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Arañando literatura en Ucrania

martes 12 de marzo de 2024
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Hotel George, en Leópolis (Ucrania)
En Leópolis durmió Balzac en el hotel George, cuando viajaba hacia el castillo de su novia la condesa Hańska al norte de Ucrania.

Siempre quise ir a Leópolis. Para mí representa lo más fascinante de Ucrania. Lo más cerca que estuve fue en Cracovia, en Polonia.

En Leópolis hubo tanta literatura y tanta vida. Joseph Roth empezó allí sus estudios universitarios, cuando se llamaba Lemberg y pertenecía al imperio austrohúngaro. Adam Zagajewski, el autor de En defensa del fervor, nació allí, y en el poema “Ir a Lvov” (Leópolis) cuenta que llega al amanecer a ese sitio “sosegado y puro como un melocotón”.

Los padres de Alejandra Pizarnik procedían de Rovné, cerca de Leópolis, al norte. Y ella tenía algo de ucraniano, igual que Clarice Lispector.

Józef Wittlin, en Mi Leópolis, recuerda cómo sonaban las campanas de la ciudad cada una a su manera, como sonaban las fuentes de la Plaza del Mercado, como susurraban los árboles olorosos en las avenidas.

El fascinante Sebald, con cuyo fantasma hablé en la antigua estación inicial del Orient Express de Londres (ahora es el hotel de lujo Andaz, allí hablaban el narrador y el protagonista de la novela Austerlitz), evoca Leópolis en Los anillos de Saturno.

El hotel George todavía está allí, espléndido y con el encanto de aquella época. A menudo pienso en dormir allí, cuando vaya a Ucrania.

En Leópolis durmió Balzac en el hotel George, cuando viajaba hacia el castillo de su novia la condesa Hańska al norte de Ucrania. Las jornadas infinitas de viaje le valían la pena para tocar al final a la condesa. Porque el “realista” Balzac era un apasionado. Y se casó con ella en secreto en las afueras de Metz, en Francia.

Ese hotel todavía está allí, espléndido y con el encanto de aquella época. A menudo pienso en dormir allí, cuando vaya a Ucrania.

Pero sobre todo, al pensar en Leópolis recuerdo a Bruno Schulz y sus “tiendas de color canela”. “Las llamo las tiendas de color canela por los tonos oscuros de sus fachadas. Esos verdaderos comercios nobles, abiertos en la noche tardía, fueron siempre el objeto de mis sueños ardientes”.

En su interior se esconden todos los encantos, todos los misterios. Huele a países lejanos y a extrañas materias, hay cajitas encantadas, sellos de países desaparecidos. El padre encarga al niño que vaya a casa a buscar la cartera olvidada, y el niño se pierde en las callejuelas escondidas, en la nieve del invierno, en una noche de falsa primavera con dos lunas.

El padre vivía en el color canela. Con su sensibilidad latía en los rincones más escondidos de la casa, en los ruidos del suelo, en las sugerencias de los cuartos. Se dedicaba a estudios misteriosos y se metía en libros prohibidos. Por toda la casa crece una vegetación que emite susurros destellantes. Las mujeres acaban por relegarlo. Las mujeres eran algo amenazante, pero también fascinante. La hermana Adela toma las riendas y acorrala al padre. El padre conecta con los pájaros y la hermana los dispersa a los cuatro vientos.

Pienso en refugiarnos en Las tiendas de color canela, en escapar de “la calle de los cocodrilos”. Esa es la calle de las tiendas que son sólo tiendas y donde todo se vuelve vacío e insípido. Donde sólo cuentan el utilitarismo y el consumo, la vulgaridad de la tecnocracia. Como dice Schulz: “Pocos veían lo curioso del barrio: la ausencia de color, como si esta ciudad de pacotilla, levantada aprisa, no pudiera permitirse el lujo de los colores. Todo era gris como en las fotografías monocromáticas, como en los folletos ilustrados”.

