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Felisberto despistado en Montevideo

martes 18 de octubre de 2022
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Felisberto Hernández
En un cuento de Felisberto Hernández un balcón se suicida porque la mujer que suele estar en él, que lo considera su mejor amigo, se olvida de él.

Caminaba desde el edificio Salvo con tu entusiasmo musical en el aire hacia el teatro Solís con su empaque más clásico. Antes había tomado en el fascinante mercado central una copa de aguardiente con vino, como me recomendó en el barco un descendiente de Jules Supervielle. Y me acordaba de Felisberto Hernández.

En un cuento de Felisberto Hernández un balcón se suicida porque la mujer que suele estar en él, que lo considera su mejor amigo, se olvida de él. A la mujer le preguntan si no es el piano un buen amigo pero ella contesta que el piano era el mejor amigo de su madre. Y uno tiene que concentrarse. No hay amor más incomprensible y más inefable que el que pueda sentir un balcón por una mujer. Ni tampoco más frágil y más condenado al fracaso.

Quién no se ha sentido a veces como un balcón, al que usan para sostenerse, para desahogarse en la soledad, para escaparse de las conversaciones importunas, para mirar de lejos la calle sin que haga daño. Nadie puede esperar menos tampoco, nadie puede contentase con tan poco. Hay que tener mucha sensibilidad para apreciar esa relación en lo que vale. Y si un día falla nada más sencillo que derrumbarse, que dejarse caer sobre la calle, que dejar de sostenerse.

Parece que todo en la vida se basa en esas precariedades, en esos despistes. Que todo es precario como esas relaciones que cuenta Felisberto Hernández.

El cuento pertenece a un libro que se titula Nadie encendía las lámparas. Y el cuento que da título al libro también habla de una relación así de precaria y despistada. Alguien está contando un cuento sobre alguien que intenta suicidarse y no es consciente de lo que cuenta, sólo percibe las risas que provoca en los oyentes. Y hay una mujer apoyada en una puerta que ríe de una forma más definida que los demás. Y tiene una relación con el narrador indefinida y al final le da la mano distraídamente y no se sabe cómo continuará.

Parece que todo en la vida se basa en esas precariedades, en esos despistes. Que todo es precario como esas relaciones que cuenta Felisberto Hernández. Y tan difícilmente apasionante. Él era pianista y todo lo veía a través de la música. Y de los reflejos que producía la vida en la música. O en las iluminaciones. O en las palabras.

También en su vida Felisberto Hernández fue así de despistado. Se casó con una espía soviética y nunca lo supo. No sé qué podría sacar de él, o a través de él, una espía soviética en Argentina y Uruguay. Pero tal vez valían más sus apuntes musicales y sus despistes que la lucha entre los bloques. Quién sabe si no vivió él más en las palabras y en las notas musicales y en la levedad de sus cuentos que la gente de su entorno en las rigideces de los bloques políticos.

Tal vez sea mejor ser así manipulado por otros, que se creen que se llevan lo importante, cuando en realidad se les escapa lo esencial, que es esa melancolía, esos roces de personajes, esas miradas ladeadas de los protagonistas. Esos silencios impresionistas de Felisberto Hernández cuando se ganaba la vida tocando el piano en los salones. Nació en Montevideo en 1902. Y se murió despistado en la misma ciudad en 1964.

Caminaba hacia el hotel Cervantes donde Cortázar y otros escritores buscaban a un niño que lloraba en una habitación secreta detrás de un armario. Y descubrí que el hotel ya no existía, estaba en ruinas. Y recordé de nuevo a Felisberto Hernández, el escritor despistado que tocaba un piano en Montevideo.

Antonio Costa Gómez
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