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Peregrinación hacia Kafka

martes 14 de mayo de 2024
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Casa de Franz Kafka
Encontré a Kafka en la casita tan pequeña donde vivió en la calle del Oro, una callecita muy pequeña en el recinto del Castillo de Praga. Una residencia tan íntima que era violada y asaltada por masas de turistas.

En el fondo La metamorfosis es la historia de un secuestro. Secuestran a Samsa y lo meten a la fuerza dentro de un insecto. Y no puede comunicarse. Y no puede expresarse.

No es que cambie de forma, es que le roban su forma propia. Y lo obligan a estar anulado dentro de un insecto. Sigue siendo él mismo, pero es sólo lo más resistente de él mismo. Abandonado y humillado sin solución. En una habitación extraña. Y no puede ni hacerse entender por su hermana.

Al final provoca fastidio y sólo quieren deshacerse de él. Como los poderes actuales con nosotros cuando ya no somos útiles.

Kafka habla de la persona indefensa y abandonada en un mundo terriblemente deshumanizado y despersonalizado. De la modernidad aplastante donde lo que progresa son las formas de dominación y de explotación. Y el enriquecerse los ricos.

Kafka expresa la angustia de la persona de carne y hueso que no encaja en esta racionalización absoluta.

Kafka expresa la angustia de la persona de carne y hueso que no encaja en esta racionalización absoluta. El mundo moderno se vuelve absurdo a fuerza de ser racionalizado. Loco es el que lo ha perdido todo menos la razón, dijo Chesterton.

Al final somos como las lagartijas que se esconden del escrutinio en las rendijas de las rocas.

“Todo lo real es racional”, dijo Hegel. Y eso dio origen a todos los totalitarismos. Kierkegaard protestó, y habló de la angustia que no cabe en esa cuadriculación de todo, del sentir personal que no puede cuadricularse. Y luego vino Unamuno. Y a su modo lo dijo Heidegger: el verdadero conocer viene de experimentar el ser en los momentos de Inquietud. Y conocer es des-velar el Ser, no razonar en abstracto.

Pero la razón abstracta ha ganado en apariencia. Los nazis eran tan razonables, tenían unos archivos tan bien organizados, una burocracia despiadada que funcionaba tan bien. Tenían sus desfiles tan geométricos y sus divisiones Panzer panracionales. Y en el estalinismo no digamos: con su vigilancia de pesadilla por todas partes.

Y ahora viene el Digitalismo Obligatorio que nos escamotea la vida de carne y hueso, que lo convierte todo en dígitos y abstracciones. Y ya no está el atardecer sino los dígitos sobre el atardecer. Y no tienes a tu tía sino los videos sobre tu tía.

Y esta racionalización absoluta esconde la vida auténtica. La anula y la arrincona. Por eso en El proceso a Joseph K lo juzgan en un procedimiento interminable sin saber por qué. Lleno de papeles sin fin, de razonamientos. Y en El castillo contratan al agrimensor, pero luego no le hacen caso. Y vaga dando vueltas sin que nadie lo escuche. Sin que el poder racional lo escuche.

El redactor fantasma de una contraportada dice que América es una novela más optimista y confiada. Pero Frank, el protagonista, se pierde en el barco que lo lleva a Nueva York. Y luego se pierde en la mansión del millonario cerca de Nueva York. Y después se ve abrumado en el Circo de Oklahoma sin llegar a Oklahoma.

Yo veo el mismo estupor y desamparo que en las otras novelas.

Kafka quiso vivir en Madrid. Su tío materno Alfred Loewy dirigía los trenes de media distancia. Kafka le pidió que lo contratara. Tal vez en Madrid, con el cocido madrileño, consiguiera de verdad optimismo y vitalidad. Y con Sancho Panza. En la obra inmortal de Cervantes Kafka prefería a Sancho antes que a don Quijote. Así lo dice en su escrito “La verdad sobre Sancho Panza”. Cuando la fantasía se vuelve rígida es mejor la realidad más flexible.

Pero su tío no lo amparó. Tal vez en Kafka lo principal es el desamparo.

Kafka habla del individuo ninguneado en esta Razón Absoluta. Del individuo imprevisible y angustiado en este mundo donde todo está ordenado y explicado.

Así vagamos todos nosotros sin que el poder nos escuche. Sin que la Razón absoluta nos escuche, sin que los Dígitos nos escuchen. A Larra le decían: Vuelva usted mañana. A nosotros ni siquiera nos dicen nada, simplemente el Poder Digital nos ignora. A él le ponían mala cara, a nosotros ni nos ponen cara.

Kafka habla del individuo ninguneado en esta Razón Absoluta. Del individuo imprevisible y angustiado (y su propia angustia es una rebeldía, una anomalía, una insolencia, como la nostalgia de otros) en este mundo donde todo está ordenado y explicado. Y lo que no se puede explicar no existe, es tan simple.

Ahora que Kafka cumple cien años de muerto-vivo deberíamos tener en cuenta sus preocupaciones, escucharlo un poco. No sólo dar discursos y discursos, escribir artículos y artículos.

En 1988 yo vivía en Compostela y peregriné a Praga para encontrarlo. Muchos peregrinaban desde Europa del Este a Compostela para encontrar al apóstol Santiago. Yo peregriné en dirección contraria hacia Europa del Este para encontrar a Kafka.