Pienso en escapar de este tiempo de los cocodrilos y de los ejércitos invasores. En los relatos de Las tiendas de color canela, de Bruno Schulz, cada tiempo tiene una revelación. No es el tiempo de la producción mecánica y la masa, es el tiempo de la literatura y de la vida auténtica. El tiempo está vivo, igual que la materia, se contrae, se expande. El tiempo normal es como un tren donde todos los billetes están vendidos. Pero hay tiempos paralelos donde íntimos acontecimientos revientan. En “La época genial” todo se desborda y el niño protagonista: “Os dije siempre que todo estaba retenido, uncido al aburrimiento, aprisionado. Ahora mirad qué diluvio, qué florecimiento de todo”. Nos haría falta otra época genial para superar “la temporada muerta” de tecnocracia masiva y de invasiones. Nos hace falta Leópolis.

Schulz nos habla del tiempo oscuro en las tiendas de color canela.

Schulz revienta el tiempo y nos trae el zumo escondido del tiempo. Nos da ese transcurrir especial, único, sabroso, que no se fabrica ni se invade. Proust vio el tiempo agazapado que salta con una magdalena. Dostoievski vio la infinitud en diez minutos esperando la muerte. Schulz nos habla del tiempo oscuro en las tiendas de color canela.

Schulz atrapaba a todos en su propio tiempo. Incluso un nazi impidió su muerte porque le asombraron sus dibujos y lo hizo decorar el cuartel de la Gestapo. Pero luego intentó escapar y lo mató otro nazi imbécil metido en su tiempo brutal.

Por las calles de Leópolis, en la Ucrania más honda, pasea el espectro de Bruno Schulz. Esta guerra también es contra la literatura. Es contra la humanidad y la vida, pero esas dos cosas las preserva mejor que nada la literatura. Tal vez al fin yo pasee por las calles de Leópolis después de la guerra. Y evocaré con todos mis ojos toda la literatura que exudaron esas calles.

Y pensé en Taras Shevchenko, el escritor nacional ucraniano, que escribió: “Cuando muera enterradme / en una tumba alta / en medio de la estepa / de mi adorada Ucrania”. Y en Almas muertas, del “ruso” Nikolái Gógol, que en realidad era ucraniano, y ese peregrinar alucinado del protagonista por los palacios rurales, en un viaje que él mismo comparó con la Divina comedia de Dante.

Y pensé en La guardia blanca, de Mijaíl Bulgákov, donde una familia con personajes fascinantes, complejos y llenos de vida, espera en Kiev a que lleguen los soviéticos uniformadores de todo. Y cuánto más compleja y viva es esa familia más trágica resulta la llegada próxima de los uniformadores, mucho más que la de los bárbaros que no llegan nunca en el poema de Cavafis.

Y pensando en Ucrania, al principio de esta guerra me puse a leer a Yuri Andrujovich. Que tanto se parece a Ramón del Valle Inclán. Porque con él Ucrania quiere expresarse a sí misma de manera dramática, igual que Valle Inclán retrató a España en el fondo del vaso en Luces de bohemia. Con disonancia, con chafarrinón, con ronquera. Como España se expresaba a sí misma en la generación del 98. Con el apasionamiento enloquecido de Unamuno o con el esperpento desgarrado de Valle Inclán.

Putin dice que Ucrania no existe, que es sólo un trozo de Rusia. Pero Yuri Andrujovich muestra que Ucrania existe mucho. Existe tanto como Kierkegaard con su angustia personal e intransferible existía frente a la idea abstracta de Hegel. Al final Putin va a ser un hegeliano más. Hegel es el patrón de los fascismos.

En Recreaciones, Yuri Andrujovich narra un congreso de escritores ucranianos en una ciudad de provincias. Los escritores esperpénticos se parodian a sí mismos, se hinchan en sus actitudes. Muestran lo trágico de su país a través de sus bromas. Al final el ejército los secuestra a todos.

Los ucranianos iban en masa en los trenes hacia otros sitios. En masa pero solos. Tratados como objetos que se trasladan a otros espacios.

Pero es una broma macabra o una parodia. O un decir la verdad con la boca torcida. Porque eso ocurrió de verdad. Andrujovich evoca las deportaciones masivas, los traslados diseñados de población de la época estalinista. Ese país sufrió con los nazis y luego con los Grandes Diseñadores soviéticos. Lo que parece broma fue bastante serio.

