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Memorándum de abril

martes 11 de abril de 2023
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Memorándum de abril, por Georgina Uzcátegui Gómez

El daño del mal suele volverse contra el propio mal.

El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo

Fechas, horas y hechos, a eso suele reducirse el comienzo, desarrollo y cierre de la vida en cualquiera de nosotros, pero puede ocurrir que un país se vea reducido a ese modo de calibrar su propia existencia, dejando en el camino un rastro de actos que no se explican sólo desde una óptica maniquea del bien y el mal.

Estos apuntes en reversa tienen como contexto restringido los días 11, 12 y 13 de abril, fechas que marcan un punto de quiebre entre lo conocido como sociedad civil y esa otra entelequia llamada revolución pero sin adjetivo.

 

11

Esa mañana amaneció radiante. Mi día de trabajo seguía la rutina usual que se espera de alguien que sólo se considera un tornillo más del engranaje de la administración pública de justicia, una opción de “ser” que siendo una circunstancia de vida pasó con el devenir del tiempo en una posición escéptica ante todo lo que me rodeaba en este ambiente de tinterillos y expedientes, pero la normalidad sólo está en los ojos de quien quiera verla; los días previos tenían de todo menos normalidad.

El ecosistema nacional estaba en deterioro progresivo: conflictos que amenazaban a los gremios por unas leyes que pretenden dar un vuelco a toda la legislación vigente, un llamado a paro que se vislumbraba en lontananza, el despido masivo, vergonzante, de la gerencia media y alta de la industria petrolera; la tormenta perfecta, pero creíamos que se detendría con sólo sacar el paraguas.

Era escéptica al no esperar resultados tangibles de la disidencia organizada, pero en lo íntimo sí esperé al menos una mínima vuelta de tuerca.

En esos días, mientras iba siguiendo por televisión e Internet la información que se iba generando, mi actitud era ambivalente respecto a lo que estaba ocurriendo; había ingresado al poder judicial cinco años antes de que la revolución entrara como chubasco con granizo en la historia patria, pero ni me sentía ligada al ancien régime ni era obsecuente fan de los nuevos tiempos, era una empleada pública stricto sensu, cuidadosa de no mostrar ninguna costura liberal suelta aunque poco afecta a los rebaños y mesnadas.

Era escéptica al no esperar resultados tangibles de la disidencia organizada, pero en lo íntimo sí esperé al menos una mínima vuelta de tuerca, el gesto gatopardiano del mandón dando un respiro a quienes lo adversaban aunque al final nos diéramos cuenta de que el futuro de nosotros, con ellos, sería, para todos, irreversible.

Presencié la gran marcha, tal como había seguido los reportes y noticias previas, desde la pantalla del televisor que nuestro jefe tenía en su despacho; la presenciamos todos los integrantes de esa oficina, unos apenas disimulando el agrado, algunas caras de póker que hacían que otros contuvieran cualquier gesto adverso o auspicioso.

La esperanza naufragó rápido, no sólo vimos dividirse en dos una pantalla de televisión sino que comenzamos a transitar dos versiones de una misma historia; sólo recordé a mi hermana, quien participaba de esa masa humana, sentí angustia, y recuerdo haber pensado que podía ser una emboscada. El magistrado nos llamó a la calma, nos aconsejó prudencia en las horas que se avecinaban y nos ordenó quedarnos “hasta que las cosas se tranquilicen”.

Cuando el jefe abandonó su oficina para reunirse con los magistrados, recuerdo haberme asomado desde su balcón, que da a la parte posterior del edificio; desde allí contemplé El Rosal y las zonas aledañas, donde apenas unas horas antes había un rumor como de abejas y ahora estaba en silencio; sentí miedo.

Mi hermana logró comunicarse por celular y, aunque estaba ya saliendo de la zona de los acontecimientos, describió con pocas palabras lo que había presenciado y vivido, toda la alegría y el espanto; al menos estaba bien, había logrado sobrevivir.

El camino de regreso a casa apenas lo recuerdo; sentí que iba por una especie de túnel, veía todo con extrañeza, la gente en la calle parecía alelada y podía sentir su desazón, cuando iba caminando por La Candelaria sólo escuchaba sonidos de sirenas cada tanto, pero el resto era silencio.

Instalada en casa me dediqué a hacer zapping en la televisión; sólo programas enlatados y programas pregrabados; llegó mi hermana muy tarde, el horror se hizo historia cierta cuando refería los detalles de su travesía. Siguió transcurriendo la noche hasta que comenzaron los reportes de noticias, detalles confusos del principio y fin de esa jornada que nunca más olvidaríamos, la noticia anunciando que él había renunciado y que había aceptado esa exigencia. Sentí emoción, ganas de llorar, pero seguía sin creerme que era realidad.

