro de Tolkien y entusiasmada cuenta que es una joya; luego del entusiasmo inicial siempre pregunta si ha llegado algo interesante a la librería; no espera respuesta, se acerca al mesón de novedades y todo alrededor pasa a segundo plano.

Desaparece algún tiempo, cuando reaparece cuenta que ha comenzado una maestría en literatura pero que pese a lo mucho que aprende no era lo que esperaba, aunque está muy orgullosa pues pese a que no es “del medio”, no se siente perdida entre la preceptiva y los fonemas, sólo se siente desilusionada, quizás la ciudad letrada maneja unas coordenadas que para ella, nueva en el ramo, no parecen encajar con su brújula personal.

Cuando del otro lado la intolerancia a la divergencia comenzó a manifestarse de forma cruenta, la librería le sirvió de cobijo seguro mientras los ánimos se apaciguaban.

Pero no ha sido en vano esa experiencia, como tampoco lo fueron los talleres de ensayo, poesía y narrativa que casi en simultáneo decidió seguir llevada por la necesidad de poner en papel lo que empezaba a intuir y constatar en estos territorios ignotos que comenzaba a explorar, la lectura y la nueva ciudad; sobre esta última no escatimaba en decir que había sido como casarse en matrimonio arreglado para descubrir que la pareja tenía todo lo que deseabas del otro y mucho más. Cada tanto, luego de unos días de ausencia, reaparecía con un morral a cuestas, llegando de una temporada de hibernación, acotando que en vez de escribir, la intención inicial de aprovechar esa estadía en pleno páramo, terminaba leyendo todo lo que llevaba, tomando fotografías, caminando y viendo cómo la neblina hace desaparecer en el horizonte las montañas.

Los días de bautizos de libros llegaba y entraba casi arrastrándose por debajo de los mesones; se nota que los nutridos grupos la intimidan, o quizás sólo le fastidia que no puede revisar las estanterías, hojear lo que le llama la atención, tomar el café al final de la tarde, sin prisa.

En uno de aquellos eventos que coincidía con la entrega de un reconocimiento de la Universidad de los Andes al escritor Enrique Vila-Matas, un doctorado honoris causa, evento académico que está enmarcado en la VIII Bienal Mariano Picón Salas, que es como su cierre con broche de oro, acontecimientos todos que se celebran al unísono en esa librería, le pide a una amiga que se acerque al narrador homenajeado, escritor que admira pero cuya presencia la intimida, para que le firme un libro cuyo autógrafo no se siente con agallas para pedir in situ; conserva fresca en la memoria, dice, la mirada irónica del autor hacia donde ella estaba cuando su amiga la señalaba como dueña del libro que acaba de firmar. Como cuando estuvo conversando un buen rato con un señor sureño, que no era de los contertulios habituales de la librería y que hablaba maravillas de una artista plástica nacida en una parte de los Andes, naif la llamaba, que ella conocía de referencia pues hacia unas tallas en madera de rara belleza y protagonizaba un performance que era como su sello personal; el señor sureño era Sergio Chejfec, autor del libro Baroni: un viaje; luego de este “incidente” se propuso leer todo lo publicado por ese narrador, una escritura que la enganchó y que sigue apreciando.

Cuando comenzaron los tiempos de cacerolazos, trancas de calle, concentraciones multitudinarias, todo lo multitudinarias que pueden llegar a ser en una ciudad como esta, las visitas de la lectora se fueron espaciando; podía pasar que a principios de la tarde aparecía de pronto pues había estado en algún acto público, se notaba que la efervescencia cívica seguía en su ánimo, era optimista ante lo que se podría lograr si esta dinámica contestataria seguía su curso; cuando del otro lado la intolerancia a la divergencia comenzó a manifestarse de forma cruenta, la librería le sirvió de cobijo seguro mientras los ánimos se apaciguaban.

Las visitas siguieron aunque no mostraba ya tanto interés sólo en la bibliografía estrictamente literaria; los temas historiográficos, sobre todo los más recientes de política y sociología, acaparan su atención; como muchos, ella quería conseguir las claves de lo que se estaba viviendo en las ideas, experiencias y escritos de otros, eran tardes donde la librería ofrecía el silencio y tranquilidad que ella busca, aunque era una paz ficticia creada por ausencias de otros lectores luego de días en que la calle era un campo de batalla donde pocos se atrevían a cruzar las líneas que la intolerancia y la desesperanza estaban demarcando.

Pasan días, meses, la librería va languideciendo pero ella persiste en venir, aunque ahora viaja con más frecuencia a la capital; el último viaje para despedir a unos familiares que se van del país, como otros también que han dejado esta ciudad chica, huyendo sin mirar atrás, el que mira hacia atrás en plena estampida “corre el riesgo de convertirse en estatua de sal”, dicen con sorna los que van quedando.

Una foto en las redes anuncia que por un tiempo largo la librería cierra sus puertas.

Hay ahora un mesón extra; la librería remata libros de saldo, usados, aunque no es su línea editorial; llega y pregunta, mirando el mesón intruso, dónde está lo nuevo; hace un gesto cuando observa que es poco, casi nada, lo que puede ofrecerse; sin embargo, sus ojos brillan porque ha encontrado un libro de Samanta Schweblin, no lo piensa mucho pero saca cuentas, pide un día más, al final de la semana tiene el libro agradeciendo la espera y empieza a leerlo acá mismo tomando el café de la tarde, uno solo pequeño pero siempre sin azúcar, abstraída.

Las despedidas también suceden en la librería. La joven del café, que con el tiempo sería la señora encargada de la venta, se despide de todos, también de la lectora, que lamenta la partida; está segura de que todo va a salir bien, cruzan datos de Facebook pero la tristeza deja un hálito sombrío en la tarde luminosa.

Una foto en las redes anuncia que por un tiempo largo la librería cierra sus puertas; ella la observa desde su tabla, está en su ciudad natal, donde más despedidas la mantienen retenida. Escribe una nota agradecida, no deja de ironizar por lo que ahora es irremediable y sabe, lo escribe, que estos sitios siguen existiendo para quienes siempre los recuerdan y dejan constancia de aquéllos en unas cuartillas, quizás como estas que no aspiran a ser un diario, pero sí prueba del tiempo vivido entre libros en una ciudad que los ama como pocas.

Georgina Uzcátegui Gómez
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