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Una gárgola y Julio Ramón Ribeyro

martes 15 de octubre de 2024
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Iglesia Saint-Séverin
Al principio de la calle Saint-Séverin de París hay una gárgola. Sobresale muchísimo de la iglesia Saint-Séverin. 📷 Consuelo de Arco

Tal vez el libro que más me apasiona sobre París es Prosas apátridas, de Julio Ramón Ribeyro. Sobre aquel París que ahora ya es sólo un mito. El París que significaba bohemia, fantasía y libertad. El de las escritoras de la Edad Media, el del Baile de los Ardientes en el siglo XV, el del existencialismo y el del jazz de Boris Vian.

También las gárgolas significan fantasía y libertad. Significan lo demoníaco cuando lo demoníaco significa ruptura y rebelión.

Para mí ese libro es tan fascinante como Notre Dame de París o como París era una fiesta. Y mucho más fascinante que París no se acaba nunca, de Enrique Vila Matas, que resulta fastidioso y aburrido con sus jueguecitos continuos como pompas de jabón.

Al principio de la calle Saint-Séverin de París hay una gárgola. Sobresale muchísimo de la iglesia Saint-Séverin.

En París siempre voy a la calle Saint-Séverin, me gusta ver esa iglesia misteriosa con un relieve profundo de Georges Rouault. Y por el otro lado la calle Parcheminerie, donde está la librería Abbey canadiense, como un pandemónium de libros que es mucho más auténtico que la famosa librería Shakespeare.

Y de esa calle habla Julio Ramón Ribeyro en sus Prosas apátridas, libres y solitarias, tal vez el libro más fascinante que se ha escrito sobre París. Esas prosas sólo se podrían escribir en París.

Ribeyro alquiló un piso en esa calle y al final la propietaria lo echó de malos modos con argumentos cínicos. Pero Ribeyro es tan lúcido y se las sabe todas y nos llena de silencios acechantes la vida.

Fascinan párrafos como este:

Somos un instrumento dotado de muchas cuerdas, pero generalmente nos morimos sin que hayan sido tocadas todas. Así, nunca sabremos qué música era la que guardábamos. Nos faltó el amor, la amistad, el viaje, el libro, la ciudad capaz de hacer vibrar la polifonía en nosotros oculta. Dimos siempre la misma nota.

Esa gárgola expresa toda la inquietud solitaria del gran escritor peruano de todas partes. Toda su soledad y su fuerza.

Y me fascina cuando dice más o menos: Se van los conceptos, pero siguen los gestos. Porque los conceptos no son nada y los gestos son la vida. Quedan las formas más que las ideas, aunque parezca una paradoja.

Hubo un prologuista que no entendió nada de esto. Porque él mismo estaba atrapado en los conceptos y en los tópicos. ¿Quién puede librarnos de los tópicos y de las frases que atrapan toda una época?

Porque en las formas se manifiesta lo más íntimo de la vida, el secreto de París. Y en el estilo vivo y desencantado de Ribeyro perdura la literatura viva sin clasificaciones. A estas Porsas les llamo apátridas, dice, porque no sabía cómo clasificarlas.

Y perdura el París de los no clasificados. De los que viven en el pasmo y la libertad interior y la literatura.

Pero esa gárgola expresaba todo el desgarramiento solitario de Julio Ramón Ribeyro. Toda su visión inclasificable que no cabe en conceptos. Y me deslumbraba como me deslumbraron tantas páginas de Ribeyro.

Esa gárgola era para mí París y era Ribeyro. Era el París más callado y más animado., Y era Ribeyro. Como un escritor silencioso lleno de ácido revelador de la vida, al que quería echar su patrona. Como quieren echar a las gárgolas.

Cuando vuelva a París tengo que volver a ver esa gárgola. Y tengo que volver a leer las Prosas apátridas de Ribeyro. Porque ese libro me dio el mejor París, el más sustancioso. No como los juegos y las gansadas de otro escritor famoso que no suelta más que pompas de jabón cansinas.

El libro de Ribeyro muerde como los dientes de la gárgola. Y al morder muestra el París más ácido y la vida más acida. El París amargo y lleno de vida, como cuando antes se revelaba una foto.

Cada vez me fascina más Prosas apátridas, ya lo he leído varias veces. Me gusta tanto como Notre Dame de París o como París era una fiesta. O como el París intimista y encendido de Julien Green.

Nada de turismo ni de tópicos. Las palabras ácidas de un escritor ácido y profundo, sin complacencias ni retóricas. El tipo que mejor vio París en mucho tiempo. Sin desmerecer de Balzac o el Maupassant de Bel Ami.

Hubo tantos americanos viviendo París, quitándole su aguardiente. Pero uno de los más reveladores es Julio Ramón Ribeyro. Que nos saca lo sombrío como cuando se revelaba una foto. Cuando las fotos eran unas pocas bien escogidas y no millones de fotos triviales.

Me dice mucho más sobre París Prosas apátridas que Rayuela de Cortázar, al fin y al cabo lleno de trucos y listezas. Cuando París era la patria de las personas apátridas y de las palabras apátridas e inclasificables.

Cuando París era la patria de la existencia, que no se deja clasificar.

Os recomiendo, leed las Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro y dejaos de retóricas y de falsos grandiosos acontecimientos. Leed ese libro si queréis existir y tomar el licor de París. De aquel París que aún lo era, que era la Patria del existir y la libertad.

Antonio Costa Gómez
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