 

Pude ver, en la televisión que tenían en el local, a nuestro flamante nuevo Presidente. Era el comienzo de la juramentación del personaje.

12

Volvimos al trabajo pese a la contingencia del día anterior, pese a que era ya un hecho lo que antes eran sólo rumores, pese al trágico resultado de la marcha.

Parecíamos el elenco de una puesta en escena. Todos fingíamos trabajar, pero unos con los audífonos conectados a los celulares y otros recorriendo los pasillos de la corte, solo o acompañado de alguien más, todos intentando escuchar más detalles sobre lo que nadie se atrevía, a viva voz, mencionar.

Pese al ambiente aprensivo decidí ir al Centro Comercial Sambil y almorzar, luego entré a una de sus librerías a comprar unos tomos de la Historia de la Tierra Media que buscaba; mientras los hojeaba antes de dirigirme a la caja, pude ver, en la televisión que tenían en el local, a nuestro flamante nuevo Presidente. Era el comienzo de la juramentación del personaje y su tren ministerial; la escena al inicio fue coreada por alguien de los clientes que soltó una frase expresiva, pero que extrañamente no fue seguida por los demás presentes; hice un amago de sonrisa, pero la salida de tono sin eco en los otros me dejó pensativa, preocupada.

Seguían llegando pormenores al despacho; la juramentación parecía haber devenido en espectáculo que molestó a muchas buenas conciencias, ya se denunciaban atropellos a los derechos humanos de ciertos notables depuestos; en Mérida familiares nos informaban de la toma de la Gobernación por adversarios y de su gobernador abucheado y sacado a empujones del sitio.

Cuando llegaba a casa, decido caminar por La Candelaria y veo un grupo de gente, todas disfrazadas con el color del partido, gritando a todo pulmón, preguntando “¿Dónde está el Comandante?”, una pregunta que parecía retórica porque a esas alturas del día sabíamos de su sitio de reclusión, pero igual gritaban esa y otras consignas, rostros que denotaban no sólo rabia sino también miedo.

Llegué a casa; conversamos las impresiones de ese día desconcertante para mí, el alivio experimentado en las horas transcurridas después del defenestramiento fue desapareciendo; en la noche conversé por teléfono con mamá; siendo adeca y demócrata sin remedio, veía con reticencia la ausencia durante la juramentación del entonces presidente del principal gremio sindical. Esa referencia daba una medida de los encontrados intereses que en esa encrucijada estaban barajando la suerte, o al menos los proyectos pequeños o grandes de todos los que no participan, participamos, en las grandes decisiones que quitan o ponen reyes.

Otro dato: en ciudades grandes como Maracaibo no había mayor conmoción salvo las que en las horas siguientes se suscitaron como reacción a lo sucedido en Caracas. En Dinamarca todo apestaba.

 

Quienes habían sido el elenco, de buena o mala ley, escaparon o estaban presos, huyendo, murieron.

13

Las informaciones en prensa, radio y televisión en este día eran ecos unos de otros; nadie parecía avizorar lo que este sainete iba a deparar al país.

Actos de vergüenza, actos de agravio, actos de cobardía, era lo que podías entrever en cada imagen, en cada historia, en los rostros de los protagonistas de esta ¿performance, ópera bufa? que nos había tocado presenciar a unos, sufrir a otros. Quienes habían sido el elenco, de buena o mala ley, escaparon o estaban presos, huyendo, murieron; muchos quedaban, quedamos, como testigos perplejos de lo que comenzó como una fiesta y finalizó sumergido en dolor, decepción; la sensación colectiva de que alguien como el aprendiz de brujo había logrado desatar un vendaval abriendo la dichosa caja de Pandora, y corrido el telón, desaparecer, sin entender aún el alcance de lo que se perdió, quizás para siempre, en esa jornada aciaga.

Vimos pasar tan de cerca a nuestro edificio al helicóptero donde regresaba el depuesto prócer, que sus luces iluminaron por segundos la sala de la casa; lloramos, lloré amargamente por todo lo que no había llorado en esos últimos días ante lo que sentí como irremediable, que era más que ese regreso, pensar en seguir bajo la influencia de esta creciente oscuridad era una idea soportable durante un tiempo precisado; seguir bajo la sombra indefinidamente no era una opción, después de haber visto caer el telón.

En verdad, un amo, sólo uno, puede usar el Anillo; y Sauron espera un tiempo de discordia, antes que entre nosotros uno de los grandes se proclame amo y señor y prevalezca sobre los demás. En ese intervalo, si actúa pronto, el Anillo podría ayudarle.

El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo

Georgina Uzcátegui Gómez
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