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La diarrea o la rebeldía (Aira o Camus)

martes 12 de julio de 2022
César Aira
Dicen que César Aira es un escritor. Fotografía: André Agurto • Lee por Gusto

Dicen que César Aira es un escritor. Y lo toman en serio, y le dan premios. Pero yo sólo veo a un tipo que lo trivializa todo y suelta un flujo ininterrumpido como una deyección de gallina. Sólo veo a un tipo que desvalora todo lo que no es diarrea como sus textos. Descarta a escritores intensos: Sábato, Cortázar, Rulfo, para él son una mierda. Juan José Saer, tan sugestivo, no vale nada.

Dicen que es un escritor. Pero escribe cientos de libros inanes como si fabricara gominolas. En uno de ellos dice que da igual escribir bien o mal, el caso es soltar cualquier cosa. Su libro El mago no tiene ninguna magia ni densidad literaria. Me puse a leerlo con la mente abierta. Pero encontré un mago que se aburre porque sólo fabrica números industrialmente y no es capaz de crear nada original. Y se aburre. Lo mismo hace el mismo Aira. Se aburre y nos aburre a nosotros. Sus libros no tienen gracia, lo dejan a uno vacío.

Dicen que es escritor. Pero lo único que hace es socavar a los verdaderos escritores. Convierte la trivialidad en norma. Los verdaderos escritores nos inquietan, nos llevan a nuestros abismos como Sábato, condensan cada palabra como Rulfo, nos trastornan, nos revela. Nos hacen el mundo interesante, nos revelan la vida, le ponen fuego a las palabras. Pero este tipo escribe por escribir. Y se burla de los que se apasionan con las palabras. Y convierte en norma el aburrimiento y la amplificación sin fin. No tiene nada que decir pero habla sin parar. Como mi tía de Galicia cuando no sabía nada de un tema.

El año pasado le dieron el premio Formentor. Yo escribí a la Fundación Formentor pidiendo que el próximo se lo den a Chiquito de la Calzada.

Dicen que es escritor. Un día en Madrid me lo recomendó un letrófilo, de esos que a veces me descubrían escritores pata negra como paletillas de jamón, que despreciaban los best-sellers. Y yo crédulo me puse a leerlo. Pero este tipo es peor que los best-sellers; al menos los autores de best-sellers no te ofrecen otra cosa. Ya sabes lo que lees. Pero este tipo encima se cree algo. Y se creen algo los que lo leen. El año pasado le dieron el premio Formentor. Yo escribí a la Fundación Formentor pidiendo que el próximo se lo den a Chiquito de la Calzada. Y pensar que ese premio lo ganaron tan grandes escritores. La gente con las nuevas leyes educativas ya no distingue nada. Da ideal jamón de Jabugo que jamón sintético de Silicon Valley. Si por este tipo nos guiamos se acabó toda intensidad y toda pasión creativa. Se acabaron las atmósferas vivas y espectrales de Rulfo, se acabó la melancolía de las ideas en Borges (que también es una mierda según este tipo; la rana hinchada desprecia a todos los bueyes). Y la gente cree que lee algo.

Dicen que es un escritor. Pero habla de magia y no aporta magia. Lo convierte todo en palabrería y fastidio. El mundo se vuelve árido y gris. No tiene agua, no tiene latido. Las palabras no mojan. Es como hacer el amor atendiendo al teléfono móvil. Nos mata toda vibración, nos mata toda vitalidad o encanto. Nos regala lo escuálido y lo flojo. Todo es pura impostura y gesto según sus palabras. Y a este tipo fastidioso lo toman en serio. Y se permite nulificar al gran Sábato. Es como para retomar la capacidad de Cernuda para el insulto: “Lo cretino en ti no excluye lo ruin”, etc.

El mundo se vuelve un coñazo dividido en montones de trocitos. Como cuando daban esos pedruscos de falso azúcar a los niños en las ferias. Los propios niños acababan fastidiados. Acaban diciendo sin pronunciarlo: dame algo de verdad, gilipollas. Pero hemos perdido el gusto, el discernimiento. Ya todo da igual. Y el que no vale nada se burla del que tiene oro secreto. Y los triviales que cagan cualquier cosa se burlan de los autores trágicos que (como decían Jaspers o Camus) se rebelan en nombre de la condición humana.

Antonio Costa Gómez
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