Los ucranianos iban en masa en los trenes hacia otros sitios. En masa pero solos. Tratados como objetos que se trasladan a otros espacios. Como objetos y con el interior negado. Solos doblemente en su interior negado.

Lo de Andrujovich es un expresionismo. O la angustia de las personas que se sienten solas porque las abstracciones de los Diseñadores manosean los mapas como si fueran plastilina. Y manosean a las personas y las meten solitarias a la fuerza en los trenes. O bombardean pizzerías y las obligan a escapar solitarias en los trenes.

Andrujovich se salta las reglas, mezcla los puntos de vista, alterna los lenguajes, combina distintos procedimientos y los revienta. Pone un lenguaje callejero al lado de un lenguaje altisonante, las conferencias grandiosas alternan con los retozos sexuales.

Andrujovich mezcla lo interior y lo exterior. Lo que pasa fuera se mezcla con lo que pasa dentro de las cabezas. Con grandilocuencia defiende la cultura ucraniana provinciana para parodiarse a sí mismo. Pero en esa burla hay amor, y en esa pequeñez está su grandeza. Recreaciones es una fiesta de la literatura.

En Doce anillos el título esconde un simbolismo secreto, una adolescente va dando las claves. El primer anillo son las caderas de una mujer sola, el segundo anillo es la intimidad de alguien.

Un fotógrafo alemán viaja por los Cárpatos de Ucrania, hace fotos y se acuesta con su intérprete. Los dos y el marido de ella quedan atrapados en un edificio en las montañas que ahora es un balneario, pero antes fue cosas muy distintas. Como todo en la realidad. El fotógrafo aparece muerto en un río. Acusan a la intérprete y al marido, en una espiral esperpéntica.

La policía es corrupta, hay tanta desorganización, Ucrania tiene tantos defectos. Los muestra un ucraniano con acidez por amor a Ucrania. La obra de Andrujovich funciona como una crisis total, cuando el ácido corroe todo siempre queda algo que no corroe. Por eso decía Sábato que en las crisis se descubren los verdaderos valores.

En Perverzión, un ucraniano legendario desaparece durante un congreso sobre el carnaval en Venecia. Unos dicen que se suicidó tirándose por una ventana, otros sugieren que simuló eso y se fue por los pasillos. Celebridades mundiales (algunas están muertas, otras no existen) terminan con una orgía general en el teatro La Fenice. El Rey Sapo al final levanta todo en el aire. La esencia de Venecia, sugiere Andrujovich, es el Carnaval y la imaginación. Y la de Ucrania también.

Putin dice que Ucrania no existe. Pero Andrujovich muestra con desgarro que Ucrania existe. Y existe mucho.

Ucrania significa expresionismo porque el expresionismo fue un revulsivo rebelde a comienzos del siglo XX.

Ucrania significa expresionismo porque quiere expresarse y chorrear. Como Polonia se expresaba con Witkiewicz y su “confusión general”. Como Austria se expresaba con Thomas Bernhard y su musicalidad rabiosa. Como México se expresaba con el lirismo onírico y roto de Gringo viejo, de Carlos Fuentes.

Ucrania significa expresionismo porque el expresionismo fue un revulsivo rebelde a comienzos del siglo XX. Cuando unos imperios se rompían y se preparaban otros imperios infinitamente inhumanos. Y lo humano y el espíritu gritaban con la disonancia y la garganta rota.

Ucrania se expresa con Andrujovich y su presidente es un payaso. Y nadie es más dramático y expresivo que un payaso. Pero Ucrania quiere ser y suelta gotas de ser. Porque otros imperios no se la traguen, porque ningún imperio trague la libertad y lo humano. Entonces tenemos que expresarnos, como Munch lo hacía con el grito, aunque sea con humor y con absurdo.

Vendrá un nuevo expresionismo, porque lo humano y espiritual, lo personal y lo diferente, tiene que expresarse otra vez, contra todo imperio, contra todo mecanicismo helado. En México o en Ucrania.

Siempre quise ir a Leópolis. Todavía planeo hacerlo, hay vuelos directos desde Roma.

Antonio Costa Gómez
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