Lo hice por tierra, fui en tren de Compostela a París y luego en otro tren de París a Praga. Y tuve episodios kafkianos. El último día antes de volver me robaron todo y no tenía ni para tomar un café. Y en París estuve todo un día con ganas de ir al wáter y era imposible porque no tenía ni un euro. Los incorruptibles robespierres franceses no me dejaban hacerlo sin pagar. Y en la calle estaba prohibido hacerlo, no hay escapatoria en el mundo racionalizado.

Al final un policía me dejó hacerlo en el wáter de la comisaría. Y un andaluz me invitó a un café en la estación de Austerlitz.

Yo también me sentía solitario e incomunicado, metido dentro de un insecto. Yo también era una angustia y un latido secreto que no cabía en la racionalización absoluta. En ese mundo que se vuelve tan extraño a fuerza de ser tan absolutamente razonable.

Kafka hablaba de mí, Kafka hablaba en mi lugar. Era mi amigo y mi hermano. Era “mi dios hermano” (como dijo mi padre, que fue un escritor estimable, sobre César Vallejo). Por eso quería encontrarlo. Y que me ayudase e inspirase.

Lo encontré en la casita tan pequeña donde vivió en la calle del Oro, una callecita muy pequeña en el recinto del Castillo de Praga. Una residencia tan íntima que era violada y asaltada por masas de turistas. Apenas se podía estar allí tranquilo pensando en solitario. Hablando en soledad con la soledad de Kafka. Pero yo lo intenté a pesar del ruido y el agobio de los grupos de turistas.

Aquella casita pequeña e íntima, de una planta, era el símbolo del Kafka humilde e indefenso contra la arbitrariedad de la Razón Absoluta, del Castillo Todopoderoso. Allí estaba su intimidad como una vela pequeña en medio del Vendaval Prepotente.

Cerca de allí entré en una sala de cine también muy pequeña, para unas pocas personas. Todavía seguía funcionando y vi allí un documental sobre no sé qué. Me sentí como un niño en un cine de juguete, con la ilusión de un niño, y con la ilusión del cine en su magia original.

Kafka pudo escapar de esa racionalización infinita, y de la rutina burocrática, y del padre vigilante, a través del gótico y el barroco y los misterios apasionados de las calles.

Compostela tenía cosas en común con Praga. En Praga vivían el gótico apasionado y el barroco entusiasta. Y callejuelas misteriosas e historias como el Golem. Y cabalistas judíos y sorpresas en las esquinas. En Compostela vivían el románico visionario y el barroco también entusiasta. Como el del Convento de Santa Clara con sus círculos vertiginosos flotando, o los caballos llenos de dinamismo en la Plaza de Platerías. Y estaba el monje misterioso de la plaza de la Quintana (la sombra de una columna solitaria en la pared) con su silencio insistente.

Kafka pudo escapar de esa racionalización infinita, y de la rutina burocrática, y del padre vigilante, a través del gótico y el barroco y los misterios apasionados de las calles. Yo cuando me sentía muy angustiado daba paseos sin fin por toda Compostela hasta sentirme agotado. Y les pedía ayuda a los callejones estrechos, a las esculturas medievales. Me acercaba sobre todo a la iglesia de María Magdalena con su tímpano de figuras con policromía desvanecida y sugerente. Le pedía ayuda a María Magdalena y también a la fuente de susurro interminable de la Plaza de la Soledad.

El escritor norteamericano Jonathan Franzen se acerca a la idiotez cuando sugiere que Joseph K en El proceso puede ser culpable y el sistema tiene razón. Porque en un momento se acerca lleno de esperanza hacia su vecina, y porque la admira de un modo insistente. Y porque los agentes que lo detienen son muy correctos. Con la corrección fría y mecánica de los agentes mecánicos del poder.

Debería esperar eso cuando Jonathan Franzen, en Las correcciones, habla con desprecio absoluto de Lituania, un país tan mágico donde creció el poeta infinito Oscar Miłosz. Habla de Lituania como si ese país fuera sólo corrupción. Y lo dice el habitante de un país donde el Perdedor asaltó el Congreso.

El desprecio en Franzen se alía con la ignorancia. También dice que El proceso a él no le dice nada porque él no vive en un Estado así. Lo dice con arrogancia llena de ingenuidad. Y también habla del “argumento” de Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rilke, cuando ese libro no tiene ningún argumento. Decididamente Franzen no se entera de nada. Viaja y no mira, lee y no atiende.

Pero yo en el 88 peregriné a la casita que Kafka tuvo un tiempo dentro del Castillo. Como un infiltrado de soledad y angustia dentro de la Felicidad Obligatoria Moderna. También yo me siento un infiltrado, con pasión y angustia no racionalizada, con sueños libres y no racionalizados, dentro de este Castillo Digital Contemporáneo.

Y siento que Kafka habla todavía por mí. Con ese silencio, con ese estilo sin aspavientos que es como un silencio asombrado. Con esos ojos tan grandes y asombrados con los que sale en las fotografías. Tal como lo pintó Ernesto Sábato, otro oscuro, al final de su vida.

Con su oscuridad callada, con su Negra Sombra como la de la gallega Rosalía de Castro.

Antonio Costa Gómez
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