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Alejandra Pizarnik, rescoldo y memoria

martes 13 de septiembre de 2022
Alejandra Pizarnik
Como Rilke, Pizarnik intentó con todas sus fuerzas que su poesía fuera tan intensa que los ángeles la escuchasen. Fotografía: Archivo de la familia D’Amico Digisi

El 25 de septiembre hará cincuenta años que murió Alejandra Pizarnik. Antonio Beneyto, pintor y poeta ya muerto, se partió el alma por publicar en España en Ocnos su antología El deseo de la palabra. Una vez estuvo en Compostela. Allí Jacob peleó con el ángel y le dijo: “No te suelto si no me dices tu nombre”. Quería que el ángel entrara en el lenguaje, o que el lenguaje se rompiera para albergar al ángel. Es decir, según Rilke, lo superlibre y lo superexistente. Y eso mismo pretendió Alejandra Pizarnik toda su vida.

Alejandra como Rilke se tomó totalmente en serio la poesía y se dedicó sólo a ella. La gente se burla de que Rilke hiciera sólo poesía. No critican que alguien se dedique a la venta de armas o a la especulación inmobiliaria pero sí que haga sólo poesía. Y Rilke como Pizarnik intentó una exploración radical del lenguaje. En la primera elegía dice en Duino: “¿Quién, si yo gritara, me oiría desde los coros de los ángeles?”. Quiere que su poesía sea tan intensa que los ángeles la escuchen. Y Pizarnik también lo intentó con todas sus fuerzas. Para ella lo angélico era la noche y el silencio. Buscó acercar su lenguaje a la libertad de la noche y el silencio y exponer su desnudez total. Así lo indica en El infierno musical: “Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio”. Pero constata como Rilke: “No porque se muestre furioso existe el mar”.

En los años noventa peregriné a Buenos Aires para estar cerca de Pizarnik. Fui a la calle Montevideo, 980, donde vivió ella y donde se mató. Allí no había nada, ni siquiera una placa, pero me sentí satisfecho. Porque allí fue esa pelea trágica con el lenguaje, ese existir al máximo a través del lenguaje. Como en los poemas de San Juan de la Cruz o de Rilke. Uno peregrina para encontrar, aunque sólo sea a nivel mítico, una dimensión, una apertura. Y allí, en aquella casa de Buenos Aires, se produjo esa desolada epifanía. Tal como escribió en El infierno musical: “La soledad es no poder decirla por no poder circundarla por no poder darle un rostro. La soledad sería esta melodía rota de mis frases”. Uno peregrina para encontrar una intensidad fuera de la rutina, pero el hecho de peregrinar ya es ponerse fuera de la rutina. También viajé a Finlandia para encontrar la aurora boreal y nunca la vi, pero me abrí en pos de ella. Los dos buscamos un límite del lenguaje. Ella buscaba un sitio donde Jacob luchó por meter lo angélico en el lenguaje. Yo busqué un sitio donde ella se desgarró por abrir el lenguaje a lo angélico. Es decir, al infierno y la noche.

Alejandra, en Escrito en España, cuenta cómo en Compostela de pronto siente que todo es ofrenda.

Rilke y Alejandra tuvieron dos experiencias similares. Uno en Ronda y la otra en Compostela. En La trilogía española, Rilke, mirando el precipicio de Ronda, habla con Dios exaltado y le ofrece reunir todo lo que ve en una cosa innombrable que lo arrebata y lo transforma sintiéndose pura llegada. Alejandra, en Escrito en España, cuenta cómo en Compostela de pronto siente que todo es ofrenda. Y todo se vuelve mirada y la mirada es un cofre. Y dice: “Si muero que me entierren en tus ojos”. Y en esos ojos están todas las aves del mundo, como en aquel poema arrebatado del trovador gallego Fernandes Torneol. Y los fuegos artificiales del día del apóstol se levantan como una catedral de fuego en la noche. Y todos parecen esperar algo, todo se vuelve espera y aliento. Y hay una herida metafísica que no pueden cerrar las campanas. Compostela fue una experiencia tan honda para Alejandra como para Rilke el abismo de Ronda.

Su amigo se va a ver los fuegos y ella se queda abandonada. Pero ese abandono es una visión. Ella es la abandonada abandonadora y el amigo cuando se va la mira no comprendiendo. No comprender, eso mismo dice Rilke, no comprender el mundo para no simplificarlo. Entonces será como una fiesta. Y el abandono abierto es como la inquietud de Heidegger. Y entonces le ofrece a su amigo “todos los secretos del sol, todos los de la sombra, los de la vibración”.

Antonio Costa Gómez
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