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Jean Rhys en un acantilado en las Antillas

martes 13 de diciembre de 2022
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Jean Rhys
Jean Rhys era una mujer muy guapa y muy intensa. Pero era muy inquieta y los europeos la llamaron loca.

En Jane Eyre, de Charlotte Brontë, el protagonista que seduce a Jane tiene a su mujer loca encerrada en la buhardilla, donde suelta a veces gritos desgarradores. Jean Rhys, en Ancho mar de los Sargazos, cuenta quién era esa mujer loca y por qué acabó en aquella buhardilla. Se llamaba Antoinette y venía de la isla Dominica. Es la otra cara de la moneda, es la otra visión de las cosas.

Un día me gustaría ir a Dominica, en las Antillas, para ver lo que queda de Jean Rhys. Desembarcaré en Roseau y pasearé por el jardín botánico, donde hay un árbol sin nombre. Me gustan las cosas que no tienen nombre. Vagaré por Roseau y pensaré que ella estuvo por aquellas calles. Escucharé de noche las aguas del río que entran atropelladamente en el mar, escucharé chirridos de insectos y de cacatúas.

Iré a la otra parte de la isla, y me alojaré en el hotel Beau Rive. Desde allí me iré a los acantilados donde está la Cabeza de Perro. Otros dicen que es una Cabeza de Serpiente. Dicen que se adivina la cabeza de una boa, con los ojos y la boca abierta, como si amenazara al mar. Dicen que salió del fondo del mar y ha cerrado los ojos y no los abrirá hasta que el mundo ame más la literatura.

Jean Rhys era una mujer muy guapa y muy intensa.

Seguro que Jean Rhys iba allí con frecuencia. Tal vez allí barruntó su novela Ancho mar de los Sargazos. Donde habla de Antoinette, la chica que en Jane Eyre estaba encerrada en el desván. Estaba llena de vida hasta que el inglés se casó con ella para tener una herencia y luego se asustó de ella y la encerró en el desván.

Jean Rhys era una mujer muy guapa y muy intensa. Pero era muy inquieta y los europeos la llamaron loca. Los europeos siempre llaman locos a los que no son adustos. Y los predicadores puritanos los consideran demoníacos. Como le ocurre a la institutriz con los niños en Otra vuelta de tuerca de Henry James.

Un día iré a ver la Roca de la Serpiente y escucharé las oleadas de canciones ancestrales y misteriosas que lleguen hasta mí. Y se mezclarán con las frases de Ancho mar de los Sargazos: “Odiaba las montañas y las colinas, los ríos y la lluvia. Odiaba los atardeceres, fuera cual fuese su color, odiaba su belleza y su magia. Y odiaba a Antoinette porque pertenecía a aquella magia y a aquella belleza”.

Pensaré en Antoinette y en el deseo loco de que Rochester le diera cariño. Pero Rochester sólo era un caballero inglés lleno de conceptos. Y le asustó Antoinette y le pareció demoníaca. Y acabó en un desván de Inglaterra. Tenía demasiada inquietud y demasiada sensualidad. Porque decía Rochester: “Demasiado azul, demasiado púrpura, demasiado verde. Y esa mujer es una desconocida”.

Antoinette, la loca desgarrada del desván de Inglaterra, siempre había estado en peligro y quería vivir. Y también le había pasado a Jean Rhys. En Buenos días, medianoche, cuenta cómo iba sola y loca por las calles de París. Y cómo iba en tren desamparada entre la lluvia de Inglaterra. Y cómo vagaba como un sargazo roto por París. Tenía una vitalidad que resultaba maldita y perturbadora para el sensato anglicano de Inglaterra. Tenía una pasión excesiva y acabó en el desván.

Jean Rhys era Antoinette. Y el desván de Inglaterra era un acantilado en las Antillas y un exceso de sensaciones. Así pasa en Un perro andaluz: se abre una puerta y nos encontramos en medio de un mar desatado. Y en Jane Eyre ocurre al revés: se cierra una puerta y dentro se esconde un acantilado en las Antillas. Y una roca extraña que parece una serpiente.

Y a pesar de todo, a mí me gusta Inglaterra y su bruma.

Antonio Costa Gómez
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