“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Malcolm Lowry en un autobús en México

martes 7 de junio de 2022
Malcolm Lowry
Lowry quería a México en el volcán. Quería toda la fuerza vital de México.

Íbamos en aquel autobús hacia el Popocatépetl. Una vieja gloria del pop de los años sesenta nos enseñaba su álbum de fotos a todos de manera patética. Regresábamos de Oaxaca donde habíamos bebido mezcal en los mismos sitios que Lowry. Bebíamos en El Farolito donde después estuvo D. H. Lawrence.

El volcán era la tragedia. Era la vitalidad desbordada y era la destrucción de todo. Así todo se agita y se muere. Lowry buscaba eso en México. El Cónsul se autodestruye con el alcohol y quiere ver todos los alucines en sus últimos días. Lo matan cuando está alucinado de vida. Lo repasa todo y lo revisita todo cuando está a punto de morir. Lowry quería hacer su obra dantesca, quería descender a los infiernos y verlo todo.

El hermano del Cónsul se cuestiona todo y se replantea todo, se siente pecaminoso, le parece incluso que es una santidad el estalinismo, se considera una piltrafa moral y se pone encima de eso por el hecho mismo de pensarlo. Como el hombre de Pascal que es una nada en el universo pero es más que todo porque lo piensa. Y en realidad está más vivo que nunca porque se ha salido de santidades tan engañosas como el estalinismo.

Yo aún quería vivir unos años más. Tal vez experimentar unos cuantos pequeños volcanes en algunas habitaciones del mundo. Releer a Lowry y leer a otros autores con la misma fuerza.

Íbamos hacia el volcán repleto de piedras y de lava, repleto de vida trágica, pero yo aún quería vivir unos años más. Tal vez experimentar unos cuantos pequeños volcanes en algunas habitaciones del mundo. Releer a Lowry y leer a otros autores con la misma fuerza. Hablábamos con unos ingleses y les contábamos que un autor inglés había literaturizado aquel volcán.

Pero como yo quería todavía algunos pequeños volcanes no había querido ir a Cuernavaca, donde morían las personas a cada instante por todas las esquinas. Me bastaba con el volcán artístico de Frida Kahlo en Coyoacán.

Y aquel hombre que fue tan famoso les contaba a todos sus glorias pasadas en el autobús. Y nos hablaba de personajes famosos de los que fue amigo íntimo. El paisaje atormentado circulaba a toda velocidad en el exterior del autobús. Y a menudo el tiempo se me distorsionaba y mi vida entera se deformaba en el autobús.

Lowry quería a México en el volcán. Quería toda la fuerza vital de México. Quería el tequila en Cuernavaca y los alucines y la fuerza de la literatura. Su libro tenía tanta fuerza que se le perdió y tuvo que escribirlo otra vez con su memoria o su pasión o su obsesión. El libro hablaba de autodestrucción o de crisis pero también de vitalidad trágica, de empuje desenfrenado. Hablaba de alguien que va a morir en medio de la erupción vital de un país. De alguien que se va a la oscuridad en medio de todas las máscaras y los caballos de un carrusel.

La agonía es como la traca final, como la revelación final de la vida. Revelación y caída, decía Georg Trakl. Lowry quería que su libro fuera la revelación primera y última. Y encima tuvo que discutir con un editor, y explicarle sus puntos de vista, y por qué lo había escrito así, como si Dante discutiera con su editor moderno, como si la fuerza profunda de la literatura se pudiera explicar igual que el funcionamiento de una herramienta. Qué miserias.

Íbamos en aquel autobús, escuchando a una vieja gloria patética con sus fotos, y pensábamos en esa tragedia de Lowry, en esa melancolía lancinante de Lowry. Al que ahora leíamos como locos en todas partes y que tuvo que luchar con los editores y con su propia memoria. Y encima con las limitaciones o las torpezas del lenguaje. Es mucho luchar eso para alguien que lleva un volcán en la cabeza, que lleva un volcán desgarrándole el hígado. Desgarrándolo como el mezcal o un cuervo que lo exalta y lo devora.

Me parecía impresionante ir acercándonos al volcán Popo, igual que en varias ocasiones me fui acercando al libro de Lowry. O igual que fui acercándome a la película de John Huston con su fuerza dramática, a la belleza excesiva y desgarradora de Jacqueline Bisset. A ese Cónsul grandioso y fracasado que lo tiene todo y lo pierde todo, que lo adivina todo y se muere miserable en un rincón.

Si un escritor está en vena puede conseguir tanto como el volcán Popo y todos los volcanes de Centroamérica que él exaltó en el libro de cuentos Escúchanos, señor, desde el cielo, tu morada.

Igual que me parecía impresionante irme acercando a esa angustia exaltadora de Lowry en su novela. El volcán me lo prometía todo y me amenazaba con todo. Igual que los dioses, igual que Júpiter cuando lo desgarraba todo al aparecer en una casa cualquiera de Atenas.

Y me parecía un prodigio todo lo que puede conseguir la literatura, si un escritor está en vena puede conseguir tanto como el volcán Popo y todos los volcanes de Centroamérica que él exaltó en el libro de cuentos Escúchanos, señor, desde el cielo, tu morada. Leí ese libro cuando pensaba recorrer en autobús toda Centroamérica convulsa entre dos océanos y pensaba escribir un libro psicodélico y metafísico que se titulara “La carretera de los volcanes”. Al final no lo hice, volé desde Colombia hasta México, me salté las etapas exquisitas y polvorientas.

Y Lowry estuvo en vena de manera obsesiva durante unos cuantos años, fue como una obsesión de fuego apagado que cruzó unos años obstinada hasta que se extinguió. Me parecía increíble estar acercándonos a aquel volcán que inspiró la novela. La novela era tan importante y tan volcánica como el volcán. Era tan profunda y avasallante como el volcán, reventaba del mismo modo los ojos. Y me parecía increíble ir por aquella carretera de México a toda velocidad, desde la devoradora Oaxaca con los lobos azules que pintaba Rufino Tamayo.

Antonio Costa Gómez
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