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Patti Smith en un azul de México

martes 15 de noviembre de 2022
Patti Smith
Me acordé de cuando Patti Smith decía que escribía con todo el cuerpo, sintiendo orgasmos, viendo aterrizar naves sobre las pirámides. Steven Sebring

Estuve en la casa azul de Frida Kahlo en Coyoacán, el barrio al sur de Ciudad de México. Caminé por las calles empedradas de la época de Cortés, pasé junto a la fuente de los coyotes aullando bajo el agua. Hice una cola kafkiana, miles de turistas iban allí porque tenían que ir.

Besé, como había prometido, el suelo que Frida Kahlo pisaba como una cierva herida. Lo había prometido y deseaba cumplirlo. Y ser en algún momento lo mismo que ella, latir de un modo similar a ella.

Contemplé las mariposas que le hizo Noguchi sobre su cama, para que vibrara aunque no podía levantarse. Miré con pasión los objetos, la cama donde pintaba con obstinación y vida, el patio lleno de dioses prehispánicos.

Frida Kahlo era hermosa y se sujetó con tesón sobre su espalda rota, se mantuvo erguida como las heroínas griegas. Patti Smith era fea pero tenía un encanto fascinador.

Lo que más me interesaba de México era ver a Frida Kahlo. Estar al lado de su rebeldía que sostiene la columna derecha aunque esté rota, de sus sueños ardientes que fascinan a los amantes, de sus trozos impregnados de vida esparcidos en su bañera. Soñaba furiosamente con ella y por fin vi su desnudez azul.

Pero también me acordaba de Patti Smith y de que estuvo allí. Vi su poema escrito en la pared: “Sobre mi cama / otro firmamento / con las alas que envías / a través de mi vista / disuelve todo el dolor”. Y me acordé de que Patti Smith fue tan rebelde como Frida y amó a Frida.

Estuvo en aquella casa de un azul tan intenso, casi infernal, que recordaba esos azules de los perros demoníacos de Rufino Tamayo. Estuvo en aquel azul que significaba una pasión tan trágica como la que ella misma llevaba. Frida Kahlo era hermosa y se sujetó con tesón sobre su espalda rota, se mantuvo erguida como las heroínas griegas. Patti Smith era fea pero tenía un encanto fascinador. Y las dos eran tan apasionadas como ese azul de la Casa Azul de Coyoacán.

Me acordé de su poema “Séptimo cielo”. Donde dice que el Diablo lleva a Eva al séptimo cielo y le regala un tomate y no una manzana. Me acordé de su libro de memorias Éramos unos niños, donde cuenta cómo vivía ingenua y salvaje con Robert Mapplethorpe en París y Nueva York.

Me acordé de cuando fue a ver a Rimbaud a Charleville, al norte de Francia, cerca de la frontera con Bélgica. Y se abrazó con furia a su tumba y aparece así en una foto exaltante. Yo también fui a Charleville, aunque no me hice ninguna foto exaltante, pero sí corregí un dato equivocado en el Museo Rimbaud y a partir del segundo día me dejaron pasar gratis. Y busqué el cementerio y una cuidadora me dijo que iban solitarios fervorosos del mundo entero, incluso chinos y vietnamitas. Pero no pagaban el cuidado de la tumba las autoridades municipales y espesas, sino un particular de París.

Frida era una cierva herida en el bosque y Patti era una dama de pómulos heridos en medio de las Iluminaciones de Rimbaud.

Me acordé de cuando Patti Smith decía que escribía con todo el cuerpo, sintiendo orgasmos, viendo aterrizar naves sobre las pirámides. Patti Smith era fea pero tenía un atractivo de vértigo y una vitalidad torrencial que podía romper millones de escayolas. Su rostro huesudo e insistente tenía la misma vitalidad con que Frida Kahlo se enderezaba sobre su columna rota y tenía más atractivo que nadie. Frida era una cierva herida en el bosque y Patti era una dama de pómulos heridos en medio de las Iluminaciones de Rimbaud o de las luces de los neones galácticos en Nueva York.

Patti era fea pero era tan cautivadora. Me acordé de cuando Janis Joplin le decía a Leonard Cohen en el Chelsea Hotel de Nueva York: “Somos feos, pero tenemos la música”. Mientras Leonard Cohen repetía como en una letanía: “Te necesito, no te necesito”.

Me acordé de que Patti Smith escribió “Augurios de inocencia”, donde decía que los animales con sus garras no aman como ella. Y estoy seguro de que no son capaces de amar como ella. Como amaba a Frida en medio de aquel azul, como amaba la vida en medio del azul infernal. Maldita, carnosa, rebelde como Frida.

Y todo ocurría en medio de aquel azul intenso, vertiginoso, profundo como el de los perros infernales de Rufino Tamayo. Yo veía el azul en aquellas paredes, en medio de aquella vegetación insultante y de restos de arqueologías profundas. Y en aquel patio donde besé los pasos de Frida besé también los pasos de Patti. Y me sentí en un azul tan intenso como el de ella, en una demoníaca ternura como ella.

Antonio Costa Gómez
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